Si lo Solís

octubre 25, 2010 § Deja un comentario

In memoriam Rafaela

Sí, los romanos, ¡oír a Solís!
Ser, ata; vaya, Solís, acá nacer.
—Sí, lo sé, depre tu era, mirála.
Sed no clava. Natura lo dotó y
¡oh, rey a dioses! ¿Eré? —No, poma.

Atinó, borre y ni sablazo, ¿va?
—Mi caracol ahora cae. Reté
a la sala: bailó. —Dinos, ¿le osa?

Ya párala, mercal no cae. Rúa da,
¿de asilos? Reí, ¡va JAVIER SOLÍS
a edad áurea, con la crema (Lara)!

Payaso, el sonido lía balas,
ala etérea, caro halo, cara
cima, voz alba sin yerro, bonita.

«Amo», pon, ¡eres eso! Id, ayer,
hoy ¡o todo! La ruta naval, ¡conde!
Sal a rimar, Euterpe de Solís,
recana casi; los, ay, avatares,
silos a río, ¡son amor, Solís!

*Incluído en Sorberé Cerebros: Antología Palindrómica de la Lengua Española (Prado Galán, Colofón, México, 2010)

Sí, lo Solís

mayo 23, 2010 § Deja un comentario

Por supuesto, en la SOLISMANÍA hay cabida también para el palíndromo. Aquí unos más, ¡qué va!:

 

  • Son amor, Solís, sí, los romanos.
  • Ser, ata,… vaya, Solís, sí, los, ay, avatares.
  • ¡So!, mamás, oir Solís si los ríos amamos.
  • «Sí, lo sé, será nulo dotar a Pedro. ¡Carajo!, neo ese deseo: enojar». Acorde para todo; lunar, ese Solís.

13 Solís 13

junio 16, 2008 § Deja un comentario

Aprovechando un reciente hallazgo (ver mi otro blog: Aguaclara), aquí mi versión de las trece virtudes, 13, de Javier Solís.

  1. TEMPLANZA. Aquella voz media;
  2. SILENCIO. Cada pausa entre cada nota;
  3. ORDEN. Otros lo llaman fraseo;
  4. RESOLUCIÓN. Una vez iniciada la melodía, su canto era total de principo a fin;
  5. FRUGALIDAD. Dicen que grabó demasidado… más bien apenas lo necesario para su inmortalidad, sin desperdicio alguno;
  6. INDUSTRIA. Como Infante, no cesó de trabajar hasta la muerte;
  7. SINCERIDAD. ¡Qué va!
  8. JUSTICIA. Dotó al bolero del porte de su voz y del acompañamiento del mariachi;
  9. MODERACIÓN. Se limitó a cantar lo que le correspondía y venía;
  10. LIMPIEZA. En vivo o a través de un vinilo, casete, cedé, etc., pulcritud en cada nota;
  11. TRANQUILIDAD. Sin gritos ni prisas, se limitaba a interpretar;
  12. CASTIDAD. Más que sexo, hacía el amor en cada nota, y sin prostituir su arte y voz;
  13. HUMILDAD. No era cantante: se decía cantador.

¡Qué va! Por aquí nos vemos y leemos.

Los encantos de Solís

febrero 7, 2007 § Deja un comentario

«Los encantos de la música», es el título de la editorial de hoy miércoles de Jesús Silva-Herzog Márquez en la sección Cultura del periódico Reforma. Me llamó en particular la atención porque en mucho me remitió a lo que hasta ahora he tratado de hacer en este pequeño rincón de la red, es decir, en el blog de la SOLISMANIA. Miren, aquí les copio y pego algunas de las líneas de Silva-Herzog (que en sí recomienda, y se ayuda de, un libro de Jomí García Ascot, Con la música por dentro):

[…] La música tiene un poder que rara vez alcanzan los colores o las letras. Un poder tan incisivo y enérgico que penetra hasta el centro del alma, dijo Platón. Sustancia peligrosa; embriaguez de sonidos. La música se cuela por el oído para instalarse en nuestro centro, asumiendo el control de su residencia. […]
La energía musical no está solo en la obvia invitación al baile o al acompasamiento rítmico de los pies o la cabeza. Suele ser también un llamado a la conversación. Escuchar música y hablar de ella. Se repite con frecuencia la expresión de García Márquez: lo único mejor que la música es hablar de música. […]
La conversación del melómano aborda los imprecisos territorios del gusto. Imposible cartografía: en el continente de una obra genial, aparece de pronto una sonata mediocre. Y en el páramo de una obra gris, una pieza sublime. Lo que fue un desierto seco y aburrido se transforma, al paso del tiempo, en un jardín airoso. El adicto es consciente de la inconstancia de sus gustos, de la infidelidad de su entusiasmo. Una pieza amada, a golpe de repetición, cansa. Lo venturoso es que en la propia música está la terapia al hartazgo. Cuando una obra agota, hay otra que reanima. Para gozar de la música hay que entrenar -y alternar- olvidos. En todo caso, el melómano que busca clasificar su discoteca se percata que los mapas del gozo nunca reposan.

