Con las canciones de Javier Solís

noviembre 28, 2011 § Deja un comentario

Con las canciones de Javier Solís
es tan fácil perderme con su voz,
por qué negarlo, soy el más feliz.

Siempre escucharle sin ningún desliz
y decir como aquel Garcés: ¡arroz!,
con las canciones de Javier Solís.

Es cosa de admirar cada matiz,
notar cómo me cubre su albornoz,
por qué negarlo, soy el más feliz.

Es que percibo cálido barniz
aún en la frialdad del altavoz
con las canciones de Javier Solís.

A donde vaya cabe en mi veliz,
Señor de Sombras, luz para mi hoz,
por qué negarlo, soy el más feliz.

Es en pocas palabras la raíz,
música, sentimiento tan feroz,
con las canciones de Javier Solís,
por qué negarlo, ¡soy el más feliz!

Javier Solís es el muerto

octubre 25, 2011 § 1 comentario

A don Lorenzo

Ya sólo canta las de Infante. Don Levas quería hacerla de payaso pero la risa ya no le daba y decidió ser vagabundo. Eso sí, de vez en vez chifla las de Solís ¡y claro que le salen rebién! Una vez por poco y hago que cantara una… pero le ganó la nostalgia. Es más, las de Infante más bien las tararea.

Recuerdo aquella noche tras su actuación en Tijuana, nos colamos tu padre y yo a los camerinos y enseguida me reconoció. Me saludó como cuando chamacos y —a saber por qué— ahí luego luego me agarró de cómplice. «Dile a tu chavo que se vaya a ver a las bailarinas, tengo que pedirte algo muy importante», me dijo. Ya solos, yo todavía quería bromear con él al ver la cantidad de chamacas que esperaban en la puerta, « ¡qué bárbaro, quién te viera, allá en la colonia repartiendo la carne y ahora no te das abasto con tanta!». No estaba de humor y me explicó su plan. «Caray, tú sí que te tomas muy a pecho eso de las sombras», dije, e insistió con los detalles del plan. «Será pan comido, si ya ando malo desde hace tiempo con tanto trabajo que me cargan», dijo con amargura, «tú solo te metes en la clínica y que todo sea como de película, y no te olvides de los hielos». Hice lo pactado y dejé que todo tomara su curso.

Años después, cuando tú ya tenías unos siete u ocho, lo volví a ver y creo que hasta tú también. ¿Te acuerdas de aquél teporocho que te sacó la pistola nomás porque te le quedaste viendo?, pues el de al lado, el que se la bajó y disculpó con tu padre, era Javier, digo, don Levas, que a partir de ahí volvió a andar sin compañía (como cuando dicen que se le veía en Garibaldi). Ni tu papá lo reconoció, con esas barbas pues ni quién… pero yo sí: los amigos se reconocen hasta sin cara. Por la noche de ese día lo encontré y —como otrora acordamos— no pregunté nada de aquel abril, le invite un taco y si te vi ni me acuerdo.

Tú sabes que yo siempre le fui más al Pedro y nunca te dije por qué: es que de esa manera evitaba al mentado Javier. Y mira, ni cuando lo escuchábamos juntos te diste cuenta de lo mucho que tengo que ver con Levas. Claro: Levas, así será siempre para mí, si desde escuincles le decía así, qué acocil o yaqui ni qué ocho cuartos, ¡Levas!, ¡don Levas! Bien ganado ese Levario por su tío Valentín (que no por su madre, eh). El don se lo dije, me acuerdo, en una de esas caravanas Corona donde fui una vez con tu abuela y hasta me la chuleó el condenado: « ¡no se mande, don Levas, no se mande!». ¡Cómo nos reímos!

Todo esto para mí es una confesión, ni tu abuela sabe lo que hice, pero tengo la conciencia tranquila. Esa infancia con la palomilla y con el Levas da licencia hasta para jugar con la muerte. Tacubaya nos quedaba chica y a aquél más. Levas todo el rato cantaba, a veces hasta con los puños. Fíjate que le vino bien el Solís: desde siempre era cosa aparte. Las últimas veces que lo vi en la colonia él ya estaba agarrando camino por la artisteada. «Qué suave, Levas», le dije una tarde, «ojalá que te vaya muy bien y en una de esas hasta al Pedrito le llegas». Y ya ves…

No sé si eso era parte del plan, lo único cierto es que ya estaba muy cansado de tantos churros de películas y de tantas grabaciones. ¿Cantar? ¡Claro que le gustaba! ¡Para eso nació! Pero, caramba, esa vida de arriba a abajo con cualquiera acaba. Hizo bien el Levas en matar al Solís: sólo los muertos nos seguirán hablando y cantando de cerquita. Tú lo sabes ya, ¿cuántas veces habrás leído estas líneas?

