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Unos más en la vida perjura

Según la página web de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), la biografía de Juan Navarrete Curiel se cruza con la de Javier Solís en algo más que una canción. Sin embargo, es la fecha en que los javiersolistas sólo contamos con dos canciones de Navarrete Curiel en voz de Solís: «Despreciado me voy» y —la que nos interesa por el momento— «Uno más».

No es raro que con Javier se den las discrepancias en cuanto a los números —sean las canciones grabadas, los discos editados o incluso las versiones disponibles—, pero con lo cualitativo hay poco espacio para la disyuntiva. «Uno más» es una canción que bien podría pasar sin pena ni gloria… de no ser por un par de detalles. El primero es que forma parte del grupo de rarezas javiersolistas, es decir, temas que por su acaso única edición en disco, no suelen estar en las audiotecas Solís. Esta ausencia, en el caso de «Uno más», se puede explicar quizá por la calidad de la grabación en sí, o bien, como ha pasado con otras canciones, e.g., «Gaviota» (del álbum Y todavía te quiero), por alguna razón que sólo los productores y sus interéses de mercadotecnia puedan tener al momento de las reediciones del material original.

El segundo detalle de «Uno más» es que ha sido grabada por dos Fernández, padre e hijo, en los primeros años de sus respectivas carreras (y sin ninguna posterior reedición). Volviendo a la página de la SACM, «Uno más» se reconoce sobre todo con las voces de los Fernández. (Aunque ya en la base de datos de la SACM de las canciones de Navarrete se puede ver que «J A Solis» es parte también de los intérpretes con en el CD Exitos de J A Solis, Orfeon Videovox.) Vicente la graba en 1965, es parte entonces de aquellos primeros años en que el de Huentitán buscaba hacerse de un espacio en la radio del momento, dicho de otro modo, parte de sus pininos. Treinta años después el hijo Alejandro también la hace parte de sus inicios y la incluye en su cuarto (o sea, ya no tan pininos) disco, Que seas muy feliz.

Hasta ahí no hay mucho que decir, más que el recuerdo de la letra de la canción.

«Uno más» (Autor: Juan Navarrete Curiel)
Que Dios bendiga
las dulces horas que pasé contigo;
a nadie digas
que por capricho te entregaste a mí;
por donde vaya
nuestro secreto guardaré conmigo;
nada ni nadie
podrá evitar que yo te quiera así.
Sé que todo pasó para ti como nueva aventura,
y que fui uno más para ti en tu vida perjura;
Sé que no volverás por amor a entregarme lo tuyo,
volverás cuando nuevo dolor haya herido tu orgullo.

«Uno más» es, ya se ve, breve e incluso poética (e.g., bonitos endecasílabos sáficos). Pasemos a las versiones, aquí el par de los Fernández:

con Vicente y

con Alejandro.

De regreso al primer detalle, lo especial de «Uno más», dije, es la canción en sí. No es sino hasta hace unos meses que, por ejemplo, podemos escucharla en YouTube. Pocos son los que, con la ayuda de la red y del intercambio digital, pueden contarla en sus audiotecas. La trilogía El Señor de Sombras de José Felipe Coria (Ed. Clío) no la enlista en su cancionero. La fecha probable de grabación es durante la segunda mitad de la carrera de Javier y, como se escucha en la versión disponible, el vinilo es hasta ahora la única fuente. No se tiene, en fin, mayor información que el compositor. Aquí está pues la rala canción:

El avezado lector podrá escuchar que Solís sí está cantando tal cual aquella letra de Navarrete, los Fernández no. Ellos cantan «evitar que yo te quiera a ti» y, lo más que hace el menos, «en tu triste locura» (amén de rematar con el innecesario «cuando un nuevo dolor», dando al traste así con la métrica). En otras palabras, me imagino la escena con aquél charro en ciernes: ¡Cómo que vida perjura, eso qué, póngale algo que se entienda: triste locura!, ah, y aquí debe de ser (sic) un nuevo dolor, claro, y ya entrados, pues que nadie evite que yo personalmente te quiera a ti y solamente a ti. El hijo, claro, sólo repitió lo del padre.

