Además del trío Los Patricios, Argentina nos ofrece —aún más— una razón para, con un pie en ella, poder escuchar a Javier. Es decir, que si Vd., selecto lector, piensa que Solís al Sur de nuestra América se acota a no más que, digamos, el Perú, estará en un craso error. Cuantimás si ello, amén de geografías, lo limita a tiempos. O sea, no ha lugar: Solís está más vigente que nunca y para muestra basta un reciente botón: la película «Carancho» (Pablo Trapero, 2010).
En una escena entre Ricardo Darín y Martina Gusman se puede escuchar Nuestro Juramento (de Benito de Jesús, incluída en el cedé «Vida de Bohemio») en voz de Solís. Una sorpresa por demás agradable y bienvenida. Ver a Darín, actor hecho y derecho, a cuadro y escuchar a Solís es de esos placeres como pocos. Inesperado, sin duda, pero una vez que Darín y Gusman están ahí bailando (!) al ritmo del juramento es, permítaseme la expresión, cosa loca.
De principio a fin se nos deja escuchar a Javier y, de igual forma, la "consumación" del romance entre Sosa (Darín) y Luján (Gusman). Lo dicho: cosa loca. Darín es un actor que no le pide nada a nadie, verle juguetear al ritmo de Solís es, insisto, una estampa acaso irrepetible y no queda más que, al menos aquí en la SOLISMANÍA, subrayarlo. Sea pues, gracias a la magia de youtube, esto es de lo que hablo:
Es, sí, un previo (trailer) de la peli, que incluye la escena referida (a partir del 1:42), más con, ¡qué va!, el juramento todo él de fondo.
En corto, si Vd. no sabe de Darín y su cine, ahora es cuando: por donde se le vea, y escuche, hay ganancia. Si no sabe de Solís... siempre y dondequiera hay tiempo.
No se diga más, valga esta escena de Solís en la película «Rateros último modelo» (1964) para rendir un homenaje a los padres.
Mamá y papa, de Luis Demetrio.
Ahí está, pues, Javier, que de la noche a la mañana nos puede sorprender con una alegre y dicharachera canción. No fueron muchas, cierto, pero vaya que talento le sobraba para —acaso como Infante— hacer reír y bailar (v. gr., Guillermo Capetillo en tal escena) con sus interpretaciones.
Para el anecdotario, Solís junto con Negrete aplauden a los futbolistas mexicanos desde las gradas del estadio. Ello a los 33 segundos del siguiente video de un comercial de la compañía AT&T. Sea pues.
Hablar de Javier Solís en su faceta de actor es ejercicio que encuentro por demás estéril. Por supuesto, habrá quienes gusten de repasar su peculiar filmografía, e invertir en ella tiempo y esfuerzo. No es mi caso, aun mi limitado y rudimentario conocimiento del séptimo arte, tengo claro que la pantalla grande pudo (¿debió?) prescindir de los oficios de Javier. En corto, el cine puede vivir sin la presencia de Solís.
Dicho lo anterior, procedo a hablar de una escena que, esa sí, habrá que guardar y atesorar. Naturalmente es una donde Javier canta, y de qué manera y con quién. Un dueto con Marco Antonio Muñiz interpretando, cada uno en su «natural» registro, Llegando a ti de José Alfredo Jiménez. Ocurre en la película «El Pecador» (1964), dirigida por Rafael Baledón y con las actuaciones de, entre otros, Pina Pellicer, Arturo de Córdoba, Marga López, Kitty de Hoyos y Julissa.
De la película, esta vez echo mano de algunos apuntes vertidos en el libro «Pina Pellicer: luz de tristeza» (UNAM/UANL, 2006), de Reynol Pérez Vázquez y Ana Pellicer, donde se apunta que el filme «no hace justicia a sus protagonistas, logra, por otro lado, salvar a personajes secundarios como Sonia [Kitty de Hoyos], la joven amiga de Olga [Marga López], y a Víctor (Javier Solís), el chofer bonachón que se ha enamorado de ella (...)». Con respecto a Solís y su desempeño, la opinión experta acota que «Víctor es un hombre de origen humilde pero simpático y sincero, muy cercano a la personalidad de Javier Solís, así que éste lo interpreta de manera creíble y entrañable (...)»; es decir, y aquí se concluye, «sorprende (...) que Javier Solís brille en su ingenuidad y alcance una frescura ausente de sus películas (...)».
Un piano, una trajinera (en Xochimilco, naturalmente), dos muchachas y sus respectivos enamorados son elementos suficientes para hacer con la inspiración de José Alfredo un dúo que, a pesar de su imperfección técnica (i.e., arreglos y edición), resulta inolvidable. Amén de irrepetible, al menos para los archivos, pues si bien Muñiz y Solís coincidieron en escenarios varios (v.gr., el Teatro Blanquita), esta escena resulta ser la única donde sus señoras voces coinciden.
