De payasos y caricaturas

junio 20, 2014 § Deja un comentario

©PacoCalderon

©PacoCalderon

 

Publicado en Twitter el 10 de junio de 2014.

De cuando Solís oye a los Fernández

abril 29, 2013 § 3 comentarios

javier

Y de cuando un Chente “no deja de cantar”

javiersolista

 

cf. Cómo han pasado los años

Descálzate y bésame mucho, Cize

diciembre 19, 2011 § 4 comentarios

In memoriam Cesária Évora (1941-2011)

Si mal no recuerdo, esta particular obra de Consuelo Velázquez fue el bis de aquella velada en el noble Bonn, donde la reina de la morna, Cesária Évora, llegó partiendo plaza. Ahí, a cielo abierto, entre dos museos de arte, Cize cerró su concierto con su «Bésame mucho», es decir, con el mejor que hasta ahora se ha grabado y escuchado. Yo no iba listo para tanto, apenas y me enteré de la visita y el mismo día, horas antes, conseguí la entrada. Todo el concierto fue una gozada, pero aquello fue sencillamente la apoteosis en vivo y a todo color de este tan querido y añorado Bésame.

Solís la grabó, sí, como tantos más, y la interpretó, sí, con esmero y cuidado (como pocos), pero ni con él ni con nadie tenemos la mejor interpretación de esa súplica: bésame, bésame mucho.

Consuelo, cuenta la anécdota, la compuso en su adolescencia y sin haber siquiera besado, de ahí, quizá, la originalidad: al no tener idea de cómo podía ser un beso, no quedaba más que pedirlo mucho, como si fuera la primera y última vez. Y así, cual debut y despedida, Cize nos regala un arrebatadísimo ósculo. La tierra la besa y ella a nosotros; su voz va despidiendo roces y caricias que corresponden, de principio a fin, a la cándida letanía.

Décadas tuvieron que pasar para tener en el mercado una grabación de esa talla. Insisto, es la mejor por mucho de tantas versiones habidas y por haber. Vaya, hasta el acento caboverdiano es preciso y puntual; la joya latina (recordemos que la canción es parte del Latin Grammy Hall) encontró en una africana insular a su embajadora ideal. Évora llevó consigo a «Bésame mucho» y, como lo cuento, aprovechó tantos momentos para cantar y encantarnos.

¿Qué más hemos de decir? Nada, sólo escuchar… Gracias, Cize, ¡qué grande!

La llamarada al azar

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

Para esos ojos verdes como mares

Donde el azar es el llamado «señor llamarada»: Manolo Muñoz. A poco de darse a luz, Muñoz graba (en 1976) lo que será —al menos en México— su tema epónimo. De la autoría de colombiano universal Jorge Villamil, Manolo logra gracias a su flexible voz una «Llamarada» que da bienvenida correspondencia a aquellas «Espumas» (también de Villamil) de nuestro Solís. Aquí pues un paréntesis musical para aplaudir al buen Muñoz.

Heredero cabal de las glorias de Jalisco, Muñoz entiende que lo mejor es abrir camino a su manera pero a la altura: es el primer solista rocanrolero que graba en español a los nacientes clásicos del rock de los sesenta. Así, bien mirado, no desentona en nada al lado de Javier en —ya la platicamos aquí— la película Un callejón sin salida (1964), ahí, jovencísimo y a sus anchas, nos muestra de qué puede ir su arte.

Pasan años, más churros de películas y versiones en español de canciones en inglés, caravanas artísticas, venidas e idas, y llegan los 70 con contados intérpretes de la talla de la otrora pléyade. Manolo sigue ahí, en solitario pero acompañado ya de Guzmanes, Costas y Vázquez, compartiendo la lánguida escena musical. Ni el bolero o la ranchera tienen la fuerza de antes, y es la balada (y la fotogenia) lo que reina sin par. Surge la llamarada.

Con unos arreglos (de Moisés Ortega) que prescinden del original pasillo colombiano, es la voz de Muñoz lo que catapulta y enciende. (Todavía más, en el disco homónimo se hallan otras joyitas que sin duda hacen eco de la valía de la luz de Manolo.) La canción, cuenta su autor, nace tras la historia de amor de una pareja donde, recién casados, él —doce años mayor que ella— tiene un desliz con la hermana (de ella) y con todo siguen juntos, y no es sino años después que rompen y entonces Villamil escribe, en 1972, su espléndida «Llamarada».

