La mágica realidad

noviembre 6, 2014 § Deja un comentario

—¡Mañana me caso, mañana! ¡Estoy muy feliz…!
Y comenzó a cantar.

Javier Solís nos canta un cuento de Massimo Bontempelli cuando interpreta “Muchacha bonita” (Manzanero-Molina Montes). Con el mariachi Nacional de Arcadio Elías y los arreglos y dirección de Rafael Carrión y Fernando Z. Maldonado, el tema se incluye en Boleros, boleros, boleros (1963) en penúltimo lugar del lado B. El cuento “El secreto” de Bontempelli se publicó en 1953, junto con otros relatos, en el libro L’amante fedele (ganador del Premio Strega). El cuento trata de lo que va la canción; la canción, con Solís, se escucha como el cuento. Por suerte, el texto está en línea en la página de la Universidad Autónoma del Estado de México, y pongo mejor aquí la liga para que le vayan a dar una leída (que al fin es breve): cuento. También se incluye en una antología de cuento italiano del siglo xx, editada por la UNAM y compilada por Guillermo Fernández. Lo leí ahí hace un par de años y vaya que me gustó. Hoy por la mañana puse a Solís y llegada la “Muchacha bonita” pensé, «¿dónde he leído esto?». La novia de Canuto (supongo a estas alturas que ya fueron a leer el cuento) es, por supuesto, la muchacha bonita: Hilaria. La letra de la canción guarda en su sencillez la historia de alguna Hilaria, pero la interpretación de Solís, ojo, nos revela el secreto en sí de esta particular Hilaria. Solís suprime el tiempo y aun en la letra de la canción —su primera parte— se mencione el fin de la vida de esta nuestra muchacha bonita, es después del puente musical —subrayado con un qué va javiersolista— cuando Solís vuelve a aquellos pentasílabos donde la muchacha bonita de anhelos eternos es en sí la Hilaria de Bontempelli. Dicho de otro modo, así como en el cuento sabemos y seguimos la historia de Canuto e Hilaria, y con el golpe maestro de Bontempelli presenciamos lo fantástico de su historia, así también con la maestría de Solís escuchamos no la historia de una solterona, sino la magia del velo de novia. Ahí, ahí con la novia, Solís enmarcó a la muchacha bonita (acaso como Bontempelli lo hiciera con un «mañana me caso»). Va pues la canción:

Hay otra (igual de) bonita con Solís, y aquí la hemos hablado, esta muchacha bonita es más bien única (incluso para el compositor Molina Montes que cuenta con otra “muchacha bonita” en su cancionero, y otras más registradas en el repertorio de la SACM por distintos autores). No se compara ni siquiera con la de José Alfredo Jiménez, lisonja que supera la composición de Manzanero y Molina Montes, pero que no alcanza la historia, insisto, intepretada aquí con Solís. Él que, como Hilaria, «supo cómo suprimir el tiempo en sí mismo».

Boleros Boleros Boleros Front

La adquisición de la disquisición

agosto 18, 2014 § Deja un comentario

Esta es la segunda vez del ínclito javiersolista Víctor Hurtado Oviedo en la SOLISMANÍA, la primera fue de aniversario. Pareciera que esta otra también recuerda a Solís en un aniversario luctuoso, pero no estoy seguro pues la encuentro en distintas fuentes con fechas diferentes (y editada en el último renglón). A saber. Tomo el texto de por allá, y supongo que la versión final está incluída en Otras disquisiciones (Lapix editores, 2012).

Te amaré toda la vida
por Víctor Hurtado Oviedo

Nada puede el tiempo contra Javier Solís

Los historiadores son serios: solo hablan del pasado porque el futuro no les consta. Hasta prohíben decir: «¿Qué hubiera pasado si…» pues esto sería jugar con los naipes del tiempo. No importa: a escondidas pensemos qué hubiese ocurrido si, hace tantos siglos, cordilleras de hielos no hubieran enlazado los nortes de Asia y de América. Tres respuestas son: 1) no habrían existido Jorge Negrete ni sus pistolas tenoras (si hablan de «las poetas», que hablen de «las tenoras»); 2) no habrían sonado Pedro Infante ni su voz llorada y llorosa; 3) no habría crecido el bolero ranchero porque el varón ilustre que lo elevó a la eternidad (donde ahora él mismo habita) hubiese nacido en los desiertos de Mongolia y hubiera sido un tártaro cantor de las batallas de Gengis Jan.