A meses de mi muerte me dijiste que un día ibas a escribir sobre Javier. No te dije nada, más bien me puse a pensar en estos párrafos. ¿Sabes a quién le conté? A Levas, por supuesto. Lo vi otra vez, caminando recio, como si el tiempo se hubiera detenido en él, le platiqué un poco de mis achaques y de ti (con él ya sólo se habla de la muchacha que pase al momento o del perro que alimentó el día anterior); me dijo que qué gusto, que no se nos olvidara hablar de los compositores y que no nos metiéramos en su vida personal, que para qué. «No, si es cosa del muchacho nada más», le aclaré. «Ah bueno, mejor aún», dijo.

Así que aquí tienes, me declaro culpable de la muerte de Solís. A quién le importa, ni a ti ni al Levas ni a los que lo vean pasar. No te preocupes en buscarlo, ¿a poco crees que podrás dar con él? Qué va, así como solo se hizo de un nombre, también así puede deshacerse de uno o más. Porque yo, como te cuento, únicamente hice lo que él me pidió, lo que él cuidadosamente trazó, yo solamente estuve a las vivas de que no se nos pasara la hora, y entonces sí se nos muriera el muerto; afortunadamente, en la segunda parte del plan, burlamos con facilidad a la gente que aún merodeaba el lugar y aquella madrugada además de mí salieron otros dos del panteón: Levas y su sombra. Apenas llegamos al Camino Real de Minas nos separamos y no lo volví a ver sino hasta aquella vez del teporocho.

La última, por cierto, fue antes de que me internaran en el hospital (que es de donde ahora te escribo esto). Me dijo que se iba a Sonora, ya sabes cómo siempre le llamó esa tierra, le deseé suerte y lo vi alejarse por la calle del pueblo, mascando hielo, cargando con el muertito.

Play it, Solís, play!

julio 15, 2011 § 2 comentarios

Seguramente en lugar de bailar, Ilsa y Rick habrían estado como Emilio y Patricia: sentados en la barra del bar de algún cabaret citadino escuchando a Javier Solís con orquesta. Apagadas las luces, él con cigarrillo en mano y ella haciéndole compañía con una copa, Solís se acercaría a la pareja para subrayar alguna de las notas de Alberto Domínguez… y quizá Guillermo Cabrera Infante hubiera escrito algo más de su bolero preferido: «Perfidia».

29164713-Infante_01_body

El cubano nos recuerda tal joya mexicana —«tropicalizada» cada vez más en sus variadas interpretaciones— en unas líneas de su Holy Smoke (1985). Ahí deja clara su predilección por «Perfidia», frente a la mítica «As time goes by» (Hupfield, 1931), y también, al fin nuestro Infante (pun intended), por la versión en español del oriundo de la Pérfida Albión, Sir Cliff Richard y su porfiria. Además de Casablanca (1942) la canción se escucha —nos cuenta Cabrera Infante— en Now, voyager (1942), The Conspirators (1944) y The mask of Dimitrios (1944); en ninguna tiene lugar privilegiado, pero ni falta que hace: «Perfidia» no puede pasar inadvertida y, así sean segundos en pantalla, de inmediato se reconoce su cuerpo —de mujer, claro— y se tararea o, mejor aún, como atinadamente se dice en inglés, hum (the song).

Pero Javier es Solís. Dos veces interpretó la canción (en película y en disco) y bien pudo ser la versión favorita de nuestro aludido escritor (quien, dicho por él mismo, de las canciones cubanas su favorita era esta mexicana). O quién sabe, pues Javier no optó por el tempo que suele procurarse en «Perfidia» (sobre todo cuando es instrumental), al contrario, fiel a su estilo, personificó e interpretó al amante incomprendido. Como otrora, i.e., poco más de 150 años antes, en la letra del aria para «Ah! Perfido» (1796) de Beethoven, Solís también primero arremete para después añorar todavía más a su amor . (Por supuesto, no me sorprendería que Domínguez se hubiera inspirado, por qué no, en el pérfido para su pérfida.)

