Las cenizas de Javier

febrero 22, 2012 § 4 comentarios

De la doble centena de compositores que interpretó Javier, los hay —como es natural— cuyas composiciones sólo en una pudo estar Solís. Es el caso de Wello Rivas (1913-1990) y su canción, ya mítica, «Cenizas». Mítica sobre todo porque es la ínclita Toña, Toña la Negra, quien sentó las bases para tan tremendo bolero.

Es decir, que gracias a Toña decenas de intérpretes buscaron (y siguen) también dejar esas cenizas. Algunos lo lograron, qué va, pero otros, otros como Javier nos legaron algo más que solo cenizas.

Digo otros como Javier pensando únicamente en Solís. Sí, no fue sino hasta Javier Solís que aquellas «Cenizas» de Rivas alzaron vuelo y, desempolvándose, se impregnaron del mariachi. Ese es quizá el gran logro de Solís en esta obra: el haber tomado el bolero de Rivas, entender lo que hizo la veracruzana y, atención, dejar que el mariachi fuera complemento ideal para su voz y, claro, la letra.

«Cenizas» (Wello Rivas)
Después de tanto soportar la pena
de sentir tu olvido;
después que todo te lo dio mi pobre
corazón herido;
has vuelto a verme para que yo sepa
de tu desventura,
por la amargura de un amor igual
al que me diste tú.

Ya no podré ni perdonar ni darte
lo que tú me diste;
has de saber que de un cariño muerto
no existe rencor.
Y si pretendes remover las ruinas
que tú misma hiciste,
sólo cenizas hallarás de todo
lo que fue mi amor.

Más Solís imposible. Como en un Miércoles en el que van por la cruz y a por ella, así las cenizas de Javier nos llevan y se quedan en la frente. Nos recuerdan lo que llega a ser eso que llaman amor. Es la letra de Rivas, el eco de Toña y la voz de Javier acompañada de esas trompetas que, además de puente musical (con mariachi), nos desgarran y se tienden para alcanzar la impotencia, el recordatorio y, finalmente, la advertencia.

Después de oír a Toña con esas cenizas uno no esperaría que ave alguna surgiera… a no ser que Javier las renaciera así, sólo así:

¡Qué va!

Unos más en la vida perjura

febrero 8, 2012 § 8 comentarios

Según la página web de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), la biografía de Juan Navarrete Curiel se cruza con la de Javier Solís en algo más que una canción. Sin embargo, es la fecha en que los javiersolistas sólo contamos con dos canciones de Navarrete Curiel en voz de Solís: “Despreciado me voy” y —la que nos interesa por el momento— “Uno más”.

No es raro que con Javier se den las discrepancias en cuanto a los números —sean las canciones grabadas, los discos editados o incluso las versiones disponibles—, pero con lo cualitativo hay poco espacio para la disyuntiva. “Uno más” es una canción que bien podría pasar sin pena ni gloria… de no ser por un par de detalles. El primero es que forma parte del grupo de rarezas javiersolistas, es decir, temas que por su quizá única edición en disco, no suelen estar en las audiotecas Solís. Esta ausencia, en el caso de “Uno más”, se puede explicar quizá por la calidad de la grabación en sí, o bien, como ha pasado con otras canciones, e.g., “Gaviota” (del álbum Y todavía te quiero), por alguna razón que sólo los productores y sus interéses de mercadotecnia puedan tener al momento de las reediciones del material original.

El segundo detalle de “Uno más” es que ha sido grabada por dos Fernández, padre e hijo, en los primeros años de sus respectivas carreras (y sin ninguna posterior reedición). Volviendo a la página de la SACM, tal canción se reconoce sobre todo con las voces de los Fernández. (Aunque ya en la base de datos de la SACM de las canciones de Navarrete se puede ver que J A Solis es parte también de los intérpretes con en el CD Exitos de J A Solis, Orfeon Videovox.) Vicente la graba en 1965, es parte entonces de aquellos primeros años en que el de Huentitán buscaba hacerse —sin éxito— de un espacio en la industria, dicho de otro modo, parte de sus pininos; treinta años después el hijo Alejandro también la hace parte de sus inicios y la incluye en su cuarto (o sea, ya no tan pininos) disco Que seas muy feliz.

Hasta ahí no hay mucho que decir, más que el recuerdo de la letra de la canción.

Uno más (Autor: Juan Navarrete Curiel)
Que Dios bendiga
las dulces horas que pasé contigo;
a nadie digas
que por capricho te entregaste a mí;
por donde vaya
nuestro secreto guardaré conmigo;
nada ni nadie
podrá evitar que yo te quiera así.
Sé que todo pasó para ti como nueva aventura,
y que fui uno más para ti en tu vida perjura;
Sé que no volverás por amor a entregarme lo tuyo,
volverás cuando nuevo dolor haya herido tu orgullo.

