Tras 47 del 66

abril 19, 2013 § Deja un comentario

Es en el final de su carrera cuando Javier Solís encuentra un particular norte volviendo al sur, al sur de los tangos. Él, quien buscó ser el “genial intérprete de tangos” con un Javier en ciernes, un Javier Luquín, se toparía con la luz de unas sombras; después vendrían “Y todavía te quiero”, “Pajarito cantor” y “En esta tarde gris”, todas con mariachi y la última también con orquesta, pero aquél 8 de febrero de 1965 fue de “Sombras… nada más”.

Como mandan los cánones, en plena tarde, sin madrugón y sin desvelo, Solís interpretó y grabó la letra de José María Contursi y música de Francisco Lomuto con los arreglos y dirección de Gustavo A. Santiago. La comparsa, según rezó la etiqueta del disco, corrió a cargo de los mariachis Jalisco de Pepe Villa y Los Mensajeros de J. Isabel Paredes. Desde la Argentina, pues, llegó la canción transgénero: un tango que pasó a ser bolero para llegar a lo ranchero… Para iluminar a Javier.

Salió a la luz con un —guiño lúdico— “Cuando calienta el sol” (de los hermanos Rigual); más tarde, en el aciago 1966, el disco de larga duración (LP) incluiría en el lado A: “Sombras”, “Cada vez (Ogni volta)”, “En mi viejo San Juan”, “Si Dios me quita la vida”, “He sabido que te amaba (Ha capito che ti amo)” y “Renunciación”; en el lado B: “Cuando calienta el sol”, “Retirada”, “Moliendo café”, “Qué va”, “Tu voz (Plus je t’entend’s)” y “Amanecí en tus brazos”. Así de macizo; no por nada en la contraportada se leyó lo siguiente:

Hechos, rostros y lugares que se esfuman en el pensamiento, formas difusas proyectadas en la pantalla del recuerdo; recuerdos desdibujados por el tiempo que se prenden insistentes en el corazón… Sombras nada más… Voz de cálidos matices e inflexiones mórbidas que se diluye en el espacio con sugerencias de pasados y vibraciones de actualidad; voz que traspasa los umbrales del alma, acompañando a las memorias pasadas y presentes; voz que ríe, que llora y que canta, para liberar a la expresión confinada en la lira del talento: voz que vibrando al unísono de la pasión que agita el alma del poeta, revela los más íntimos secretos del amor y la belleza.

Es la voz de Javier Solís, una de aquellas que tienen el timbre de la seducción y cuya expresividad recorre con facilidad toda la gama emocional del sentimiento. En este nuevo LP del gran artista, viene a corroborar sus éxitos anteriores, cantando como no lo había hecho hasta ahora, pues ha grabado estilos tan diferentes de canciones que es proeza admirable el hecho de dar a cada una de las melodías comprendidas aquí, su propia circunscripción destacando cada uno de los estados de ánimo que encierran.

He aquí el disco que esperaban los admiradores del artista sonorense [sic].

En la contraportada hay también una foto de Solís en plena sesión de trabajo. Sin adorno alguno, se le ve metido en su papel; parece estar en ese estudio de grabación, ése su playing field, ahí donde se (la) jugó, donde labró su garganta y la perfeccionó. Antes había ya dado campanazos varios: barnizó sin mácula creaciones de Lara, con y sin mariachi; “El loco” le brindó acaso su primer epónimo; esclavo y amo era ya del bolero ranchero y su entrega total llegaba hasta los valses con banda sinfónica. ¿Qué le faltaba? Sombras… nada más.

A partir de ese febrero de 1965, Solís subrayaría su calidad no solo con todavía una buena cantidad de grabaciones, sino también con sendos proyectos discográficos: Payaso, Y todavía te quiero, Javier Solís con orquesta y el Homenaje a Rafael Hernández y Pedro Flores. Se puede especular y decir que este LP de Sombras tardó un año en prepararse, pues la canción de Luis Demetrio, “Si Dios me quita la vida”, según la biografía de Solís, no se tuvo lista sino hasta la Navidad de 1965. El disco sin duda resultó ser algo más que grises sombras.

