Que alguien piense en los Beatles

junio 1, 2017 § 1 comentario

Javier Solís y los Beatles tienen en común algo más que un “Bésame mucho” o unos bigotes de portada (los primeros del cuarteto en el mítico Sgt. Pepper’s). Incluso la génesis de un nombre artístico —Luquín, Solís; Beetles, Beatles— los pone a la par. Tacubaya y Liverpool no fueron ajenos al Zeitgeist de los sesenta; sus hijos predilectos, tampoco.

Si bien la edad de Solís lo hace más bien un hermano mayor (y aquí pensemos incluso en la película Un callejón sin salida con Alberto Vázquez y Solís en los papeles de hermano menor y mayor, respectivamente), su música es contemporánea a la obra de los ingleses. El peso musical que se forjaba a la par no es detalle menor. Es cierto que la genialidad de los Beatles fue, sobre todo, la composición; Javier Solís, por su parte, hizo de la interpretación su gran obra. Quedémonos con ello, entonces, y fijémonos en cosas como un concierto en la azotea.

Ya 1966 estaba en los anales como un año de despedidas: adiós a Solís y a los Beatles en vivo. El cuarteto, sin embargo, volvería a tocar en 1969 ante el respetable en un peculiar escenario: la azotea del número 3 de Savile Row, en el lujoso barrio Mayfair de Londres. El revuelo, según los reportes, no se hizo esperar, pero no fue la primera vez que un público miraba, con sorpresa y acaso sin aliento, hacia las alturas. Javier, unos cuantos años antes, tuvo también que subirse a cantar. La razón fue más bien práctica: no había de otra. Un concurso y una serenata fueron los motivos de tal peripecia. Una joven de la colonia Molino de Rosas de la ciudad de México ganose una serenata y Javier Solís era el encargado de llevarla. No muy lejos de su Tacubaya, y ya en la cumbre de su carrera, se apareció Solís para cumplir el compromiso; no fue el único en la cita, una multitud le hizo comparsa a la ganadora y hete ahí que nuestro cantante tuvo que subirse a la azotea para librarse de la masa, y llevarle así a la musa en turno su bienvenida misa. Vaya qué va en la azotea.

Solís, también hay que decirlo, salió no sin cariños, araños, abrazos y jalones de aquella empresa. La crónica sigue hasta el escape de Solís: por los tejados y apenas salvando su pellejo, pues perdió su sombrero, al entrar al auto que lo rescataría. Los Beatles no habrán tocado en México, pero qué tal lo que le tocó a Solís en aquellos dorados años.

Habrá que seguir las trayectorias de ambos mitos; sirva este botón como muestra de su paralelismo. Los mejores discos de los Beatles están cumpliendo, o están por cumplir, cincuenta años; los de Javier Solís, todos, ya lo hicieron. A vuelo de pájaro, o incluso desde una azotea, las similitudes son bastantes.~

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Lo que en su calle no encuentres

julio 10, 2013 § 2 comentarios

Hace apenas un año y meses comenzaron los trabajos de pavimentación —y cambios de tubería— en la calle Javier Solís de la colonia Bonifacio Rojas del municipio El Rosario, Sinaloa, México. El presidente municipal, además de explicar el proyecto, y que luego se seguirían con la calle Mario Moreno, subrayó su porqué: «que quede algo a futuro». Así los trabajos en una más de las calles Javier Solís.

Ya Luis Ignacio Helguera intentó encontrar, sin éxito pero con textual fortuna, la lógica en la denominación de las calles de la ciudad de México. Las calles Javier Solís suelen estar acompañadas de Jorge Negrete, Joaquín Pardavé, Mario Moreno y, claro, Pedro Infante; sus colonias (o barrios), sin embargo, no aluden precisamente al mundo del espectáculo, las hay desde la mencionada Bonifacio Rojas hasta La Joya, pasando por la Bonito Pueblo y la Moderna (donde, mexicana ironía, se ve, al menos en Google Maps™, que sus calles están a años de la mentada modernidad). En total, según mis búsquedas en internet, suman ocho calles Javier Solís en la República Mexicana. Quién o por qué las bautizó así es una incógnita.