Es, ya se ve, canción breve e incluso poética (e.g., bonitos endecasílabos sáficos). Pasemos a las versiones, aquí el par de los Fernández: Vicente

y Alejandro

De regreso al primer detalle, lo especial de “Uno más”, dije, es la canción en sí. No es sino hasta hace unos meses que, por ejemplo, podemos escucharla en YouTube. Pocos son los que, con la ayuda de la red y del intercambio digital, pueden contarla en sus audiotecas. La trilogía El Señor de Sombras de José Felipe Coria (Ed. Clío) no la enlista en su cancionero. La fecha probable de grabación es durante la segunda mitad de la carrera de Javier y, como se escucha en la versión disponible, el vinilo es hasta ahora la única fuente. No se tiene, en fin, mayor información que el compositor. Aquí pues la rala canción:

El avezado lector podrá escuchar que Solís sí está cantando tal cual aquella letra de Navarrete (y más adelante habrá cuenta de alguien más que sí lo hace), los Fernández no. Ellos cantan «evitar que yo te quiera a ti» y, lo más que hace el menos, «en tu triste locura» (amén de rematar con el innecesario «cuando un nuevo dolor», dando al traste así con la métrica). En otras palabras, me imagino la escena con aquél charro en ciernes: ¡Cómo que vida perjura, eso qué, mejor algo que se entienda: triste locura!, ah, y aquí debe de ser (sic) un nuevo dolor, claro, y ya entrados, pues que nadie evite que yo personalmente te quiera a ti y solamente a ti… El hijo, claro, sólo repitió lo del padre.

Así las cosas, ahí está Javier con su interpretación cabal. A saber del porqué los señores de la disquera prefirieron que, por si no bastara uno, dos Fernández se echaran al hombro esta pieza. Hay otras canciones, por supuesto, donde tanto los de Jalisco como el de Tacubaya brindan al respetable su entendimiento de los mismos «escarabajos que llamamos notas», e.g., el vals “Alejandra”, pero aquí, para el que escucha, los tres están en igualdad de circunstancias: no hay mayores cambios en los arreglos y dada la, digamos, dimensión de la canción (i.e., ni muy muy, ni tan tan) en los respectivos cancioneros, el tiro es finalmente parejo. Incluso con la calidad de las grabaciones en las versiones de Solís y del mayor de los Fernández, Alejandro no está con ventaja, o desventaja —junto con su padre—, al ser tal canción de sus “primeras grabaciones”: ambos Fernández a esas alturas saben ya de estudios de grabación. Lo dicho, el tiro es parejo. El resultado no.

Javier peina la letra con sus dedos, sin despeinarla ni despeinarse. Alejandro lo imita pero termina por recordar la impostura de la voz del padre. Éste, sencillamente, repuja. Solís entiende la letra y su estructura, y presta su voz para iluminar lo escrito: el chillón que llora bien y bonito. Fernández hijo cree entender y a fuerza de demostrarlo le resta sensibilidad: evita ser uno más y quiere ser el uno (de plástico). Fernández padre se limita a llorar chillando. Javier no busca cúspide alguna en la letra, sabe que la montaña es también una bajada; el junior pareciera no reconocerlas y el señor padre gusta de inventárselas (a gritos). Uno más que de tres… dos no logran.

Aquí queda la perjura. En este blog poco o nada comentamos de los Fernández, ¿para qué?, se sabe que uno, el padre, suele argüir que Solís será lo que sea pero él, será lo que sea, es el vivo. Se sabe, más bien, que si Fernández se escuchó fue gracias a la muerte de Solís, a que la máquina de grabaciones cesó de trabajarle a los señores de la industria. Sabemos, pues, que Javier vivo era insuperable, que sólo muerto alguien más podría competir, al menos, con grabaciones que, de hecho, todos querían en voz de Solís. La muerte de uno brindó el soplo de vida al otro que, dígase, la televisión se encargó de hacer más, e insuflar de paja suficiente como para encumbrar y confundir, dirían los de Cuévano, lo grandote con lo grandioso. La superioridad es evidente, la comparación, superflua. Aquí, sencillamente, uno más.

Adenda
Meses después reparo en una versión de uno más que, él sí, supo hacerle respetable segunda a Javier: Jorge Valente.

En el siguiente video se puede escuchar al paisano de los Fernández haciendo lo que ellos no pudieron. Jorge Valente se vale de otros arreglos musicales y borda una versión a la par de la de Solís. Sigue la letra y encuentra la unicidad. Nada que objetar.

[youtube http://youtu.be/YIXSkBvzj5o]

He ahí al cabal compañero y colega Valente. Curiosa disquera, sin duda, que a sus dos candidatos de reemplazo de Solís dio a grabar esta canción (¿y otras más?) acaso como prueba de fuego (?). La historia (ésa que se escribe por los ganadores) consta que Fernández resultó el del dedazo… aunque Valente fuera el natural y el del probado talento, pero esa ya es otra historia, otra más.

Y todavía te quiero

diciembre 31, 2011 § 1 comentario

No es del tango de Leocata y Aznar de lo que he de hablar, ni de todo el álbum homónimo que Solís grabara en 1966, pero sí de una parte de él: «Una limosna» de Indalecio Ramírez. El título aquél lo tomo, ya verán ustedes, porque si bien estoy pensando ya en la ausencia del 2011, y le ofrezco un recuerdo con tal limosna, todavía lo quiero.