Dos años y meses antes de aquella grabación toral, en esa misma ciudad de México, nacía Aída Cuevas (24.09.1962); cuarenta y cinco años después de aquellas sombras javiersolistas, la cantante Aída Cuevas ganaría el Grammy Latino (11ª entrega) en la categoría “Mejor album de tango” con su disco De corazón a corazón… Mariachi Tango (Cuevas 2010), que incluyó, sí, “Sombras… nada más”.

La “reina de la ranchera” —como otrora el “rey del bolero ranchero”— toma un tango y lo cobija bajo el sombrero; devolviendo acaso el favor, en ese su premiado disco regresa las “Sombras” a su lugar de origen con apenas bienvenidos destellos de mariachi. Aída Cuevas —como otrora Javier Solís— se aventura en “nuevos” derroteros y sale premiada.

El tango “Sombras… nada más” le llegó a Solís con una letra distinta en su plena juventud: la original tiene algunas diferencias, Aída Cuevas lo canta manteniendo algunas. La principal, por supuesto, es el título: “Sombras”, a secas, terminan siendo con Javier (pues con Felipe Pirela aún tienen nombre y apellido). Aquí la letra “final” (con la versión original entre paréntesis):

Sombras… nada más (F. Lomuto y J.M. Contursi, 1943)
Quisiera abrir lentamente mis venas,
mi sangre toda verterla* a tus pies (vertirla)
para poderte demostrar
que más no puedo amar
y entonces morir después.
Y sin embargo tus ojos azules,
azul que tiene* el cielo y el mar (tienen)
viven cerrados para mí
sin ver que estoy aquí* (así)
perdido en mi soledad.
¡Sombras… nada más!
acariciando mis manos
¡Sombras… nada más!
en el temblor de mi voz
Pude ser feliz
y estoy en vida muriendo
y entre lágrimas viviendo
el pasaje* más horrendo(s) (los pasajes)
de este drama sin final
¡Sombras… nada más!
entre tu vida y mi vida
¡Sombras… nada más!
entre tu amor y mi amor* (entre mi amor y tu amor)
Qué breve fue tu presencia en mi hastío,
qué tibias fueron tus manos*, tu voz (tu mano y tu voz)
como luciérnaga llegó
tu luz y disipó
las sombras de mi rincón.
Y yo quedé como un duende, temblando
sin el azul de tus ojos de mar
que se han cerrado para mí
sin ver…

De principio a fin Solís mantiene el equilibrio y así, sobre la tendida cuerda, hace brillar su instrumento a fuerza de precisos movimientos. Sereno repasa los endecasílabos (à la italiana, ¿tango al fin?), reconcentrado borda el restante de las estrofas y remata el estribillo y sus octosílabos con una soltura cómplice del aire (y de una segunda con el mariachi), y Javier ahí y así, perdido en su soledad, se encuentra único e inalcanzable. El señor de sombras.

Aquí las “Sombras” de Solís:

Y aquí una versión en vivo donde no queda más que señalar el garbo del genial intérprete del tango Sombras… nada más:

[youtube http://youtu.be/r7hFz1qfFjM]

Hay un detalle, avezado lector, con el que podemos despedir esta nota y recordar, oh luto, este 47º aniversario luctuoso de Javier Solís: el nudo negro en la garganta del cantor. Se trata de una corbata charra ya en desuso, e incluso excepcional para la época de Javier, que a manera de jáquima y simulando un gargantón, Solís solía vestir. Además de ese video, la corbata se puede ver en los otros cuatro que hasta ahora hay disponibles de Javier cantando en vivo (editados todos en el DVD A 40 años… me recordarás)… Y también en una foto que en enero de este año Aída Cuevas mostrara a sus seguidores en Twitter, esta es:

corbata de JS

«Les comparto algo inesperado pero muy valioso para mí, la corbata charra de don Javier Solís. ¡Qué regalazo!», escribió Aída. Inesperado fue también aquel deceso del 19 de abril de 1966: «con el corazón no contaba», explicaría el médico Francisco Zubiria. Amar da drama, lo supo el corazón de Javier y lo contó. Lo cantó. Silos, seria soledad… es seda de los aires Solís.~