La letra ha tenido, además de aquella enfermedad de Sir Richard, sus modificaciones (incluso en el par que Javier graba). No logro dar con la «original», así que tomo como base una grabación de Emilio Tuero (no el Emilio de arriba, claro) que dice así:

PERFIDIA (Alberto Domínguez, 1939)
Nadie comprende lo que sufro yo,
canto, pues ya no puedo sollozar;
solo temblando de ansiedad estoy,
todos me miran y se van…
Mujer, si puedes tú con Dios hablar,
pregúntale si yo alguna vez
te he dejado de adorar,
y al mar, espejo de mi corazón,
las veces que me ha visto llorar
la perfidia de tu amor.
Te he buscado dondequiera que yo voy
y no te puedo hallar,
qué me importan otros besos
si tus labios no me quieren ya besar,
y tú quién sabe por dónde andarás,
quién sabe qué aventura tendrás
que lejos estás de mí.

Solís prescinde de una conjunción y hace un par de bienvenidos ajustes. En la película Un callejón sin salida (Rafael Baledon, 1964) —de la que podemos prescindir hablar en detalle, con todo y Emilio Fernández (Emilio, claro), Sonia «la chamaca de oro» López (Sonia, claro), una guapa Evangelina Elizondo (Patricia) y un jovencísimo Manolo Muñoz cantando en español (versión de Rafael Hernández) el «Oh, Pretty Woman» (de Roy Orbison)— Javier hace esto:

Escuchamos que evita el hiato de «y al mar» y, lo mejor, cuestiona más bien los otros labios si la boca —de ella, se entiende— no lo quiere ya besar (cf. besos-labios-besar). En Nueva York, y de esto uno sí que no puede prescindir, Javier graba con los mismos arreglos (de Chuck Anderson) una versión de antología con solo una diferencia de la ofrecida en la película (donde, por cierto, es Rubén Fuentes el asesor musical): dice tanto en lugar de canto, que no está mal: después de todo la perfidia motiva así de tanto. Lo mejor, decía, es esta versión de «Perfidia»: muy cuidada, muy querida, que no queda sino escucharla ahora mismo…

… y volver a Cabrera Infante después de esta cortina de humo, pues la verdad es que yo sólo quería mostrar este trío de estampas (del Archivo Editorial Clío), y escuchar, naturalmente, a Solís. Puro Javier.

(cc) Ed. Clio

Es Solís y, reza el pie de foto (de la publicación El Señor de Sombras, Coria, Clío 1995), sus gustos sencillos: cenar un bizcocho con café y puro de sobremesa. Qué va, Cabrera Infante también hubiera escrito algo.

NB. El repertorio javiesolista incluye dos canciones más de Alberto Domínguez: «Eternamente» (en Enamorado de ti, 1961) y «Tormento» (en Un año más sin ti, 1964).

Palíndromo javiersolista

junio 17, 2011 § Deja un comentario

Sí, los anagramas amargan a Solís.

por Cachito en ☞ Twitter 

Después de oír a Javier Solís

marzo 30, 2011 § 1 comentario

Me pasa que al acercarme a textos que hablan de la música y sus intérpretes, pienso siempre en Solís. Recién adquirí el número de la revista Artes de México dedicado a Música de la Independencia a la Revolución (núm. 97), donde hay, entre otras cosas, un ensayo de Manuel Gutiérrez Nájera dedicado a Ángela Peralta (entonces escrito en ocasión del monumento que se pensaba erigir al Ruiseñor). En sus líneas, intituladas originalmente «Antes de ir a la ópera»* (toda vez que esa noche, según el poeta, iba a oír La sonámbula), además del sentir por Peralta de Montiel —que es en sus propias palabras su primera reveladora de las grandes bellezas musicales—, el duque Job (como firmó originalmente dicho texto) nos explica sobre todo cómo es el arte de cantar esos escarabajos que llamamos notas (palabras, por cierto, que la revista eligió atinadamente como título). No entretengo más al lector y dejo que las líneas en sí, justifiquen el por qué Javier bien puede incluirse en el contexto. Aquí lo publicado:

No quiero oír Sonámbula sin preguntar anticipadamente: ¿por qué no hacemos el monumento que ha de guardar la Sonámbula nuestra?

Era yo muy niño cuando oí esta ópera por primera vez, y la cantaba Ángela Peralta. No la aplaudí entonces porque no podía aplaudir, pero lloré. ¿Por qué lloraba? Los niños lloran por las tristezas venideras, y los hombres…por las que se fueron.

Hoy, Sonámbula no complace mis ideales artísticos; sé algo más; siento acaso algo menos, pero estoy cierto de que Ángela Peralta hablaba a mi alma en ese idioma que se escucha sólo con los ojos cerrados, y también estoy cierto de que…no he vuelto a oír cantar a otra Sonámbula soñadora en ese idioma.