Había un abolengo pálido y remoto en la cara de Javier Solís. Su pelo cerrado, de luz negra y radiante, oprimía una frente exigua sobre cejas dispersas. Los ojos orientales, las colinas de los pómulos y los bigotes nimios historiaban su estirpe antigua, migrante y gloriosa. Todos los cuerpos hablan; el de Javier Solís dictaba una conferencia sobre el estrecho de Bering.

Se sabe poco sobre la vida privada de Javier Solís. Hay existencias que no alcanzan para una biografía, y entonces los libros deben arbolarse de anécdotas. Empero, anotemos que Javier nació con un nombre difícil (Gabriel Siria Levario) en setiembre de 1931, en la ciudad de México. Para salvarlo del padre de violento alcohol, la madre obsequió al niño al hermano de esta, Valentín, hombre probo, laboral y panadero. Para este recto varón y su esposa, Ángela —sin hijos propios—, Gabriel fue el heredero universal de la nada a manos llenas con la cual el hada de la pobreza había favorecido a los esposos (cuando abunda la pobreza, alcanza para la mayoría: sobre todo para la mayoría).

Gabriel creció en las arduas calles del barrio de Tacubaya, donde se ejerce la redundancia de ser pobre pero honrado, y donde los niños juegan en calles de tierra como ángeles entre nubes de polvo. No terminó la escuela: a los diez años lo arrancaron de ella la muerte de su madre adoptiva y la angustia de ganarse el sustento. Fue un niño prodigio a lo Tercer Mundo: le enseñaron a leer y aprendió a trabajar.

Me pierdo en el entrevero de sus circunstancias. Fue repartidor de pan, lavador de autos y matarife imperceptible de carnicerías triviales. Se casó a los 20 años; se complicó de otros amores de adiós y portazo, y juró lealtades románticas siempre firmes aunque sucesivas. Engendró muchos hijos; no sé cuántos porque a los siete dejé de contar.

No obstante, por sobre todas esas miserias, Gabriel sintió la gravitación suprema de la música. A los 18 años ganaba concursos de canto en míticas carpas de barrio, templos plebeyos de trapo y madera. En una carpa se inventó como intérprete del himno cortante y dolido del tango, bajo el seudónimo casi peluquero de «Javier Luquín».

En lo más central de sus dudas, todo joven oculta un espejo secreto de mentiras cómplices donde le urge admirarse: ante ese reflejo, el bajo se ve alto; el débil, fuerte; el tímido, seductor. Allí está la imagen fastuosa que —sospecha— nunca será. En el espejo indulgente del casi irreal Gabriel Siria se reflejaba este ídolo: Pedro Infante, charro de sonrisa de plata y actor cariñoso de cintas bailables que hacía, de los cines, ingenuos harenes de noventa minutos.

En 1925, Jorge Luis Borges aludió a Diego de Torres Villarroel y lo llamó «provincia de Quevedo» porque Torres escribió hecho una copia vehemente del maestro. Así también, los primeros discos de Javier Solís —quien ya grababa con este nombre glorioso— fueron provincias de Pedro Infante (aunque siempre es mejor ser una provincia de Pedro Infante que la capital de «Luis Miguel»). Pese a todo, las imitaciones de Javier no eran como las de Dean Martin contra Bing Crosby, pues, bajo la postración xerográfica, bullía una voz aleonada que urgía por su libertad.

La vida de Javier se perdía tristísima. El imperioso azar de la pobreza lo había resumido a cantante de bares donde se desataban épicas furiosas en las altas noches tabernarias: cuchillos de preguntas punzantes, navajas de respuestas cortantes, gritos de súbitas genealogías, el énfasis-sorpresa de una silla contra un cuello, y fructuosos botellazos como votos: directos, universales y secretos. Entonces, aunque sus tareas eran la exactísima entonación y el arte, Javier Solís no desdeñaba las misiones de paz entre los hombres y aplacaba almas inquietas con el silogismo bicorne de sus puños.

De pronto, la muerte le obsequió la oportunidad. El 15 de abril de 1957, Pedro Infante murió calcinado en un accidente aéreo, y Javier Solís se aferró a su memoria acreciendo el calco. Fue un error. Impacientes, las compañías disqueras le dieron a escoger entre robarse un estilo propio o marchar hacia la populosa, la siempre lista, la amplísima calle.