Hablemos de la única composición de Indalecio Ramírez que Solís grabara, una que enseguida resultó éxito y desde entonces es parte cabal del cancionero javiersolista. «Una limosna» le quedó como anillo al dedo a Javier. De breves y certeros trazos también le queda a este 2011 con sus aún horas de vida. Ramírez bien pudo tener más joyas de estas en la garganta de Solís, mas el tiempo es implacable, y la muerte también. Se va el 2011, llega el 2012 y con él, así sea, algo más que limosnas. Cántale, Solís, que tú nos sigues viviendo:

«Una limosna» de Indalecio Ramírez
Aunque sigas viviendo
para mí ya estas muerta,
aunque llegues tocando
insistente a mi puerta,
de lo poco que tengo
te daré una limosna
como a cualquier mendigo,
pero en cosas de amores
ya no cuentes conmigo.
Tú me hiciste llorar,
tú me hiciste sufrir,
pero todo ha cambiado,
hoy me toca reír;
aunque sigas viviendo
ya olvidé tus ofensas,
pero tú al recordar
no me habrías de buscar
si tuvieras vergüenza.

¡Qué va!

Envío
El 2011, lo hecho, llamará a la puerta, mejor es darle una sonrisa (asirnos a la sonrisa): hoy nos toca. Gracias mil por las visitas a este espacio, sirva esta canción del hijo putativo de Álvaro Carrillo para despedir estos doce meses: a por otros, ¡a por el dos mil doce!

Descálzate y bésame mucho, Cize

diciembre 19, 2011 § 4 comentarios

In memoriam Cesária Évora (1941-2011)

Si mal no recuerdo, esta particular obra de Consuelo Velázquez fue el bis de aquella velada en el noble Bonn, donde la reina de la morna, Cesária Évora, llegó partiendo plaza. Ahí, a cielo abierto, entre dos museos de arte, Cize cerró su concierto con su «Bésame mucho», es decir, con el mejor que hasta ahora se ha grabado y escuchado. Yo no iba listo para tanto, apenas y me enteré de la visita y el mismo día, horas antes, conseguí la entrada. Todo el concierto fue una gozada, pero aquello fue sencillamente la apoteosis en vivo y a todo color de este tan querido y añorado Bésame.

Solís la grabó, sí, como tantos más, y la interpretó, sí, con esmero y cuidado (como pocos), pero ni con él ni con nadie tenemos la mejor interpretación de esa súplica: bésame, bésame mucho.

Consuelo, cuenta la anécdota, la compuso en su adolescencia y sin haber siquiera besado, de ahí, quizá, la originalidad: al no tener idea de cómo podía ser un beso, no quedaba más que pedirlo mucho, como si fuera la primera y última vez. Y así, cual debut y despedida, Cize nos regala un arrebatadísimo ósculo. La tierra la besa y ella a nosotros; su voz va despidiendo roces y caricias que corresponden, de principio a fin, a la cándida letanía.

Décadas tuvieron que pasar para tener en el mercado una grabación de esa talla. Insisto, es la mejor por mucho de tantas versiones habidas y por haber. Vaya, hasta el acento caboverdiano es preciso y puntual; la joya latina (recordemos que la canción es parte del Latin Grammy Hall) encontró en una africana insular a su embajadora ideal. Évora llevó consigo a «Bésame mucho» y, como lo cuento, aprovechó tantos momentos para cantar y encantarnos.

¿Qué más hemos de decir? Nada, sólo escuchar… Gracias, Cize, ¡qué grande!

Carrillo no se nos olvidará

diciembre 2, 2011 § 1 comentario

Hoy dos de diciembre se cumplen 90 años del natalicio de Álvaro Carrillo. Este espacio ya ha hablado de él y, sobre todo, ha escuchado sus creaciones en voz del sempiterno Solís. Hoy, dos de diciembre, volvemos a Carrillo para celebrarlo con la última grabación de Javier de una de sus muñecas: «Se te olvida».

Canción hecha dos por un capricho telenovelero, Pepe Jara —nos cuenta él mismo en sus memorias— la canta «para calarla» en una reunión de amigos, y Ernesto Alonso, «nervioso y emocionado», la pide para su telenovela (ya al aire) La mentira (1965). Y le cambian el nombre. Desde entonces, con Jara, se catapulta y se consagra, pues sin duda él sigue siendo la medida ideal para tremendo bolero (quizá compartiendo lugar con su mítico, también de Carrillo, «Andariego»).

Ese mismo año de la telenovela, Javier la graba y la hace, al fin Solís, bolero ranchero. Se incluye en uno de sus mejores discos, Payaso, con arreglos y dirección de Fernando Z. Maldonado, Rafael Carrión y Gustavo A. Santiago. ¿El mariachi? Según la contraportada del disco hubo tres: Jalisco (de Pepe Villa), Nacional (de Arcadio Elías) y América (de Alfredo Serna). El lado B del acetato abre pues con este «Se te olvida (La mentira)»:

Todavía más, de las contadas grabaciones que Javier tiene cantando en vivo (es decir, aquellas que se han hecho públicas), una de ellas es —¡qué va!— «Se te olvida». Editada en aquél cedé-devedé A 40 años… Me recordarás (el cual ya hemos referido aquí). Ahí podemos ver a un Javier pleno, a pelo, echándose como pocos esa joya del Negro. Sin necesidad de gritos o alardes técnicos, él se limita a cantar e interpretar. Él, Solís, hace esto:


La escena es de aquel programa de televisión Noches tapatías, del que también, por cierto, se editó un cedé-devedé (en 2006) y en donde se incluye tan especial interpretación.