¿Es culpa mía? No lo sospecho. Releo el Rafael de Lamartine y aún me enternece. Oigo la Serenata de Schubert y aún me encanta. He oído a Adelina Patti en El barbero y me ha hechizado. ¿Por qué, pues, ya no entiendo La sonámbula? Sólo por esto, acaso: porque después de haberla oído a Ángela, la he oído cantar con la garganta, pero no con el corazón. Y el corazón es el que canta.

Un compositor escribe; traza en el papel esos escarabajos que llamamos notas; se oye a sí mismo y siente que ha expresado con verdad o con calor sus sentimientos. Abro la partitura del compositor, y a mí me parece un logogrifo. Me habla él en lengua extraña. Esas letras que él emplea no están en el alfabeto que conozco. Necesito, pues, que me traduzcan sus ideas. Y si el traductor es malo o mediano, paréceme la obra original, mediana o mala.

No pasa lo mismo en la literatura. El escritor francés será mal apreciado por aquellos que lo juzgan con arreglo a versiones inglesas o españolas. Pero, de todas suertes, siempre sus ideas quedan vivas, en pie. Perderá algo el estilo, la forma, en la viciosa traducción, pero no pierde nada el pensamiento.

El compositor musical, para ser apreciado por los profanos, por los que no conocen el alfabeto de ese idioma garabatesco o jeroglífico, necesita, hasta en su propio país, de colaboradores inteligentes, de correctos traductores. Ha menester del ejecutante o del cantante. Y el ejecutante y el cantante, para transmitirnos la idea o el sentimiento del autor, necesitan hacer suya esa idea o ese sentimiento…♫

~Manuel GUTIÉRREZ NÁJERA

Sobra insistir, pues, en la valía de Javier, quien —sabemos y escuchamos— supo hacer suyas tantas luces y sombras de otros: con el corazón (en la garganta).

¡Qué va!

*El Duque de Job, “Antes de ir a la ópera”, en El Partido Liberal, t. XI, núm.1653, 14 de octubre de 1890.

Me soñé vivo

diciembre 3, 2010 § 1 comentario

FJS, 2016-2021 Primer Informe Quinquenal
[…]
Valga recordar que las actividades de la Fundación seguirán siendo independientes de la persona/familiares de Gabriel Siria Levario; la administración depende del Consejo y éste, a su vez, rinde informes anuales en ocasión del Premio Entrega Total (de compositores a intérpretes), que, dicho sea, las SAYCO, SESAC y SACM auspician.

El capital inicial se ha triplicado gracias a las constantes aportaciones de particulares, así como de distintas ONG mexicanas que, a raíz del L Aniversario Luctuoso (y su ya histórica conmemoración), han respaldado tanto reediciones como estudios de la obra del cantante y becas para nuevos valores. Por supuesto, en dicho respaldo financiero se cuenta también con la participación de instituciones y asociaciones musicales de América Latina y España y, en menor medida, de fondos vía INBA y CONACULTA (ver Anexo).

Por otro lado, a cuatro años de su estreno en el Auditorio Nacional y dos de su puesta en escena en Broadway, el musical Sombras repite su éxito, esta vez en escenarios europeos, y llega este otoño al West End de Londres. También, internacional (y sorpresiva para algunos) resultó
la acogida de la película Esclavo y Amo (Carrera, 2016) que recibió el Premio del Jurado al Mejor Guión en la 64 edición del Festival de San Sebastian.

La edición remasterizada de todo el material discográfico (respetando su catálogo original) se hace disponible al público y, en el mismo año, se pone a la venta el cancionero-ensayo Amigo Organillero (FCE 2016), con textos de, inter alios, Yuri Herrera, Tryno Maldonado, Juan Villoro y prólogo de Aurelio Asiain (compilación y edición de Mael Aglaia).

No menos importante resulta la recién apertura en Los Ángeles, California, de la primer filial de la tienda ¡Qué va!, que desde su inauguración, hace cinco años, continúa como punto de referencia del renovado barrio de Tacubaya, Distrito Federal. […]

Las mirlas

octubre 26, 2010 § Deja un comentario

¿Eva nueva?
Dale.
Haz nada
(ni tu tamaño de rima).
O di «no».
Sal, rima la mirla:
sonido a —mire doña—
matutina danza helada.
¿Ve? Un ave.

~ ❦ ~
¡Qué va! Las mirlas (Clímaco Vergara/ Miguel Trespalacios)

Interpretada en la película El hombre de la furia (Fernando Orozco, 1965).

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría literatura en SOLISMANÍA.