De eso se trata, selectos lectores, todo este espacio llamado técnicamente blog y románticamente SOLISMANÍA: hablar de música… de la música de Javier Solís. Eso es todo. ¿Gustan?…

Por aquí nos vemos y leemos, ¡qué va!

Desde el Perú: Víctor Hurtado Oviedo

abril 17, 2006 § 1 comentario

Ayer domingo 16, en vísperas del aniversario luctuoso de nuestro Javier Solís, el diario Perú 21, en su sección Escenarios, publica estas líneas del periodista Víctor Hurtado. ¡De diez!

Perú 21/ Escenarios

Pago de letras: El todopoderoso

Por Víctor Hurtado

 

Este miércoles 19 se cumplirá el 40º aniversario de la muerte de Javier Solís, rey del bolero ranchero. Recordemos al único, al más grande.

En México, la Muerte es una calavera de tímpano dorado. Se hace la muerta, pero escucha, toda huesos de buen gusto. Tía Calacas, Pelona egoísta, robarnos a los mejores para las serenatas negras que armas allá, en tu rancho grande. Muerte tremenda para el danzón, huesillos calentorros de boleros que repican la clave con los dientes, costillar de puro güiro, cinturita rumbera del espanto, esqueleto romántico hasta el tuétano, mera Muerte secuestratriz y avorazada.

Cuando hay que escoger, la Muerte tiene permiso. Con su índice de piedra amarillenta, la Señora señaló a los tres grandes para que no se le gasten en la vida. “¡Míos son!”, dijo, y se los llevó, aún jóvenes, para seguir la juerga a la que nunca irán quienes se pasen de vivos. Jorge, Pedro y Javier dan hoy la nota elegante junto al balcón de las ánimas: tres gallos que estrenan la mañana en coro de oro.

En el principio fue Jorge Negrete, alto y marcial, como el soldado de levita que había sido. Fue el chacho-charro, campirano y maestrante, bizarro e imperioso, tenor-castigador (todo en exceso). Fue el macho subrayado y en negritas. Jorge cantaba bien, pero con aquella tensión de zarzuela que ya declinaba marcando el fin del operismo en el bolero (póstumos años 40). El bolero se arrimaba a la intimidad y huía de la ópera para tornar al barrio. Fue bueno Jorge, pero su tiempo se iba cual los jinetes del último rollo.

Después fue Pedro Infante, risa en sonrisa de plata, seductor ingenuo y rumboso, charro volador con más accidentes que un verbo defectivo, caído por la ley del aire, y convertidor en viuda a una nación entera con su muerte cuando su avión tomó el suelo por asalto.

Bien cantaba Pedro, mas su gracia no fue esta. Su voz salía entonada, pero inmaterial y suave, de anticharro antinegrete. Cantaba mejor en el espacio corto: de corazón a corazón, pues lo suyo no podía ser el ágora plebeya de la serenata a la distancia. En cambio, Pedro fue comediante encantador, el único galán con abuelita (Sara García) y, por tanto, incapaz de hacer el mal ni aunque estuviese en el guion. Cuando Pedro murió, abriéronle el pecho y hallaron un corazón de oro. Se ha perdido. Gobernaba el PRI.

Luego fue Javier; después, el silencio; hoy, la decadencia, o sea, los Fernández. No es que uno procure detestarlos, pero ¡qué mal gritan! Forcejean con las notas. Antes de alcanzar la octava, ya están en las últimas, y es que son como intuitivos para la disonancia. Cacafonean. El Vicente sigue “cantando”, lo cual prueba cuánto puede durar un error de juventud, y el transpost-teenager Alejasno -otra víctima del autoaprendizaje- es una irrespirable cantata al libre albedrío de los semitonos. Sépanlo otros elementos, más jóvenes, más ingenuos, más trajinados por las herraduras vocales del potro y el potrillo -por definición, par de animales-. Solo hay un Rey.