Así las cosas, no queda sino celebrar a Álvaro con más interpretaciones de este calibre, y mandarle, que no se nos olvida, el más sentido… ¡qué va!

La llamarada al azar

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

Para esos ojos verdes como mares

Donde el azar es el llamado «señor llamarada»: Manolo Muñoz. A poco de darse a luz, Muñoz graba (en 1976) lo que será —al menos en México— su tema epónimo. De la autoría de colombiano universal Jorge Villamil, Manolo logra gracias a su flexible voz una «Llamarada» que da bienvenida correspondencia a aquellas «Espumas» (también de Villamil) de nuestro Solís. Aquí pues un paréntesis musical para aplaudir al buen Muñoz.

Heredero cabal de las glorias de Jalisco, Muñoz entiende que lo mejor es abrir camino a su manera pero a la altura: es el primer solista rocanrolero que graba en español a los nacientes clásicos del rock de los sesenta. Así, bien mirado, no desentona en nada al lado de Javier en —ya la platicamos aquí— la película Un callejón sin salida (1964), ahí, jovencísimo y a sus anchas, nos muestra de qué puede ir su arte.

Pasan años, más churros de películas y versiones en español de canciones en inglés, caravanas artísticas, venidas e idas, y llegan los 70 con contados intérpretes de la talla de la otrora pléyade. Manolo sigue ahí, en solitario pero acompañado ya de Guzmanes, Costas y Vázquez, compartiendo la lánguida escena musical. Ni el bolero o la ranchera tienen la fuerza de antes, y es la balada (y la fotogenia) lo que reina sin par. Surge la llamarada.

Con unos arreglos (de Moisés Ortega) que prescinden del original pasillo colombiano, es la voz de Muñoz lo que catapulta y enciende. (Todavía más, en el disco homónimo se hallan otras joyitas que sin duda hacen eco de la valía de la luz de Manolo.) La canción, cuenta su autor, nace tras la historia de amor de una pareja donde, recién casados, él —doce años mayor que ella— tiene un desliz con la hermana (de ella) y con todo siguen juntos, y no es sino años después que rompen y entonces Villamil escribe, en 1972, su espléndida «Llamarada».

La letra tiene, podemos decir, dos versiones, la colombiana y la mexicana. La primera, desde luego, es la del autor tal cual, hela aquí:

«Llamarada» (Jorge Villamil)
Necesito olvidar
para poder vivir,
no quisiera pensar
que todo lo perdí;
en una llamarada
se quemaron nuestras vidas,
quedando las pavesas
de aquél inmenso amor,
y si no he de llorar,
tampoco he de reír,
mejor guardo silencio
porque ha llegado el fin,
lo nuestro terminó
cuando acabó el amor,
como se va la tarde
al ir muriendo el sol.
Siempre recordaré
aquellos ojos verdes
que guardan el color
que los trigales tienen;
a veces yo quisiera
reír a carcajadas,
como la mascarada
porque ese es nuestro amor,
pero me voy de aquí,
te dejo mi canción;
amor, te vas de mí,
también me voy de ti,
lo nuestro terminó,
tal vez me extrañarás,
también yo soñaré
con esos ojos verdes como mares.

En la versión de Muñoz (la «mexicana»), amén del cambio del tempo, no se ha de morir y, el cambio mayor, se acaba la luz. Como fuere, ahí están los heptasílabos y, sobre todo, ese precioso endecasílabo final.

Como antes lo hiciera Javier, Manolo voltea a los maestros compositores y —ya se oye— en ese disco Llamarada (y la propia canción) interpreta con una apuesta (mejor no se puede hablar de ello, se sabe, con don Manolo) total a su voz. Conocedor del entonces juego, Muñoz pone su resto en la «Llamarada», y lo que sigue es historia: los 70 son de los baladistas y detrás de Muñoz, junto con José José, un grupo variopinto de cancioneros se darán a la tarea de, algunos, cantar.

Quizá podemos decir que esta es una de las canciones que sin problemas estaría en el cancionero javiersolista, no fue posible y está ahí presidiendo el recuerdo de Manolo Muñoz. Está muy bien, es la fecha que no encuentro mejor intéprete. Y es que, si bien no hace mucho Pepe Aguilar la grabó garbo con mariachi y Carlos Cuevas la canta regio, el sello de Manolo sigue siendo molde de esas y otras tantas versiones (aunque hasta eso no son muchas: no es cualquier canción para echársela al hombro).

De mariachi, por cierto, Aguilar no fue el primero: Muñoz, claro, lo hizo, y aquí un botón en vivo:

Y aquí la original del muy señor… «Llamarada»:

«Atino bolero: llórelo, bonita»

octubre 23, 2011 § 2 comentarios

A ella, la mía

La sentencia (y también palíndromo) es para una voz javiersolista. Así le dije a su autor, Pedro Poitevin, y tomo pues la oportunidad para hablar de una canción que está a punto de cumplir los setenta años de edad y sigue manteniendo la lozanía con la que nació: «Bonita».