Las calles Javier Solís se encuentran en la ciudad de México (dos), Estado de México, Querétaro, Aguascalientes, Zacatecas y Sonora. Y no, las de la capital no están en Tacubaya (donde, dicho sea, sí que hay, desde el 2006, un busto del cantante), sino en la colonia Ampliación Emiliano Zapata, delegación Iztapalapa, y en la colonia Jorge Negrete, delegación Gustavo A. Madero. Todas parecen ser calles de “barrios populares”, es decir, no son precisamente lugares residenciales exclusivos o calles cerradas (tan común en México) de algún fraccionamiento o similares. La más residencial es la ubicada en Querétaro, quizá también la más cuidada; otras, como las de Sonora o Zacatecas, y la de Jalisco (en la colonia Moderna), parecen estar más bien en ciernes, a medio camino entre la tierra y el pavimento. Calles, en fin, de barrio, de pueblos urbanos. Calles rurales en camino a la ciudad.

En algunas, incluso, solo buscando se logra distinguir su letrero: como si quisieran ser más bien calles sin nombre. ¿Qué o por qué las bautizó así? Sigue el misterio. O como diría el refrán: lo que en su calle no encuentres, sal con Solís a buscarlo.

Imágenes sacadas del Street View de Google.

Ahí te estorbo yo, un punto negro

abril 7, 2013 § 1 comentario

Oír trío con Solís no es cosa rara, al menos no para los javiersolistas. Si bien el mariachi fue fiel compañero, el trío no se quedó atrás: ni Solís con ellos… dicho ello con el trío México en mente: ese que el jovencísimo Gabriel Siria formara (~1949) con Pablo Flores y Miguel García, y que abandonara al poco tiempo para seguirla en solitario. Todavía más, hay alrededor de los tríos sabrosas anécdotas entre ellos y Javier; una de ellas la presento ahora con la ayuda de un video que está en la cuenta de un javiersolista cabal, kwebytaz, quien a final del año pasado subió a la red este recuerdo del duranguense “caballero de la canción” Antonio Velázquez, exprimera voz de Los Tecolines, fallecido en noviembre 2011:

[youtube http://youtu.be/fBxUbrFavnI]

Velázquez cuenta de aquellos meses aciagos, febrero-abril, de 1966. Él empezaba, después de haber salido de Los Tecolines, su carrera como solista (en Chicago), y visitaba a Javier en su último trabajo para el cine (en los estudios Churubusco, México), su papel en la película Juan Pistolas. Solís escucha cantar a Velázquez (cuya carrera de solista, dicho sea, fue como cantante de rancheras) y le ofrece llevarlo y presentarlo a alguna casa disquera. ¿La Columbia (CBS)? No, explica Javier: ahí estorba: solo le hacen caso a él y a las Hermanas Huerta: ¿para qué hacerle perder más tiempo?

Solís estaba por terminar la filmación e irse de gira por el norte con la Caravana Vallejo. ¿Grabar más canciones? Seguramente: sabe ya el ritmo de la industria, trabaja para la CBS (y rechaza cheques en blanco de la competencia) y quiere incluso que otros más graben: un amigo y un profesional. Porque era así, qué se le va a hacer: Javier estorbaba a otros que querían un pedazo del pastel (de la Columbia); pero, qué va, ello no le pesaba a Javier, al contrario: reconoce los recovecos y procura a quienes, como él, buenos eran en lo suyo y se la pasaban tocando puertas.

Al rasurarse Velázquez escucha la noticia aquél 19 de abril: La canción mexicana está de luto… porque murió Javier Solís; con voz entrecortada sigue aún el recuerdo. «Con las palabras, con eso me alcanzó», finaliza el recuento.

La siguiente canción no es del repertorio de Los Tecolines, ni de Velázquez, pero sí de Solís. Es con trío. ¿Cuál? Según el blog nuestrostrios.blogspot.com es el trío Los García; según otras fuentes puede ser aquel trío México que después, se dice, mudó en Los Galantes. “Punto negro” se llama la composición —de Roberto Reynoso— que, se dice, fue de las primeras que Solís hiciera (incluso antes de “¿Por qué negar?” y “Qué te importa”) junto con “Virgen de barro”, “Tómate esa copa” y “Te voy a dar mi corazón”, y de ahí la incertidumbre sobre el trío que acompaña, amén de la falta de noticia y crédito (al fin hecho en México) del disco donde se incluye la grabación, Mis 30 mejores canciones (Sony 1998). Esta es:

Punto negro (Roberto Reynoso)
No quiero ya saber
si te mueres o no por mi cariño;
ni me importa que tú
diciendo vayas hoy que me dejaste;
yo sé que para ti,
igual que para mí, hay otros besos:
¿por qué insistes en ser
en mi quieto vivir un punto negro?

