La adquisición de la disquisición

agosto 18, 2014 § Deja un comentario

Esta es la segunda vez del ínclito javiersolista Víctor Hurtado Oviedo en la SOLISMANÍA, la primera fue de aniversario. Pareciera que esta otra también recuerda a Solís en un aniversario luctuoso, pero no estoy seguro pues la encuentro en distintas fuentes con fechas diferentes (y editada en el último renglón). A saber. Tomo el texto de por allá, y supongo que la versión final está incluída en Otras disquisiciones (Lapix editores, 2012).

Te amaré toda la vida
por Víctor Hurtado Oviedo

Nada puede el tiempo contra Javier Solís

Los historiadores son serios: solo hablan del pasado porque el futuro no les consta. Hasta prohíben decir: «¿Qué hubiera pasado si…» pues esto sería jugar con los naipes del tiempo. No importa: a escondidas pensemos qué hubiese ocurrido si, hace tantos siglos, cordilleras de hielos no hubieran enlazado los nortes de Asia y de América. Tres respuestas son: 1) no habrían existido Jorge Negrete ni sus pistolas tenoras (si hablan de «las poetas», que hablen de «las tenoras»); 2) no habrían sonado Pedro Infante ni su voz llorada y llorosa; 3) no habría crecido el bolero ranchero porque el varón ilustre que lo elevó a la eternidad (donde ahora él mismo habita) hubiese nacido en los desiertos de Mongolia y hubiera sido un tártaro cantor de las batallas de Gengis Jan.

Había un abolengo pálido y remoto en la cara de Javier Solís. Su pelo cerrado, de luz negra y radiante, oprimía una frente exigua sobre cejas dispersas. Los ojos orientales, las colinas de los pómulos y los bigotes nimios historiaban su estirpe antigua, migrante y gloriosa. Todos los cuerpos hablan; el de Javier Solís dictaba una conferencia sobre el estrecho de Bering.

Se sabe poco sobre la vida privada de Javier Solís. Hay existencias que no alcanzan para una biografía, y entonces los libros deben arbolarse de anécdotas. Empero, anotemos que Javier nació con un nombre difícil (Gabriel Siria Levario) en setiembre de 1931, en la ciudad de México. Para salvarlo del padre de violento alcohol, la madre obsequió al niño al hermano de esta, Valentín, hombre probo, laboral y panadero. Para este recto varón y su esposa, Ángela —sin hijos propios—, Gabriel fue el heredero universal de la nada a manos llenas con la cual el hada de la pobreza había favorecido a los esposos (cuando abunda la pobreza, alcanza para la mayoría: sobre todo para la mayoría).

Gabriel creció en las arduas calles del barrio de Tacubaya, donde se ejerce la redundancia de ser pobre pero honrado, y donde los niños juegan en calles de tierra como ángeles entre nubes de polvo. No terminó la escuela: a los diez años lo arrancaron de ella la muerte de su madre adoptiva y la angustia de ganarse el sustento. Fue un niño prodigio a lo Tercer Mundo: le enseñaron a leer y aprendió a trabajar.

Me pierdo en el entrevero de sus circunstancias. Fue repartidor de pan, lavador de autos y matarife imperceptible de carnicerías triviales. Se casó a los 20 años; se complicó de otros amores de adiós y portazo, y juró lealtades románticas siempre firmes aunque sucesivas. Engendró muchos hijos; no sé cuántos porque a los siete dejé de contar.

No obstante, por sobre todas esas miserias, Gabriel sintió la gravitación suprema de la música. A los 18 años ganaba concursos de canto en míticas carpas de barrio, templos plebeyos de trapo y madera. En una carpa se inventó como intérprete del himno cortante y dolido del tango, bajo el seudónimo casi peluquero de «Javier Luquín».

