La llamarada al azar
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
Para esos ojos verdes como mares
Donde el azar es el llamado «señor llamarada»: Manolo Muñoz. A poco de darse a luz, Muñoz graba (en 1976) lo que será —al menos en México— su tema epónimo. De la autoría de colombiano universal Jorge Villamil, Manolo logra gracias a su flexible voz una «Llamarada» que da bienvenida correspondencia a aquellas «Espumas» (también de Villamil) de nuestro Solís. Aquí pues un paréntesis musical para aplaudir al buen Muñoz.
Heredero cabal de las glorias de Jalisco, Muñoz entiende que lo mejor es abrir camino a su manera pero a la altura: es el primer solista rocanrolero que graba en español a los nacientes clásicos del rock de los sesenta. Así, bien mirado, no desentona en nada al lado de Javier en —ya la platicamos aquí— la película Un callejón sin salida (1964), ahí, jovencísimo y a sus anchas, nos muestra de qué puede ir su arte.
Pasan años, más churros de películas y versiones en español de canciones en inglés, caravanas artísticas, venidas e idas, y llegan los 70 con contados intérpretes de la talla de la otrora pléyade. Manolo sigue ahí, en solitario pero acompañado ya de Guzmanes, Costas y Vázquez, compartiendo la lánguida escena musical. Ni el bolero o la ranchera tienen la fuerza de antes, y es la balada (y la fotogenia) lo que reina sin par. Surge la llamarada.
Con unos arreglos (de Moisés Ortega) que prescinden del original pasillo colombiano, es la voz de Muñoz lo que catapulta y enciende. (Todavía más, en el disco homónimo se hallan otras joyitas que sin duda hacen eco de la valía de la luz de Manolo.) La canción, cuenta su autor, nace tras la historia de amor de una pareja donde, recién casados, él —doce años mayor que ella— tiene un desliz con la hermana (de ella) y con todo siguen juntos, y no es sino años después que rompen y entonces Villamil escribe, en 1972, su espléndida «Llamarada».
La letra tiene, podemos decir, dos versiones, la colombiana y la mexicana. La primera, desde luego, es la del autor tal cual, hela aquí:
«Llamarada» (Jorge Villamil)
Necesito olvidar
para poder vivir,
no quisiera pensar
que todo lo perdí;
en una llamarada
se quemaron nuestras vidas,
quedando las pavesas
de aquél inmenso amor,
y si no he de llorar,
tampoco he de reír,
mejor guardo silencio
porque ha llegado el fin,
lo nuestro terminó
cuando acabó el amor,
como se va la tarde
al ir muriendo el sol.
Siempre recordaré
aquellos ojos verdes
que guardan el color
que los trigales tienen;
a veces yo quisiera
reír a carcajadas,
como la mascarada
porque ese es nuestro amor,
pero me voy de aquí,
te dejo mi canción;
amor, te vas de mí,
también me voy de ti,
lo nuestro terminó,
tal vez me extrañarás,
también yo soñaré
con esos ojos verdes como mares.
En la versión de Muñoz (la «mexicana»), amén del cambio del tempo, no se ha de morir y, el cambio mayor, se acaba la luz. Como fuere, ahí están los heptasílabos y, sobre todo, ese precioso endecasílabo final.
Como antes lo hiciera Javier, Manolo voltea a los maestros compositores y —ya se oye— en ese disco Llamarada (y la propia canción) interpreta con una apuesta (mejor no se puede hablar de ello, se sabe, con don Manolo) total a su voz. Conocedor del entonces juego, Muñoz pone su resto en la «Llamarada», y lo que sigue es historia: los 70 son de los baladistas y detrás de Muñoz, junto con José José, un grupo variopinto de cancioneros se darán a la tarea de, algunos, cantar.
Quizá podemos decir que esta es una de las canciones que sin problemas estaría en el cancionero javiersolista, no fue posible y está ahí presidiendo el recuerdo de Manolo Muñoz. Está muy bien, es la fecha que no encuentro mejor intéprete. Y es que, si bien no hace mucho Pepe Aguilar la grabó garbo con mariachi y Carlos Cuevas la canta regio, el sello de Manolo sigue siendo molde de esas y otras tantas versiones (aunque hasta eso no son muchas: no es cualquier canción para echársela al hombro).
De mariachi, por cierto, Aguilar no fue el primero: Muñoz, claro, lo hizo, y aquí un botón en vivo:
Y aquí la original del muy señor… «Llamarada»:
La Alegoría de la Venegas
octubre 4, 2011 § Deja un comentario
A mi par de abuelas
Toca el turno de invitar a este espacio a Julieta Venegas y su acordeón. Si Solís se dijo algunas veces norteño, Julieta Venegas más bien lo grita, y qué bien que le sale. Van estas líneas como una bienvenida a la frescura que gente como ella sabe impregnar en letras e interpretaciones.¿El botón? «Los 100 años de la abuela» de la compositora Cecilia Rascón.
