Apoteosis de Javier Solís

marzo 27, 2013 § 1 comentario

Con las piedras del camino de Edgar Amador los domingos suelen ser rancheros. En uno de ellos tuvieron lugar las siguientes líneas javiersolistas.

Apoteosis de Javier Solís
El alma del ranchero está sostenida por el aliento de miles de compositores, salidos debajo de piedras, ramas y plazas a lo largo de todo México: desde la cúspide literaria de José Alfredo, hasta el tremendismo ornitológico de Tomás Méndez, pasando por el exquisito de Ferrusquilla y el azote urbano y contemporaneo de Martín Urieta.

De esa constelación hay uno que a mi siempre me sorprende por su precisión poética: Luis Demetrio. José Alfredo no es un poeta, es un bardo, un acólito de Baco, una bestia dionisíaca. Luis Demetrio es apolíneo, es casi un poeta lírico.

Va por ejemplo este dístico de su canción “Voy”, que casi parece San Juan de la Cruz, o Alfredo R. Placencia:

“Voy a ponerme en los ojos un hierro candente
pues mil veces prefiero estar ciego que volver a verte”

Esta canción fue escrita aparentemente para la enorme bolerista cubana Olga Guillot, pero fue grabada también por el más íntimo de los gigantes: Javier Solís.

La génesis, gloria y muerte de Javier Solís pertenecen no a la biografía, sino a la mitología: nacido por accidente y criado por sus tíos en Tacubaya; en el imaginario popular existe el mito de que muerto Pedro Infante, Javier Solís canta sobre su tumba iniciando así su carrera y su éxito. Su muerte es aún más misteriosa, y las versiones sobre la misma abarcan todo el rango de las leyendas urbanas.

Si su biografía es mitológica, su voz lo acompaña. No hay mácula ni tacha, todo es pura perfección. Limpidez lisa, su voz es una cuerda que se estira, se tensa, y no se rompe nunca.

En los “Domingos Rancheros” de este secreto Blog la ausencia conspicua de Javier Solis no pudo ya ser contenida. Las noches de dolor de los mexicanos, nuestra rabia y nostalgia, nuestros encuentros de amor, están llenos sin que lo sepamos, de la voz de Javier Solís.

Yo quiero dejarles esta tarde fría y cariñosa de noviembre, esta obra maestra de Luis Demetrio cantada con la voz definitiva de Javier Solís. Para mí, es uno de esos Non Plus Ultra: no hay más allá.

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