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El tiro de gracia a los 27

abril 11, 2013 § Deja un comentario

Con veintisiete años cumplidos Javier estaba lejos de ser Solís. Su nombre artístico estaba ya definido, sin duda, pero no así su estilo. En septiembre de 1957 había recibido su primer disco plateado por la canción —y primera gran oportunidad profesional—  “Por qué negar” (Lara), que grabara en enero de 1956, es decir, meses antes de sus 25; para 1958 ya solo estaban quedando ecos, sin huellas, de aquellos sus primero pasos. Aún así, en ese periodo, 1956-1958, Solís se echó a la bolsa poco más de media centena de canciones. El propio director musical Felipe Valdés Leal creía que el cansancio estaba haciendo mella en el muchacho y de ahí que el estilo no encontrara lugar en él. Necesitaba un respiro: Solís seguía siendo infante.

Javier tomó nuevos aires en 1958 (también los probó, dicho sea, pues ese año conoció a Yolanda Mollinedo), se fue en caravana artística y regresó a los estudios de la Columbia a jugarse el destino con la ayuda de Valdés Leal y el maestro arreglista y compositor Rafael Carrión, quien, efectivamente, lo arregló y compuso para una grabación en particular: “Llorarás, llorarás” de Rafael Ramírez Villarreal.

Oír es raro; llorar, serio. Aquél día, en aquella sesión, un joven de 27 años se supo oír y seriamente lloró el recuerdo de su ídolo atascado en su propia voz. Muerte al imitador, ¿para qué llorar como infante lo que se puede cantar como Solís? Una vez identificada por Carrión, Javier también reconoció su propia voz: óyeme como quien oye a Solís. «De hoy en adelante imita a este señor en todas tus canciones», le habría dicho el maestro arreglista, y el enfermo se compuso. Es raro llorarse… y así cual palíndromo Javier regresó sobre sí.

Un antes y un después resultó la grabación de “Llorarás, llorarás”. Un parteaguas. La Columbia confirmó y mantuvo a Javier (¿y Solís a la Columbia?), las grabaciones fueron a más —a unas cuantas estaba de «darle en la torre» al compadre Infante de Carrión— y el solista se subrayó. ¿Qué habrá visto Valdés Leal en “Llorarás, llorarás”? Los boleros de Ramírez eran apreciados, “Nuestro amor” con Los Panchos era quizá respaldo importante, así como aquellos (otros) temas de película “Si tienes corazón” y “De pies a cabeza” interpretados por Toña la Negra y Pedro Infante, respectivamente. La apuesta se mantenía con el muchacho:  a la yugular: bolero con mariachi: all in. Y se ganó la partida: vaya flush, una flor imperial y real.

No conformes con el éxito discográfico, “Llorarás, llorarás” se triplicó en pantalla: fue incluída en escenas de película de Javier: Tres balas perdidas (Rodríguez, 1961), En cada feria un amor (González, 1961) y Los cinco halcones (Delgado, 1962). Para el anecdotario, en un disco sencillo (de 45 rpm) hay un Pablo Flores (¿aquél amigo de Solís del trío México?) como compositor de la canción:

lloraras pablo flores

Pero se sabe que es de Ramírez y que salió al mercado (en contracara de “Después de amarnos”) en un disco así:

javier-solis-lloraras-cbs

(Así tal cual, “Llorarás”, y con un primer nombre, “Isabell”, es como se reporta —con decenas de intérpretes amén de Solís— en la base de datos de la SACM, donde, por cierto, ninguna de tres canciones intituladas “Llorarás, llorarás” tiene como autor a Rafael Ramírez pero sí a un… Pablo Flores Lagunas. Para llorar.)

Curiosidad puede también ser el acompañamiento. Según esos primeros discos es el mariachi Zapopan de Miguel Martínez (maestro trompetista que acompañara a otros mariachis como el Vargas y a una pléyade de cantantes) quien acompaña al solista, pero para el disco de larga duración Llorarás, llorarás (1959) se señala en la contraportada a los mariachis Jalisco y México de Pepe Villa. ¿Fueron versiones diferentes? Tanto la canción que nos ocupa como “Mentira, mentira” y “Vengo a decirte adiós” ya habían sido grabadas, el resto (9) fueron primicia: me parece natural que, por cantidad, solo se diera el crédito a las nuevas grabaciones y que esas tres fueran mera inclusión. De Zapopan es pues el acompañamiento.

