Crónica de un aniversario luctuoso

abril 24, 2013 § 1 comentario

Como cada año, desde 1966, en el Panteón Jardín de la ciudad de México se reúnen no pocos admiradores para recordar a Javier Solís. Aquí la crónica de uno de ellos, Jesús González Uribe.

Aniversario 47 por Jesús González Uribe
En esta ocasión llegamos después de las 10 de la mañana, inmediatamente nos dirigimos al sepulcro donde descansa el gran Javier Solís, y la celebración eucarística ya había iniciado. El sacerdote que oficia es el Padre Flores, quien cada año nos acompaña y al parecer es amigo de la familia de la señora Blanca Estela. Durante la celebración el sacerdote pidió una porra para Javier Solís y al termino de la misa volvió a pedir a los presentes entonar otra porra a Javier Solís. Después de concluir ésta comentó que a criterio de él la porra no sonó fuerte y fue a destiempo, y pidió que se repitiera “para que Javier Solís la escuche desde donde esté y se levante a agradecerles”. Con estas palabras entonamos nuevamente la porra logrando con ello cumplir con el objetivo; los presentes, que en esos momentos éramos más de 100, volvimos a entonar una porra pero ahora dirigida al sacerdote.

Posterior a este evento eucarístico, se escucharon pistas de canciones de Javier Solís, que algunos de los presentes pasaban a cantar con micrófono, atrás del sepulcro de nuestro ídolo, y que la mayoría de los ahí presentes cantaban también; posteriormente llegó el mariachi y los presentes escuchábamos y cantábamos con ellos. Mis acompañantes de Querétaro querían tomarse una foto enfrente del sepulcro de Javier Solís, pero no se podía porque había mucha gente alrededor de ella. A lo lejos me saludo el lic. Cuevas y después de unos momentos lo fui a saludar: estaba platicando con el Sr. Antonio (hermano de Javier Solís) sobre la identidad de las personas que aparecen en unas fotografías —al parecer familiares de Javier Solís—, después que concluyó su plática me lo presentó y entre otras cosas comentó que su hermano Fernando ya había muerto meses atrás. Después de que se retiro el señor Antonio me comentó el lic. Cuevas que este personaje es medio hermano de Javier Solís; también comentó que al parecer nada más habíamos asistido al 47 aniversario tres personas del club: Rubén Robledo de Monterrey con un acompañante, su servidor de Querétaro con dos acompañantes y él a quien no le fue posible organizar algo por la tarde, y que al parecer los gemelos (Miguel Ángel y Marco Antonio) hijos de Javier Solís tampoco asistirían.

Durante el evento me dirigí a la entrada del panteón de la ANDA a comprar algún recuerdo del 47 aniversario. Serían como las 12 horas cuando llegó otro mariachi. Al hacerme a un lado para cederles el paso pude observar al compositor Alfonso Valencia Martínez, que se encontraba solo y pude platicar con él un largo rato. Me comentó que conoció a Javier Solís antes de que fuera famoso, aproximadamente en el año de 1952 o 1953, y que se enorgullece de ser el último compositor de canciones que entonó Javier Solís. Comentó también que fue en el año de 1963 cuando Javier Solís le grabó sus tres temas (“Un Divorcio”, “Puerto Triste” y “Ya no habrá mas serenatas”) en los estudios que se ubican en Naucalpan. Durante la plática tarareé la canción “Puerto Triste” y me comentó que primero es puerto alegre y luego puerto triste, que esta canción es simbólica porque representa lo que es la vida. También le comenté que hace dos años en el aniversario 45 traía un requinto y su acompañante una guitarra, “es muy cierto”, me dijo, “en aquella ocasión canté un corrido a Javier Solís”; la gente que pasaba le preguntaba que quien era él y él amablemente les respondía “Alfonso Valencia, el último compositor de Javier Solís”. Le volví a preguntar si podía cantar un pedacito del corrido a Javier Solís, respondió que le faltaba la guitarra pero sin más se arrancó cantando el corrido a capela que dice:

Un diecinueve de abril
del año sesenta y seis
se marchó Javier Solís,
para nunca más volver.
El mundo escucha su voz,
que viaja cual suave viento,
y nos llena el corazón
de nostalgia y sentimiento.
Su mariachi canta todo,
sus tristezas ya tu canto
no podrán acompañar,
cómo lloran tus violines
y trompetas porque saben
que jamás regresarás.
Ya te fuiste con los grandes
de la historia que éste pueblo
mexicano que te amó;
Fuiste tú toda una gloria,
nadie olvida la ternura de tu voz.
Ahora sí, Javier Solís,
ya no habrá más serenatas
que le demos a esa ingrata…

Desde este espacio se le agradece las atenciones y la amabilidad de platicar. Se le agradece también el CD que me obsequió con seis temas de su inspiración —que no tienen que ver con Javier Solís— los cuales son “La muerte y yo”, “De boca en boca”, “Fracaso total”, “Panchito y su pajarito”, “La cumbia del Pelón” y “Si vuelves”; a una de mis acompañantes le dio otro CD con otros temas y a la otra acompañante le dio copia del diploma que le otorgó la Secretaría de Marina Armada de México por haber obtenido el primer lugar en el concurso sobre cuentos (y le dio copia de dicho cuento titulado “El capitán y la sirena”).

Como mencioné líneas arriba, llegó otro mariachi después de las doce horas y a estas alturas ya había bastante gente, alrededor de 400 personas, todas ellas dispersadas dentro del panteón de la ANDA.

Después de estar escuchando por diferentes partes la música de Javier Solís, nos dirigimos al sepulcro donde descansa el gran Javier Solís para tomar algunas fotografías. El sepulcro se encontraba todavía inmaculadamente limpio, el pasto bien cortado con color verde encendido y el rosal bien regado; la fachada tiene un color negro y cuando es bañada por el agua ésta refleja un brillo de frescura; también se observó bastantes ramos de flores haciendo con ello un cuadro multicolor. A estas alturas del día había todavía poco hielo regado en el área del pasto. Después de tomarnos unas fotografías, nos fuimos a sentar en la parte de atrás del sepulcro en una frondosa sombra. De éste lugar ya no nos movimos: el ambiente en ésta área fue muy agradable: hicimos amistad con señoras y señores que era la primera vez que asistían y comentaban que estaban muy contentos con lo que habían presenciado. Hasta nuestro lugar llegó el lic. Cuevas y después de intercambiar algunos comentarios nos obsequió información digital muy valiosa sobre Javier Solís; como siempre muy agradecidos con el javierista numero uno, ojalá pudiera volver a estar con nosotros en el foro para que nos platique de todo lo que ha investigado; desde aquí mi reconocimiento a él: durante el evento lo vi obsequiando información digital a familiares del patrón, es decir, a familiares de Javier Solís.

Otra persona que estuvo presente a través del teléfono celular fue Felipe Ortiz, ya que llamó 2 veces para preguntar por los javieristas que regularmente asistimos a los aniversarios o cumpleaños de Javier Solís, y para preguntar sobre el evento.~

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La suerte loca de Javier Solís

abril 18, 2012 § 1 comentario

Nunca fue a cantar a Puerto Rico, sólo a filmar dos películas, Caña brava (1965) y Los que nunca amaron (1965); un boricua, Julito Rodríguez, lo descubrió y como nadie interpretó a una pléyade de compositores puertorriqueños, v.gr., Benito de Jesús, Bobby Capó, Rafael Hernández, Pedro Flores, incluído, claro, Noel Estrada: «En mi viejo San Juan». Javier Solís tiene acaso en la Isla del Encanto su segunda patria. Y su gente lo sabe… por lo menos, qué suerte, gente como Daniel Santos.

Recordando a Javier Solís es el homenaje que el Inquieto Anacobero rindió al de Tacubaya. Así de grandes. Editado primero en elepé y en casete, con cinco temas por lado: «Payaso», «Entrega Total», «Ojitos traidores», «Sombras (nada más)», «Adelante», en el A, y «Cuatro Cirios», «Vagar entre sombras», «Suerte loca», «El loco», «Luz y sombra» en el B; después, en 1994, se agregan otras dos: «Si Dios me quita la vida» y «Esclavo y Amo», junto con otras doce de José Alfredo, para así tener, y a la venta en iTunes, el disco Daniel Santos Recordando a… Javier Solís y José Alfredo Jiménez.Una maravilla hecha homenaje.