La letra tiene, podemos decir, dos versiones, la colombiana y la mexicana. La primera, desde luego, es la del autor tal cual, hela aquí:

«Llamarada» (Jorge Villamil)
Necesito olvidar
para poder vivir,
no quisiera pensar
que todo lo perdí;
en una llamarada
se quemaron nuestras vidas,
quedando las pavesas
de aquél inmenso amor,
y si no he de llorar,
tampoco he de reír,
mejor guardo silencio
porque ha llegado el fin,
lo nuestro terminó
cuando acabó el amor,
como se va la tarde
al ir muriendo el sol.
Siempre recordaré
aquellos ojos verdes
que guardan el color
que los trigales tienen;
a veces yo quisiera
reír a carcajadas,
como la mascarada
porque ese es nuestro amor,
pero me voy de aquí,
te dejo mi canción;
amor, te vas de mí,
también me voy de ti,
lo nuestro terminó,
tal vez me extrañarás,
también yo soñaré
con esos ojos verdes como mares.

En la versión de Muñoz (la «mexicana»), amén del cambio del tempo, no se ha de morir y, el cambio mayor, se acaba la luz. Como fuere, ahí están los heptasílabos y, sobre todo, ese precioso endecasílabo final.

Como antes lo hiciera Javier, Manolo voltea a los maestros compositores y —ya se oye— en ese disco Llamarada (y la propia canción) interpreta con una apuesta (mejor no se puede hablar de ello, se sabe, con don Manolo) total a su voz. Conocedor del entonces juego, Muñoz pone su resto en la «Llamarada», y lo que sigue es historia: los 70 son de los baladistas y detrás de Muñoz, junto con José José, un grupo variopinto de cancioneros se darán a la tarea de, algunos, cantar.

Quizá podemos decir que esta es una de las canciones que sin problemas estaría en el cancionero javiersolista, no fue posible y está ahí presidiendo el recuerdo de Manolo Muñoz. Está muy bien, es la fecha que no encuentro mejor intéprete. Y es que, si bien no hace mucho Pepe Aguilar la grabó garbo con mariachi y Carlos Cuevas la canta regio, el sello de Manolo sigue siendo molde de esas y otras tantas versiones (aunque hasta eso no son muchas: no es cualquier canción para echársela al hombro).

De mariachi, por cierto, Aguilar no fue el primero: Muñoz, claro, lo hizo, y aquí un botón en vivo:

Y aquí la original del muy señor… «Llamarada»:

La Alegoría de la Venegas

octubre 4, 2011 § Deja un comentario

A mi par de abuelas

Toca el turno de invitar a este espacio a Julieta Venegas y su acordeón. Si Solís se dijo algunas veces norteño, Julieta Venegas más bien lo grita, y qué bien que le sale. Van estas líneas como una bienvenida a la frescura que gente como ella sabe impregnar en letras e interpretaciones.¿El botón? «Los 100 años de la abuela» de la compositora Cecilia Rascón.

Enseguida pensaremos en Chava Flores y su tertulia —y quizá en su México de ayer—, o bien, sencillamente, la tomaremos para el anecdotario. «Los cien años de la abuela», sin embargo, merecen una detenida atención (junto con Julieta, claro).

Editada independientemente (?), la canción es parte de un recopilatorio de, dicen, temas inéditos: Nuevo y Raro (2008). Circula por la red y es ahí donde atrapo estos casi siete minutos con Venegas y su acordeón. Son una joyita (que es como podemos llamar sin reparo a esas «anécdotas» rebasadas por tantas buenas y malas historias). Es, sobre todo, una alegoría —¿dije atrapo o atrapado?

El cumpleaños de la abuela “nana” Rafaela sirve de motivo —que no pretexto— para el recuento (No puedo evitar abrir este paréntesis para mi particular Rafaela, quien sin duda espera a que su colega lo cierre, y ambas me sigan siendo; sea.) No escuchamos la fiesta en sí ni al mero recuerdo (de algún ayer de México), Cecilia Rascón nos ofrece en seis estrofas (y su pilón) lo que México es por lo que ha sido. Mejor dicho, lo que gente como ella y su —ya escuchamos— maravillosa parentela es por lo que fue. En una canción estamos en el centro de una familia y somos uno más de esta.