Debemos Javier Solís a un padre alcoholizado, a una madre espantada y a dos tíos ejemplares; lo debemos también a don Felipe Valdés Leal, el único músico que creyó siempre en Javier, y quien, a fuerza de consejos, logró que, cierta tarde histórica de 1958, cuando Javier grababa Llorarás, llorarás, de las tiránicas cenizas de Pedro Infante naciera la voz auténtica de Javier Solís.

Del resto se ocupa la Historia. Javier grabó 320 canciones, pero filmó películas que solo degustarán plenamente los críticos que conjunten la finura estética con la piromanía. No importa: el rey inderrocable del bolero ranchero nos legó el viento poderoso de su voz, su timbre de hierro dulce, y su caudal de lágrimas y gozos sobre el que muchos lanzamos la nave valiente y aterrada de la adolescencia.

Javier Solís murió de médico inoperante tras una cirugía de vesícula, el 19 de abril de 1966, y nos dejó a los suyos entregados a la pena erudita de recordar sus discos. Desde entonces, el tiempo ha hecho su especialidad: dar olvido, pero nada puede contra ciertas deudas de la memoria. Tal es mi caso. A los trece años, yo compraba los discos de Javier Solís ante el asombro tanguero de mi padre. Por cantar como Javier, yo hubiese dado diez centímetros de estatura, cuando lo importante era crecer. Él fue uno de esos padres remotos que los jóvenes adoptan cuando se engañan y creen que están solos, y por esto me cayó como un rayo su muerte profunda.

«Te amaré toda la vida», jura la hipérbole de un gran bolero, y ya van treinta y tres años. «¿Que te deje yo? ¡Qué va!».

Nota. Los datos han sido tomados de El señor de «Sombras», biografía en tres fascículos escrita por José Felipe Coria (Editorial Espejo de Obsidiana, México, 1995).~

El Solís de cabecera

marzo 26, 2013 § 1 comentario

Bienvenidos a este nuevo diseño (y etapa) de la SOLISMANÍA. El mayor cambio está en la cabeza… en la cabecera. Ese trío de imágenes pertenecen a un archivo, al de su autor Enrique Bostelmann; yo las pesqué en alguno de los mensajes del Club Yahoo de Javier Solís y lamentablemente ya no recuerdo quién las subió, ni las he vuelto a ver por ahí. Donde sí se ven, y no son las mismas, es en las páginas del tomo III de  El Señor de Sombras: La vida de Javier Solís (J.F. Coria, Clío 1995); es decir, que fue una serie de retratos lo que el fotógrafo Enrique Bostelmann hizo con Solís. Hasta ahora, pues, tengo noticia de cinco: los tres de la cabecera y estos dos de las páginas 12 y 19, respectivamente, del referido tomo:

   

Solo este par de capturas, lo dicho, es lo que se incluye en ese libro de la vida de Javier Solís. En la red hay también poco de Bostelmann, quiero decir, no lo suficiente. Una página dedicada a él (¿o de él?) ya no está en funcionamiento: solo se mira algo en ella a través del caché de Google. En la sección biográfica se alcanzan a leer unas líneas de Ignacio Durán (agregado cultural de la embajada de México en Gran Bretaña): «El trabajo de Bostelmann demuestra una frescura extraordinaria, sin titubear jamás para alcanzar los estándares más estrictos de su profesión. La riqueza del legado de Bostelmann ha llegado a críticos, cineastas, dramaturgos, compositores y poetas, sin embargo su principal interés era la gente común, quien ahora se ve reflejada en su trabajo. Tuvo don de hacer fotografías que tocaran la imaginación y permanecieran en el corazón». El fotógrafo murió el 3 de diciembre de 2003, por acá en ZoneZero hay una nota y entrevista.

Lo que se ve no se juzga, dice el refrán: se admira en este nuestro caso de Bostelmann con Javier. ¿Cómo habrán llegado a esas poses? ¿Qué juegos hubo de por medio? Dos artistas frente a frente: uno con la cámara y otro sin ella, pero ambos con sus interpretaciones. Ocho años menor que Javier, un joven Enrique Bostelmann es quien lo retrata. Era aún el inicio de su carrera artística y profesional; era Solís en el pleno de la suya.