La canción también forma parte de discos de éxitos de Javier, Mis 30 mejores canciones (Sony 1998) y A 40 años… me recordarás (Sony 2006), y de dos sabrosas mezclas: Los Panchos con Javier Solís (Columbia ~1966), con una bellísima segunda de Enrique Cáceres, y Javier Solís con la Rondalla Venezolana (Sony 2011), con solo Solís de inspiración pues la Rondalla, sin mariachi, es la única que se escucha en ese track.

Aquí pues “Llorarás, llorarás”…

Llorarás, llorarás (Rafael Ramírez)
Llorarás, llorarás, mi partida;
aunque quieras arrancarme de tu ser,
cuando sientas el calor de otras caricias,
mi recuerdo ha de brillar donde tú estés.
Has de ver que mi amor fue sincero
y que nunca comprendiste mi penar;
cuando sientas la nostalgia por mis besos:
llorarás, llorarás, ¡llorarás!

No era para menos el éxito. Entre violines y trompetas Javier desarrolla sus matices en apenas dos minutos de voz. Sin chillido alguno, no es sino hasta el final que se escucha la suavidad de la tremenda fuerza de Solís. Arranca y brilla al centavo (y de a peso); comprende nostalgias: exhorta llanto… Llora la canción.

Si el texano Rafael Ramírez Villarreal no pudo pegar a lo grande con Pedro Infante, sí que lo hizo con Javier Solís. Al poco de haber sido grabada con las Hermanas Gongora (paisanas del compositor), “Llorarás, llorarás” en voz de Solís le brindó su primer hit y le hizo merecer, dada la popularidad de la canción, dos veces consecutivas el “Micrófono de Oro” (de la Asociación Nacional de Locutores de México). Cinco años hay entre aquella escena “De pies a cabeza” con Infante —en El mil amores (González, 1954)— y el año del renacimiento de Solís con Ramírez. Finalizado 1958 con esa esperanza de Javier en el estudio de grabación, fue 1959 cuando desde el norte, Texas incluído, y acaso por los oriundos aires del compositor, “Llorarás, llorarás” sonó hasta el centro de México, Tacubaya incluída: un muchacho de 27 años había encontrado la inmortalidad.~

La suerte loca de Javier Solís

abril 18, 2012 § 1 comentario

Nunca fue a cantar a Puerto Rico, sólo a filmar dos películas, Caña brava (1965) y Los que nunca amaron (1965); un boricua, Julito Rodríguez, lo descubrió y como nadie interpretó a una pléyade de compositores puertorriqueños, v.gr., Benito de Jesús, Bobby Capó, Rafael Hernández, Pedro Flores, incluído, claro, Noel Estrada: «En mi viejo San Juan». Javier Solís tiene acaso en la Isla del Encanto su segunda patria. Y su gente lo sabe… por lo menos, qué suerte, gente como Daniel Santos.

Recordando a Javier Solís es el homenaje que el Inquieto Anacobero rindió al de Tacubaya. Así de grandes. Editado primero en elepé y en casete, con cinco temas por lado: «Payaso», «Entrega Total», «Ojitos traidores», «Sombras (nada más)», «Adelante», en el A, y «Cuatro Cirios», «Vagar entre sombras», «Suerte loca», «El loco», «Luz y sombra» en el B; después, en 1994, se agregan otras dos: «Si Dios me quita la vida» y «Esclavo y Amo», junto con otras doce de José Alfredo, para así tener, y a la venta en iTunes, el disco Daniel Santos Recordando a… Javier Solís y José Alfredo Jiménez.Una maravilla hecha homenaje.

Con un repertorio javiersolista hasta las cachas, el Jefe no sólo recuerda a Solís sino que lo reinterpreta y de qué manera: a la suya. Impregnado de bohemia y acompañado de arreglos a la medida, Daniel Santos oye a Solís y lo hace eco con aquella voz que nos regalara joyas escritas a mano como las añoradas cartas de Linda.