Gracias a la autora podemos advertir la algarabía, los modos, las viandas, los dimes y diretes de los tiempos que ocurren en México. He dicho recuento pero en realidad la intérprete Venegas cuenta, narra, cantando. Así como Rubén Blades logró hacer una rica salsa con la biografía de Pedro Navajas, la compositora y la de Tijuana nos regalan (y a la abuela, claro) cien años y poco más en vastos minutos. A la luz —ecos dirán algunos— de Chava Flores, José Alfredo, corridos y acordeones, la cantante proyecta su voz con total frescura. Sin lamentos o carcajadas, los años de la abuela están llenos de bievenidos y acertados guiños (que uno es quien sabra cómo tomarlos). La cantante, quiero decir, intérprete, cancionera cabal, se limitó con creces a su labor.

Aquí el archivo musical y, debajo, la letra de la canción:

«Cien años de la abuela» (Cecilia Rascón)

Fuimos al rancho a ver a mi abuelita
que con orgullo su cumpleaños festejó;
pa’ celebrarlo reunió a toda la familia
en el ranchito que con mi abuelo fincó;
en el pastel pusimos cien velitas
y de un soplido todititas apagó.
Tomamos fotos
de toda la familia:
los padres con sus hijos,
que son nietos de la abuela
y sus hijos son bisnietos,
y hay también tataranietos
y hasta el perro se coló.

Cuando cantamos las alegres «Mañanitas»
de sus ojitos rodaron dos lagrimitas;
el tío Lorenzo se sentó a tocar el piano
y de un estuche sacó Félix su acordeón;
bailamos valses, jarabes y hasta jota,
también la polka de puntita y de tacón.
De la cocina
escapaban los olores
de chorizo con frijoles,
asaderos, chimichangas,
guacamole y nopalitos
para comer en taquitos,
agua y nieve de limón.

¡Ah caray, cómo ha crecido su familia!,
le dijo el cura a mi abuela Rafaelita,
seguramente suman más de ciento veinte
más nueras, yernos y consuegros de pilón;
también vinieron los compadres, los ahijados,
más los vecinos y el vaquero Filemón.
La abuela dijo
que cuando era chiquilla
andaba Pancho Villa
tirando de balazos
y agarrándose a trancazos
por la sierra en su caballo
pues había revolución.

Cuéntame, abuela, ¿conociste a Pancho Villa?,
¿había bosques en ese cerro pelón?,
¿cuánto costaba el kilo de tortilla
y qué veías si no había televisión?,
¿a qué jugabas si no tenías Nintendo,
computadora, patineta y compact disc?
Cuéntame, abuela,
del rancho y de mi abuelo,
¿cómo eran las ciudades
sin autos ni edificios,
sin luces mercuriales,
sin plazas comerciales
y sin contaminación?

A media tarde comenzó a abrir los presentes
que en una mesa se apilaban por montón;
quiero ver todos, sobre todo el más grandote,
y el más chiquito y el de en medio, por favor;
ábrelos pronto, abuelita, estoy ansiosa
pues casi llegas al que yo hice para ti.
Había perfumes,
aretitos y peinetas,
jaboncitos perfumados,
chocolates envinados
en cajitas arreglados
con moñitos adornados
y estos versos que escribí.

Cuando era tarde muy cerca de las doce
a los chiquillos nos mandaron a dormir,
antes pedimos a la abuela nos contara
de mi abuelito que del pueblo fue sheriff,
de sus andanzas por la sierra en su caballo,
arreando vacas de Agua Prieta hasta Tucsón.
Quiero aprender
canciones de zarzuela,
bailar como tu abuela
al compás de la pianola
pues no había sinfonola
ni sonido en grabadora
en los bailes de carquís.

Cuéntame, abuela,
de nuevo esas historias
de vaqueros y de apaches,
de españoles, irlandeses,
chinos, yaquis y franceses,
que fundaron estas tierras
donde yo mero nací.

Escuchamos primero —amén de las Mañanitas— una introducción que rinde homenaje, por un lado, a «Las otras Mañanitas» de Chava Flores en la grabación de Infante, y, por otro lado, a esas diarias reuniones donde cantantes amateurs pretenden por segundos ser la reencarnación de aquel Pedrito. Luego, el grito norteño de la Venegas avisa por dónde irá la cosa. Estamos ya en el campo fértil sembrado de velitas, música, baile, comida, gorrones, revolucionarios, modernidad, regalos, migrantes, en fin, pasado y presente. ¿Futuro? Helo ahí todo contenido: ¡viejos los cerros… y reverdecen! —nos avisó Julieta.