Con un repertorio javiersolista hasta las cachas, el Jefe no sólo recuerda a Solís sino que lo reinterpreta y de qué manera: a la suya. Impregnado de bohemia y acompañado de arreglos a la medida, Daniel Santos oye a Solís y lo hace eco con aquella voz que nos regalara joyas escritas a mano como las añoradas cartas de Linda.

Tomemos un botón, uno que pocos ojales han visto. «Suerte loca» de Agustín Lara. Grabada por Solís —acompañado del Mariachi Nacional de Arcadio Elías— para su Fantasía Española (1962), Daniel Santos también nos recuerda al compositor que más grabó Javier. Es así la letra de Lara:

«Suerte loca» (Agustín Lara)
Yo tengo una suerte loca,
qué suerte loca, para quererte
con un cariño tan grande
que no se acaba ni con la muerte.
¡Ay, corazón,
no le digas que la quieres tanto,
porque cuando se entrega la vida
los amores acaban con llanto!
Yo tengo una suerte loca,
mira si es suerte saber tus cuitas,
me las han dicho tus ojos,
que son de tu alma las ventanitas.
¡Ay, corazón,
a un amor no te entregues entero,
tras las rosas están las espinas
y te acecha un puñal traicionero!
Los ojos que me embrujaron,
que me miraron, ya no me miran,
los labios que me arrullaron,
que me besaron, ya no suspiran.
¡Ay, mundo cruel,
cómo se abre a mis pies el camino,
esos cambios que tiene la vida,
son caprichos que tiene el destino!

Y aquí lo hecho por Javier:

¿Qué pudo hacer Santos con esta puntada javiersolista?… Qué suerte la de Solís, Daniel vuelve a él para entonces sacar, ¡qué va!, esto bordado a mano:

Cada cual a lo suyo, sin remedos o parches. La voz de Daniel nos recuerda, sí, lo hecho por Javier y, así, lo que él, Santos, sabe hacer. Solo entre grandes.

Se cumplen aniversarios, hoy el 46º luctuoso, y no he encontrado otro homenaje de este calibre. Así de bien logrado y con semejante altura. Irresistible Santos. Es decir, que si se ha de recordar a Javier: recordando que es gerundio.

Lo que fue no será

mayo 15, 2011 § 1 comentario

Si hay algo que los seguidores de Solís podemos envidiarle al llamado “Charro de Huentitán”, es una sola cosa: la grabación del disco Toda una época (CBS, 1977). Mejor dicho, la selección de canciones (algunas más bien poesía) de toda esa época, una, por cierto, anterior a la de Javier, por lo que vale la acotación de ser acaso —salvando distancias— la segunda parte de aquél su maravilloso disco Añoranzas (1958) —que incluyó doce joyas ya consagradas de apenas, digamos, no más de una década de edad.

Toda una época, su repertorio, no le pide nada a cualquier otro disco del género (e incluso de otros). Por supuesto, la interpretación de Fernández es otro boleto y aquí no interesa ni vale la pena comentar. La valía del disco es, insisto, la propuesta del recuerdo y el reconocimiento de aquellas joyitas que, en comparación con las incluídas en Añoranzas, suelen pasar inadvertidas en la memoria musical de entonces y ahora.

De principio a fin —y pese a la voz— las letras de «Santa», «Redención» o «Frío en el alma», nos hablan de un tiempo en el que el compositor procuraba en gran medida la poesía (y no será sino hasta José Alfredo en que, a mis ojos, esto volverá a ocurrir); así, por ejemplo, con endecasílabos y alejandrinos, resuenan las notas —la música, claro, es cómplice cabal— que subrayan, atención, a un bolero ranchero.