En lo más central de sus dudas, todo joven oculta un espejo secreto de mentiras cómplices donde le urge admirarse: ante ese reflejo, el bajo se ve alto; el débil, fuerte; el tímido, seductor. Allí está la imagen fastuosa que —sospecha— nunca será. En el espejo indulgente del casi irreal Gabriel Siria se reflejaba este ídolo: Pedro Infante, charro de sonrisa de plata y actor cariñoso de cintas bailables que hacía, de los cines, ingenuos harenes de noventa minutos.

En 1925, Jorge Luis Borges aludió a Diego de Torres Villarroel y lo llamó «provincia de Quevedo» porque Torres escribió hecho una copia vehemente del maestro. Así también, los primeros discos de Javier Solís —quien ya grababa con este nombre glorioso— fueron provincias de Pedro Infante (aunque siempre es mejor ser una provincia de Pedro Infante que la capital de «Luis Miguel»). Pese a todo, las imitaciones de Javier no eran como las de Dean Martin contra Bing Crosby, pues, bajo la postración xerográfica, bullía una voz aleonada que urgía por su libertad.

La vida de Javier se perdía tristísima. El imperioso azar de la pobreza lo había resumido a cantante de bares donde se desataban épicas furiosas en las altas noches tabernarias: cuchillos de preguntas punzantes, navajas de respuestas cortantes, gritos de súbitas genealogías, el énfasis-sorpresa de una silla contra un cuello, y fructuosos botellazos como votos: directos, universales y secretos. Entonces, aunque sus tareas eran la exactísima entonación y el arte, Javier Solís no desdeñaba las misiones de paz entre los hombres y aplacaba almas inquietas con el silogismo bicorne de sus puños.

De pronto, la muerte le obsequió la oportunidad. El 15 de abril de 1957, Pedro Infante murió calcinado en un accidente aéreo, y Javier Solís se aferró a su memoria acreciendo el calco. Fue un error. Impacientes, las compañías disqueras le dieron a escoger entre robarse un estilo propio o marchar hacia la populosa, la siempre lista, la amplísima calle.

Debemos Javier Solís a un padre alcoholizado, a una madre espantada y a dos tíos ejemplares; lo debemos también a don Felipe Valdés Leal, el único músico que creyó siempre en Javier, y quien, a fuerza de consejos, logró que, cierta tarde histórica de 1958, cuando Javier grababa Llorarás, llorarás, de las tiránicas cenizas de Pedro Infante naciera la voz auténtica de Javier Solís.

Del resto se ocupa la Historia. Javier grabó 320 canciones, pero filmó películas que solo degustarán plenamente los críticos que conjunten la finura estética con la piromanía. No importa: el rey inderrocable del bolero ranchero nos legó el viento poderoso de su voz, su timbre de hierro dulce, y su caudal de lágrimas y gozos sobre el que muchos lanzamos la nave valiente y aterrada de la adolescencia.

Javier Solís murió de médico inoperante tras una cirugía de vesícula, el 19 de abril de 1966, y nos dejó a los suyos entregados a la pena erudita de recordar sus discos. Desde entonces, el tiempo ha hecho su especialidad: dar olvido, pero nada puede contra ciertas deudas de la memoria. Tal es mi caso. A los trece años, yo compraba los discos de Javier Solís ante el asombro tanguero de mi padre. Por cantar como Javier, yo hubiese dado diez centímetros de estatura, cuando lo importante era crecer. Él fue uno de esos padres remotos que los jóvenes adoptan cuando se engañan y creen que están solos, y por esto me cayó como un rayo su muerte profunda.

«Te amaré toda la vida», jura la hipérbole de un gran bolero, y ya van treinta y tres años. «¿Que te deje yo? ¡Qué va!».

Nota. Los datos han sido tomados de El señor de «Sombras», biografía en tres fascículos escrita por José Felipe Coria (Editorial Espejo de Obsidiana, México, 1995).~

Desde el Perú: Víctor Hurtado Oviedo

abril 17, 2006 § 1 comentario

Ayer domingo 16, en vísperas del aniversario luctuoso de nuestro Javier Solís, el diario Perú 21, en su sección Escenarios, publica estas líneas del periodista Víctor Hurtado. ¡De diez!