Gloria y prez. En abril de 1957, navegados por mariachis, mares de gentes suben la colina donde se alza el Panteón Jardín, de México (Distrito Federal), para enterrar a Pedro, el que más se hizo querer. ¡Oh, golpe inconsulto del destino!

Una foto historió la ceremonia. Docenas de músicos rancheros aparecen de perfil, como mariachi egipcio, cantando hacia la tumba de Pedro Infante, hecha ya la Meca de los sentimientos. ¿A cuál voz maravillosa irá su herencia? En el centro de la foto surge un hombre con un sombrerazo y traje de luto. Canta, y ya parece que ha descendido sobre él la llamarada profética para coronarlo Rey del Bolero Ranchero. Nueve años durará su reino de este mundo, y toda la eternidad, su imperio.

Nuestro Rey había nacido el 1º de septiembre de 1931 en el D. F. y con un nombre difícil, presagio de su vida: Gabriel Siria Levario. La miseria siempre acuna con mano vacía, y Gabriel fue uno de sus engreídos: nunca le negó lo que le falta. El niño, sufragista de la inopia, haría voto de pobreza. Ya aprendería que no hay peor digestión que la que no se hace.

Su asustadiza madre y su borracho padre abandonaron a Gabriel. Lo criaron tía y tío que llevaron la pobreza con la dignidad que recomienda el Catecismo. Ya que esto acerca al cielo, murió la tía (como en el cine), y el tío panadero, quien nunca amasó fortuna, sustrajo a Gabriel de la escuela para que practicase desde abajo el chorreo, que no llega.

Gabriel fue un olvidado olvidado por Buñuel; fue un extra de la vida; fue un hombre llamado para el cielo pues no tenía ni con qué pagar sus pecados; mas, en el fondo de su pobreza sin fondo, Gabriel fue serio y bueno, estepario-solitario, absentista y caviloso, y elocuente cual un mimo al que solo le falta hablar.

Creció en las levantiscas, evangélicas calles, donde siempre es mejor dar que recibir; laboró de mensajero pre-e-mail; llegó a subcirujano de carnicerías banales; ascendió a cargador en el libre mercado; lavó autos intensamente ajenos; hizo eso, más y todo, e hizo lo mejor: cantó. Cantó tangos en carpas de barrio, capillas ardientes de tequila, ante el culto público o el que llegase; mas todo ello ya no importa: faltan catedrales para merecer su voz.

Casose ciertas veces, como si fuera otro hijo de doña Elizabeth, reina de Inglaterra y emperatriz de Irak. Glorificó bares con su canto, donde, con verdades de a puño, ejercía también de Casco Azul ante discordias pulquérrimas -de pulque- surgidas entre objetores de la sobriedad en las altas noches tabernarias. Así iba Gabriel saliendo de pobre, como quien baldea en el desierto.

Una noche luminosa, en el Bar Azteca, oído que lo hubo Julito Rodríguez (un Pancho de los tres), llevolo a grabar discos. Así lo hizo nuestro Rey y trocose el nombre por el hoy eviterno de Javier Solís. Para lograr la perfección total, solo faltaba un exiguo parricidio; es que Javier imitaba a Pedro Infante (aunque, claro, siempre es mejor ser una provincia de Pedro Infante que la capital de “Luis Miguel”).

Cierta tarde vehemente de historia, Javier rompió el breve molde de don Pedro. Entonces sí se le rindió la eternidad; le prosperó el estilo; cantó para edificación de los arcángeles trinadores: suave y fortissimo, íntimo y violento, barítono y tenor, con mariachi y con sinfónica.: ¡lo que usted quiera! En sus diez años de arte absoluto, Javier nos legó 452 temas grabados: corridos, rancheras, hupangos, valses, danzones y, sobre todo -¡sobre todo!-, boleros rancheros que atraviesan el alma. Hay un antes y un después de Javier Solís, pero él es el siempre.

Solo 36 años cursó Javier la vida. Murió de operación de cirujano inoperante el nefasto 19 de abril de 1966. Cada aniversario, Euterpe, enloquecida, se cubre de luto por su voz cantante. De esa tragedia lenta e incesante se cumplirán cuarenta años el próximo miércoles. Quien tenga oídos para oír, no olvide.

La Muerte tiene permiso, mas el Amor tiene memoria. Eternal Javier, Javier altísimo: eres el más grande, eres el todopoderoso. “Joven muere el elegido de los dioses”.~

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