Si Javier se encargó de consolidar y encumbrar al bolero ranchero, resultaba natural que entre sus trabajos se incluyera algo como Toda una época. Imaginar la voz de Solís recorriendo paso a paso, con desvelos y sacrificios, ese camino de plata, de la mano de una santa mesalina que se fuera y le dejara con frío, para luego escucharlo decir, «mis ojos me denuncian, déjame llorar», es apenas redención y, quizá, nos hace llorar y preguntar, por qué no, ¿a dónde irán?… No hubo tal. Si bien la dirección musical y guía profesional de Javier fue —reconozcamos— certera en manos de Felipe Valdés Leal, gran pendiente es este tipo de material en la garganta de Solís.

Es lugar común mencionar alguna canción compuesta tras la muerte de Solís y argüir que sólo porque no vive, ya estaría en el repertotio javierista. Todas las canciones de Toda un época estaban ya en el aire, y sin duda alguna su grabación hubiera sido uno de esos placeres muy à la Solís (cf. Valses con banda). No será, el agasajo se lo llevó otro y, lo dicho, es lo único que envidiar.

Esta es la lista de canciones (aquí en lista de reproducción de youtube):

  1. A dónde irán las almas de Rodolfo Mendiolea
  2. Déjame llorar de Alfonso Esparza Oteo
  3. Desvelo de amor de Rafael Hernández
  4. Frío en el alma de Miguel Ángel Valladares
  5. Hilos de plata de Alberto Domínguez
  6. Me dices que te vas de Miguel Prado Paz
  7. Mis ojos me denuncian de Manuel Acuña
  8. No hagas llorar a esa mujer de Joaquín Pardavé
  9. Redención de Miguel Prado Paz
  10. Sacrificio de Chucho Monge
  11. Santa de Agustín Lara

Cada una merece algo más que un párrafo, tanto ellas como los compositores son finísima tela para cortar. Por el momento valga la liga a algunos de sus intérpretes (¿hace falta explicar el por qué evito al mentado “charro”?), y aquí mismo un par de ellas —las que me gustan más—, «Redención»

y «Sacrificio»:

Finalmente, y no menos importante, los arreglos musicales que contiene esta precisa selección son elemento clave que, además, refuerza el celo por tal grabación. El mariachi es en realidad lo que hace del disco un maravilloso eco de otros tiempos y otras voces (incluídas, sí, la de Javier Solís). A diferencia de Añoranzas, en el disco que nos ocupa ninguna de las canciones tenía algún antecedente de importancia con mariachi, esto es, si «Amorcito corazón» bien pudo ser piedra de toque de las añoranzas, con Toda una época se inauguró formalmente la etapa ranchera de este particular cancionero de oro… Lo que nos lleva de nuevo a Solís: ¿cuántas veces no fue sino él quien se encargara de ser el primero en vestir con bolero ranchero a tangos, valses, baladas y, por supuesto, boleros? Aquí su voz siempre se echará de menos. El disco está ahí, se puede escuchar una y otra vez (aguantando la desatinada voz incluso en un par de recitados), las letras perviven de la mano del mariachi, en él los tiempos son uno solo y, ¡qué va!, Javier sólo se oye muy a lo lejos… sin escucharle. Fue sin serlo.

Me soñé muerto

junio 16, 2010 § 2 comentarios

Incluída en el cedé Mi pecado, esta canción es parte del minúsculo grupo de composiciones de Armando Manzanero que Solís grabó. El resto son «Muchacha bonita», «Qué bueno que te vas» y «Que no te cuenten». La que nos ocupa le fue encargada expresamente al compositor para el repertorio javierista. Las cuatro son parte de aquél sencillo de 45 rpm: Armando Manzanero con Javier Solís, [EPC-797], con los mariachis Zapopan y Vargas, producido por Felipe Valdés Leal, arreglos y dirección de Fernando Z. Maldonado y Rafael Carrión.

Después de una introducción a base de sonoras (acaso fúnebres) trompetas, Solís abre de inmediato con tan lapidaria frase y describe, a partir de la exposición del cadáver, el después de la muerte. Interesante la breve figura que Manzanero nos regala en estos primeros versos, esto es, soñarse muerto y seguir soñándolo. Después de ello la letra prosigue con un recordatorio y advertencia que si bien guardan relación con el tema principal, de alguna manera lo quiebra y, de hecho, no ayudan del todo a redondear la canción (nótese que es en esta parte donde hay de por medio la inexperiencia). En la parte final de nueva cuenta escuchamos un me soñé muerto… (seguido de un certero … y desde entonces vivo) que, a saber por qué, termina cediendo su protagonismo a una pueril sentencia, «que lo que no miras muy pronto lo olvidas».