Volviendo rápidamente al citado libro, de Muñiz se dice (con inteligente ironía) que «Bruno [su personaje] canta muy bien como novio de Irma en la película» y es su actuación, a final de cuentas, «comparsa casi inútil». Pues ya se ve que el casi es más que acertado: Marco Antonio abre y cierra tal dueto de manera impecable. No se le reprocha y, al contrario, se le agradece la comparsa. Si hubo alguien que logró entender en su momento (aunque después se le olvidó) la presencia de Javier, fue Marco Antonio.
Si bien dos años menor que Javier, Muñiz le llevaba ventaja como cantante profesional (primero con Los Tres Ases y después en solitario) y acaso por eso sabía muy bien el valor y peso de la voz de Javier (y quizá por ello, ojo, en el dueto no llegan a unir voces). En esa escena hay en todo momento un trabajo vocal que, al ser parte de una película mediocre, poco o nada se le presta atención. Esto es, no se le escucha con detenimiento; tan así que, por ejemplo, se afirma en el mencionado libro: «El filme falla un tanto por algunas de las canciones (...) que quiebran el ritmo (...). Le imprimen lentitud».
Razón llevan los cinéfilos en dejar de lado la película y catalogarla como una, dicen, curiosidad. Los melómanos no nos podemos permitir ello: estas escenas son, sépanlo, de antología. Quebrarán y lentificarán narraciones, ya disculparán, pero sin duda alguna enriquecen ese nuestro maravilloso universo musical.
NB. Envío, reconocimiento y agradecimiento a JKceres y su excelsa página javiersolis.net, lugar obligado y agasajo garantizado. De ahí tomé prestado el video; todo mérito es de él.
En la filmografía de Javier Solís, es 1964 el año que registra su mayor número de películas filmadas (10); dos de ellas son, me parece, por demás especiales y particulares. Todavía más, dos escenas son sencillamente irrepetibles e inolvidables.
La primera escena a tratar es parte de la película Aventura al centro de la Tierra (Crevenna, 1964) donde Solís personifica a Manuel Ríos, un periodista. Del filme, citaré parte de la reseña de José Luis Ortega Torres (en revistacinefagia.com): «[...] película donde un grupo heterogéneo de científicos e intelectuales pasean por remotos lugares en busca de aventuras y monstruos antediluvianos. Sólo que aquí el ecléctico conjunto esta compuesto por las bellas Kitty de Hoyos y Columba Domínguez; y las bestias David Reynoso y Javier Solís, entre otros, bajo el mando del siempre entrañable José Elías Moreno como el líder de la expedición, y el remoto lugar en cuestión, no es otro más que las grutas de Cacahuamilpa».Ahí el primer ingrediente de esta nuestra escena: las grutas de Cacahuamilpa. Es decir, un escenario natural que ha sido aprovechado tanto para películas (v.gr., Macario) como para conciertos (v.gr., los de la Orquesta Filarmónica de Acapulco). Volviendo a la citada reseña, se apunta también que, «Y a propósito, si tenemos en el cast de culto y cobarde escritor-periodista ni más ni menos que Javier Solís, pues entonces hay que aprovecharlo para que entone a capela el célebre bolero ranchero “Perdóname mi vida”, mientras su amada Columba Domínguez da muestras de ser ambiciosa y coscolina haciéndole ojitos al machote cazador David Reynoso».Aquí pues el segundo ingrediente, el Perdóname, mi vida de Gabriel Ruiz y José Antonio Zorrilla (incluído, con mariachi, en el disco «Sin mañana ni ayer»).Terminamos con más de la película volviendo a citar a Ortega Torres: «Psicotronías que en conjunto convierten a esta película en un objeto de culto en el extranjero, editado recientemente en DVD en los Estados Unidos y denostado por siempre en nuestro país gracias a las “cultas” opiniones de gente que como García Riera [Emilio G. R., historiador y crítico de cine] no hacían más que evidenciar su soberbia y disfrazarlas de exquisitez europeizada ¡puaj!».Así las cosas, esto no es un disfrazado halago a la película en cuestión (ni un descarado copiar y pegar de textos), es sencillamente un recordatorio de aquella escena con ambos ingredientes que, junto con Solís, no tiene parangón alguno (ni siquiera con un Pat Boone cantando al piano My Love is Like a Red, Red Rose en la película «Journey to the Center of the Earth» [1959], o con una presentación para TV de un disco de Andrea Bocelli [Luz Elena González incluída]). Las grutas y el bolero coinciden, por primera ocasión y sin cabal réplica hasta ahora, en una voz que logra llenar armoniosamente, sin artificio alguno, el espacio. En otras palabras, sin querer se nos dejó una alegoría: en el centro de la Tierra la única música posible es la voz de Javier Solís. ¡Qué va!