Así las cosas, ahí está Javier con su interpretación cabal. A saber del porqué los señores de la disquera prefirieron que, por si no bastara uno, dos Fernández se echaran al hombro esta pieza. Hay otras canciones, por supuesto, donde tanto los de Jalisco como el de Tacubaya brindan al respetable su entendimiento de los mismos «escarabajos que llamamos notas», e.g., el vals «Alejandra», pero aquí, para el que escucha, los tres están en igualdad de circunstancias: no hay mayores cambios en los arreglos y dada la, digamos, dimensión de la canción (i.e., ni muy muy, ni tan tan) en los respectivos cancioneros, el tiro es finalmente parejo. Incluso con la calidad de las grabaciones en las versiones de Solís y del «mayor» de los Fernández, Alejandro no está con ventaja, o desventaja —junto con su padre—, al ser tal canción de sus «primeras grabaciones»: ambos Fernández a esas alturas saben ya de estudios de grabación. Lo dicho, el tiro es parejo. El resultado no.

Javier peina la letra con sus dedos, sin despeinarla ni despeinarse. Alejandro lo imita pero termina por recordar la impostura de la voz del padre. Éste, sencillamente repuja. Solís entiende la letra y su estructura, y presta su voz para iluminar lo escrito: el chillón que llora bien y bonito. Fernández hijo cree entender y a fuerza de demostrarlo le resta sensibilidad: evita ser uno más y quiere ser el uno (de plástico). Fernández padre se limita a llorar chillando. Javier no busca cúspide alguna en la letra, sabe que la montaña es también una bajada; el junior pareciera no reconocerlas y el señor padre gusta de inventárselas (a gritos). «Uno más» que de tres… dos no logran.

Aquí queda la perjura. En este blog poco o nada comentamos de los Fernández, ¿para qué? Se sabe que uno, el padre, suele argüir que Solís será lo que sea pero él, será lo que sea, es el vivo. Se sabe, más bien, que si Fernández se escuchó fue gracias a la muerte de Solís, a que la máquina de grabaciones cesó de trabajarle a los señores de la industria. Sabemos, pues, que Javier vivo era insuperable, que sólo muerto alguien más podría competir, al menos, con grabaciones que, de hecho, todos querían en voz de Solís. La muerte de uno brindó el soplo de vida al otro que, dígase, la televisión se encargó de hacer más, e insuflar de paja suficiente como para encumbrar y confundir, dirían los de Cuévano, lo grandote con lo grandioso. La superioridad es evidente, la comparación, superflua. Aquí, sencillamente, uno más.

Y todavía te quiero

No es del tango de Leocata y Aznar de lo que he de hablar, ni de todo el álbum homónimo que Solís grabara en 1966, pero sí de una parte de él: "Una limosna" de Indalecio Ramírez. El título aquél lo tomo, ya verán ustedes, porque si bien estoy pensando ya en la ausencia del 2011, y le ofrezco un recuerdo con tal limosna, todavía lo quiero.

Hablemos de la única composición de Indalecio Ramírez que Solís grabara, una que enseguida resultó éxito y desde entonces es parte cabal del cancionero javiersolista. "Una limosna" le quedó como anillo al dedo a Javier. De breves y certeros trazos también le queda a este 2011 con sus aún horas de vida. Ramírez bien pudo tener más joyas de estas en la garganta de Solís, mas el tiempo es implacable, y la muerte también. Se va el 2011, llega el 2012 y con él, así sea, algo más que limosnas. Cántale, Solís, que tú nos sigues viviendo:

"Una limosna" de Indalecio Ramírez
Aunque sigas viviendo
para mí ya estas muerta,
aunque llegues tocando
insistente a mi puerta,
de lo poco que tengo
te daré una limosna
como a cualquier mendigo,
pero en cosas de amores
ya no cuentes conmigo.
Tú me hiciste llorar,
tú me hiciste sufrir,
pero todo ha cambiado,
hoy me toca reír;
aunque sigas viviendo
ya olvidé tus ofensas,
pero tú al recordar
no me habrías de buscar
si tuvieras vergüenza.

¡Qué va!

Envío
El 2011, lo hecho, llamará a la puerta, mejor es darle una sonrisa (asirnos a la sonrisa): hoy nos toca. Gracias mil por las visitas a este espacio, sirva esta canción del hijo putativo de Álvaro Carrillo para despedir estos doce meses: a por otros, ¡a por el dos mil doce!