Hay una nota donde se recogen palabras del poeta José Emilio Pacheco al respecto de Bostelmann. Pacheco apunta: «Es el poeta de la inmovilidad y el maestro del movimiento». En los retratos de Solís son las manos y gestos lo que nos mueve; ademanes de un Javier al natural, en mangas de camisa, fuera de los escenarios: Solís sin cantar, encantado del ojo de Bostelmann. Los relieves del rostro de Javier pasaron a ser los trazos del artista, de Bostelmann.

Años después, a partir de los 70, Enrique Bostelmann se consagraría; uno de sus trabajos, América: un viaje a través de la injusticia, da cuenta de ello. Recientemente, de fotógrafos, personal del periódico Le Monde dio al traste con el trabajo de Daniel Mordzinski (de quien en este espacio hay su retrato de Guillermo Cabrera Infante), y de ello escribió en su “Piedra de Toque” del pasado 24 de marzo el escritor Mario Vargas Llosa. Él nos señala que en los retratos de Mordzinski de escritores «además de sus rasgos, semblantes y expresiones, aparecían revelados sus sueños, sus fracasos y sus éxitos». Pues bien, he ahí al Solís de Bostelmann: expuesto con sus luces y sombras, hecho de canciones (payaso, loco, esclavo y amo)… Retratado.

Dije aquí que con Daniel Gil se obtuvo la mejor portada para Javier Solís, pues bien: con Enrique Bostelmann se tiene su mejor retrato. Digo esto no bajo la luz de la trayectoria de Bostelmann, sino bajo la de Javier y sus tantas fotografías. Para la selección de la imagen de la cabecera tenía yo, qué duda cabe, muchas opciones, sin embargo, de inmediato ese trío llamó toda mi atención: es ahí donde Javier es el más puro Solís. Antes que con cualquier traje, sea de charro, moño o de corbata, Javier cantó con esa sencillez, se arremangó e interpretó ¡qué va! por sus puños. Así de Solís. Vuelvo a hojear el libro de Coria para averiguar si son de ahí las imágenes y es cuando me topo con el restante par… de Bostelmann. No se diga más: es el Javier Solís de cabecera.~

Adenda
Gracias a Pedro Rueda, avezado lector de este espacio, consigo una foto más de esta serie de Bostelmann, ¡qué va! Como las otras, no se tiene cierto de dónde pudieron salir, es decir, Rueda me cuenta que la consiguió en la red y desde entonces no la ha vuelto a ver. Para mí es la primera vez. Es un retrato de un serio Solís guasón; sentado calando el golpe con una mirada quizá perdida. Esta vez no está de frente, son los tres cuartos su perfil junto con el puño cubierto y su pelo envaselinado; la esclava y el reloj: amo de su tiempo.

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Después de oír a Javier Solís

marzo 30, 2011 § 1 comentario

Me pasa que al acercarme a textos que hablan de la música y sus intérpretes, pienso siempre en Solís. Recién adquirí el número de la revista Artes de México dedicado a Música de la Independencia a la Revolución (núm. 97), donde hay, entre otras cosas, un ensayo de Manuel Gutiérrez Nájera dedicado a Ángela Peralta (entonces escrito en ocasión del monumento que se pensaba erigir al Ruiseñor). En sus líneas, intituladas originalmente «Antes de ir a la ópera»* (toda vez que esa noche, según el poeta, iba a oír La sonámbula), además del sentir por Peralta de Montiel —que es en sus propias palabras su primera reveladora de las grandes bellezas musicales—, el duque Job (como firmó originalmente dicho texto) nos explica sobre todo cómo es el arte de cantar esos escarabajos que llamamos notas (palabras, por cierto, que la revista eligió atinadamente como título). No entretengo más al lector y dejo que las líneas en sí, justifiquen el por qué Javier bien puede incluirse en el contexto. Aquí lo publicado:

No quiero oír Sonámbula sin preguntar anticipadamente: ¿por qué no hacemos el monumento que ha de guardar la Sonámbula nuestra?

Era yo muy niño cuando oí esta ópera por primera vez, y la cantaba Ángela Peralta. No la aplaudí entonces porque no podía aplaudir, pero lloré. ¿Por qué lloraba? Los niños lloran por las tristezas venideras, y los hombres…por las que se fueron.