Tu orgullo de mujer
te ha vuelto mala y cruel, y me atormenta;
cuando el amor se va
se queda el corazón ensombrecido;
olvida tu rencor,
que solo ha de empañar aquellas horas:
no quiero que seas tú,
de esta historia de amor, el punto negro.

De la canción, según la SACM, no tiene más intérpretes que Solís y un tal Rodolfo Sánchez (?).  La de Javier solo tiene esa edición, era pues de las inéditas tras su muerte. ¿De sus primeras? No lo creo: tanto ésta como “Virgen de barro”  y “Tómate esa copa” (referida en la nota de “Tómate una copa”), resultan únicas para Javier, ¿un cantante en ciernes con canciones exclusivas? Insisto, no lo creo. Solo de “Te voy a dar mi corazón” se tiene registro con la veracruzana bolerista Ana María González (aquella de “Solamente una vez”); así, si el resto de canciones hubieran sido ya (más o menos) escuchadas, sería creíble aquello de la primicia… Sin embargo, hay un detalle: Ana María González era artista de RCA Victor… y Javier Solís con ese su trío México llegó a ser parte de RCA Victor (!), luego es posible que sí haya pasado revista en esos años a canciones como “Te voy a dar mi corazón”… ¿y “Punto negro”?

El requinto es preci(o)so y Solís remata de igual forma, sobre todo, los endecasílabos. Su voz guarda el equilibrio entre la queja y el reproche, y llega natural a la petición (sin sonar a súplica). Su quieto vivir.

No quería estorbar a aquel amigo; no quería Solís el punto negro.~

¿Me permite unas palabras?

enero 25, 2013 § 1 comentario

Seguramente fue mi primer disco compacto de Javier Solís: Mis 30 mejores canciones (Sony Music, 1998); un doble disco que además de contener a parte de la crema y nata del repertorio javiersolista, incluyó (y a la fecha sólo ahí) diez canciones inéditas. De estas destacan: «Todo y nada» del ínclito Vicente Garrido (la única que le grabara Javier); «Perdónala, Señor» del panameño Carlos Almarán (sí, el de «Historia de un amor»); «Caminos diferentes» de Alfredo “el güero” Gil; y «Señorita» de Ramón Inclán.

Bastantes son las canciones que apelan a alguna señorita, las hay desde cantineras hasta secretarias, pasando por presumidas y caras de pizza. Como la de Inclán, señorita a secas, hay en México, según la base de datos de la SACM, otras seis más; sin embargo, ninguna parece tener intérpretes más que la de Inclán. Así, además de Solís, «Señorita» ha sido interpretada por tríos y por el sonero del mundo, el venezolano Oscar D’León.

Dije ya que desde que la escuché la hice de mis favoritas. Si bien con ella no hay el fuego de una Lolita, «Señorita» tiene una entrañable sencillez. En cuatro pasos —que no en tres— hay también un viaje que termina con la lengua tocando los dientes. Solís, por su parte, retoca y lleva de la mano. «Señorita, ¿me permite unas palabras?».

José G. Moreno de Alba apunta sin yerro la pérdida del uso de esta fórmula de tratamiento en países como México. Todo indica que pasará a la historia: ya pocas se hacen llamar señoritas. En alemán, dicho sea, el término correspondiente hace ya tiempo que dejó de ser utilizado: a lo más se escucha de vez en vez para con alguna niña despierta y traviesa, das Fräulein. Pero más que soltería, parece ser que en esta canción de Inclán se sugiere sencilla y básicamente a una mujer desconocida. Solís lo subraya. Aunque uno pueda intuir que el cortejo es con una mujer soltera, ello pasa a segundo plano, lo importante es, simplemente, darse a conocer. Escribió Inclán:

Señorita, ¿me permite unas palabras?,
le prometo no abusar de su bondad;
su belleza como un sol me ha deslumbrado
y quisiera conocerla un poco más.
Solamente una vez la he mirado
y ya creo haberle dado el corazón;
señorita, tengo un presentimiento:
que ha nacido entre los dos un gran amor.