El título daba sin duda para más, sin embargo, lo que escuchamos —al fin Javier— cumple cabalmente con la intención del compositor, a saber: no hacer reclamo alguno, más bien, confidencia de, al mismo tiempo, un sueño y una premonición. O sea, que con todo y esos pequeños detalles de la inspiración de un todavía joven compositor Manzanero (un par de años más y entonces sí el botón florecería), Javier conduce con soltura para dejarnos así un mapa sobrio y muy a su altura.

Nada nuevo bajo el Solís

abril 18, 2010 § Deja un comentario

Los 19 de abril son fechas en que sus seguidores —acaso sin remedio— se sientan a esperar alguna canción inédita o —esto sí sin remedio— alguna nueva compilación de éxitos. También, son fechas en que algún osado vuelve a la carga con homenajes o discos tributo; de igual forma, son fechas de panteón y misa. Fechas, pues, de lo mismo.

No obstante, ya se verá, en tales fechas vale sobre todo recordar ciertos detalles y momentos de aquél funesto día. Lo haremos con la ayuda de los propios javieristas que, al fin ellos (nosotros), están a la caza de material diverso que puede resultar valioso y útil.

Así, gracias al ClubYahoo de Javier Solís y a José Juis Medrano, es como podemos llegar al discurso de despedida que el actor Javier Fernández (entonces secretario general de la ANDA) pronunció en las exequias de Javier. Cierto, es mañana un 19 de abril más; dejemos para mañana una nota que, espero, les sea especial, y por hoy las palabras de un compañero. Escuchémosle*.

 

Señoras y Señores,
Compañeros:

Al darnos cita en este lugar en donde reposan los restos de tantos compañeros actores, vengo con el más profundo dolor a dar la última despedida a quien supo ganar nuestro cariño por su sencillez, por su gran compañerismo y porque veíamos en él no una promesa en embrión, sino una positiva realidad dentro de nuestra industria cinematográfica, a la que era una rutilante estrella. Tal fue para los actores Javier Solís.

De cuna muy humilde, luchó desde su infancia con la adversidad del destino. Cuántas amarguras, cuántas privaciones, cuántos días de ayuno le cercaron durante su niñez y su adolescencia. Fue en esa fragua donde templó y se forjó su alma que no desmayó nunca. Con cuánto orgullo proclamaba la humildad de su origen. Cuando llegó a la popularidad no le cegó la luz del éxito, pero nunca estuvo satisfecho de su carrera, por eso día a día estudiaba con más ahínco para superarse y darse por entero a su público. A este público que lo había convertido en su nuevo ídolo.

Javier, por tu nobleza supiste ganar el cariño de todos los que te tratamos. Tenías siempre a flor de labios una palabra de cariño para tus cuates (como los llamabas). Tú saliste del pueblo, supiste como ellos de la angustia y de las vigilias, por eso estrechaban con cariño la mano esos seres que veían en ti a su actor predilecto, por eso escuchaban tu voz que hacían de la canción un arrullo o una queja. Cuánto sentimiento ponías en cada una de tus interpretaciones. Tu arte traspasó nuestras fronteras y tu voz fue siempre un mensaje de fraternidad de nuestro México, de ese México que tanto amaste.

Ahora esa voz se ha apagado para siempre. La ley inexorable del destino truncó una vida que florecía dentro del arte escénico nacional. La fortuna te sonreía y te daba todo lo que antes te había negado. Cuando medrosamente iniciaste tu carrera artística, sufriste muchos desengaños, pero tu voluntad de acero supo sortear todos los escollos. Amabas el arte pero amabas también a los tuyos y por ellos, por darles la felicidad de la que habían carecido, luchaste denodadamente y tu triunfo no se hizo esperar. Puedes descansar en paz, Javier, fuiste un hombre bueno en todos los órdenes de la vida.

