El Solís de cabecera

marzo 26, 2013 § 1 comentario

Bienvenidos a este nuevo diseño (y etapa) de la SOLISMANÍA. El mayor cambio está en la cabeza… en la cabecera. Ese trío de imágenes pertenecen a un archivo, al de su autor Enrique Bostelmann; yo las pesqué en alguno de los mensajes del Club Yahoo de Javier Solís y lamentablemente ya no recuerdo quién las subió, ni las he vuelto a ver por ahí. Donde sí se ven, y no son las mismas, es en las páginas del tomo III de  El Señor de Sombras: La vida de Javier Solís (J.F. Coria, Clío 1995); es decir, que fue una serie de retratos lo que el fotógrafo Enrique Bostelmann hizo con Solís. Hasta ahora, pues, tengo noticia de cinco: los tres de la cabecera y estos dos de las páginas 12 y 19, respectivamente, del referido tomo:

   

Solo este par de capturas, lo dicho, es lo que se incluye en ese libro de la vida de Javier Solís. En la red hay también poco de Bostelmann, quiero decir, no lo suficiente. Una página dedicada a él (¿o de él?) ya no está en funcionamiento: solo se mira algo en ella a través del caché de Google. En la sección biográfica se alcanzan a leer unas líneas de Ignacio Durán (agregado cultural de la embajada de México en Gran Bretaña): «El trabajo de Bostelmann demuestra una frescura extraordinaria, sin titubear jamás para alcanzar los estándares más estrictos de su profesión. La riqueza del legado de Bostelmann ha llegado a críticos, cineastas, dramaturgos, compositores y poetas, sin embargo su principal interés era la gente común, quien ahora se ve reflejada en su trabajo. Tuvo don de hacer fotografías que tocaran la imaginación y permanecieran en el corazón». El fotógrafo murió el 3 de diciembre de 2003, por acá en ZoneZero hay una nota y entrevista.

Lo que se ve no se juzga, dice el refrán: se admira en este nuestro caso de Bostelmann con Javier. ¿Cómo habrán llegado a esas poses? ¿Qué juegos hubo de por medio? Dos artistas frente a frente: uno con la cámara y otro sin ella, pero ambos con sus interpretaciones. Ocho años menor que Javier, un joven Enrique Bostelmann es quien lo retrata. Era aún el inicio de su carrera artística y profesional; era Solís en el pleno de la suya.

Hay una nota donde se recogen palabras del poeta José Emilio Pacheco al respecto de Bostelmann. Pacheco apunta: «Es el poeta de la inmovilidad y el maestro del movimiento». En los retratos de Solís son las manos y gestos lo que nos mueve; ademanes de un Javier al natural, en mangas de camisa, fuera de los escenarios: Solís sin cantar, encantado del ojo de Bostelmann. Los relieves del rostro de Javier pasaron a ser los trazos del artista, de Bostelmann.

Años después, a partir de los 70, Enrique Bostelmann se consagraría; uno de sus trabajos, América: un viaje a través de la injusticia, da cuenta de ello. Recientemente, de fotógrafos, personal del periódico Le Monde dio al traste con el trabajo de Daniel Mordzinski (de quien en este espacio hay su retrato de Guillermo Cabrera Infante), y de ello escribió en su “Piedra de Toque” del pasado 24 de marzo el escritor Mario Vargas Llosa. Él nos señala que en los retratos de Mordzinski de escritores «además de sus rasgos, semblantes y expresiones, aparecían revelados sus sueños, sus fracasos y sus éxitos». Pues bien, he ahí al Solís de Bostelmann: expuesto con sus luces y sombras, hecho de canciones (payaso, loco, esclavo y amo)… Retratado.

