Tres para un 43 (entrega última de tres)

abril 19, 2009 § 1 comentario

Llegamos al final de este recorrido. Hoy hace 43 años Javier Solís cesó de cantar de viva voz, dejando entonces toda una herencia musical que no para de dar frutos varios. Uno de ellos fue, en concreto, la producción que ahora proponemos como una tercer manera de conmemorar este aniversario luctuoso. Cierra esta serie el llamado «lujo de México», Marco Antonio Muñíz (Jalisco, México, 1933) y aquella su producción, a sus 60 años, Un marco para dos Ídolos: Pedro Infante y Javier Solís (1993).

Aquí, acotemos de inmediato, no hay falla alguna en dirección o arreglos musicales: Ruben Fuentes y Pedro Rivera Toledo llevan las riendas con garantía y el respaldo de su trayectoria profesional, logrando así un impecable trabajo. Marco Antonio se desenvuelve entonces en sus terrenos y a sus anchas, sin mariachi de por medio y con una orquesta que le sigue y acompaña sin pero alguno. El piano, valga decir, es simplemente delicioso a lo largo de todo el disco. O sea, que así seas una leyenda viva, reinterpretar a ese par de monstruos de la música requiere, ya puestos a jugar con las palabras, un marco digno para el marco de esos nuestro queridos ídolos (cuantimás si se les quiere recordar a la par).

Ahora bien, antes de seguir, y tomando ese asunto del recuerdo conjunto, me aprovecho de aquello que dije anteriormente (cuando anuncié la búsqueda de este material en julio 2007): «se puede pensar inclusive que tal disco-homenaje incluyó a Pedro para, como se dice, destantear y no hacer tan obvio el merecido tributo a Javier y así saldar deudas pendientes, pues Solís, sus interpretaciones, quedan más cerca del estilo musical de Marco, y no así las canciones de Pedro». Como fuere, Marco Antonio es si no un ídolo, sí una leyenda del romanticismo musical y la bohemia; se guste o no de su estilo, su voz tiene un lugar único y por ello ha podido navegar en varias aguas, por bastante tiempo, aplaudido y querido por la gente, tanto en su tierra natal como allende las fronteras. También, debe reconocerse, en sus trabajos hay siempre un esmero por ofrecer arreglos musicales de valiosa manufactura: este disco, lo dicho, no es la excepción. No obstante, se tiene que reconocer, Muñíz en tales fechas de grabación está ya en el otoño de su carrera y ello es factor de peso en las interpretaciones de los clásicos contenidos en este material referido. Entremos ya en materia.

Seis temas (de 15) son los que le tocan a Javier —es decir, que Infante, al menos en número, se impone con un tema más (no, avezados lectores, no es que me fallen las cuentas, resulta que dos canciones ni Pedro ni Javier las cantaron en su momento: Enamorado perdido y el pasillo ecuatoriano Sombras de Rosario Sansores Pren y CarlosBrito Benavides)— en este, según la contraportada del disco, «recuerdo»: Sombras (exacto, las de Contursi y Lomuto), Cenizas, La corriente, Llorarás, Esclavo y amo y Ojitos traidores. Aquí valga un paréntesis para recordarles, selectos lectores, que Muñíz cantó en su momento con Javier Solís, al menos en algunos mano a mano y, en particular, en esa película El Pecador (1964) en una escena donde interpretan, sin hacer dueto, Poco a poco (de José Alfredo), cada uno con su particular acompañamiento (ya les digo, sin hacer precisamente un dueto).