La canción ranchera, de la que fuiste un gran exponente, se cubre de luto y enmudecen los mariachis, y nosotros los actores prendemos un crespón más en nuestros corazones. No podemos olvidar tus canciones Llorarás, Sombras, Entrega Total.

Al hundirte en las sombras de lo desconocido llorarán por ti todos los que te amaron, y el arte a quien te diste en una entrega total pierde a uno de sus más recios pilares.

Javier, amigo compañero, te llevas en cada flor que queda sobre tu tuma nuestro cariño y tu recuerdo vivirá por siempre entre nosotros. El rocío que son las lágrimas de tu pueblo dan vida permanente a estas flores.

Javier, descansa en paz.

 

* Así lo reportó Jaime Pericas, jefe de información de Cine Mundial, el jueves 21 de abril de 1966.

NB. De Jaime Fernández, más información aquí.

Escenas irrepetibles (segunda entrega)

abril 15, 2010 § 3 comentarios

Hablar de Javier Solís en su faceta de actor es ejercicio que encuentro por demás estéril. Por supuesto, habrá quienes gusten de repasar su peculiar filmografía, e invertir en ella tiempo y esfuerzo. No es mi caso, aun mi limitado y rudimentario conocimiento del séptimo arte, tengo claro que la pantalla grande pudo —¿debió?— prescindir de los oficios de Javier. En corto, el cine puede vivir sin la presencia de Solís.

Dicho lo anterior, procedo a hablar de una escena que, esa sí, habrá que guardar y atesorar. Naturalmente es una donde Javier canta, y de qué manera y con quién. Un dueto con Marco Antonio Muñiz interpretando, cada uno en su «natural» registro, «Llegando a ti» de José Alfredo Jiménez. Ocurre en la película El Pecador (1964), dirigida por Rafael Baledón y con las actuaciones de, entre otros, Pina Pellicer, Arturo de Córdoba, Marga López, Kitty de Hoyos y Julissa.

De la película, esta vez echo mano de algunos apuntes vertidos en el libro Pina Pellicer: luz de tristeza (UNAM/UANL, 2006), de Reynol Pérez Vázquez y Ana Pellicer, donde se apunta que el filme «no hace justicia a sus protagonistas, logra, por otro lado, salvar a personajes secundarios como Sonia [Kitty de Hoyos], la joven amiga de Olga [Marga López], y a Víctor (Javier Solís), el chofer bonachón que se ha enamorado de ella (…)». Con respecto a Solís y su desempeño, la opinión experta acota que «Víctor es un hombre de origen humilde pero simpático y sincero, muy cercano a la personalidad de Javier Solís, así que éste lo interpreta de manera creíble y entrañable (…)»; es decir, y aquí se concluye, «sorprende (…) que Javier Solís brille en su ingenuidad y alcance una frescura ausente de sus películas (…)».

Un piano, una trajinera (en Xochimilco, naturalmente), dos muchachas y sus respectivos enamorados son elementos suficientes para hacer con la inspiración de José Alfredo un dúo que, a pesar de su imperfección técnica (i.e., arreglos y edición), resulta inolvidable. Amén de irrepetible, al menos para los archivos, pues si bien Muñiz y Solís coincidieron en escenarios varios (v.gr., el Teatro Blanquita), esta escena resulta ser la única donde sus señoras voces coinciden.

Volviendo rápidamente al citado libro, de Muñiz se dice (con inteligente ironía) que «Bruno [su personaje] canta muy bien como novio de Irma en la película» y es su actuación, a final de cuentas, «comparsa casi inútil». Pues ya se ve que el casi es más que acertado: Marco Antonio abre y cierra tal dueto de manera impecable. No se le reprocha y, al contrario, se le agradece la comparsa. Si hubo alguien que logró entender en su momento (aunque después se le olvidó) la presencia de Javier, fue Marco Antonio.

Si bien dos años menor que Javier, Muñiz le llevaba ventaja como cantante profesional (primero con Los Tres Ases y después en solitario) y acaso por eso sabía muy bien el valor y peso de la voz de Javier (y quizá por ello, ojo, en el dueto no llegan a unir voces). En esa escena hay en todo momento un trabajo vocal que, al ser parte de una película mediocre, poco o nada se le presta atención. Esto es, no se le escucha con detenimiento; tan así que, por ejemplo, se afirma en el mencionado libro: «El filme falla un tanto por algunas de las canciones (…) que quiebran el ritmo (…). Le imprimen lentitud».