Evito pues entrar en detalles con la letra. Los versos me parecen al centavo y por tanto con un justo peso. Si en un baile de carquís podemos echarnos un guacamole con todo y trancazos, oyendo un compact disc haciendo de sinfonola, es que algo ha ocurrido ahí mero, en el crisol de, entre otros, apaches, chinos y yaquis.

Julieta Venegas y Cecilia Rascón saben de todo esto. Ahí nacieron, cien años —y más— las respaldan, así como a la abuela, que qué bien de su orgullo al festejar. De eso se trata, de contar con ello. Cuéntanos de nuevo, abuela. Cántanos de nuevo, Julieta.

¡Qué va!

NB. Este texto se modificó el 13 de septiembre de 2013 gracias a la comunicación de la autora de los «Cien años de la abuela». Cecilia Rascón (@lacecirecords en Twitter) tuvo a bien escribirme, aclararme y contarme incluso del lugar de nacimiento de esta canción: «de las tertulias familiares en casa de mi nana Rafaelita en Naco, Sonora».

Cómo han pasado los años…

mayo 20, 2009 § Deja un comentario

Hace diez que tuve el honor de recibirle, conocerle, escucharle y, por si fuera poco, cantar con él y su mariachi. Cómo han pasado los años. Recién el pasado 10 de enero se cumplieron siete años de su repentino fallecimiento. Cómo pasan los años. Hoy, a saber por qué, le recuerdo a través de una particular canción: «Cómo han pasado los años». Cómo pasan, Cutberto.

Cierto, Cutberto Pérez no es el compositor pero, ya lo verán, logró junto con su Mariachi 2000 una espléndida y original versión de este tema ya clásico de los compositores Rafael Ferro y Ramón R. de Sirio. Para ello, les cuento, tuvo de cómplices al dueto Carlos Cuevas y, mujerón total, Aída Cuevas

Así, en aquél concierto del ’97 en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, la trompeta de Cutberto (una que, al fin músico y artista cabal, supo hacerse, en mero Nueva Orleans y Nueva York, de acertadas y bienvenidas bases jazzísticas) hizo la diferencia junto con la atinadísima intervención de Aída. Es decir, que si el público esperaba una interpretación más de aquél bolero en la voz de Carlos (y, si me permiten decir, seguramente así extrañar o de inmediato pensar en la versión de Rocío Durcal), grata sorpresa resultó escuchar semejante entrada del mariachi y, segundos después, la voz única de Aída. Redondeo total. Todo en su lugar. El bolero pasó a ser uno de la talla que acaso nuestro Solís hubiera sin duda interpretado tan así de bien arreglado, o sea, un perfecto bolero ranchero. Aquí de lo que hablo:

Díganme si no merece el paréntesis. Y sí, el énfasis de la nota recae en Cutberto, pues creo que su intervención marcó la pauta para lograr así una versión única y acaso irrepetible. ¿La mejor? Hasta ahora sí, sin duda alguna. Mariachi y voces, música y canto, combinados cual anillo al dedo. Así de bien. ¡Qué va!

Brindis
Por Cutberto Pérez (1946-2002) y su legado

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D.R. Mariachi2000CutbertoPerez.com

NB. Por si las dudas, y para que quede claro, Cutberto pudo desde Bach hasta los Beatles… cual vuelo de abejorro.

Elige tú, que canta Moré

febrero 20, 2008 § Deja un comentario

A 45 años de su muerte, y porque ya va siendo hora de su muy debida mención en este blog, recordamos a Benny Moré (a) el Bárbaro del Ritmo. Un monstruo. La mejor voz cubana, un artista en toda la expresión. Fue un 19 de febrero cuando Moré zarpó definitivamente de su isla dejando tras de sí una valiosísima herencia musical forjada entre México (fue ahí, por cierto, donde adoptó el ‘Benny’) y Cuba.

 

«Conmigo no hay aquello de que no canto una canción/… yo canto cualquier cosa: y es porque soy buen cantador». Benny Moré cantó boleros, guarachas, sones, batanga, rumbas… ¿Les suena? Era Moré, carajo, un cantador. Como Solís, en sus palabras, era un cancionero. Eligan ustedes, selectos lectores, que cantan los que cantantes se saben y cantadores se dicen. Grandes ellos. Únicos.

 

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Te escuchamos, Moré, bonito y sabroso. ¡Qué va!

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