Descálzate y bésame mucho, Cize

In memoriam Cesária Évora (1941-2011)

Si mal no recuerdo, esta particular obra de Consuelo Velásquez fue el bis de aquella velada en el noble Bonn, donde la reina de la morna, Cesária Évora, llegó partiendo plaza. Ahí, a cielo abierto, entre dos museos de arte, Cize cerró su concierto con su «Bésame mucho», es decir, con el mejor que hasta ahora se ha grabado y escuchado. Yo no iba listo para tanto, apenas y me enteré de la visita y el mismo día, horas antes, conseguí la entrada. Todo el concierto fue una gozada, pero aquello fue sencillamente la apoteosis en vivo y a todo color de este tan querido y añorado Bésame.

 

Solís la grabó, sí, como tantos más, y la interpretó, sí, con esmero y cuidado (como pocos), pero ni con él ni con nadie tenemos la mejor interpretación de esa súplica: bésame, bésame mucho.

Consuelo, cuenta la anécdota, la compuso en su adolescencia y sin haber siquiera besado, de ahí, quizá, la originalidad: al no tener idea de cómo podía ser un beso, no quedaba más que pedirlo mucho, como si fuera la primera y última vez. Y así, cual debut y despedida, Cize nos regala un arrebatadísimo ósculo. La tierra la besa y ella a nosotros; su voz va despidiendo roces y caricias que corresponden, de principio a fin, a la cándida letanía.

Décadas tuvieron que pasar para tener en el mercado una grabación de esa talla. Insisto, es la mejor por mucho de tantas versiones habidas y por haber. Vaya, hasta el acento caboverdiano es preciso y puntual; la joya latina (recordemos que la canción es parte del Latin Grammy Hall) encontró en una africana insular a su embajadora ideal. Évora llevó consigo a «Bésame mucho» y, como lo cuento, aprovechó tantos momentos para cantar y encantarnos.

¿Qué más hemos de decir? Nada, sólo escuchar… Gracias, Cize, ¡qué grande!

Carrillo no se nos olvidará

Hoy dos de diciembre se cumplen 90 años del natalicio de Álvaro Carrillo. Este espacio ya ha hablado de él y, sobre todo, ha escuchado sus creaciones en voz del sempiterno Solís. Hoy, dos de diciembre, volvemos a Carrillo para celebrarlo con la última grabación de Javier de una de sus muñecas: «Se te olvida».

Canción hecha dos por un capricho telenovelero, Pepe Jara —nos cuenta él mismo en sus memorias— la canta «para calarla» en una reunión de amigos, y Ernesto Alonso, «nervioso y emocionado», la pide para su telenovela (ya al aire) La mentira (1965). Y le cambian el nombre. Desde entonces, con Jara, se catapulta y se consagra, pues sin duda él sigue siendo la medida ideal para tremendo bolero (quizá compartiendo lugar con su mítico, también de Carrillo, «Andariego»).

Ese mismo año de la telenovela, Javier la graba y la hace, al fin Solís, bolero ranchero. Se incluye en uno de sus mejores discos, Payaso, con arreglos y dirección de Fernando Z. Maldonado, Rafael Carrión y Gustavo A. Santiago. ¿El mariachi? Según la contraportada del disco hubo tres: Jalisco (de Pepe Villa), Nacional (de Arcadio Elías) y América (de Alfredo Serna). El lado B del acetato abre pues con este «Se te olvida (La mentira)»:

Todavía más, de las contadas grabaciones que Javier tiene cantando en vivo (es decir, aquellas que se han hecho públicas), una de ellas es —¡qué va!— «Se te olvida». Editada en aquél cedé-devedé A 40 años… Me recordarás (el cual ya hemos referido aquí). Ahí podemos ver a un Javier pleno, a pelo, echándose como pocos esa joya del Negro. Sin necesidad de gritos o alardes técnicos, él se limita a cantar e interpretar. Él, Solís, hace esto:

La escena es de aquel programa de televisión Noches tapatías, del que también, por cierto, se editó un cedé-devedé (en 2006) y en donde se incluye tan especial interpretación.

Así las cosas, no queda sino celebrar a Álvaro con más interpretaciones de este calibre, y mandarle, que no se nos olvida, el más sentido… ¡qué va!

