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Javier Solís es el muerto

A don Lorenzo

Ya sólo canta las de Infante. Don Levas quería hacerla de payaso pero la risa ya no le daba y decidió ser vagabundo. Eso sí, de vez en vez chifla las de Solís ¡y claro que le salen rebién! Una vez por poco y hago que cantara una… pero le ganó la nostalgia. Es más, las de Infante más bien las tararea.

Recuerdo aquella noche tras su actuación en Tijuana, nos colamos tu padre y yo a los camerinos y enseguida me reconoció. Me saludó como cuando chamacos y —a saber por qué— ahí luego luego me agarró de cómplice. «Dile a tu chavo que se vaya a ver a las bailarinas, tengo que pedirte algo muy importante», me dijo. Ya solos, yo todavía quería bromear con él al ver la cantidad de chamacas que esperaban en la puerta, « ¡qué bárbaro, quién te viera, allá en la colonia repartiendo la carne y ahora no te das abasto con tanta!». No estaba de humor y me explicó su plan. «Caray, tú sí que te tomas muy a pecho eso de las sombras», dije, e insistió con los detalles del plan. «Será pan comido, si ya ando malo desde hace tiempo con tanto trabajo que me cargan», dijo con amargura, «tú solo te metes en la clínica y que todo sea como de película, y no te olvides de los hielos». Hice lo pactado y dejé que todo tomara su curso.

Años después, cuando tú ya tenías unos siete u ocho, lo volví a ver y creo que hasta tú también. ¿Te acuerdas de aquél teporocho que te sacó la pistola nomás porque te le quedaste viendo?, pues el de al lado, el que se la bajó y disculpó con tu padre, era Javier, digo, don Levas, que a partir de ahí volvió a andar sin compañía (como cuando dicen que se le veía en Garibaldi). Ni tu papá lo reconoció, con esas barbas pues ni quién… pero yo sí: los amigos se reconocen hasta sin cara. Por la noche de ese día lo encontré y —como otrora acordamos— no pregunté nada de aquel abril, le invite un taco y si te vi ni me acuerdo.

Tú sabes que yo siempre le fui más al Pedro y nunca te dije por qué: es que de esa manera evitaba al mentado Javier. Y mira, ni cuando lo escuchábamos juntos te diste cuenta de lo mucho que tengo que ver con Levas. Claro: Levas, así será siempre para mí, si desde escuincles le decía así, qué acocil o yaqui ni qué ocho cuartos, ¡Levas!, ¡don Levas! Bien ganado ese Levario por su tío Valentín (que no por su madre, eh). El don se lo dije, me acuerdo, en una de esas caravanas Corona donde fui una vez con tu abuela y hasta me la chuleó el condenado: « ¡no se mande, don Levas, no se mande!». ¡Cómo nos reímos!

Todo esto para mí es una confesión, ni tu abuela sabe lo que hice, pero tengo la conciencia tranquila. Esa infancia con la palomilla y con el Levas da licencia hasta para jugar con la muerte. Tacubaya nos quedaba chica y a aquél más. Levas todo el rato cantaba, a veces hasta con los puños. Fíjate que le vino bien el Solís: desde siempre era cosa aparte. Las últimas veces que lo vi en la colonia él ya estaba agarrando camino por la artisteada. «Qué suave, Levas», le dije una tarde, «ojalá que te vaya muy bien y en una de esas hasta al Pedrito le llegas». Y ya ves…

No sé si eso era parte del plan, lo único cierto es que ya estaba muy cansado de tantos churros de películas y de tantas grabaciones. ¿Cantar? ¡Claro que le gustaba! ¡Para eso nació! Pero, caramba, esa vida de arriba a abajo con cualquiera acaba. Hizo bien el Levas en matar al Solís: sólo los muertos nos seguirán hablando y cantando de cerquita. Tú lo sabes ya, ¿cuántas veces habrás leído estas líneas?

A meses de mi muerte me dijiste que un día ibas a escribir sobre Javier. No te dije nada, más bien me puse a pensar en estos párrafos. ¿Sabes a quién le conté? A Levas, por supuesto. Lo vi otra vez, caminando recio, como si el tiempo se hubiera detenido en él, le platiqué un poco de mis achaques y de ti (con él ya sólo se habla de la muchacha que pase al momento o del perro que alimentó el día anterior); me dijo que qué gusto, que no se nos olvidara hablar de los compositores y que no nos metiéramos en su vida personal, que para qué. «No, si es cosa del muchacho nada más», le aclaré. «Ah bueno, mejor aún», dijo.