Dije aquí que con Daniel Gil se obtuvo la mejor portada para Javier Solís, pues bien: con Enrique Bostelmann se tiene su mejor retrato. Digo esto no bajo la luz de la trayectoria de Bostelmann, sino bajo la de Javier y sus tantas fotografías. Para la selección de la imagen de la cabecera tenía yo, qué duda cabe, muchas opciones, sin embargo, de inmediato ese trío llamó toda mi atención: es ahí donde Javier es el más puro Solís. Antes que con cualquier traje, sea de charro, moño o de corbata, Javier cantó con esa sencillez, se arremangó e interpretó ¡qué va! por sus puños. Así de Solís. Vuelvo a hojear el libro de Coria para averiguar si son de ahí las imágenes y es cuando me topo con el restante par… de Bostelmann. No se diga más: es el Javier Solís de cabecera.~

Adenda
Gracias a Pedro Rueda, avezado lector de este espacio, consigo una foto más de esta serie de Bostelmann, ¡qué va! Como las otras, no se tiene cierto de dónde pudieron salir, es decir, Rueda me cuenta que la consiguió en la red y desde entonces no la ha vuelto a ver. Para mí es la primera vez. Es un retrato de un serio Solís guasón; sentado calando el golpe con una mirada quizá perdida. Esta vez no está de frente, son los tres cuartos su perfil junto con el puño cubierto y su pelo envaselinado; la esclava y el reloj: amo de su tiempo.

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Una canción y una anécdota

marzo 24, 2012 § 1 comentario

Veinte años después de Violettes impériales (Roussel, 1932), Luis Mariano es parte de la segunda versión: Violetas imperiales (Pottier, 1952). Acompañando a la siempre bella Carmen Sevilla (quien, por otro lado, nos regalara junto con Pedro Infante y Antonio Bribiesca la más bella de las negras noches), el oriundo de Irún le cantó a la gitana Violeta más o menos así:

A partir de entonces, «Violetas imperiales», música de Francis López y letra de Jesús María de Arozamena (en francés es de Mireille Brocey), quedó con Luis Mariano… y con un puñado de intérpretes que han querido echarse al hombro esta pieza. Esta es la letra:

“Violetas imperiales” (F. López/ J.Mª.de Arozamena)
Sabes que ya no habrá primavera
si tú no estás aquí violetera;
la primavera ha venido, yo sé por qué ha sido:
entre las flores que ofreces, es como una flor.
Piensa que en esta corte francesa
eres más que gitana, princesa;
Violeta de España, tú en tierra extraña
vives para el recuerdo de aquel amor.
Yo tuve un ruiseñor que llegó a suspirar:
«para que quiero amor si nadie me va a amar»;
ramito de violetas que luzca en el hojal,
me siento emperador… de violeta imperial.
Era un cielo de primavera
cuando me dijo la violetera,
«cómpreme usted mis violetas que son las primeras,
van a traerle la suerte, su suerte es mi flor».
Vuelve a tu rincón de la Alhambra
donde copia la luna tus zambras,
Violeta de España, tú en tierra extraña:
vives dando sentido a mi amor… ¡amor!

Y así se escucha:

Dicho lo anterior, viene la anécdota recogida en El Señor de Sombras (Coria 1995). Javier Solís es invitado para una prueba en los estudios de Discos Columbia. Es finales de 1955, Javier ha andado ya de aquí para allá y acaso con un par de canciones grabadas bajo el brazo. En realidad es su primera gran oportunidad, están ahí los maestros Fernando Z. Maldonado y Felipe Valdés Leal. Una mañana fría en Naucalpan, Estado de México. Solís canta «Mi último bolero» (Hassan) y el que a la postre sería su productor musical, Valdés Leal, le pregunta:

—¿En qué te especializas?

—Canto de todo. Acompañado de un mariachi, le canto desde una canción ranchera hasta «Violetas imperiales» —respondió Javier.

—Pues si puedes cantar «Violetas imperiales» con mariachi, ya eres millonario, muchacho.

En enero de 1956 la Columbia contrató en exclusiva a Javier Solís. Ese mismo año tuvo su primer éxito: «Por qué negar» (Lara), por el que recibió disco plateado.

Play it, Solís, play!

julio 15, 2011 § 2 comentarios

Seguramente en lugar de bailar, Ilsa y Rick habrían estado como Emilio y Patricia: sentados en la barra del bar de algún cabaret citadino escuchando a Javier Solís con orquesta. Apagadas las luces, él con cigarrillo en mano y ella haciéndole compañía con una copa, Solís se acercaría a la pareja para subrayar alguna de las notas de Alberto Domínguez… y quizá Guillermo Cabrera Infante hubiera escrito algo más de su bolero preferido: «Perfidia».