Engendrada en 1942, disco de oro en 1945, inmortalizada en 1947 en Músico, poeta y loco con Tin Tán enamorando a Meche Barba, la canción debe por igual a Luis Arcaráz (música) y a José Antonio Zorrilla Martínez (letra). Aquél, quizá por la fuerza de su orquesta, suele llevarse todos los créditos y, de hecho, acaso como homenaje póstumo Javier Solís (le) graba en 1963 ese tremendo disco Prisionero del Mar, incluyendo una constelación de canciones inolvidables (algunas ya revisadas en esta bitácora), con «Bonita» una de sus mejores, por supuesto.

El yucateco «Monís» Zorrilla por suerte sí logra dar cuenta de tal grabación de Solís… y a saber si secunda o no aquella afirmación de Arcaráz sobre «Bonita» y —dicen que dijo— «su mejor interpretación por Tin Tán».

Sin duda, no hay entre 1947 y 1963 una versión mejor que la del entrañable Pachuco: Arcaráz tenía toda la razón… ¿pero qué tal a partir de 1963?

A veinte años de nacida, Javier nos regala la otra mejor interpretación de «Bonita»; sólo alguien a la altura de Tin Tán, pues, pudo llegar con el mariachi y pedir hacer pedazos el espejo. Aquí habrá que detenernos en la letra de Zorrilla: si bien la orquesta de Arcaráz es insuperable y en mucho ayudó a aquella interpretación de Tin Tán, con el mariachi al lado el reto era mayor, y solo Solís ha podido con él: fue sobre todo con una «vuelta a la letra» que logra tan magistral interpretación. Hela aquí con su letra:

«Bonita» (Arcaráz y Zorrilla)
Bonita,
como aquellos juguetes
que yo tuve en los días
infantiles de ayer.
Bonita,
como el beso robado,
como el llanto llorado
por un hondo placer.
La sinceridad
de tu espejo fiel
puso vanidad
en ti;
sabes mi ansiedad
y haces un placer
de las penas que tu orgullo forja para mí.
Bonita,
haz pedazos tu espejo,
para ver si así dejo
de sufrir tu altivez.

Solís atina en cada frase, las sopesa y entonces los versos de Zorrilla vuelven, digamos, a su estado natural: la poesía. Quiero decir que esta vez aquel swing, aquel big-band de Tin Tán y Arcaráz son reemplazados por un implacable bolero, un mariachi, un Zorrilla y Solís.

Tomemos como ejemplo la segunda estrofa, esa muy redonda, muy honda, donde Javier frasea al centavo y en verdad recita cantando como nadie (con un hondo placer). Luego, lo mejor, la ternura que impregna al tercer bonita es de una naturaleza afortunada; está a punto de pedirle lo más a la bonita y lo hace con la voz al cuello: haz pedazos tu espejo. Decía de la letra de Zorrilla y este es uno de los heptasílabos que compiten con la bonita misma. Ese espejo es en realidad el protagonista de la canción, es por él que la bonita existe (y acaso todas); de ahí que, creo, Solís soltara un acertado «¡qué va!»: si de tan solo espejos se tratara… Bonita se sabe, bonita se es (y llorar es bueno).

A dos años de los cincuenta de aquella grabación, aún no hay quien la empate o supere. De Tin Tán a Solís «bastaron» quince años, ¿será tan difícil con tales antecedentes? Lo dicho, no es que Javier superara a Tin Tán, más bien él entendió por su cuenta a Zorrilla y Arcaráz y fue así que nos legara tal joya. Han pasado lustros y un etcétera de cantantes se han limitado a las meras réplicas (pasando por desafortunados cambios de letra en Bellas Artes cortesía de A. Fernández, i.e., «de tu espejo cruel»).

Así, he aquí una muestra (más) de lo exclusivo que gente como Zorrilla, Arcaráz y Solís pueden lograr. No queda sino recordar, reconocer y aplaudir… Llórelo, bonita.

¡Qué va!

La Alegoría de la Venegas

octubre 4, 2011 § Deja un comentario

A mi par de abuelas

Toca el turno de invitar a este espacio a Julieta Venegas y su acordeón. Si Solís se dijo algunas veces norteño, Julieta Venegas más bien lo grita, y qué bien que le sale. Van estas líneas como una bienvenida a la frescura que gente como ella sabe impregnar en letras e interpretaciones.¿El botón? «Los 100 años de la abuela» de la compositora Cecilia Rascón.

Enseguida pensaremos en Chava Flores y su tertulia —y quizá en su México de ayer—, o bien, sencillamente, la tomaremos para el anecdotario. «Los cien años de la abuela», sin embargo, merecen una detenida atención (junto con Julieta, claro).

Editada independientemente (?), la canción es parte de un recopilatorio de, dicen, temas inéditos: Nuevo y Raro (2008). Circula por la red y es ahí donde atrapo estos casi siete minutos con Venegas y su acordeón. Son una joyita (que es como podemos llamar sin reparo a esas «anécdotas» rebasadas por tantas buenas y malas historias). Es, sobre todo, una alegoría —¿dije atrapo o atrapado?

El cumpleaños de la abuela “nana” Rafaela sirve de motivo —que no pretexto— para el recuento (No puedo evitar abrir este paréntesis para mi particular Rafaela, quien sin duda espera a que su colega lo cierre, y ambas me sigan siendo; sea.) No escuchamos la fiesta en sí ni al mero recuerdo (de algún ayer de México), Cecilia Rascón nos ofrece en seis estrofas (y su pilón) lo que México es por lo que ha sido. Mejor dicho, lo que gente como ella y su —ya escuchamos— maravillosa parentela es por lo que fue. En una canción estamos en el centro de una familia y somos uno más de esta.

