Aunque sea malas nuevas
febrero 17, 2010 § 1 comentario
Un bolero con mucha carne en su interior. Guillermo Castillo Bustamante lo parió entre rejas y sólo acercándose a su historia y la de su patria Venezuela, puede uno comprender la verdadera intimidad de “Escríbeme”. Aparte están las primeras interpretaciones por su paisano Alfredo Sadel y el chileno Lucho Gatica, donde aquél sigue ostentando la mejor versión, sin duda al haber tenido, literalmente, de primera mano la referencia con el compositor (amén por supuesto de su excelsa e inolvidable voz).
Solís quiso también imprimir su sello. Escribir con su cuerdas y cantar así en memoria del doloroso e injusto peregrinar de encierros de Castillo Bustamante. Acompañado del mariachi Perla de Occidente graba entonces su versión, una que aun con borrones obtiene la esperada y agradecida belleza que sólo Javier sabía dar.
Digo con borrones porque “Escríbeme” en la voz de Solís tiene una desafortunada imperfección. Escuchando la versión editada tanto en el disco Canta Javier (1958) como en el cedé de Las Inéditas de Javier Solís (2005), reparo en que Javier, ya en el cierre de la canción, entra a destiempo. Así tal cual, pasados los 3 minutos y a punto del desenlace, después de «su lectura me conmueve» escuchamos un muy indeciso «aunque sea». Un lapsus que a saber si en alguna otra grabación se evitó. Aquí la canción:
Pero un intento, colegas, ya deseado por aquellos que quieran (o hayan querido) echarse al hombro este pedazo de canción. Pues si con sus “Tres Lindas Cubanas” el venezolano dio rienda suelta a su alegría (en particular) en las notas para el piano, “Escríbeme” exige hacerse de tristeza, sufrimiento y melancolía y, una vez con todo ello, dar salida de principio a fin a notas nada fáciles para la voz—ésta se lleva todo el bolero en sí, dejando a la música como mero acompañamiento. Castillo Bustamante lo dejó todo al texto. Ése que más que escribir ansiaba leer.
Así, al canto se le encarga la súplica, algo que Javier sabía —mejor que nadie— conceder. Lograr pues que “Escríbeme” tuviera su merecido bolero ranchero estuvo a punto de consolidarse con Javier. Insisto, el error está ahí y, lo dicho, ojalá existiera alguna otra versión sin tal detalle. Con Aída Cuevas se tiene, hay que decirlo, una muy respetable interpretación a la altura de lo mejor del bolero ranchero; pero con Solís ese borrón nos cuesta y nos puede.
Con todo, como lo expresara acaso el propio don Guillermo (y que sirva esta nota toda como humilde reconocimiento), aunque sea así se seguirá escuchando sin reparo a Javier. Aunque sea malas nuevas, Solís seguirá cantándonos la buena nueva. Nuestra mejor.
Por aquí nos vemos y leemos, ¡qué va!
De 100
febrero 12, 2010 § Deja un comentario
Acaso como un tequila añejo y así de bueno, hay en el repertorio javierista un puñado de interpretaciones que hoy día, su contenido, alcanza ya el centenario. Canciones que vieron la luz hace ya cien años y que Javier tomó en cuenta para el enriquecimiento tanto de su propio acervo musical como el de la tierra que las engendró. O mejor dicho, para honor de sus creadores.
Por supuesto, la mayoría de ellas se clasifica como valses, toda vez que fue precisamente en las postrimerías del siglo XIX y primera década del pasado cuando tal género musical ocupa el primer lugar de popularidad, y motiva plumas y partituras varias de una pléyade de compositores. Ahora bien, fácil no es señalar la fecha precisa en que las obras se registraron y entonces calcular exactamente la longevidad de su alcance musical, empero, lo cierto es que en este 2010 tienen ya los tres dígitos de edad.
Solís, lo dicho, las graba a poco más de 50 años de existencia en la memoria musical de entonces, y deja así una muestra más (y mejor) de la belleza inmortal de tales composiciones. Es decir, la verdad sea dicha, Javier supera en mucho a los que le precedieron (incluyendo, por ejemplo, a Infante y su Dios nunca muere) y a los que le siguieron.
Dicho lo anterior, sirva este espacio para enlistar a las más viejas canciones que Javier grabó y que en este especial año (de centenarios y bicentenarios) se han de recordar de forma especial. Ojo, no todas son valses, hay dos que más bien son semilla de lo que será en mucho la gran producción mexicana durante tres cuartos del s.XX, es decir, la canción ranchera. Sea pues.
Parte ya de la etapa histórica revolucionaria la lista continúa con la entonces exitosa
La lista pues concluye ahí por una razón muy sencilla: el siguiente compositor es Francisco Moure Holguín [1897-1964] cuyo vals «Julia» está fechado en 1924, luego tal obra tiene apenas 85 años por lo que queda fuera de la selección. Cierto, “Morir por tu amor” podría también quedar fuera, mas 5 años de diferencia entre la edad de los respectivos compositores me parecen razón prudente para asumir que quizá con 18 años Belisario haya dado a luz a su Morir. También, estoy dejando fuera de la lista a los restantes 3 valses grabados por Solís: “Por ti aprendí a querer” de Lorenzo Barcelata [1898-1943], “Noche azul” de Carlos Espinosa de los Monteros [1902-1972] y “Mañana” de Victoria Eugenia Sepúlveda [¿?].