Helo ahí, Solís interpretará aludiendo cortésmente a la mujer… ¿joven? Es así como, según Moreno de Alba, es probable que perviva el término: como una mera alusión. La soltería, pues, se despide de este asociado término y, opinan algunos, con ello (parte de) la discriminación hacia la mujer.

¿Qué hubiera sido de nuestra «Señorita» en estos días que corren? ¿Algún señalamiento por un discriminador uso del lenguaje? ¿Violencia de género (sic)? Qué va, ¿qué mejor que este género, el bolero ranchero, para tales menesteres de sexo… y del amor? Solís lo supo. Inclán también. Esta pieza, así de cortés, resulta cándida pero no ingenua, acaso inocente.

Hay un par de canciones javiersolistas como esta que recurren al diminutivo: «Bonita» y «Muchacha bonita». Escucho así también a la señorita: como un cabal diminutivo. México es tierra donde proliferan los -itos e -itas, ¿por qué no habría de continuar el uso afectivo de señorita para toda mujer que se sepa (recurriendo a la primera acepción del DRAE) dueña de sí?

Nabokov en sus brazos siempre tenía a Lolita, ni Dolores ni Lola; luego, ni seño o señora, cojamos a esta señorita. Una mujer cuya belleza deslumbre bien vale este (h)ito. No pocas se logran llamar señoritas y no pocos logran llamarlas por su nombre. Como todo, no cualquiera hace de los diminutivos lo más.

Y así, todo esto para decir, repetir, que esta canción me fascina y ha fascinado: aún recuerdo un par de ojazos que eran puro oído con mi Solís. Vitalidad podrá perder un señorita a secas, pero con esta otra tengo un presentimiento…

Damas y caballeros del jurado, oigan este nada espinoso enredo, ¡qué va!

Enclave de Solís

enero 11, 2013 § 1 comentario

Acaso como su nombre, de Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara Aguirre y del Pino es de quien más canciones se tienen en el repertorio javiersolista: treinta y dos; la mayoría en tres discos de larga duración: Lara Grever Baena (1962), Fantasía española (1962) y, claro, Javier Solís interpreta a Agustín Lara (1964, editado también como Trópico). De este último —todo él rico de sabroso— tenemos a la ya octogenaria «Clave azul», pieza que según la base de datos de la SACM tiene más orquestas, grupos y mariachis como intérpretes que solistas. De estos últimos la principal es su primera intérprete, la gran Toña la Negra; también la hay con Carmela Rey, Linda Arce, el propio Agustín Lara, el tenor Juan Arvizu y nuestro querido Solís. La letra es un enigma. Aquí va:

Clave azul (Lara, 1933)
Ya se va la clave azul,
se va el sol de marabú;
ya se va, no volverá:
jamás, pero jamás, la clave azul.
(bis)
Yo te dejo mi canción arrulladora
y me llevo tu mirar de gran señora,
tu mirada fascinante y misteriosa
a través del antifaz color de rosa.
Si recoges el rumor de mis querellas
temblarán en nuestro idilio las estrellas;
mis alondras a tu voz despertarán
y mis noches de dolor con tus ojos se iluminarán.
Ya se va la clave azul,
se va el sol de marabú.
(bis)
Se va la clave azul…

¿Qué o quién es la clave azul? ¿Y marabú? Lo segundo es fácil: una referencia a su orquesta El Son de Marabú; «sol» se escucha en la versión de Solís y, me parece, también en la voz de Lara: el sol de marabú bien puede ser el son y el resto de ritmos que salían de aquella orquesta… con clave incluída.

La clave de la clave azul puede estar junta con pegada del marabú: la Hora Azul, aquel programa radiofónico de la XEW donde amén de Lara y su orquesta, se escuchaba a toda una pléyade del bolero. La clave, entonces, puede ser aquella hora ¿pero por qué no volverá? Dada la fecha de la canción, 1933, no parece que fuera para una despedida de hora alguna, de ahí que haya incluso opiniones que ven la clave cual guiño a la mariguana —al uso que, se dice, le daba Lara en su labor creativa—; ¿elefantes con antifaces color de rosa?