Gracias a la autora podemos advertir la algarabía, los modos, las viandas, los dimes y diretes de los tiempos que ocurren en México. He dicho recuento pero en realidad la intérprete Venegas cuenta, narra, cantando. Así como Rubén Blades logró hacer una rica salsa con la biografía de Pedro Navajas, la compositora y la de Tijuana nos regalan (y a la abuela, claro) cien años y poco más en vastos minutos. A la luz —ecos dirán algunos— de Chava Flores, José Alfredo, corridos y acordeones, la cantante proyecta su voz con total frescura. Sin lamentos o carcajadas, los años de la abuela están llenos de bievenidos y acertados guiños (que uno es quien sabra cómo tomarlos). La cantante, quiero decir, intérprete, cancionera cabal, se limitó con creces a su labor.

Aquí el archivo musical y, debajo, la letra de la canción:

«Cien años de la abuela» (Cecilia Rascón)

Fuimos al rancho a ver a mi abuelita
que con orgullo su cumpleaños festejó;
pa’ celebrarlo reunió a toda la familia
en el ranchito que con mi abuelo fincó;
en el pastel pusimos cien velitas
y de un soplido todititas apagó.
Tomamos fotos
de toda la familia:
los padres con sus hijos,
que son nietos de la abuela
y sus hijos son bisnietos,
y hay también tataranietos
y hasta el perro se coló.

Cuando cantamos las alegres «Mañanitas»
de sus ojitos rodaron dos lagrimitas;
el tío Lorenzo se sentó a tocar el piano
y de un estuche sacó Félix su acordeón;
bailamos valses, jarabes y hasta jota,
también la polka de puntita y de tacón.
De la cocina
escapaban los olores
de chorizo con frijoles,
asaderos, chimichangas,
guacamole y nopalitos
para comer en taquitos,
agua y nieve de limón.

¡Ah caray, cómo ha crecido su familia!,
le dijo el cura a mi abuela Rafaelita,
seguramente suman más de ciento veinte
más nueras, yernos y consuegros de pilón;
también vinieron los compadres, los ahijados,
más los vecinos y el vaquero Filemón.
La abuela dijo
que cuando era chiquilla
andaba Pancho Villa
tirando de balazos
y agarrándose a trancazos
por la sierra en su caballo
pues había revolución.

Cuéntame, abuela, ¿conociste a Pancho Villa?,
¿había bosques en ese cerro pelón?,
¿cuánto costaba el kilo de tortilla
y qué veías si no había televisión?,
¿a qué jugabas si no tenías Nintendo,
computadora, patineta y compact disc?
Cuéntame, abuela,
del rancho y de mi abuelo,
¿cómo eran las ciudades
sin autos ni edificios,
sin luces mercuriales,
sin plazas comerciales
y sin contaminación?

A media tarde comenzó a abrir los presentes
que en una mesa se apilaban por montón;
quiero ver todos, sobre todo el más grandote,
y el más chiquito y el de en medio, por favor;
ábrelos pronto, abuelita, estoy ansiosa
pues casi llegas al que yo hice para ti.
Había perfumes,
aretitos y peinetas,
jaboncitos perfumados,
chocolates envinados
en cajitas arreglados
con moñitos adornados
y estos versos que escribí.

Cuando era tarde muy cerca de las doce
a los chiquillos nos mandaron a dormir,
antes pedimos a la abuela nos contara
de mi abuelito que del pueblo fue sheriff,
de sus andanzas por la sierra en su caballo,
arreando vacas de Agua Prieta hasta Tucsón.
Quiero aprender
canciones de zarzuela,
bailar como tu abuela
al compás de la pianola
pues no había sinfonola
ni sonido en grabadora
en los bailes de carquís.

Cuéntame, abuela,
de nuevo esas historias
de vaqueros y de apaches,
de españoles, irlandeses,
chinos, yaquis y franceses,
que fundaron estas tierras
donde yo mero nací.

Escuchamos primero —amén de las Mañanitas— una introducción que rinde homenaje, por un lado, a «Las otras Mañanitas» de Chava Flores en la grabación de Infante, y, por otro lado, a esas diarias reuniones donde cantantes amateurs pretenden por segundos ser la reencarnación de aquel Pedrito. Luego, el grito norteño de la Venegas avisa por dónde irá la cosa. Estamos ya en el campo fértil sembrado de velitas, música, baile, comida, gorrones, revolucionarios, modernidad, regalos, migrantes, en fin, pasado y presente. ¿Futuro? Helo ahí todo contenido: ¡viejos los cerros… y reverdecen! —nos avisó Julieta.

Evito pues entrar en detalles con la letra. Los versos me parecen al centavo y por tanto con un justo peso. Si en un baile de carquís podemos echarnos un guacamole con todo y trancazos, oyendo un compact disc haciendo de sinfonola, es que algo ha ocurrido ahí mero, en el crisol de, entre otros, apaches, chinos y yaquis.

Julieta Venegas y Cecilia Rascón saben de todo esto. Ahí nacieron, cien años —y más— las respaldan, así como a la abuela, que qué bien de su orgullo al festejar. De eso se trata, de contar con ello. Cuéntanos de nuevo, abuela. Cántanos de nuevo, Julieta.