Diez años de Solís con Carrillo en el Salón de la Fama

Cuando redacté aquella nota semanal sobre el «Sabor a mí» de Álvaro Carrillo en la voz de Solís, no tenía idea de que para esas fechas (2006) tal canción e interpretación cumplían cinco años de haber ingresado al Salón de la Fama del Grammy Latino. Por suerte, me entero gracias a Mario Carrillo de tal suceso, y van aquí estas líneas para celebrar la década de ingreso.

En el 2001 fue establecida la sección latina del mítico salón de la fama de la Recording Academy, el GRAMMY Hall of Fame, con el fin de rendir homenaje a aquellas «primeras grabaciones de perdurable calidad o valor histórico». Los ganadores, explica la Academia, son seleccionados anualmente por expertos en la materia.

A la fecha son once canciones (sencillos) que están enlistadas. Lo curioso, por decirlo de alguna manera, es que se registran sólo con los intérpretes (que no siempre, se sabe, son también los compositores). Así, además de «Sabor a mí», se puede leer que «Bésame mucho» (¡en género tropical!) de Consuelo Velázquez tiene a Pedro Vargas como autor, o «El reloj» y «La barca» (¡también en tropical!) de Roberto Cantoral, tienen a Lucho Gatica. El resto de canciones son: «Desafinado» (Jobim/Mendoza) con João Gilberto, «El día que me quieras» (Gardel/Le Pera) con Carlos Gardel, «El manisero» (Moisés Simons) con Don Azpiazú, «Garota de Ipanema» (Jobim/Moraes) con Antonio Carlos Jobim, «Mambo No.5» de y con Pérez Prado, «Oye cómo va» (Tito Puente) con Santana, y «Somos novios» de y con Armando Manzanero.

«Sabor a mí» está pues con Javier Solís echando de menos al entrañable Álvaro. Es la única con el género regional-mexicano, por lo que al menos es seguro que los señores de la Academia estaban escuchando a Solís con su mariachi, su bolero ranchero.

Grabada en 1960 y editada en el álbum Enamorado de ti, no cabe duda que el talento de esta dupla apenas y cabe en ella. Cuántas grabaciones habrá tenido en su momento (sobre todo con tríos, e.g., Los Panchos) y es Solís quien se alza con el honor. Porque sí, sin duda la canción vale toda por sí misma, pero las muñecas —lo habría dicho Carrillo— no pueden ir desnudas, alguien tiene que vestirlas. Javier lo hizo y de qué manera. Ahí queda ya su grabación, su interpretación, su corte, su —digámoslo— creación a la medida perfecta, en un aparador que, con todo, contiene una muy buena muestra del alcance de la música. No es fama, qué va, es calidad histórica… saboreada en su mejor sazón.

«Atino bolero: llórelo, bonita»

A ella, la mía

La sentencia (y también palíndromo) es para una voz javiersolista. Así le dije a su autor, Pedro Poitevin, y tomo pues la oportunidad para hablar de una canción que está a punto de cumplir los setenta años de edad y sigue manteniendo la lozanía con la que nació: «Bonita».

Engendrada en 1942, disco de oro en 1945, inmortalizada en 1947 en Músico, poeta y loco con Tin Tán enamorando a Meche Barba, la canción debe por igual a Luis Arcaráz (música) y a José Antonio Zorrilla Martínez (letra). Aquél, quizá por la fuerza de su orquesta, suele llevarse todos los créditos y, de hecho, acaso como homenaje póstumo Javier Solís (le) graba en 1963 ese tremendo disco Prisionero del Mar, incluyendo una constelación de canciones inolvidables (algunas ya revisadas en esta bitácora), con «Bonita» una de sus mejores, por supuesto.

El yucateco «Monís» Zorrilla por suerte sí logra dar cuenta de tal grabación de Solís… y a saber si secunda o no aquella afirmación de Arcaráz sobre «Bonita» y —dicen que dijo— «su mejor interpretación por Tin Tán».

Sin duda, no hay entre 1947 y 1963 una versión mejor que la del entrañable Pachuco: Arcaráz tenía toda la razón… ¿pero qué tal a partir de 1963?