Tomemos un botón, uno que pocos ojales han visto. «Suerte loca» de Agustín Lara. Grabada por Solís —acompañado del Mariachi Nacional de Arcadio Elías— para su Fantasía Española (1962), Daniel Santos también nos recuerda al compositor que más grabó Javier. Es así la letra de Lara:

«Suerte loca» (Agustín Lara)
Yo tengo una suerte loca,
qué suerte loca, para quererte
con un cariño tan grande
que no se acaba ni con la muerte.
¡Ay, corazón,
no le digas que la quieres tanto,
porque cuando se entrega la vida
los amores acaban con llanto!
Yo tengo una suerte loca,
mira si es suerte saber tus cuitas,
me las han dicho tus ojos,
que son de tu alma las ventanitas.
¡Ay, corazón,
a un amor no te entregues entero,
tras las rosas están las espinas
y te acecha un puñal traicionero!
Los ojos que me embrujaron,
que me miraron, ya no me miran,
los labios que me arrullaron,
que me besaron, ya no suspiran.
¡Ay, mundo cruel,
cómo se abre a mis pies el camino,
esos cambios que tiene la vida,
son caprichos que tiene el destino!

Y aquí lo hecho por Javier:

¿Qué pudo hacer Santos con esta puntada javiersolista?… Qué suerte la de Solís, Daniel vuelve a él para entonces sacar, ¡qué va!, esto bordado a mano:

Cada cual a lo suyo, sin remedos o parches. La voz de Daniel nos recuerda, sí, lo hecho por Javier y, así, lo que él, Santos, sabe hacer. Solo entre grandes.

Se cumplen aniversarios, hoy el 46º luctuoso, y no he encontrado otro homenaje de este calibre. Así de bien logrado y con semejante altura. Irresistible Santos. Es decir, que si se ha de recordar a Javier: recordando que es gerundio.

Apenas ochenta años

septiembre 1, 2011 § Deja un comentario

Fue así como el maestro Borges comentó de sus ochenta en aquella entrevista con Joaquín Soler en el programa A Fondo (precisamente en 1980). Hoy, primero de septiembre del 2011, Solís también pudiera decirlo.

Es cierto que en la patria de Javier lo que suele recordarse más es la muerte del ídolo (y para muestra basta un Infante), con Solís —podemos argumentar— la persona nació Gabriel y murió Javier, de ahí que sea la muerte la efeméride. ¿Cuántos años, incluso, el cumpleaños habrá sido exclusivamente de Gabriel? A diferencia de Pedro o Jorge, Javier tuvo que nacer dos veces. No es pequeño detalle: el ídolo que se hace desde el nombre y no del todo desde la cuna. No será sino hasta sus veinte y tantos cuando el cancionero opte finalmente por el seudónimo.

Borges, dicen, bromeaba (sin conocer al político homónimo del «charro» aquél) con lo difícil que podría resultar su Jorge con el Borges. A Gabriel Siria le buscaron no tanto la facilidad pero sí la originalidad y musicalidad. El ídolo estaba por nacer. No es del todo claro cómo se llegó del Gabriel Siria al Javier Solís, pero sí se sabe del paso intermedio, Javier Luquín, nombre que poco o nada auguraba la unicidad de la voz del oriundo de Tacubaya. Como fuere, de Luquín se llegó a Solís y quizá el Javier representó el subrayado de aquel Gabriel. Justo en el blanco. Apenas Solís.

¿Y qué se le puede regalar a Javier?

Volviendo a Borges, hace una semana la gente de Google lo homenajeó en su 112° aniversario del natalicio con un acertado logotipo (doodle). Hasta ahora con Javier los homenajes, como con otros tantos íconos artísticos en México, se han limitado a «ediciones especiales» de discos que, en realidad, no son más que meros recuentos (recopilaciones) de lo hecho en su momento por el propio artista. Es decir, que con los antecedentes que conocemos para con Javier, un disco más de esos —sin mayor aporte de creatividad (como por ejemplo la de un logotipo de Google)— será lo único que podemos esperar.