Perú 21/ Escenarios

Pago de letras: El todopoderoso

Por Víctor Hurtado

 

Este miércoles 19 se cumplirá el 40º aniversario de la muerte de Javier Solís, rey del bolero ranchero. Recordemos al único, al más grande.

En México, la Muerte es una calavera de tímpano dorado. Se hace la muerta, pero escucha, toda huesos de buen gusto. Tía Calacas, Pelona egoísta, robarnos a los mejores para las serenatas negras que armas allá, en tu rancho grande. Muerte tremenda para el danzón, huesillos calentorros de boleros que repican la clave con los dientes, costillar de puro güiro, cinturita rumbera del espanto, esqueleto romántico hasta el tuétano, mera Muerte secuestratriz y avorazada.

Cuando hay que escoger, la Muerte tiene permiso. Con su índice de piedra amarillenta, la Señora señaló a los tres grandes para que no se le gasten en la vida. “¡Míos son!”, dijo, y se los llevó, aún jóvenes, para seguir la juerga a la que nunca irán quienes se pasen de vivos. Jorge, Pedro y Javier dan hoy la nota elegante junto al balcón de las ánimas: tres gallos que estrenan la mañana en coro de oro.

En el principio fue Jorge Negrete, alto y marcial, como el soldado de levita que había sido. Fue el chacho-charro, campirano y maestrante, bizarro e imperioso, tenor-castigador (todo en exceso). Fue el macho subrayado y en negritas. Jorge cantaba bien, pero con aquella tensión de zarzuela que ya declinaba marcando el fin del operismo en el bolero (póstumos años 40). El bolero se arrimaba a la intimidad y huía de la ópera para tornar al barrio. Fue bueno Jorge, pero su tiempo se iba cual los jinetes del último rollo.

Después fue Pedro Infante, risa en sonrisa de plata, seductor ingenuo y rumboso, charro volador con más accidentes que un verbo defectivo, caído por la ley del aire, y convertidor en viuda a una nación entera con su muerte cuando su avión tomó el suelo por asalto.

Bien cantaba Pedro, mas su gracia no fue esta. Su voz salía entonada, pero inmaterial y suave, de anticharro antinegrete. Cantaba mejor en el espacio corto: de corazón a corazón, pues lo suyo no podía ser el ágora plebeya de la serenata a la distancia. En cambio, Pedro fue comediante encantador, el único galán con abuelita (Sara García) y, por tanto, incapaz de hacer el mal ni aunque estuviese en el guion. Cuando Pedro murió, abriéronle el pecho y hallaron un corazón de oro. Se ha perdido. Gobernaba el PRI.

Luego fue Javier; después, el silencio; hoy, la decadencia, o sea, los Fernández. No es que uno procure detestarlos, pero ¡qué mal gritan! Forcejean con las notas. Antes de alcanzar la octava, ya están en las últimas, y es que son como intuitivos para la disonancia. Cacafonean. El Vicente sigue “cantando”, lo cual prueba cuánto puede durar un error de juventud, y el transpost-teenager Alejasno -otra víctima del autoaprendizaje- es una irrespirable cantata al libre albedrío de los semitonos. Sépanlo otros elementos, más jóvenes, más ingenuos, más trajinados por las herraduras vocales del potro y el potrillo -por definición, par de animales-. Solo hay un Rey.

Gloria y prez. En abril de 1957, navegados por mariachis, mares de gentes suben la colina donde se alza el Panteón Jardín, de México (Distrito Federal), para enterrar a Pedro, el que más se hizo querer. ¡Oh, golpe inconsulto del destino!

Una foto historió la ceremonia. Docenas de músicos rancheros aparecen de perfil, como mariachi egipcio, cantando hacia la tumba de Pedro Infante, hecha ya la Meca de los sentimientos. ¿A cuál voz maravillosa irá su herencia? En el centro de la foto surge un hombre con un sombrerazo y traje de luto. Canta, y ya parece que ha descendido sobre él la llamarada profética para coronarlo Rey del Bolero Ranchero. Nueve años durará su reino de este mundo, y toda la eternidad, su imperio.