A veinte años de nacida, Javier nos regala la otra mejor interpretación de «Bonita»; sólo alguien a la altura de Tin Tán, pues, pudo llegar con el mariachi y pedir hacer pedazos el espejo. Aquí habrá que detenernos en la letra de Zorrilla: si bien la orquesta de Arcaráz es insuperable y en mucho ayudó a aquella interpretación de Tin Tán, con el mariachi al lado el reto era mayor, y solo Solís ha podido con él: fue sobre todo con una «vuelta a la letra» que logra tan magistral interpretación. Hela aquí con su letra:

«Bonita» (Arcaráz y Zorrilla)
Bonita,
como aquellos juguetes
que yo tuve en los días
infantiles de ayer.
Bonita,
como el beso robado,
como el llanto llorado
por un hondo placer.
La sinceridad
de tu espejo fiel
puso vanidad
en ti;
sabes mi ansiedad
y haces un placer
de las penas que tu orgullo forja para mí.
Bonita,
haz pedazos tu espejo,
para ver si así dejo
de sufrir tu altivez.

Solís atina en cada frase, las sopesa y entonces los versos de Zorrilla vuelven, digamos, a su estado natural: la poesía. Quiero decir que esta vez aquel swing, aquel big-band de Tin Tán y Arcaráz son reemplazados por un implacable bolero, un mariachi, un Zorrilla y Solís.

Tomemos como ejemplo la segunda estrofa, esa muy redonda, muy honda, donde Javier frasea al centavo y en verdad recita cantando como nadie (con un hondo placer). Luego, lo mejor, la ternura que impregna al tercer bonita es de una naturaleza afortunada; está a punto de pedirle lo más a la bonita y lo hace con la voz al cuello: haz pedazos tu espejo. Decía de la letra de Zorrilla y este es uno de los heptasílabos que compiten con la bonita misma. Ese espejo es en realidad el protagonista de la canción, es por él que la bonita existe (y acaso todas); de ahí que, creo, Solís soltara un acertado «¡qué va!»: si de tan solo espejos se tratara… Bonita se sabe, bonita se es (y llorar es bueno).

A dos años de los cincuenta de aquella grabación, aún no hay quien la empate o supere. De Tin Tán a Solís «bastaron» quince años, ¿será tan difícil con tales antecedentes? Lo dicho, no es que Javier superara a Tin Tán, más bien él entendió por su cuenta a Zorrilla y Arcaráz y fue así que nos legara tal joya. Han pasado lustros y un etcétera de cantantes se han limitado a las meras réplicas (pasando por desafortunados cambios de letra en Bellas Artes cortesía de A. Fernández, i.e., «de tu espejo cruel»).

Así, he aquí una muestra (más) de lo exclusivo que gente como Zorrilla, Arcaráz y Solís pueden lograr. No queda sino recordar, reconocer y aplaudir… Llórelo, bonita.

¡Qué va!

Lo que fue no será

Si hay algo que los seguidores de Solís podemos envidiarle al llamado "Charro de Huentitán", es una sola cosa: la grabación del disco Toda una época (CBS, 1977). Mejor dicho, la selección de canciones (algunas más bien poesía) de toda esa época, una, por cierto, anterior a la de Javier, por lo que vale la acotación de ser acaso —salvando distancias— la segunda parte de aquél también maravilloso disco Añoranzas (1958) —que incluyó doce joyas ya consagradas de apenas, digamos, no más de una década de edad.

Toda una época, su repertorio, no le pide nada a cualquier otro disco del género (e incluso de otros). Por supuesto, la interpretación de Fernández es otro boleto y aquí no interesa ni vale la pena comentar. La valía del disco es, insisto, la propuesta del recuerdo y el reconocimiento de aquellas joyitas que, en comparación con las incluídas en Añoranzas, suelen pasar inadvertidas en la memoria musical de entonces y ahora.

De principio a fin —y pese a la voz— las letras de «Santa», «Redención» o «Frío en el alma», nos hablan de un tiempo en el que el compositor procuraba en gran medida la poesía (y no será sino hasta José Alfredo en que, a mis ojos, esto volverá a ocurrir); así, por ejemplo, con endecasílabos y alejandrinos, resuenan las notas —la música, claro, es cómplice cabal— que subrayan, atención, a un bolero ranchero.