Todavía más, sin atención a las fechas la inspiración puede decirse que llegó de un cabaret de la calle Corregidora de la ciudad de México… Pero la Clave Azul se inauguró en 1934 y fue más bien, ya se ve, un homenaje a la canción. Su dueño, Everardo López Noriega, invitó incluso a Lara y a Toña la Negra a la inauguración del local. ¿Cómo sonaría tal clave en cabaret?

Solís se encarga de brindarnos una versión única: ni quema ni alumbra: ilumina. Javier se da vuelo y colorea de principio a fin, con azules y rosas, la enigmática clave. Tan curiosa resulta que también al inicio se escucha la arenga javiersolista, ¡qué va!, y no solo en el intermedio, como solía Solís. El final es naturalísimo, un decrescendo de mucho peso al centavo; se va la clave pero uno se queda arrullado de tan arrollador sabor.

Sin duda, en clave el enclave. ¡Qué va!

Recordar por omisión a Javier Solís

octubre 8, 2012 § Deja un comentario

Luis Miguel Aguilar escribe en 1981 las siguientes líneas de su texto “De Rigo Tovar a Juan Gabriel”, leído como parte de un ciclo de conferencias, «La cultura popular», de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y publicado en la revista Nexos.

LA PUÑALADA RADIOFÓNICA (EN AUSENCIA DE JAVIER SOLÍS)

Pese a su condición de ídolo y su aceptación masiva considerable, lo más significativo de Vicente Fernández es que no pudo superar a Javier Solís, y que fueron inútiles los esfuerzos publicitarios por ponerlo a competir con el Ídolo de Tacubaya. En su papel inconfundible como intérprete de boleros rancheros y morunos, en Javier Solís hay una cualidad perdida o recuperable sólo al escuchar sus discos: una cualidad relacionada extrañamente con la nostalgia de los sastres y los ruleteros cincuentones, con el olor de las tintorerías viejas, con la mujer sentada desde hace media hora en la banca del parque con una bolsa pequeña de plástico y con el hombre de bigotito que llega por ella a las siete de la noche, con la cajera con un diente de oro que creció a la hija por su cuenta; con la revista Confidencias de tiempos mejores; con las loncherías y el cliente habitual, con los hoteles de paso en el viaducto Tlalpan y los choferes de Flecha Amarilla, con la brillantina Glostora y algún silbido solo en el mundo.

Lo que sea esta cualidad, es algo en extinción; algo que habla por la vida cotidiana de muchísima gente con más eficacia y soltura que otra gran cantidad de ídolos del radio que han sido y serán, incluyendo a Jorge Negrete y a Pedro Infante. Es una cualidad sensible como no ha vuelto a verse en el desfile de cantantes, y como cada vez se verá menos en el intercambio urbano de fidelidades amorosas.

Como ídolo, Vicente Fernández, la imagen de Vicente Fernández, sacada de un regreso a los viejos estereotipos, es una incomodidad. El más interesante de sus discos, El hijo del pueblo, muestra a Fernández en la portada con la chaqueta de caporal abierta, con el pelo en pecho, con la hebilla enorme del cinturón, con una silla de montar en las manos, con un caballo atrás, con machete al cinto, y pistola, y un sombrero gigantesco; y su estilo sigue repitiendo los mismos tics de cantante de ranchero: la maldición de las ingratas, estar siempre al borde del rapto, capitalizar los abandonos, declarar su valentía: en efecto, una incomodidad.

En El hijo del pueblo ni siquiera la canción de José Alfredo Jiménez que da título al disco sale bien librada frente a la tiesura de Fernández; más aún, la misma canción, interpretada por él, evidencia en cartón que, en la voz del propio José Alfredo, quería ser otra cosa. Apenas «La Ley del monte», una de las mejores letras de Ferrusquilla, y que junto con «Volver, volver» se volvió el hit más famoso de Fernández, logra mover un poco el cartón de su intérprete. Pero el interés real que pudiera despertar el repertorio de Fernández se da en las canciones del compositor Ramón Ortega Contreras, del que Fernández ha grabado varias. Hay en especial una canción de Ortega Contreras, incluida también en El hijo del pueblo, que merece unas líneas. Se llama «Escuché “Las Golondrinas”»: La canción dentro de la canción. Es conocida e inmejorable la canción de José Alfredo Jiménez donde José Alfredo Jiménez llega a una cantina a pedir una canción de José Alfredo Jiménez, es decir, Jiménez leyéndose a sí mismo. Más modesto, como sabiéndose un Quijote de Avellaneda, Ortega Contreras intentó también su magia parcial con “Las Golondrinas”.