¡Qué va!

NB. Este texto se modificó el 13 de septiembre de 2013 gracias a la comunicación de la autora de los «Cien años de la abuela». Cecilia Rascón (@lacecirecords en Twitter) tuvo a bien escribirme, aclararme y contarme incluso del lugar de nacimiento de esta canción: «de las tertulias familiares en casa de mi nana Rafaelita en Naco, Sonora».

Apenas ochenta años

septiembre 1, 2011 § Deja un comentario

Fue así como el maestro Borges comentó de sus ochenta en aquella entrevista con Joaquín Soler en el programa A Fondo (precisamente en 1980). Hoy, primero de septiembre del 2011, Solís también pudiera decirlo.

Es cierto que en la patria de Javier lo que suele recordarse más es la muerte del ídolo (y para muestra basta un Infante), con Solís —podemos argumentar— la persona nació Gabriel y murió Javier, de ahí que sea la muerte la efeméride. ¿Cuántos años, incluso, el cumpleaños habrá sido exclusivamente de Gabriel? A diferencia de Pedro o Jorge, Javier tuvo que nacer dos veces. No es pequeño detalle: el ídolo que se hace desde el nombre y no del todo desde la cuna. No será sino hasta sus veinte y tantos cuando el cancionero opte finalmente por el seudónimo.

Borges, dicen, bromeaba (sin conocer al político homónimo del «charro» aquél) con lo difícil que podría resultar su Jorge con el Borges. A Gabriel Siria le buscaron no tanto la facilidad pero sí la originalidad y musicalidad. El ídolo estaba por nacer. No es del todo claro cómo se llegó del Gabriel Siria al Javier Solís, pero sí se sabe del paso intermedio, Javier Luquín, nombre que poco o nada auguraba la unicidad de la voz del oriundo de Tacubaya. Como fuere, de Luquín se llegó a Solís y quizá el Javier representó el subrayado de aquel Gabriel. Justo en el blanco. Apenas Solís.

¿Y qué se le puede regalar a Javier?

Volviendo a Borges, hace una semana la gente de Google lo homenajeó en su 112° aniversario del natalicio con un acertado logotipo (doodle). Hasta ahora con Javier los homenajes, como con otros tantos íconos artísticos en México, se han limitado a «ediciones especiales» de discos que, en realidad, no son más que meros recuentos (recopilaciones) de lo hecho en su momento por el propio artista. Es decir, que con los antecedentes que conocemos para con Javier, un disco más de esos —sin mayor aporte de creatividad (como por ejemplo la de un logotipo de Google)— será lo único que podemos esperar.

Pensé en esto hace algunos días cuando volví a escuchar el cedé de A 40 años… Me recordarás (Sony 2006). Lo escuché pero también lo vi. La gente de Sony Strategic Marketing (ello ahora lo tomo como ironía) tuvo la idea de hacer lucir el cedé como un disco de vinilo… y ya, el resto fue un copiado y pegado —«diseño de arte», reza en el interior— de fotos (de portadas) que, en la portada, muestran a Javier harto colorido y «conceptual». En su momento, recuerdo, al ver ese cedé à la vinilo creí que al menos ya había un atisbo de verdadero recuerdo y homenaje. Me equivoqué.

Dije volver a ver el cedé en cuestión porque lo comparé con uno de Vladimir Horowitz, Horowitz Plays Scarlatti (Sony 2010), en el que los productores también quisieron mostrar del todo aquellos años de gloria de los discos de vinilo (amén del contenido en sí, claro, que por cierto es contemporáneo de Javier: la grabación original es de 1964). Es una pasada, dirían los ibéricos, incluso la textura del cedé se asemeja a la de aquellos disos. Eso me lo pueden creer o no, pero aquí están las fotos (de ambos cedés).

También, véase, están las portadas. Observen cómo en la de Horowitz hay la sencillez suficiente, marco idóneo, para lo que el consumidor quiere escuchar. Y ni hablar del interior, ahí hay la acertada inclusión de la (copia de la) contraportada original que incluía, caray, notas del productor, mismas que se reproducen en páginas separadas para una mejor lectura. Aquí la parte encargada de Sony es Classical Originals, quienes afirman que los discos contemplados «son parte del legado cultural del Siglo XX», así, la idea es «recapturar la fascinación de grabaciones legendarias», incluyendo lo original (etiquetas, portadas, texto, etc.) más una cuidadosa restauración, todo para tener al final, concluyen, «únicos documentos en la historia del sonido grabado». Redondo como el disco mismo.

La compra de cedés aún existe (y que le pregunten a la piratería en calles de la ciudad de México), y si bien el formato emepetres gana terreno, el mercado discográfico sabe que todavía quedan los clásicos (como Horowitz o, lo digo sin empacho*, Solís). Comparar, por ejemplo, esas dos superficies y ver que en una de ellas hay esmero y en la otra ramplona imitación, no es regalo que se pueda dar en conmemoración alguna. Apenas si Solís.

¿Qué se le puede regalar a Javier? Eso, mayor cuidado y atención: pleno reconocimiento de su trabajo. Intérprete cabal, no hay discusión de lo que aquél Gabriel supo regalar —con creces— al dar nacimiento al cancionero Solís. Javier le tiene una gran deuda.