Si Javier se encargó de consolidar y encumbrar al bolero ranchero, resultaba natural que entre sus trabajos se incluyera algo como Toda una época. Imaginar la voz de Solís recorriendo paso a paso, con desvelos y sacrificios, ese camino de plata, de la mano de una santa mesalina que se fuera y le dejara con frío, para luego escucharlo decir, «mis ojos me denuncian, déjame llorar», es apenas redención y, quizá, nos hace llorar y preguntar, por qué no, ¿a dónde irán?... No hubo tal. Si bien la dirección musical y guía profesional de Javier fue —reconozcamos— certera en manos de Felipe Valdés Leal, gran pendiente es este tipo de material en la garganta de Solís.

Es lugar común mencionar alguna canción compuesta tras la muerte de Solís y argüir que sólo porque no vive, ya estaría en el repertotio javierista. Todas las canciones de Toda un época estaban ya en el aire y sin duda alguna su grabación hubiera sido uno de esos placeres muy à la Solís (cf. Valses con banda). No será, el agasajo se lo llevó otro y, lo dicho, es lo único que envidiar.

Esta es la lista de canciones (aquí en lista de reproducción de youtube):

  1. A dónde irán las almas de Rodolfo Mendiolea
  2. Déjame llorar de Alfonso Esparza Oteo
  3. Desvelo de amor de Rafael Hernández
  4. Frío en el alma de Miguel Ángel Valladares
  5. Hilos de plata de Alberto Domínguez
  6. Me dices que te vas de Miguel Prado Paz
  7. Mis ojos me denuncian de Manuel Acuña
  8. No hagas llorar a esa mujer de Joaquín Pardavé
  9. Redención de Miguel Prado Paz
  10. Sacrificio de Chucho Monge
  11. Santa de Agustín Lara

Cada una merece algo más que un párrafo, tanto ellas como los compositores son finísima tela para cortar. Por el momento valga la liga a algunos de sus intérpretes (¿hace falta explicar el por qué evito al mentado "charro"?), y aquí mismo un par de ellas —las que me gustan más—, «Redención»

y «Sacrificio»:

Finalmente, y no menos importante, los arreglos musicales que contiene esta precisa selección son elemento clave que, además, refuerza el celo por tal grabación. El mariachi es en realidad lo que hace del disco un maravilloso eco de otros tiempos y otras voces (incluídas, sí, la de Javier Solís). A diferencia de Añoranzas, en el disco que nos ocupa ninguna de las canciones tenía algún antecedente de importancia con mariachi, esto es, si «Amorcito corazón» bien pudo ser piedra de toque de las añoranzas, con Toda una época se inauguró formalmente la etapa ranchera de este particular cancionero de oro... Lo que nos lleva de nuevo a Solís: ¿cuántas veces no fue sino él quien se encargara de ser el primero en vestir con bolero ranchero a tangos, valses, baladas y, por supuesto, boleros? Aquí su voz siempre se echará de menos. El disco está ahí, se puede escuchar una y otra vez (aguantando la desatinada voz incluso en un par de recitados), las letras perviven de la mano del mariachi, en él los tiempos son uno solo y, ¡qué va!, Javier sólo se oye muy a lo lejos... sin escucharle. Fue sin serlo.

45º Aniversario Luctuoso de Javier Solís, 1966-2011

Silencio: una petición, una súplica, un imperativo... un grito. Uno que Rafael Hernández (Puerto Rico, 1892-1965) nos regaló rodeado de durmientes flores (nardos, blancas azucenas y rosas), y Javier, ese nuestro Solís, lo bordó —frasear, dicen los entendidos— de principio a fin con una sapiencia hecha sentimiento.

No hay quiebre alguno, Javier se encarga, sin estruendo, de pedir la palabra para hacernos llegar ese silencio.

Son ya 45 años sin Javier en vivo y a todo color; desde el 19 de abril de 1966 hemos tenido que vivir a la sombra de sus tonalidades, de sus ecos. Así, desafiamos el silencio de su ausencia con su propia voz.