Razón llevan los cinéfilos en dejar de lado la película y catalogarla como una, dicen, curiosidad. Los melómanos no nos podemos permitir ello: estas escenas son, sépanlo, de antología. Quebrarán y lentificarán narraciones, ya disculparán, pero sin duda alguna enriquecen ese nuestro maravilloso universo musical.

Aunque sea malas nuevas

febrero 17, 2010 § 1 comentario

Un bolero con mucha carne en su interior. Guillermo Castillo Bustamante lo parió entre rejas y sólo acercándose a su historia y la de su patria Venezuela, puede uno comprender la verdadera intimidad de “Escríbeme”. Aparte están las primeras interpretaciones por su paisano Alfredo Sadel y el chileno Lucho Gatica, donde aquél sigue ostentando la mejor versión, sin duda al haber tenido, literalmente, de primera mano la referencia con el compositor (amén por supuesto de su excelsa e inolvidable voz).

Solís quiso también imprimir su sello. Escribir con su cuerdas y cantar así en memoria del doloroso e injusto peregrinar de encierros de Castillo Bustamante. Acompañado del mariachi Perla de Occidente graba entonces su versión, una que aun con borrones obtiene la esperada y agradecida belleza que sólo Javier sabía dar.

Digo con borrones porque “Escríbeme” en la voz de Solís tiene una desafortunada imperfección. Escuchando la versión editada tanto en el disco Canta Javier (1958) como en el cedé de Las Inéditas de Javier Solís (2005), reparo en que Javier, ya en el cierre de la canción, entra a destiempo. Así tal cual, pasados los 3 minutos y a punto del desenlace, después de «su lectura me conmueve» escuchamos un muy indeciso «aunque sea». Un lapsus que a saber si en alguna otra grabación se evitó. Aquí la canción:

Es decir, que si fue esta la única grabación disponible, ya hay entonces material —segundos, apenas— para aquellos que quieran denostar a Solís. Yo me inclino a pensar que el trasfondo es muy básico: por un descuido de los productores se seleccionó esta versión. Dicho ello no como excusa sino como sencilla explicación a algo que suele ocurrir en los estudios de grabación. Solís, se sabe, fue de los cantantes que necesitaba de pocos ensayos para ultimar versiones y rápidamente daba con el cometido de la letra y música. En el caso que nos ocupa nos quedamos seguramente con, eso, un ensayo —intento— de lo que hubiera sido una muy redonda y cabal versión de tan sentido bolero.

Pero un intento, colegas, ya deseado por aquellos que quieran (o hayan querido) echarse al hombro este pedazo de canción. Pues si con sus “Tres Lindas Cubanas” el venezolano dio rienda suelta a su alegría (en particular) en las notas para el piano, “Escríbeme” exige hacerse de tristeza, sufrimiento y melancolía y, una vez con todo ello, dar salida de principio a fin a notas nada fáciles para la voz—ésta se lleva todo el bolero en sí, dejando a la música como mero acompañamiento. Castillo Bustamante lo dejó todo al texto. Ése que más que escribir ansiaba leer.

Así, al canto se le encarga la súplica, algo que Javier sabía —mejor que nadie— conceder. Lograr pues que “Escríbeme” tuviera su merecido bolero ranchero estuvo a punto de consolidarse con Javier. Insisto, el error está ahí y, lo dicho, ojalá existiera alguna otra versión sin tal detalle. Con Aída Cuevas se tiene, hay que decirlo, una muy respetable interpretación a la altura de lo mejor del bolero ranchero; pero con Solís ese borrón nos cuesta y nos puede.

Con todo, como lo expresara acaso el propio don Guillermo (y que sirva esta nota toda como humilde reconocimiento), aunque sea así se seguirá escuchando sin reparo a Javier. Aunque sea malas nuevas, Solís seguirá cantándonos la buena nueva. Nuestra mejor.

Por aquí nos vemos y leemos, ¡qué va!

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