Es curioso ver las convenciones de la canción ranchera (hay la inevitable llegada a la cantina a pedir tequilas, etcétera) haciendo ya sus citas y sus referencias clásicas gracias a la modernidad que supone la difusión masiva, en la convicción de que nadie sabe a qué hora le llega su proustiana chilindrina y el desquite retroactivo de la memoria.

Así, lo más interesante de Vicente Fernández casi no tiene que ver con él; es lo que permite, por un lado, recordar por omisión a Javier Solís y asomarse, por el otro, al compositor Ortega Contreras (otra de sus piezas, «La ley de la vida», es todo un catálogo de la selva urbana). En Ortega Contreras hay que saludar al primer lírico ranchero en el que un contra tiempo sentimental no es nada comparado con el poder de una trapera puñalada radiofónica.~

Unos más en la vida perjura

febrero 8, 2012 § 6 comentarios

Según la página web de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), la biografía de Juan Navarrete Curiel se cruza con la de Javier Solís en algo más que una canción. Sin embargo, es la fecha en que los javiersolistas sólo contamos con dos canciones de Navarrete Curiel en voz de Solís: “Despreciado me voy” y —la que nos interesa por el momento— “Uno más”.

No es raro que con Javier se den las discrepancias en cuanto a los números —sean las canciones grabadas, los discos editados o incluso las versiones disponibles—, pero con lo cualitativo hay poco espacio para la disyuntiva. “Uno más” es una canción que bien podría pasar sin pena ni gloria… de no ser por un par de detalles. El primero es que forma parte del grupo de rarezas javiersolistas, es decir, temas que por su quizá única edición en disco, no suelen estar en las audiotecas Solís. Esta ausencia, en el caso de “Uno más”, se puede explicar quizá por la calidad de la grabación en sí, o bien, como ha pasado con otras canciones, e.g., “Gaviota” (del álbum Y todavía te quiero), por alguna razón que sólo los productores y sus interéses de mercadotecnia puedan tener al momento de las reediciones del material original.

El segundo detalle de “Uno más” es que ha sido grabada por dos Fernández, padre e hijo, en los primeros años de sus respectivas carreras (y sin ninguna posterior reedición). Volviendo a la página de la SACM, tal canción se reconoce sobre todo con las voces de los Fernández. (Aunque ya en la base de datos de la SACM de las canciones de Navarrete se puede ver que J A Solis es parte también de los intérpretes con en el CD Exitos de J A Solis, Orfeon Videovox.) Vicente la graba en 1965, es parte entonces de aquellos primeros años en que el de Huentitán buscaba hacerse —sin éxito— de un espacio en la industria, dicho de otro modo, parte de sus pininos; treinta años después el hijo Alejandro también la hace parte de sus inicios y la incluye en su cuarto (o sea, ya no tan pininos) disco Que seas muy feliz.

Hasta ahí no hay mucho que decir, más que el recuerdo de la letra de la canción.

Uno más (Autor: Juan Navarrete Curiel)
Que Dios bendiga
las dulces horas que pasé contigo;
a nadie digas
que por capricho te entregaste a mí;
por donde vaya
nuestro secreto guardaré conmigo;
nada ni nadie
podrá evitar que yo te quiera así.
Sé que todo pasó para ti como nueva aventura,
y que fui uno más para ti en tu vida perjura;
Sé que no volverás por amor a entregarme lo tuyo,
volverás cuando nuevo dolor haya herido tu orgullo.

Es, ya se ve, canción breve e incluso poética (e.g., bonitos endecasílabos sáficos). Pasemos a las versiones, aquí el par de los Fernández: Vicente

y Alejandro

De regreso al primer detalle, lo especial de “Uno más”, dije, es la canción en sí. No es sino hasta hace unos meses que, por ejemplo, podemos escucharla en YouTube. Pocos son los que, con la ayuda de la red y del intercambio digital, pueden contarla en sus audiotecas. La trilogía El Señor de Sombras de José Felipe Coria (Ed. Clío) no la enlista en su cancionero. La fecha probable de grabación es durante la segunda mitad de la carrera de Javier y, como se escucha en la versión disponible, el vinilo es hasta ahora la única fuente. No se tiene, en fin, mayor información que el compositor. Aquí pues la rala canción:

