Imposible

febrero 10, 2011 § Deja un comentario

Imaginemos la escena: una gran pista de por medio y ahí en el rincón, a medias luces rojas y violetas, un grupo de músicos ataviados con traje de manta. Son por supuesto Los Xochimilcas, todos ahí los conocen y aplauden, así que está por demás la descripción. Pero no están solos esta vez, es decir, además de Martín Armenta (trompeta), Antonio Caudillo (batería), César Sosa (acordeón) y Francisco Gómez (contrabajo), les acompaña un hombre que, como ellos, sabe de guasa y, sobre todo, de buena música. Él como ellos se ha dado a la tarea de agarrar bien y parejo y cantar por ejemplo —lo afirma sin reparos— hasta Violetas imperiales con mariachi, si así se le pide y requiere. Esta vez, decía, Los Xochimilcas están acompañados de Javier Solís.

El ejemplar grupo de músicos está por interpretar al respetable (putas, señores, señoritos, damas, padrotes, en fin, parroquianos) una pieza musical del mismísimo, así lo anuncian, Flaco de Oro: Imposible. El coqueteo, las miradas (lascivas y curiosas) y las pláticas cesan junto con el vaivén de meseros, y sólo aquellos de paso experto y seguro —claro, un bolero-danzón no cualquiera— buscan el centro de la pista para hacer del baile un cómplice de Lara. Todo cual perfecto preámbulo de la introducción musical que correrá a cargo de, en este orden, la batería, trompeta y un certero acordeón.

Martín Armenta traza lo que Solís, al micrófono, redondea desde el primer endecasílabo: «yo sé que es imposible que me quieras». Cada uno en lo suyo hacen de Imposible una posibilidad perfecta de escuchar la comunión de voces extraordinarias; de metales finísimos, tanto la garganta de Javier como la trompeta de Martín nos regalan una interpretación que viste, al talle y al centavo, la inspiración de Agustín. Por supuesto, Sosa y su acordeón no se quedán atrás, y junto con el tempo de Caudillo y de Gómez, se completa el cuadro. Una maravilla.

Las parejas, por su parte, dan cortos pincelazos que iluminan la atmósfera y así el resto, acaso nosotros los testigos, obtenemos lo mejor de ésta nuestra especial noche. Músicos y cantante han cumplido con creces y el público conocedor también. El aplauso es sentido y nutrido, habrá quizá —siempre lo hay— quien pida otra vez por la canción, ¿envenenando así su corazón? Qué se le va a hacer, los músicos saben que amores y desamores son el verdadero público y que a ellos se deben. Vendrá de nuevo el golpe inicial, el soplo, la nota, la voz… el aliento.

Los Xochimilcas…

[Imposible, Agustín Lara, en Fiesta para la momiza, 1971]

… y Javier Solís:

[Imposible, Agustín Lara, en Lara/Grever/Baena, 1962]

Brindis

A cinco años del primer post en la SOLISMANÍA, gracias mil por las visitas, lecturas y comentarios. A por más, que el javiersolismo nos espera y demanda, ¡qué va!

Actualización (2012)

Una estampa —muy bien pintada— a cargo de Natalia Lafourcade, ¡qué va!

[youtube http://youtu.be/NAgl-Vh0cNY]
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El porqué Javier Solís

mayo 7, 2007 § Deja un comentario

No cabe duda que solo ellos, los que están inmersos en ese maravilloso mundo de la música, los que viven a través de la música, donde ésta es su fin y medio (su aire), los que la hacen; son ellos, pues, los que mejor pueden expresar con palabras lo que música debiera en todo momento ser.

Además de sus obras con el místico chelo, Mstislav Leopóldovich Rostropóvich (1927-2007) dejó dicho: “En estos tiempos hay demasiado énfasis en la perfección técnica y muy poco en aquello de lo que la música realmente trata: ironía, gozo, sufrimiento, amor”.

Javier Solís, selectos lectores, su obra, sus interpetaciones, son ante todo un énfasis en todo ello precisamente: amor, dolor, gozo, sufrimiento, ironía (¡qué va!). Su perfección se fue en ello: en sus interpretaciones de las tantas vidas vertidas en canciones y por él vividas y expresadas por su voz. No había perfección en Javier. Había, vivía, simplemente música.

Por aquí nos vemos y leemos, ¡qué va!

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