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El cubano nos recuerda tal joya mexicana —«tropicalizada» cada vez más en sus variadas interpretaciones— en unas líneas de su Holy Smoke (1985). Ahí deja clara su predilección por «Perfidia», frente a la mítica «As time goes by» (Hupfield, 1931), y también, al fin nuestro Infante (pun intended), por la versión en español del oriundo de la Pérfida Albión, Sir Cliff Richard y su porfiria. Además de Casablanca (1942) la canción se escucha —nos cuenta Cabrera Infante— en Now, voyager (1942), The Conspirators (1944) y The mask of Dimitrios (1944); en ninguna tiene lugar privilegiado, pero ni falta que hace: «Perfidia» no puede pasar inadvertida y, así sean segundos en pantalla, de inmediato se reconoce su cuerpo —de mujer, claro— y se tararea o, mejor aún, como atinadamente se dice en inglés, hum (the song).

Pero Javier es Solís. Dos veces interpretó la canción (en película y en disco) y bien pudo ser la versión favorita de nuestro aludido escritor (quien, dicho por él mismo, de las canciones cubanas su favorita era esta mexicana). O quién sabe, pues Javier no optó por el tempo que suele procurarse en «Perfidia» (sobre todo cuando es instrumental), al contrario, fiel a su estilo, personificó e interpretó al amante incomprendido. Como otrora, i.e., poco más de 150 años antes, en la letra del aria para «Ah! Perfido» (1796) de Beethoven, Solís también primero arremete para después añorar todavía más a su amor . (Por supuesto, no me sorprendería que Domínguez se hubiera inspirado, por qué no, en el pérfido para su pérfida.)

La letra ha tenido, además de aquella enfermedad de Sir Richard, sus modificaciones (incluso en el par que Javier graba). No logro dar con la «original», así que tomo como base una grabación de Emilio Tuero (no el Emilio de arriba, claro) que dice así:

PERFIDIA (Alberto Domínguez, 1939)
Nadie comprende lo que sufro yo,
canto, pues ya no puedo sollozar;
solo temblando de ansiedad estoy,
todos me miran y se van…
Mujer, si puedes tú con Dios hablar,
pregúntale si yo alguna vez
te he dejado de adorar,
y al mar, espejo de mi corazón,
las veces que me ha visto llorar
la perfidia de tu amor.
Te he buscado dondequiera que yo voy
y no te puedo hallar,
qué me importan otros besos
si tus labios no me quieren ya besar,
y tú quién sabe por dónde andarás,
quién sabe qué aventura tendrás
que lejos estás de mí.

Solís prescinde de una conjunción y hace un par de bienvenidos ajustes. En la película Un callejón sin salida (Rafael Baledon, 1964) —de la que podemos prescindir hablar en detalle, con todo y Emilio Fernández (Emilio, claro), Sonia «la chamaca de oro» López (Sonia, claro), una guapa Evangelina Elizondo (Patricia) y un jovencísimo Manolo Muñoz cantando en español (versión de Rafael Hernández) el «Oh, Pretty Woman» (de Roy Orbison)— Javier hace esto:

Escuchamos que evita el hiato de «y al mar» y, lo mejor, cuestiona más bien los otros labios si la boca —de ella, se entiende— no lo quiere ya besar (cf. besos-labios-besar). En Nueva York, y de esto uno sí que no puede prescindir, Javier graba con los mismos arreglos (de Chuck Anderson) una versión de antología con solo una diferencia de la ofrecida en la película (donde, por cierto, es Rubén Fuentes el asesor musical): dice tanto en lugar de canto, que no está mal: después de todo la perfidia motiva así de tanto. Lo mejor, decía, es esta versión de «Perfidia»: muy cuidada, muy querida, que no queda sino escucharla ahora mismo…

… y volver a Cabrera Infante después de esta cortina de humo, pues la verdad es que yo sólo quería mostrar este trío de estampas (del Archivo Editorial Clío), y escuchar, naturalmente, a Solís. Puro Javier.

(cc) Ed. Clio

Es Solís y, reza el pie de foto (de la publicación El Señor de Sombras, Coria, Clío 1995), sus gustos sencillos: cenar un bizcocho con café y puro de sobremesa. Qué va, Cabrera Infante también hubiera escrito algo.

NB. El repertorio javiesolista incluye dos canciones más de Alberto Domínguez: «Eternamente» (en Enamorado de ti, 1961) y «Tormento» (en Un año más sin ti, 1964).