Pensé en esto hace algunos días cuando volví a escuchar el cedé de A 40 años… Me recordarás (Sony 2006). Lo escuché pero también lo vi. La gente de Sony Strategic Marketing (ello ahora lo tomo como ironía) tuvo la idea de hacer lucir el cedé como un disco de vinilo… y ya, el resto fue un copiado y pegado —«diseño de arte», reza en el interior— de fotos (de portadas) que, en la portada, muestran a Javier harto colorido y «conceptual». En su momento, recuerdo, al ver ese cedé à la vinilo creí que al menos ya había un atisbo de verdadero recuerdo y homenaje. Me equivoqué.

Dije volver a ver el cedé en cuestión porque lo comparé con uno de Vladimir Horowitz, Horowitz Plays Scarlatti (Sony 2010), en el que los productores también quisieron mostrar del todo aquellos años de gloria de los discos de vinilo (amén del contenido en sí, claro, que por cierto es contemporáneo de Javier: la grabación original es de 1964). Es una pasada, dirían los ibéricos, incluso la textura del cedé se asemeja a la de aquellos disos. Eso me lo pueden creer o no, pero aquí están las fotos (de ambos cedés).

También, véase, están las portadas. Observen cómo en la de Horowitz hay la sencillez suficiente, marco idóneo, para lo que el consumidor quiere escuchar. Y ni hablar del interior, ahí hay la acertada inclusión de la (copia de la) contraportada original que incluía, caray, notas del productor, mismas que se reproducen en páginas separadas para una mejor lectura. Aquí la parte encargada de Sony es Classical Originals, quienes afirman que los discos contemplados «son parte del legado cultural del Siglo XX», así, la idea es «recapturar la fascinación de grabaciones legendarias», incluyendo lo original (etiquetas, portadas, texto, etc.) más una cuidadosa restauración, todo para tener al final, concluyen, «únicos documentos en la historia del sonido grabado». Redondo como el disco mismo.

La compra de cedés aún existe (y que le pregunten a la piratería en calles de la ciudad de México), y si bien el formato emepetres gana terreno, el mercado discográfico sabe que todavía quedan los clásicos (como Horowitz o, lo digo sin empacho*, Solís). Comparar, por ejemplo, esas dos superficies y ver que en una de ellas hay esmero y en la otra ramplona imitación, no es regalo que se pueda dar en conmemoración alguna. Apenas si Solís.

¿Qué se le puede regalar a Javier? Eso, mayor cuidado y atención: pleno reconocimiento de su trabajo. Intérprete cabal, no hay discusión de lo que aquél Gabriel supo regalar —con creces— al dar nacimiento al cancionero Solís. Javier le tiene una gran deuda.

¡Feliz cumpleaños, Gabriel!

*Igual que un Pepe Aguilar que, se sabe, afirmó: «si viniera un marciano y estuviera en mis manos enseñarle la música mexicana, le pondría a Javier Solís… la mejor voz que ha existido.»

Lo que fue no será

mayo 15, 2011 § 1 comentario

Si hay algo que los seguidores de Solís podemos envidiarle al llamado “Charro de Huentitán”, es una sola cosa: la grabación del disco Toda una época (CBS, 1977). Mejor dicho, la selección de canciones (algunas más bien poesía) de toda esa época, una, por cierto, anterior a la de Javier, por lo que vale la acotación de ser acaso —salvando distancias— la segunda parte de aquél su maravilloso disco Añoranzas (1958) —que incluyó doce joyas ya consagradas de apenas, digamos, no más de una década de edad.

Toda una época, su repertorio, no le pide nada a cualquier otro disco del género (e incluso de otros). Por supuesto, la interpretación de Fernández es otro boleto y aquí no interesa ni vale la pena comentar. La valía del disco es, insisto, la propuesta del recuerdo y el reconocimiento de aquellas joyitas que, en comparación con las incluídas en Añoranzas, suelen pasar inadvertidas en la memoria musical de entonces y ahora.

De principio a fin —y pese a la voz— las letras de «Santa», «Redención» o «Frío en el alma», nos hablan de un tiempo en el que el compositor procuraba en gran medida la poesía (y no será sino hasta José Alfredo en que, a mis ojos, esto volverá a ocurrir); así, por ejemplo, con endecasílabos y alejandrinos, resuenan las notas —la música, claro, es cómplice cabal— que subrayan, atención, a un bolero ranchero.