Hoy, Sonámbula no complace mis ideales artísticos; sé algo más; siento acaso algo menos, pero estoy cierto de que Ángela Peralta hablaba a mi alma en ese idioma que se escucha sólo con los ojos cerrados, y también estoy cierto de que…no he vuelto a oír cantar a otra Sonámbula soñadora en ese idioma.

¿Es culpa mía? No lo sospecho. Releo el Rafael de Lamartine y aún me enternece. Oigo la Serenata de Schubert y aún me encanta. He oído a Adelina Patti en El barbero y me ha hechizado. ¿Por qué, pues, ya no entiendo La sonámbula? Sólo por esto, acaso: porque después de haberla oído a Ángela, la he oído cantar con la garganta, pero no con el corazón. Y el corazón es el que canta.

Un compositor escribe; traza en el papel esos escarabajos que llamamos notas; se oye a sí mismo y siente que ha expresado con verdad o con calor sus sentimientos. Abro la partitura del compositor, y a mí me parece un logogrifo. Me habla él en lengua extraña. Esas letras que él emplea no están en el alfabeto que conozco. Necesito, pues, que me traduzcan sus ideas. Y si el traductor es malo o mediano, paréceme la obra original, mediana o mala.

No pasa lo mismo en la literatura. El escritor francés será mal apreciado por aquellos que lo juzgan con arreglo a versiones inglesas o españolas. Pero, de todas suertes, siempre sus ideas quedan vivas, en pie. Perderá algo el estilo, la forma, en la viciosa traducción, pero no pierde nada el pensamiento.

El compositor musical, para ser apreciado por los profanos, por los que no conocen el alfabeto de ese idioma garabatesco o jeroglífico, necesita, hasta en su propio país, de colaboradores inteligentes, de correctos traductores. Ha menester del ejecutante o del cantante. Y el ejecutante y el cantante, para transmitirnos la idea o el sentimiento del autor, necesitan hacer suya esa idea o ese sentimiento…♫

~Manuel GUTIÉRREZ NÁJERA

Sobra insistir, pues, en la valía de Javier, quien —sabemos y escuchamos— supo hacer suyas tantas luces y sombras de otros: con el corazón (en la garganta).

¡Qué va!

*El Duque de Job, “Antes de ir a la ópera”, en El Partido Liberal, t. XI, núm.1653, 14 de octubre de 1890.

Si lo Solís

octubre 25, 2010 § Deja un comentario

In memoriam Rafaela

Sí, los romanos, ¡oír a Solís!
Ser, ata; vaya, Solís, acá nacer.
—Sí, lo sé, depre tu era, mirála.
Sed no clava. Natura lo dotó y
¡oh, rey a dioses! ¿Eré? —No, poma.

Atinó, borre y ni sablazo, ¿va?
—Mi caracol ahora cae. Reté
a la sala: bailó. —Dinos, ¿le osa?

Ya párala, mercal no cae. Rúa da,
¿de asilos? Reí, ¡va JAVIER SOLÍS
a edad áurea, con la crema (Lara)!

Payaso, el sonido lía balas,
ala etérea, caro halo, cara
cima, voz alba sin yerro, bonita.

«Amo», pon, ¡eres eso! Id, ayer,
hoy ¡o todo! La ruta naval, ¡conde!
Sal a rimar, Euterpe de Solís,
recana casi; los, ay, avatares,
silos a río, ¡son amor, Solís!

*Incluído en Sorberé Cerebros: Antología Palindrómica de la Lengua Española (Prado Galán, Colofón, México, 2010)

La importancia de cantar a Julia

junio 9, 2010 § 2 comentarios

Lo siguiente es historia conocida entre los javieristas, y referida en la última página del tomo II de La vida de Javier Solís (Ed. Clío 1995) de José Felipe Coria.

Dice así.

Para poner a prueba su estilo, decidió grabar todos los valses que Pedro había hecho famosos. Quería darle un giro especial a cada uno de ellos, en especial a «Julia», melodía que era un alarde insuperable de perfecciones en la voz de Pedro.

Cuando se grabó «Julia» [fechado ello en 1959] no resultó a la primera, como ya era costumbre en Javier. Se fijó dónde había fallado y en la segunda toma se esmeró en cantarla mejor. [Rafael] Carrión lo reconoció enseguida. Desde el micrófono de la cabina, en lo que escuchaba la toma, le dijo a Javier:

—Le acabas de dar en la torre a mi compadre.