El avezado lector podrá escuchar que Solís sí está cantando tal cual aquella letra de Navarrete (y más adelante habrá cuenta de alguien más que sí lo hace), los Fernández no. Ellos cantan «evitar que yo te quiera a ti» y, lo más que hace el menos, «en tu triste locura» (amén de rematar con el innecesario «cuando un nuevo dolor», dando al traste así con la métrica). En otras palabras, me imagino la escena con aquél charro en ciernes: ¡Cómo que vida perjura, eso qué, mejor algo que se entienda: triste locura!, ah, y aquí debe de ser (sic) un nuevo dolor, claro, y ya entrados, pues que nadie evite que yo personalmente te quiera a ti y solamente a ti… El hijo, claro, sólo repitió lo del padre.

Así las cosas, ahí está Javier con su interpretación cabal. A saber del porqué los señores de la disquera prefirieron que, por si no bastara uno, dos Fernández se echaran al hombro esta pieza. Hay otras canciones, por supuesto, donde tanto los de Jalisco como el de Tacubaya brindan al respetable su entendimiento de los mismos «escarabajos que llamamos notas», e.g., el vals “Alejandra”, pero aquí, para el que escucha, los tres están en igualdad de circunstancias: no hay mayores cambios en los arreglos y dada la, digamos, dimensión de la canción (i.e., ni muy muy, ni tan tan) en los respectivos cancioneros, el tiro es finalmente parejo. Incluso con la calidad de las grabaciones en las versiones de Solís y del mayor de los Fernández, Alejandro no está con ventaja, o desventaja —junto con su padre—, al ser tal canción de sus “primeras grabaciones”: ambos Fernández a esas alturas saben ya de estudios de grabación. Lo dicho, el tiro es parejo. El resultado no.

Javier peina la letra con sus dedos, sin despeinarla ni despeinarse. Alejandro lo imita pero termina por recordar la impostura de la voz del padre. Éste, sencillamente, repuja. Solís entiende la letra y su estructura, y presta su voz para iluminar lo escrito: el chillón que llora bien y bonito. Fernández hijo cree entender y a fuerza de demostrarlo le resta sensibilidad: evita ser uno más y quiere ser el uno (de plástico). Fernández padre se limita a llorar chillando. Javier no busca cúspide alguna en la letra, sabe que la montaña es también una bajada; el junior pareciera no reconocerlas y el señor padre gusta de inventárselas (a gritos). Uno más que de tres… dos no logran.

Aquí queda la perjura. En este blog poco o nada comentamos de los Fernández, ¿para qué?, se sabe que uno, el padre, suele argüir que Solís será lo que sea pero él, será lo que sea, es el vivo. Se sabe, más bien, que si Fernández se escuchó fue gracias a la muerte de Solís, a que la máquina de grabaciones cesó de trabajarle a los señores de la industria. Sabemos, pues, que Javier vivo era insuperable, que sólo muerto alguien más podría competir, al menos, con grabaciones que, de hecho, todos querían en voz de Solís. La muerte de uno brindó el soplo de vida al otro que, dígase, la televisión se encargó de hacer más, e insuflar de paja suficiente como para encumbrar y confundir, dirían los de Cuévano, lo grandote con lo grandioso. La superioridad es evidente, la comparación, superflua. Aquí, sencillamente, uno más.

Adenda
Meses después reparo en una versión de uno más que, él sí, supo hacerle respetable segunda a Javier: Jorge Valente.

En el siguiente video se puede escuchar al paisano de los Fernández haciendo lo que ellos no pudieron. Jorge Valente se vale de otros arreglos musicales y borda una versión a la par de la de Solís. Sigue la letra y encuentra la unicidad. Nada que objetar.

[youtube http://youtu.be/YIXSkBvzj5o]

He ahí al cabal compañero y colega Valente. Curiosa disquera, sin duda, que a sus dos candidatos de reemplazo de Solís dio a grabar esta canción (¿y otras más?) acaso como prueba de fuego (?). La historia (ésa que se escribe por los ganadores) consta que Fernández resultó el del dedazo… aunque Valente fuera el natural y el del probado talento, pero esa ya es otra historia, otra más.

¿Dónde estoy?

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