Nuestro Rey había nacido el 1º de septiembre de 1931 en el D. F. y con un nombre difícil, presagio de su vida: Gabriel Siria Levario. La miseria siempre acuna con mano vacía, y Gabriel fue uno de sus engreídos: nunca le negó lo que le falta. El niño, sufragista de la inopia, haría voto de pobreza. Ya aprendería que no hay peor digestión que la que no se hace.

Su asustadiza madre y su borracho padre abandonaron a Gabriel. Lo criaron tía y tío que llevaron la pobreza con la dignidad que recomienda el Catecismo. Ya que esto acerca al cielo, murió la tía (como en el cine), y el tío panadero, quien nunca amasó fortuna, sustrajo a Gabriel de la escuela para que practicase desde abajo el chorreo, que no llega.

Gabriel fue un olvidado olvidado por Buñuel; fue un extra de la vida; fue un hombre llamado para el cielo pues no tenía ni con qué pagar sus pecados; mas, en el fondo de su pobreza sin fondo, Gabriel fue serio y bueno, estepario-solitario, absentista y caviloso, y elocuente cual un mimo al que solo le falta hablar.

Creció en las levantiscas, evangélicas calles, donde siempre es mejor dar que recibir; laboró de mensajero pre-e-mail; llegó a subcirujano de carnicerías banales; ascendió a cargador en el libre mercado; lavó autos intensamente ajenos; hizo eso, más y todo, e hizo lo mejor: cantó. Cantó tangos en carpas de barrio, capillas ardientes de tequila, ante el culto público o el que llegase; mas todo ello ya no importa: faltan catedrales para merecer su voz.

Casose ciertas veces, como si fuera otro hijo de doña Elizabeth, reina de Inglaterra y emperatriz de Irak. Glorificó bares con su canto, donde, con verdades de a puño, ejercía también de Casco Azul ante discordias pulquérrimas -de pulque- surgidas entre objetores de la sobriedad en las altas noches tabernarias. Así iba Gabriel saliendo de pobre, como quien baldea en el desierto.

Una noche luminosa, en el Bar Azteca, oído que lo hubo Julito Rodríguez (un Pancho de los tres), llevolo a grabar discos. Así lo hizo nuestro Rey y trocose el nombre por el hoy eviterno de Javier Solís. Para lograr la perfección total, solo faltaba un exiguo parricidio; es que Javier imitaba a Pedro Infante (aunque, claro, siempre es mejor ser una provincia de Pedro Infante que la capital de “Luis Miguel”).

Cierta tarde vehemente de historia, Javier rompió el breve molde de don Pedro. Entonces sí se le rindió la eternidad; le prosperó el estilo; cantó para edificación de los arcángeles trinadores: suave y fortissimo, íntimo y violento, barítono y tenor, con mariachi y con sinfónica.: ¡lo que usted quiera! En sus diez años de arte absoluto, Javier nos legó 452 temas grabados: corridos, rancheras, hupangos, valses, danzones y, sobre todo -¡sobre todo!-, boleros rancheros que atraviesan el alma. Hay un antes y un después de Javier Solís, pero él es el siempre.

Solo 36 años cursó Javier la vida. Murió de operación de cirujano inoperante el nefasto 19 de abril de 1966. Cada aniversario, Euterpe, enloquecida, se cubre de luto por su voz cantante. De esa tragedia lenta e incesante se cumplirán cuarenta años el próximo miércoles. Quien tenga oídos para oír, no olvide.

La Muerte tiene permiso, mas el Amor tiene memoria. Eternal Javier, Javier altísimo: eres el más grande, eres el todopoderoso. “Joven muere el elegido de los dioses”.~

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con Vïctor Hurtado Oviedo en SOLISMANÍA.