Al salir de los estudios, Javier sentía que, al fin, le había ganado a Pedro en su terreno, y sí, Pedro era el ídolo de México y lo sería siempre, pero lo había destronado como cantante.

Aquí pues “Julia”, de Francisco Moure Holguín, con mariachi: 

¡Qué va!

Escenas irrepetibles (segunda entrega)

abril 15, 2010 § 3 comentarios

Hablar de Javier Solís en su faceta de actor es ejercicio que encuentro por demás estéril. Por supuesto, habrá quienes gusten de repasar su peculiar filmografía, e invertir en ella tiempo y esfuerzo. No es mi caso, aun mi limitado y rudimentario conocimiento del séptimo arte, tengo claro que la pantalla grande pudo —¿debió?— prescindir de los oficios de Javier. En corto, el cine puede vivir sin la presencia de Solís.

Dicho lo anterior, procedo a hablar de una escena que, esa sí, habrá que guardar y atesorar. Naturalmente es una donde Javier canta, y de qué manera y con quién. Un dueto con Marco Antonio Muñiz interpretando, cada uno en su «natural» registro, «Llegando a ti» de José Alfredo Jiménez. Ocurre en la película El Pecador (1964), dirigida por Rafael Baledón y con las actuaciones de, entre otros, Pina Pellicer, Arturo de Córdoba, Marga López, Kitty de Hoyos y Julissa.

De la película, esta vez echo mano de algunos apuntes vertidos en el libro Pina Pellicer: luz de tristeza (UNAM/UANL, 2006), de Reynol Pérez Vázquez y Ana Pellicer, donde se apunta que el filme «no hace justicia a sus protagonistas, logra, por otro lado, salvar a personajes secundarios como Sonia [Kitty de Hoyos], la joven amiga de Olga [Marga López], y a Víctor (Javier Solís), el chofer bonachón que se ha enamorado de ella (…)». Con respecto a Solís y su desempeño, la opinión experta acota que «Víctor es un hombre de origen humilde pero simpático y sincero, muy cercano a la personalidad de Javier Solís, así que éste lo interpreta de manera creíble y entrañable (…)»; es decir, y aquí se concluye, «sorprende (…) que Javier Solís brille en su ingenuidad y alcance una frescura ausente de sus películas (…)».

Un piano, una trajinera (en Xochimilco, naturalmente), dos muchachas y sus respectivos enamorados son elementos suficientes para hacer con la inspiración de José Alfredo un dúo que, a pesar de su imperfección técnica (i.e., arreglos y edición), resulta inolvidable. Amén de irrepetible, al menos para los archivos, pues si bien Muñiz y Solís coincidieron en escenarios varios (v.gr., el Teatro Blanquita), esta escena resulta ser la única donde sus señoras voces coinciden.

Volviendo rápidamente al citado libro, de Muñiz se dice (con inteligente ironía) que «Bruno [su personaje] canta muy bien como novio de Irma en la película» y es su actuación, a final de cuentas, «comparsa casi inútil». Pues ya se ve que el casi es más que acertado: Marco Antonio abre y cierra tal dueto de manera impecable. No se le reprocha y, al contrario, se le agradece la comparsa. Si hubo alguien que logró entender en su momento (aunque después se le olvidó) la presencia de Javier, fue Marco Antonio.

Si bien dos años menor que Javier, Muñiz le llevaba ventaja como cantante profesional (primero con Los Tres Ases y después en solitario) y acaso por eso sabía muy bien el valor y peso de la voz de Javier (y quizá por ello, ojo, en el dueto no llegan a unir voces). En esa escena hay en todo momento un trabajo vocal que, al ser parte de una película mediocre, poco o nada se le presta atención. Esto es, no se le escucha con detenimiento; tan así que, por ejemplo, se afirma en el mencionado libro: «El filme falla un tanto por algunas de las canciones (…) que quiebran el ritmo (…). Le imprimen lentitud».

Razón llevan los cinéfilos en dejar de lado la película y catalogarla como una, dicen, curiosidad. Los melómanos no nos podemos permitir ello: estas escenas son, sépanlo, de antología. Quebrarán y lentificarán narraciones, ya disculparán, pero sin duda alguna enriquecen ese nuestro maravilloso universo musical.

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