Enseguida pensaremos en Chava Flores y su tertulia —y quizá en su México de ayer—, o bien, sencillamente, la tomaremos para el anecdotario. «Los cien años de la abuela», sin embargo, merecen una detenida atención (junto con Julieta, claro).
Editada independientemente (?), la canción es parte de un recopilatorio de, dicen, temas inéditos: Nuevo y Raro (2008). Circula por la red y es ahí donde atrapo estos casi siete minutos con Venegas y su acordeón. Son una joyita (que es como podemos llamar sin reparo a esas «anécdotas» rebasadas por tantas buenas y malas historias). Es, sobre todo, una alegoría —¿dije atrapo o atrapado?
El cumpleaños de la abuela “nana” Rafaela sirve de motivo —que no pretexto— para el recuento (No puedo evitar abrir este paréntesis para mi particular Rafaela, quien sin duda espera a que su colega lo cierre, y ambas me sigan siendo; sea.) No escuchamos la fiesta en sí ni al mero recuerdo (de algún ayer de México), Cecilia Rascón nos ofrece en seis estrofas (y su pilón) lo que México es por lo que ha sido. Mejor dicho, lo que gente como ella y su —ya escuchamos— maravillosa parentela es por lo que fue. En una canción estamos en el centro de una familia y somos uno más de esta.
Gracias a la autora podemos advertir la algarabía, los modos, las viandas, los dimes y diretes de los tiempos que ocurren en México. He dicho recuento pero en realidad la intérprete Venegas cuenta, narra, cantando. Así como Rubén Blades logró hacer una rica salsa con la biografía de Pedro Navajas, la compositora y la de Tijuana nos regalan (y a la abuela, claro) cien años y poco más en vastos minutos. A la luz —ecos dirán algunos— de Chava Flores, José Alfredo, corridos y acordeones, la cantante proyecta su voz con total frescura. Sin lamentos o carcajadas, los años de la abuela están llenos de bievenidos y acertados guiños (que uno es quien sabra cómo tomarlos). La cantante, quiero decir, intérprete, cancionera cabal, se limitó con creces a su labor.
Aquí el archivo musical y, debajo, la letra de la canción:
«Cien años de la abuela» (Cecilia Rascón)
Fuimos al rancho a ver a mi abuelita
que con orgullo su cumpleaños festejó;
pa’ celebrarlo reunió a toda la familia
en el ranchito que con mi abuelo fincó;
en el pastel pusimos cien velitas
y de un soplido todititas apagó.
Tomamos fotos
de toda la familia:
los padres con sus hijos,
que son nietos de la abuela
y sus hijos son bisnietos,
y hay también tataranietos
y hasta el perro se coló.
Cuando cantamos las alegres «Mañanitas»
de sus ojitos rodaron dos lagrimitas;
el tío Lorenzo se sentó a tocar el piano
y de un estuche sacó Félix su acordeón;
bailamos valses, jarabes y hasta jota,
también la polka de puntita y de tacón.
De la cocina
escapaban los olores
de chorizo con frijoles,
asaderos, chimichangas,
guacamole y nopalitos
para comer en taquitos,
agua y nieve de limón.
¡Ah caray, cómo ha crecido su familia!,
le dijo el cura a mi abuela Rafaelita,
seguramente suman más de ciento veinte
más nueras, yernos y consuegros de pilón;
también vinieron los compadres, los ahijados,
más los vecinos y el vaquero Filemón.
La abuela dijo
que cuando era chiquilla
andaba Pancho Villa
tirando de balazos
y agarrándose a trancazos
por la sierra en su caballo
pues había revolución.
Cuéntame, abuela, ¿conociste a Pancho Villa?,
¿había bosques en ese cerro pelón?,
¿cuánto costaba el kilo de tortilla
y qué veías si no había televisión?,
¿a qué jugabas si no tenías Nintendo,
computadora, patineta y compact disc?
Cuéntame, abuela,
del rancho y de mi abuelo,
¿cómo eran las ciudades
sin autos ni edificios,
sin luces mercuriales,
sin plazas comerciales
y sin contaminación?
A media tarde comenzó a abrir los presentes
que en una mesa se apilaban por montón;
quiero ver todos, sobre todo el más grandote,
y el más chiquito y el de en medio, por favor;
ábrelos pronto, abuelita, estoy ansiosa
pues casi llegas al que yo hice para ti.