Como cantar en bicicleta

febrero 15, 2011 § Deja un comentario

Mejor dicho, quién como Solís en bicicleta, cantando, por supuesto, entre autos y peatones, y sorteando así toda clase de dificultades para hacer cumplida entrega. Es pues un Javier jovencísimo al manubrio de una bicicleta sin frenos y llevando kilos de carne a domicilio. O bien, pensémoslo de otro modo: desde la Providencia* —¡qué va!— aquel muchacho salió, rodó y rodó las calles de la gran ciudad y no paró —sin frenos, ya se dijo— hasta alcanzar la gloria de sus interpretaciones. Helo ahí en sus primeras pedaleadas, sin más público que el trajín de la urbe, sin más aplausos que la propina a sus encargos, sin más que él mismo y su hambre de cantar.

Una postal que nos llega a través de la trilogía «El Señor de Sombras: la vida de Javier Solís» (J. F. Coria, Ed. Clío, 1995) del archivo de Valentín Levario (padrino de Javier). El pie de foto indica que, «así se le vio durante años por la Condesa y Tacubaya»; hoy día las bicicletas, al parecer, vuelven a ser protagonistas de historias, ¿en alguna habrá un Javier en ciernes? Seguramente: en una bicicleta se mueven mejor los sueños al estar en contacto directo con el aire y, al mismo tiempo, con los pies más cerca del suelo. Solís lo supo (acaso por necesidad y no por gusto) y sin duda en cada pedaleada se forjaban notas de aquél carácter que haría de él un artista cabal. Todavía más, quizá su pedaleo ominó su seguro andar vocal y fue así piedra de toque de su canto, de su encanto.

*La Providencia fue el nombre de la carnicería en la que el muchacho Gabriel Siria Levario trabajó; era propiedad de David Lara Ríos y se ubicaba en Juanacatlán y Sombrerete de la Ciudad de México.

La importancia de cantar a Julia

junio 9, 2010 § 2 comentarios

Lo siguiente es historia conocida entre los javieristas, y referida en la última página del tomo II de La vida de Javier Solís (Ed. Clío 1995) de José Felipe Coria.

Dice así.

Para poner a prueba su estilo, decidió grabar todos los valses que Pedro había hecho famosos. Quería darle un giro especial a cada uno de ellos, en especial a «Julia», melodía que era un alarde insuperable de perfecciones en la voz de Pedro.

Cuando se grabó «Julia» [fechado ello en 1959] no resultó a la primera, como ya era costumbre en Javier. Se fijó dónde había fallado y en la segunda toma se esmeró en cantarla mejor. [Rafael] Carrión lo reconoció enseguida. Desde el micrófono de la cabina, en lo que escuchaba la toma, le dijo a Javier:

—Le acabas de dar en la torre a mi compadre.

Al salir de los estudios, Javier sentía que, al fin, le había ganado a Pedro en su terreno, y sí, Pedro era el ídolo de México y lo sería siempre, pero lo había destronado como cantante.

Aquí pues “Julia”, de Francisco Moure Holguín, con mariachi: 

¡Qué va!

Solís: Gran Gallo Mexicano

febrero 6, 2009 § Deja un comentario

Hace tiempo que me topé con un documental:  Los Grandes Gallos del Cine Mexicano. Producido también por la Editorial Clío, aquí la ficha técnica: realización: Álvaro Vázquez Mantecón; investigación: Erik Baeza Tello; guion: Lucía Beltrán; duración: 42 min; año: 2000.

Si bien parece ser un boceto de las distintas facetas de la figura del macho mexicano (asunto por demás estudiado y discutido), es además una mención de las particulares y sobresalientes cualidades de estos cinco elegidos, Javier Solís entre ellos. Y ojo con esto, pues si —aquí mismo en este blog, por ejemplo— se ha dicho que Solís no cumplió precisamente como actor (es decir, que quedó debiendo), sirva esta muestra como botón que une el arte de Solís con el séptimo arte. Sea pues. ¡Qué va!

Guiño:

Para JKaceres, quien ojalá pronto haga disponible este documental en su estupenda página (donde puede consultarse el otro documental Clío: La vida de Javier Solís, El señor de las sombras).

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