Con un inesperado pero intuitivo popurrí de Sombras, Marco Antonio inicia su recuerdo de Solís; peca de estilo y, como decimos en México, le termina echando mucha crema a sus tacos y no resuelve bien aquella primera incursión. Es decir, que toma más bien el perfil tanguero (el original de la canción, sí, pero no por ello mejor ni mucho menos el deseado en este disco) de las Sombras «javieristas» y uno termina por aplaudir y pedir más de aquellas Sombras «ecuatorianas». Viene entonces otro popurrí, correspondiente ahora a Pedro, y se llega a una cadenciosa y bien llevada Cenizas. Fuera de una faltante dosis de mayor sentimiento, con ella no hay inconvenientes. Otro popurrí más para Pedro y ahora, a la mitad del disco, navega uno ya en La corriente. Una vez más el arreglo musical corresponde del todo al espíritu Solís; poco a poco esa corriente nos arrastra pero sin ahogarnos, al contrario, gozamos del aire de la voz cantante y de unos muy bienvenidos coros. Estos también se escuchan en la subsecuente Llorarás, sin embargo, aquí no tienen adecuado lugar y contribuyen así a una versión sin los requeridos acentos y matices (evidentes sobre todo en ese aburrido final). Más coros (ya de estilo orquesta-para-toda-ocasión) en la siguiente canción, y entonces los metales soplan para recibir un Esclavo y amo que, a saber por qué, es llevado, literalmente, cual toro en plaza. Es decir, que a menos que se tome como introducción para la parte final correspondiente a Javier, i.e., Ojitos traidores, no me queda claro el por qué Marco Antonio pretende cobijar a ese emblemático Esclavo y amo con un, digamos, capote taurino españolado. No ha lugar. Cerramos entonces con una versión de Ojitos traidores que, esa sí, guarda gitana distancia con la de Solís aunque finalmente no logra realmente sonar genuinamente a Marco Antonio: se queda a la mitad. Muñíz no alcanza a empatar la festividad de la música y su voz resulta opacada (bien le viene así ese descanso y broche final del suave Nocturnal); la serrana se le escapa.

En síntesis, Muñíz dejó pasar valiosos años para ponerle un mejor marco a Infante y Solís; eso sí, aquél sale mejor librado que éste. Afortunados los admiradores de Pedro pues de ellos es la mejor parte de este homenaje: los seguidores de Javier nos quedamos con las ganas de escuchar a ese Marco Antonio que, precisamente con genuino esfuerzo y total entrega, abría aquella arriba mencionada escena de película, sentado al piano, con una voz totalmente en comunión con Solís pero sin perder su propio estilo (y armonía con el piano). Éso es lo que se extraña aquí en este disco… y en otros que buscan recordar a Javier sin verdaderamente conocerle. Marco Antonio, se sabe, conoció muy bien el trabajo de Solís: le faltó entonces un mejor reconocimiento.

Sea pues, esto fue nuestra manera de conmemorar a Javier. Sí, con voces de tres artistas que intentaron cantar aquello que por Solís tan especialmente se escuchó. No lo hicieron mal, qué va, ejemplos hay donde apenas y logran, literalmente, dar la nota (por cierto, el señor Montero ya amenazó con otro disco basado en temas del repertorio de Javier), pero tampoco nos ofrecieron, como se esperaba dada la trayectoria de cada uno, cabales y redondas reinterpretaciones (adaptaciones) hechas con sus particulares voces y estilo. De una escala del 1 al 10 los tres discos promedian un generoso 8 (ayudados sobre todo y más bien por esos arreglos musicales de este último disco). Se puede decir justamente que estamos siendo muy exigentes, pero no es para menos: año tras año a Javier se le extraña más y lo mínimo que se puede hacer para compensar ello es tener, además de su música, producciones que, utilizando aquella, respeten no sólo al artista sino también al público. Eso es finalmente la buena música. Eso finalmente hizo y nos dejó Javier. Eso, en un día como hoy, es exigido. Todo ello, en resumen, a 43 años, cual solaz se hace patente.

Javier Solís: ¡Qué va!

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§ Una respuesta a Tres para un 43 (entrega última de tres)

  • […] El propio compositor cuenta (en su página web) cómo Solís “exigió” su grabación exclusiva de la canción. Es decir, que acicateado por un amigo común (de Vaca Flores y Solís), este nuestro cantante estrella buscó al compositor para reclamarle aquello de que anduviera dándole canciones a la competencia, i.e., Marco Antonio Muñíz, y, acto seguido, finiquitó la grabación en cuestión de días. “Esclavo y Amo” salió al mercado junto con “El loco” (Cordero), y ambas, a la par, resultaron epónimos de Solís. (La de Cordero se editó en LP antes que la de Vaca Flores, que se incluyó en el LP El peor de los caminos.) La locura y la esclavitud tenían ya amo javiersolista. Marco Antonio Muñíz, por cierto, no grabaría “Esclavo y Amo” sino hasta en 1993 para su, oh, homenaje a Javier Solís y Pedro Infante. […]

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