Si Javier se encargó de consolidar y encumbrar al bolero ranchero, resultaba natural que entre sus trabajos se incluyera algo como Toda una época. Imaginar la voz de Solís recorriendo paso a paso, con desvelos y sacrificios, ese camino de plata, de la mano de una santa mesalina que se fuera y le dejara con frío, para luego escucharlo decir, «mis ojos me denuncian, déjame llorar», es apenas redención y, quizá, nos hace llorar y preguntar, por qué no, ¿a dónde irán?… No hubo tal. Si bien la dirección musical y guía profesional de Javier fue —reconozcamos— certera en manos de Felipe Valdés Leal, gran pendiente es este tipo de material en la garganta de Solís.

Es lugar común mencionar alguna canción compuesta tras la muerte de Solís y argüir que sólo porque no vive, ya estaría en el repertotio javierista. Todas las canciones de Toda un época estaban ya en el aire, y sin duda alguna su grabación hubiera sido uno de esos placeres muy à la Solís (cf. Valses con banda). No será, el agasajo se lo llevó otro y, lo dicho, es lo único que envidiar.

Esta es la lista de canciones (aquí en lista de reproducción de youtube):

  1. A dónde irán las almas de Rodolfo Mendiolea
  2. Déjame llorar de Alfonso Esparza Oteo
  3. Desvelo de amor de Rafael Hernández
  4. Frío en el alma de Miguel Ángel Valladares
  5. Hilos de plata de Alberto Domínguez
  6. Me dices que te vas de Miguel Prado Paz
  7. Mis ojos me denuncian de Manuel Acuña
  8. No hagas llorar a esa mujer de Joaquín Pardavé
  9. Redención de Miguel Prado Paz
  10. Sacrificio de Chucho Monge
  11. Santa de Agustín Lara

Cada una merece algo más que un párrafo, tanto ellas como los compositores son finísima tela para cortar. Por el momento valga la liga a algunos de sus intérpretes (¿hace falta explicar el por qué evito al mentado “charro”?), y aquí mismo un par de ellas —las que me gustan más—, «Redención»

y «Sacrificio»:

Finalmente, y no menos importante, los arreglos musicales que contiene esta precisa selección son elemento clave que, además, refuerza el celo por tal grabación. El mariachi es en realidad lo que hace del disco un maravilloso eco de otros tiempos y otras voces (incluídas, sí, la de Javier Solís). A diferencia de Añoranzas, en el disco que nos ocupa ninguna de las canciones tenía algún antecedente de importancia con mariachi, esto es, si «Amorcito corazón» bien pudo ser piedra de toque de las añoranzas, con Toda una época se inauguró formalmente la etapa ranchera de este particular cancionero de oro… Lo que nos lleva de nuevo a Solís: ¿cuántas veces no fue sino él quien se encargara de ser el primero en vestir con bolero ranchero a tangos, valses, baladas y, por supuesto, boleros? Aquí su voz siempre se echará de menos. El disco está ahí, se puede escuchar una y otra vez (aguantando la desatinada voz incluso en un par de recitados), las letras perviven de la mano del mariachi, en él los tiempos son uno solo y, ¡qué va!, Javier sólo se oye muy a lo lejos… sin escucharle. Fue sin serlo.

Esta tristeza mía

febrero 5, 2010 § Deja un comentario

Y de todos. Digámoslo de una sola vez: Javier Solís: Sus Grandes Éxitos con Banda (2008) es un trabajo mediocre. Producido por Pedro Rivera (padre de Lupillo Rivera y Jenni Rivera) y con la complicidad de la Banda Libertad, en este cedé la voz de Javier Solís es arteramente utilizada y se nos ofrece en una mezcla rupestre e injusta incluso con el auténtico sonido de la tambora.

No había querido escribir esta debida nota, un poco por tiempo (ya disculparán, caros lectores, la ausencia) y un mucho por lo que me exigía: escuchar completa y atentamente este particular disco. Fácil no es, pues más de una vez se tiene que parar la tarea de escuchar canción tras canción de esta obra sinvergüenza. No hay en ella un momento de descanso, voz y música no se alcanzan y su comunión es sencillamente inexistente.

