En las lentes de otras miradas

julio 1, 2022 § 3 comentarios

La lente de Humberto Zendejas fue la que registró aquella curiosa imagen de un Sinatra con sombrero y un Solís con un Sinatra. Para los javiersolistas tal estampa ha sido la prueba, acaso única, de que un proyecto conjunto estaba por cocinarse. La fotografía es sobre todo prueba del talento de Zendejas, pues es la fecha en que esa, y no otras (donde ambos miren a la cámara, por ejemplo), es la mejor referencia del encuentro y de la estatura, a la par, de ambos cantantes.

Frank Sinatra y Javier Solís a la llegada del cantante estadounidense para festejar su cumpleaños en Acapaulco (1966), Humerto Zendejas

Hay más fotos de Solís, y se pueden apreciar en exposición en el Museo del Estanquillo de la ciudad de México. La foto de Sinatra con Solís es parte de la exposición “La mirada oportuna. Humberto Zendejas: fotógrafo de espectáculos” (del 15 de junio al 30 de octubre de 2022); está ahí junto con otras del fotógrafo gracias a Carlos Monsiváis, quien lo “descubrió” en una calle de la ciudad, y desde su encuentro procuró tanto al fotógrafo como a su entonces olvidada obra. También, está la exposición “Monsiváis, el musical”, donde se incluyen un par de retratos de Javier, uno hecho por Zendejas y otro por Armando Herrera, “El fotógrafo de las estrellas”, a quien también en su momento se le recordó con una exposición fotográfica, “Amor Perdido. El bolero de Monsiváis: Imágenes de Armando Herrera”, organizada por el Senado Mexicano y el Museo del Estanquillo.

El escritor Monsiváis, se sabe, era un consumado y variopinto coleccionista, y una de sus manías era la música popular. Tales gustos coinciden con Javier y con esos sus retratos. Carlos escribió sobre Solís (liga), y supo, gracias a gente como Zendejas y Herrera, admirarlo también.~

Una estética por Monsiváis

septiembre 29, 2012 § 1 comentario

Carlos Monsiváis escribió a diez años de la muerte de Solís en La cultura en México, Siempre! (20.01.76):

Estética de la naquiza IV: Sombras nada más

Una escena cumbre de la estética de la naquiza. En un festival de la Alameda, con motivo de un homenaje al desaparecido cantante de bolero ranchero Javier Solís. Los dolientes: el Mariachi Vargas de Tecalitlán. Escenografía: reclinada sobre una silla, la foto de Solís, con sombrero de charro, en fondo azul. Al fin y al cabo a Javier le hubiera gustado que así fuera, él, cuyo primer nombre fue Gabriel Siria y que pasó de ayudante de carnicero a mariachi de la plaza Garibaldi.

Allí están los ex compañeros de Solís para declamar, cantándole, su historia: hijo del pueblo, entraña nativa, te nos fuiste en plena gloria. Rockefeller empezó colectando clips. Onassis fue dependiente en la Argentina. Javier Solís salió de las instituciones folclórico-recreativas del mundo de Santa María la Redonda, se emancipó de asediar automóviles y desafinar en serenatas y mostrar la fatiga del cantante con lagunas en su repertorio. Yo sólo sé que no me las sé todas. Para el mariachi, Javier Solís es lo que Pedro Infante para los carpinteros y, lo que en alguna época, fue Lupe Vélez para las vicetiples: la seguridad de que chance y ahí viene la buena, chance y salimos de ésta, mi cuate. En la Alameda, los mariachis se fugan y abandonan en el escenario el retrato y a la silla y a la voz de Solís cantando “Sombras”. Y entre lágrimas viviendo el pasaje más horrendo de este drama sin final. ¡Qué importa! La lección estética se ha dado: de un mariachi puede extraerse un Javier Solís. Y la medida de lo que fue y lo que significa un Javier Solís la dan las aspiraciones de sus admiradores. Sombras nada más entre tu vida y mi vida…~

¿Dónde estoy?

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