En su momento (octubre 2006) ligué el video (entonces en youtube) de aquél programa Verdad y Fama (de MVS Televisión) dedicado a Pepe Aguilar, toda vez que él dedicó una especial mención a Javier Solís: «la mejor voz que ha existido», «maestro de maestros». El video ya no está disponible en youtube pero sí en su respectivo espacio de MVS Televisión; aquí lo vuelvo a ligar: La mención, reverencia incluída, ocurre a los 16 minutos. No está de más traerla a colación en este espacio. Sea pues.
Aquí el programa Nocturninos (de MVS Televisión) en su edición especial de "máquina del tiempo" dedicado a la música vernácula mexicana. Javier Solís es cabalmente mencionado.
Hoy día se cumplen 14 años de su muerte. Un ícono de la música mexicana que, curiosamente, en la voz de Solís sólo se hizo escuchar de una sola manera. Tomás Méndez Sosa (1926 - 1995) dejó ciertamente una estela de composiciones que le garantizaron un especial lugar junto a otros grandes de la talla de un, por ejemplo, José Alfredo Jiménez. Lola Beltrán fue, se sabe, su cómplice de cabecera y con ella su inspiración alcanzó, tal cual, la inmortalidad. En sí, Tomás Méndez fue referente constante para aquellos protagonistas de la canción ranchera, v.gr., Pedro Infante, Amalia Mendoza, Aceves Mejía y Lucha Villa. Nuestro Solís, lo dicho, sólo grabó una de sus canciones... y con ello bastó para que ésta tenga un particular espacio en la historia musical de ambos artistas.
Las rejas no matan es no sólo una clásica dentro del repertorio musical ranchero sino también del cancionero popular mexicano. Es por supuesto una clásica de clásicas para nosotros los seguidores de Javier... «Auroras que son puñaladas/ Las rejas no matan/ Pero sí tu maldito querer»... Solís imprimió lo justo y necesario para que esas rejas de Méndez tuvieran la mejor interpretación posible. Fue la única de Javier. Y es sencillamente única. Aquí una versión en vivo de aquél su último año (y en el que la grabó), 1966:
La canción se incluye en «Y todavía te quiero», «Rancheras con Javier Solís», la película «Amor a ritmo de go-go», en el devedé de «40 Años» (que es de donde se tiene esta versión en vivo) y, recientemente, en «JS con banda sinaloense». Por aquí nos vemos y leemos. ¡Qué va!
Hace diez que tuve el honor de recibirle, conocerle, escucharle y, por si fuera poco, cantar con él y su mariachi. Cómo han pasado los años. Recién el pasado 10 de enero se cumplieron siete años de su repentino fallecimiento. Cómo pasan los años. Hoy, a saber por qué, le recuerdo a través de una particular canción: Cómo han pasado los años. Cómo pasan, Cutberto.
Cierto, Cutberto Pérez no es el compositor pero, ya lo verán, logró junto con su Mariachi 2000 una espléndida y original versión de este tema ya clásico de los compositores Rafael Ferro y Ramón R. de Sirio. Para ello, les cuento, tuvo de cómplices al dueto Carlos Cuevas y, mujerón total, Aída Cuevas. Así, en aquél concierto del '97 en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, la trompeta de Cutberto (una que, al fin músico y artista cabal, supo hacerse, en mero Nueva Orleans y Nueva York, de acertadas y bienvenidas bases jazzísticas) hizo la diferencia junto con la atinadísima intervención de Aída. Es decir, que si el público esperaba una interpretación más de aquél bolero en la voz de Carlos (y, si me permiten decir, seguramente así extrañar o de inmediato pensar en la versión de Rocío Durcal), grata sorpresa resultó escuchar semejante entrada del mariachi y, segundos después, la voz única de Aída. Redondeo total. Todo en su lugar. El bolero pasó a ser uno de la talla que acaso nuestro Solís hubiera sin duda interpretado tan así de bien arreglado, o sea, un perfecto bolero ranchero. Aquí de lo que hablo:
Díganme si no merece el paréntesis. Y sí, el énfasis de la nota recae en Cutberto, pues creo que su intervención marcó la pauta para lograr así una versión única y acaso irrepetible. ¿La mejor? Hasta ahora, sí, sin duda alguna. Mariachi y voces, música y canto, combinados cual anillo al dedo. Así de bien. ¡Qué va!
Brindis Por Cutberto Pérez (1946-2002) y su legado
D.R. Mariachi2000CutbertoPerez.com
NB. Por si las dudas, y para que quede claro, Cutberto pudo desde Bach hasta los Beatles... cual vuelo de abejorro.