Así, herencia invaluable son estas canciones no sólo por su ya inmortal contenido sino también por haber quedado en boca de Javier y su arte. Son estas joyas, su interpretación, la debida reverencia de Solís a aquella música que en este año reafirma plenitud (ello afirmado sin empacho) con unos merecidos ya 100 años de vida. Lo más, Javier con su canto las revistió de particular elegancia e insufló en ellas la serenidad necesaria para que hoy día puedan ser escuchadas sin dejos de arcaísmo.
En corto, la inigualable voz de Javier es, en este centenario, el mejor medio para seguir brindándoles un espacio por demás vivo. Un Javier Solís no de 10 sino de 100, ¡qué va!
Por aquí nos vemos y leemos.
Sombras… ¿nada más?
febrero 10, 2010 § 1 comentario
Hace 30 años Héctor Lavoe se dio a la tarea de recordar a su cantante favorito: Felipe Pirela. El salsero «cantante de los cantantes» rindió homenaje al «bolerista de América». Con apenas una selección de ocho temas, en Recordando a Felipe Pirela (Fania Records, 1979) Héctor nos brindó una faceta —acaso la más— íntima de su voz y, de paso, dejó clara la influencia del bolero en su salsa (aquí una acertada reseña del disco). También, y aquí el porqué de estas líneas introductorias, Lavoe nos recuerda que Pirela guarda un peculiar paralelismo con Javier Solís: Sombras… nada más.
Sabemos que la composición de Contursi y Lomuto tiene sus origenes en el Sur de nuestra América. Nacidas como un tango, aquellas sombras tendrían una estación —Venezuela— antes de ser luz en ese nuestro faro Javier. Lo que es más, y mejor, Solís encontró apoyo en el sereno ánimo encendido de Felipe Pirela para poder darnos así, en 1965, una redondísima interpretación del ya bolero y encumbrarlo entonces con el marco del sonido del mariachi.
Más claro todavía, es con Pirela, en 1963 , cuando Sombras se hace bolero cabal; así, bien se puede argumentar que gracias a Felipe y su interpretación, Javier obtiene la primer referencia de entendimiento musical de ese tan particular tema. Es decir, que justo es reconocer aquella versión de Pirela y aceptar su fuerte influencia en la posterior interpretación de Javier; mezquino sería ignorar la fuerza de Pirela y sus Sombras, y decir que la versión de Javier no tiene relación alguna. Solís, pues, no pudo haber tenido mejor referencia para su versión bolero-ranchero que aquella sentida interpretación de Pirela.
Por suerte, en la red de redes hay ya respetables espacios donde se habla largo y tendido de la obra musical de Pirela. El mejor rincón sin duda es el «blog del artista ícono del bolero en Venezuela», del escritor Luis Ugueto. Sirva entonces de saludo esta nota y, ayudándonos de las palabras de la cantante zuliana Teresita Antunez (vertidas en el documental producido por el mencionado Ugueto), recordamos a aquel bolerista que «le faltó tamaño pero le sobró corazón». Grande Pirela, ¡qué va!
Por aquí nos vemos y leemos.
Esta tristeza mía
febrero 5, 2010 § Deja un comentario
Y de todos. Digámoslo de una sola vez: Javier Solís: Sus Grandes Éxitos con Banda (2008) es un trabajo mediocre. Producido por Pedro Rivera (padre de Lupillo Rivera y Jenni Rivera) y con la complicidad de la Banda Libertad, en este cedé la voz de Javier Solís es arteramente utilizada y se nos ofrece en una mezcla rupestre e injusta incluso con el auténtico sonido de la tambora.
No había querido escribir esta debida nota, un poco por tiempo (ya disculparán, caros lectores, la ausencia) y un mucho por lo que me exigía: escuchar completa y atentamente este particular disco. Fácil no es, pues más de una vez se tiene que parar la tarea de escuchar canción tras canción de esta obra sinvergüenza. No hay en ella un momento de descanso, voz y música no se alcanzan y su comunión es sencillamente inexistente. Ni siquiera el argumento de «reto tecnológico» disculpa la falta de seriedad y, sobre todo, noción musical de cada una de las diez canciones que integran este engrudo. La voz de Javier se pierde entre el sonido de la tambora, pues ésta en lugar de acompañarla pareciera que quiere competir con ella. Los metales, en particular, se encargan de desperdiciar la oportunidad que se tenía de hacer que Solís volviera a tener la grata compañía de la tambora, esta vez no para valsear (cf. Javier Solís Con Banda, 1959) sino para seguirla dotando de fuerza como en su momento lo hicieran José Alfredo, Infante, Pérez Meza y por supuesto el mandamás Antonio Aguilar, al interpretar rancheras y boleros rancheros con un acompañamiento de tal carisma como el que ofrece una regia tambora. Así las cosas, no se quiso y no se pudo. Hace casi un año, en la nota del 28/02/09, preví un balance apenas positivo. Me equivoqué. Aquella pequeña muestra que tenía (ie, un popurrí de las diez canciones) no dejaba ver la envergadura de la pifia. De las diez canciones no se hace una sola en que se pueda decir que sí, que vale la pena (nunca mejor dicho) tener este disco entre nosotros. Si algún crítico musical quisiera contar con ejemplos de desaliño, éste producto es uno muy bueno. Lo que pintaba como un proyecto temerario pero valioso, terminó siendo un amasijo de otrora éxitos.Dicho lo anterior, si he de quedarme —acaso para el anecdotario— con una canción de este producto comercial (que no musical), y que no subo por respeto al lector, sea pues: «Esta tristeza mía», último track y resumen cabal de las nueve canciones que le anteceden. Es decir: ya ni llorar es bueno.
Por aquí nos vemos y leemos. ¡Qué va!