¡Feliz cumpleaños, Gabriel!

*Igual que un Pepe Aguilar que, se sabe, afirmó: «si viniera un marciano y estuviera en mis manos enseñarle la música mexicana, le pondría a Javier Solís… la mejor voz que ha existido.»

Play it, Solís, play!

julio 15, 2011 § 2 comentarios

Seguramente en lugar de bailar, Ilsa y Rick habrían estado como Emilio y Patricia: sentados en la barra del bar de algún cabaret citadino escuchando a Javier Solís con orquesta. Apagadas las luces, él con cigarrillo en mano y ella haciéndole compañía con una copa, Solís se acercaría a la pareja para subrayar alguna de las notas de Alberto Domínguez… y quizá Guillermo Cabrera Infante hubiera escrito algo más de su bolero preferido: «Perfidia».

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El cubano nos recuerda tal joya mexicana —«tropicalizada» cada vez más en sus variadas interpretaciones— en unas líneas de su Holy Smoke (1985). Ahí deja clara su predilección por «Perfidia», frente a la mítica «As time goes by» (Hupfield, 1931), y también, al fin nuestro Infante (pun intended), por la versión en español del oriundo de la Pérfida Albión, Sir Cliff Richard y su porfiria. Además de Casablanca (1942) la canción se escucha —nos cuenta Cabrera Infante— en Now, voyager (1942), The Conspirators (1944) y The mask of Dimitrios (1944); en ninguna tiene lugar privilegiado, pero ni falta que hace: «Perfidia» no puede pasar inadvertida y, así sean segundos en pantalla, de inmediato se reconoce su cuerpo —de mujer, claro— y se tararea o, mejor aún, como atinadamente se dice en inglés, hum (the song).

Pero Javier es Solís. Dos veces interpretó la canción (en película y en disco) y bien pudo ser la versión favorita de nuestro aludido escritor (quien, dicho por él mismo, de las canciones cubanas su favorita era esta mexicana). O quién sabe, pues Javier no optó por el tempo que suele procurarse en «Perfidia» (sobre todo cuando es instrumental), al contrario, fiel a su estilo, personificó e interpretó al amante incomprendido. Como otrora, i.e., poco más de 150 años antes, en la letra del aria para «Ah! Perfido» (1796) de Beethoven, Solís también primero arremete para después añorar todavía más a su amor . (Por supuesto, no me sorprendería que Domínguez se hubiera inspirado, por qué no, en el pérfido para su pérfida.)

La letra ha tenido, además de aquella enfermedad de Sir Richard, sus modificaciones (incluso en el par que Javier graba). No logro dar con la «original», así que tomo como base una grabación de Emilio Tuero (no el Emilio de arriba, claro) que dice así:

PERFIDIA (Alberto Domínguez, 1939)
Nadie comprende lo que sufro yo,
canto, pues ya no puedo sollozar;
solo temblando de ansiedad estoy,
todos me miran y se van…
Mujer, si puedes tú con Dios hablar,
pregúntale si yo alguna vez
te he dejado de adorar,
y al mar, espejo de mi corazón,
las veces que me ha visto llorar
la perfidia de tu amor.
Te he buscado dondequiera que yo voy
y no te puedo hallar,
qué me importan otros besos
si tus labios no me quieren ya besar,
y tú quién sabe por dónde andarás,
quién sabe qué aventura tendrás
que lejos estás de mí.

Solís prescinde de una conjunción y hace un par de bienvenidos ajustes. En la película Un callejón sin salida (Rafael Baledon, 1964) —de la que podemos prescindir hablar en detalle, con todo y Emilio Fernández (Emilio, claro), Sonia «la chamaca de oro» López (Sonia, claro), una guapa Evangelina Elizondo (Patricia) y un jovencísimo Manolo Muñoz cantando en español (versión de Rafael Hernández) el «Oh, Pretty Woman» (de Roy Orbison)— Javier hace esto:

Escuchamos que evita el hiato de «y al mar» y, lo mejor, cuestiona más bien los otros labios si la boca —de ella, se entiende— no lo quiere ya besar (cf. besos-labios-besar). En Nueva York, y de esto uno sí que no puede prescindir, Javier graba con los mismos arreglos (de Chuck Anderson) una versión de antología con solo una diferencia de la ofrecida en la película (donde, por cierto, es Rubén Fuentes el asesor musical): dice tanto en lugar de canto, que no está mal: después de todo la perfidia motiva así de tanto. Lo mejor, decía, es esta versión de «Perfidia»: muy cuidada, muy querida, que no queda sino escucharla ahora mismo…

… y volver a Cabrera Infante después de esta cortina de humo, pues la verdad es que yo sólo quería mostrar este trío de estampas (del Archivo Editorial Clío), y escuchar, naturalmente, a Solís. Puro Javier.

(cc) Ed. Clio

Es Solís y, reza el pie de foto (de la publicación El Señor de Sombras, Coria, Clío 1995), sus gustos sencillos: cenar un bizcocho con café y puro de sobremesa. Qué va, Cabrera Infante también hubiera escrito algo.

NB. El repertorio javiesolista incluye dos canciones más de Alberto Domínguez: «Eternamente» (en Enamorado de ti, 1961) y «Tormento» (en Un año más sin ti, 1964).

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