Así que aquí tienes, me declaro culpable de la muerte de Solís. A quién le importa, ni a ti ni al Levas ni a los que lo vean pasar. No te preocupes en buscarlo, ¿a poco crees que podrás dar con él? Qué va, así como solo se hizo de un nombre, también así puede deshacerse de uno o más. Porque yo, como te cuento, únicamente hice lo que él me pidió, lo que él cuidadosamente trazó, yo solamente estuve a las vivas de que no se nos pasara la hora, y entonces sí se nos muriera el muerto; afortunadamente, en la segunda parte del plan, burlamos con facilidad a la gente que aún merodeaba el lugar y aquella madrugada además de mí salieron otros dos del panteón: Levas y su sombra. Apenas llegamos al Camino Real de Minas nos separamos y no lo volví a ver sino hasta aquella vez del teporocho.

La última, por cierto, fue antes de que me internaran en el hospital (que es de donde ahora te escribo esto). Me dijo que se iba a Sonora, ya sabes cómo siempre le llamó esa tierra, le deseé suerte y lo vi alejarse por la calle del pueblo, mascando hielo, cargando con el muertito.

Después de oír a Javier Solís

Me pasa que al acercarme a textos que hablan de la música y sus intérpretes, pienso siempre en Solís. Recién adquirí el número de la revista Artes de México dedicado a Música de la Independencia a la Revolución (núm. 97), donde hay, entre otras cosas, un ensayo de Manuel Gutiérrez Nájera dedicado a Ángela Peralta (entonces escrito en ocasión del monumento que se pensaba erigir al Ruiseñor). En sus líneas, intituladas originalmente «Antes de ir a la ópera»* (toda vez que esa noche, según el poeta, iba a oír La sonámbula), además del sentir por Peralta de Montiel —que es en sus propias palabras su primera reveladora de las grandes bellezas musicales—, el duque Job (como firmó originalmente dicho texto) nos explica sobre todo cómo es el arte de cantar esos escarabajos que llamamos notas (palabras, por cierto, que la revista eligió atinadamente como título). No entretengo más al lector y dejo que las líneas en sí, justifiquen el por qué Javier bien puede incluirse en el contexto. Aquí lo publicado:

No quiero oír Sonámbula sin preguntar anticipadamente: ¿por qué no hacemos el monumento que ha de guardar la Sonámbula nuestra?

Era yo muy niño cuando oí esta ópera por primera vez, y la cantaba Ángela Peralta. No la aplaudí entonces porque no podía aplaudir, pero lloré. ¿Por qué lloraba? Los niños lloran por las tristezas venideras, y los hombres…por las que se fueron.

Hoy, Sonámbula no complace mis ideales artísticos; sé algo más; siento acaso algo menos, pero estoy cierto de que Ángela Peralta hablaba a mi alma en ese idioma que se escucha sólo con los ojos cerrados, y también estoy cierto de que…no he vuelto a oír cantar a otra Sonámbula soñadora en ese idioma.

¿Es culpa mía? No lo sospecho. Releo el Rafael de Lamartine y aún me enternece. Oigo la Serenata de Schubert y aún me encanta. He oído a Adelina Patti en El barbero y me ha hechizado. ¿Por qué, pues, ya no entiendo La sonámbula? Sólo por esto, acaso: porque después de haberla oído a Ángela, la he oído cantar con la garganta, pero no con el corazón. Y el corazón es el que canta.

Un compositor escribe; traza en el papel esos escarabajos que llamamos notas; se oye a sí mismo y siente que ha expresado con verdad o con calor sus sentimientos. Abro la partitura del compositor, y a mí me parece un logogrifo. Me habla él en lengua extraña. Esas letras que él emplea no están en el alfabeto que conozco. Necesito, pues, que me traduzcan sus ideas. Y si el traductor es malo o mediano, paréceme la obra original, mediana o mala.

No pasa lo mismo en la literatura. El escritor francés será mal apreciado por aquellos que lo juzgan con arreglo a versiones inglesas o españolas. Pero, de todas suertes, siempre sus ideas quedan vivas, en pie. Perderá algo el estilo, la forma, en la viciosa traducción, pero no pierde nada el pensamiento.

El compositor musical, para ser apreciado por los profanos, por los que no conocen el alfabeto de ese idioma garabatesco o jeroglífico, necesita, hasta en su propio país, de colaboradores inteligentes, de correctos traductores. Ha menester del ejecutante o del cantante. Y el ejecutante y el cantante, para transmitirnos la idea o el sentimiento del autor, necesitan hacer suya esa idea o ese sentimiento…♫

~Manuel GUTIÉRREZ NÁJERA

Sobra insistir, pues, en la valía de Javier, quien —sabemos y escuchamos— supo hacer suyas tantas luces y sombras de otros: con el corazón (en la garganta).

¡Qué va!

 

*El Duque de Job, "Antes de ir a la ópera", en El Partido Liberal, t. XI, núm.1653, 14 de octubre de 1890.

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