Es en este «Homenaje Inconcluso a Rafael Hernández y Pedro Flores» (1967) donde encontramos, además del silencio y voz de Javier, un viaje a la isla del encanto de la mano de un mariachi (y coros de las Hermanas Huerta). Es decir, que por si no bastara el genio de los boricuas, Solís, no conforme con el homenaje, brinda acaso una de sus mejores interpretaciones de boleros... de boleros rancheros. No resta más que seguir escuchando aquellas grabaciones para brindar, sin fin, merecido homenaje.

Silencio, pues, que Javier nos cante... que si nos ve llorando, morirá.

In memoriam Roberto Cantoral

No quiero que te vayas
la noche está muy fría
abrígame en tus brazos
hasta que vuelva el día

 

Hasta aquí llegaron los días de Roberto Cantoral (1935-2010): nos seguirá su trabajo. Sin duda, un compositor clave que supo estar a la altura de las mejores voces de su tiempo, v.gr., José José; hizo con el bolero y la balada una obra vasta para dar y repartir, sus intérpretes tienen mucho que agradecerle y, por supuesto, nosotros el público también. De aquellos sus cancioneros se puede incluir a, sí, Javier Solís. Cierto, fue sólo una la canción que Javier le grabó, empero, en ella hay un muy buen ejemplo de lo que se persiguió en el bolero ranchero de Solís (y de los que le siguieron). Fue, pues, un regalo a la medida para cada noche (y sus días): Regálame esta noche (incluída en «Canta, Javier», 1958).

Regálame esta noche cumple en voz de Javier el cometido de la inspiración de Cantoral: petición y advertencia. «Regálame esta noche: retrásame la muerte». En ambas partes escuchamos y sentimos que sí, que no quiere que se vaya, que la almohada está impaciente, que puede haber consejos o quizá nada; que si abandona el nido todo será en vano: que la muerte espera. Mañana —muy temprano— es cuando, gracias a la interpretación de Javier, queda claro que en realidad todo ya está perdido, y he ahí entonces la petición, la justa y precisa petición.

Muchos cantantes, demasiados, vuelven a Regálame esta noche. Una de las primeras composiciones de Cantoral, Javier la graba en sus inicios de carrera —ciertamente uno puede escuchar el diamante en bruto de su voz, aún con trabajo por delante, mas diamante ya al fin— amén de una del hermano, Antonio Cantoral: Empate de amor (más ranchera en su arreglo), y son pues parte de la primera etapa de la carrera profesional de estos gigantes contemporáneos.

Digo que la canción es buen ejemplo de lo Solís, porque el bolero ranchero que Javier perfeccionó tuvo esa línea, esa veta, que Cantoral ayudó a ofrecer a voces como la de Javier: íntimas pinceladas de sombras enmarcadas en la media luz de voz. Lo dicho, Roberto fue partícipe del cancionero javierista y, a su vez, Solís es botón —de nácar— de la muestra cantoral de Roberto. Él tuvo también su carrera como cantante, amén de su etapa con Los Tres Caballeros, y seguramente por ello es que no hay más canciones de su inspiración en la voz de Javier, es decir, durante esos 50s y 60s son ambos competencia, y no es sino hasta los 70s que Roberto es ya más compositor que cantautor.

El Triste es sin duda mítica (y mi favorita) del cancionero Cantoral, compárese con Regálame esta noche y encontraremos una bienvenida relación: esta es el preludio de aquella. Es decir, la que nos ocupa es, ojo, anuncio de lo que vendrá. Todavía más, si pensamos en Solís y José José como los cantantes idóneos para este par de joyas, entonces la relación es por demás clara. Estamos, pues, ante una oferta que Cantoral supo (¿queriendo o no?) atinadamente colgar

Vaya regalos, don Roberto, que nos retrasan la muerte. Gracias.

Tres palabras

Cómo me gustas

 

«Tres palabras» (1946) de Osvaldo Farrés (1903-1985), compositor por cierto del «Quizás, quizás, quizas», se incluye en aquel mítico Javier Solís en Nueva York y en la producción de Los Patricios, Exitos con Trío. Según el anecdotario fue Chela Campos quien le instó a componer esta canción, «ay, maestro, no se me haga el difícil que con tres palabras se hace una canción». El resto helo ahí, muy bien arreglado y, ¡qué va!, encantado.

Aquí, gracias a la tecnología y a Los Patricios, con trío (i.e., misma voz):

 

Posterous theme by Cory Watilo