Ni siquiera el argumento de “reto tecnológico” disculpa la falta de seriedad y, sobre todo, noción musical de cada una de las diez canciones que integran este engrudo. La voz de Javier se pierde entre el sonido de la tambora, pues ésta en lugar de acompañarla pareciera que quiere competir con ella. Los metales, en particular, se encargan de desperdiciar la oportunidad que se tenía de hacer que Solís volviera a tener la grata compañía de la tambora, esta vez no para valsear (cf. Javier Solís Con Banda, 1959) sino para seguirla dotando de fuerza como en su momento lo hicieran José Alfredo, Infante, Pérez Meza y por supuesto el mandamás Antonio Aguilar, al interpretar rancheras y boleros rancheros con un acompañamiento de tal carisma como el que ofrece una regia tambora. Así las cosas, no se quiso y no se pudo.

Hace casi un año, en la nota del 28/02/09, preví un balance apenas positivo. Me equivoqué. Aquella pequeña muestra que tenía (ie, un popurrí de las diez canciones) no dejaba ver la envergadura de la pifia. De las diez canciones no se hace una sola en que se pueda decir que sí, que vale la pena (nunca mejor dicho) tener este disco entre nosotros. Si algún crítico musical quisiera contar con ejemplos de desaliño, éste producto es uno muy bueno. Lo que pintaba como un proyecto temerario pero valioso, terminó siendo un amasijo de otrora éxitos.

Dicho lo anterior, si he de quedarme —acaso para el anecdotario— con una canción de este producto comercial (que no musical), y que no subo por respeto al lector, sea pues: «Esta tristeza mía», último track y resumen cabal de las nueve canciones que le anteceden. Es decir: ya ni llorar es bueno.

Por aquí nos vemos y leemos. ¡Qué va!

Un par a la mexicana II: Daniel Gil

mayo 13, 2009 § Deja un comentario

Una vez pasado lista a Warhol y Chávez (ver acá), ahora nos toca —además de, claro está, mencionar a Solís— el trabajo de Daniel Gil. Afortunada coincidencia ésta la de encontrar semejante arte visual en los trabajos musicales de gente como Javier Solís o Carlos Chávez. Quiero pensar que no es gratuito, que lo uno exige de lo otro. Así, esta vez estamos ante El Solís de Gil.

En una nota anterior colgué la portada aquella de Daniel Gil para el disco Lara, Grever, Baena; también, y desde el inicio de la SOLISMANÍA en su etapa posterous, pueden ustedes ver como parte del diseño de la bitácora (en la barra lateral derecha) a la otra portada que Daniel Gil realizó para el trabajo musical de Javier. Me refiero a esta:

 

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© Daniel Gil – artediez

Díganme si no es la mejor portada que un disco de Javier tiene en su haber. Sin embargo, al parecer, ambas portadas poco salieron al mercado, es decir, en edición limitada o en limitados puntos de venta. Como fuere, lo importante es dejar claro que artistas como Daniel Gil y Andy Warhol aprovecharon esa veta del arte comercial con, subrayemos, atinadas participaciones; que entendieron no sólo su arte sino también el de otros. O sea, que así como le dijeron a Daniel Gil sobre sus portadas (que eran “demasiado cultas”), a los discos de Solís o Chávez —parafraseando al propio Gil— no les viene absolutamente nada mal sino todo lo contrario (amén de ser necesario y justo).

Lamentablemente los trabajos de Daniel Gil no tuvieron su debida acogida en el mundo de las casas disqueras: su biografía hace constar que Daniel finalmente terminó con un mal sabor de boca dada la liviandad de la gente involucrada en tal área. Lo dicho, no sabemos hasta qué punto Javier y su gente estuvieron directamente involucrados con el trabajo de Daniel Gil, sin duda es una lástima que de esa relación artística quedaran sólo estos dos trabajos aquí referidos. Sirva pues este espacio para distinguir la obra de Gil, una que fue marco perfecto para la voz de Solís.

Quedan entonces estas portadas como recordatorio de que así como hay música de calidad, hay también artistas visuales que se ocupan de darle (y hacer) la única distinción posible: su propio trabajo de calidad.

Por aquí, y allá, nos vemos y leemos, ¡qué va!

¿Dónde estoy?

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