Había perfumes,
aretitos y peinetas,
jaboncitos perfumados,
chocolates envinados
en cajitas arreglados
con moñitos adornados
y estos versos que escribí.
Cuando era tarde muy cerca de las doce
a los chiquillos nos mandaron a dormir,
antes pedimos a la abuela nos contara
de mi abuelito que del pueblo fue sheriff,
de sus andanzas por la sierra en su caballo,
arreando vacas de Agua Prieta hasta Tucsón.
Quiero aprender
canciones de zarzuela,
bailar como tu abuela
al compás de la pianola
pues no había sinfonola
ni sonido en grabadora
en los bailes de carquís.
Cuéntame, abuela,
de nuevo esas historias
de vaqueros y de apaches,
de españoles, irlandeses,
chinos, yaquis y franceses,
que fundaron estas tierras
donde yo mero nací.
Escuchamos primero —amén de las Mañanitas— una introducción que rinde homenaje, por un lado, a «Las otras Mañanitas» de Chava Flores en la grabación de Infante, y, por otro lado, a esas diarias reuniones donde cantantes amateurs pretenden por segundos ser la reencarnación de aquel Pedrito. Luego, el grito norteño de la Venegas avisa por dónde irá la cosa. Estamos ya en el campo fértil sembrado de velitas, música, baile, comida, gorrones, revolucionarios, modernidad, regalos, migrantes, en fin, pasado y presente. ¿Futuro? Helo ahí todo contenido: ¡viejos los cerros… y reverdecen! —nos avisó Julieta.
Evito pues entrar en detalles con la letra. Los versos me parecen al centavo y por tanto con un justo peso. Si en un baile de carquís podemos echarnos un guacamole con todo y trancazos, oyendo un compact disc haciendo de sinfonola, es que algo ha ocurrido ahí mero, en el crisol de, entre otros, apaches, chinos y yaquis.
Julieta Venegas y Cecilia Rascón saben de todo esto. Ahí nacieron, cien años —y más— las respaldan, así como a la abuela, que qué bien de su orgullo al festejar. De eso se trata, de contar con ello. Cuéntanos de nuevo, abuela. Cántanos de nuevo, Julieta.
¡Qué va!
NB. Este texto se modificó el 13 de septiembre de 2013 gracias a la comunicación de la autora de los «Cien años de la abuela». Cecilia Rascón (@lacecirecords en Twitter) tuvo a bien escribirme, aclararme y contarme incluso del lugar de nacimiento de esta canción: «de las tertulias familiares en casa de mi nana Rafaelita en Naco, Sonora».
¡Quiero! (el Pirulí dixit)
mayo 29, 2011 § Deja un comentario
Dos años ha que invitamos a Víctor Yturbe «el Pirulí» para interpretarnos —versión estudio-campirana— un popurrí javiersolista. Recién, selectos lectores, el canal de youtube VictorYturbeTV nos pasa nota de su reciente video en la red: el Pirulí en vivo y a todo color interpretando a Solís. Ello como parte de aquél programa de televisión Un canto desde Guadalajara, aquí el video (que incluye la introducción-presentación del programa, y a un espontáneo durante el show):
a partir del minuto 1:46, el Pirulí canta: Llorarás, Esclavo y Amo, Entrega Total, Qué va y Sombras. Qué buen combo, ¡quiero!
Ahora sí podemos del todo dar cuenta de la gracia y sentido cantar del Pirulí. De los pocos —y acaso ya se dijo y se sabe— que dieron su lugar en todo momento a Solís, y al resto de la pléyade de intérpretes de rancheras y boleros. Yturbe fue —junto con José José— de aquellos primeros intérpretes que procuraron una transición a la balada sin olvidar la deuda con el bolero. Es decir, sabía cantar y, sobre todo, lo demostraba cuando había que «volver» a los clásicos, entonces aprovechaba para, sin menoscabo de éstos, refrescarlos y, a final de cuentas, brindar otra versión muy suya y muy a la altura. Se agradece y se aplaude. ¡Qué va!
*Aquí (de nuevo) la versión de estudio, tomada del cedé «Tríos y Rancheras, Vol. 2»:
Lo que fue no será
mayo 15, 2011 § 1 comentario
Si hay algo que los seguidores de Solís podemos envidiarle al llamado «Charro de Huentitán», es una sola cosa: la grabación del disco Toda una época (CBS, 1973). Mejor dicho, la selección de canciones (algunas más bien poesía) de toda esa época, una, por cierto, anterior a la de Javier, por lo que vale la acotación de ser acaso —salvando distancias— la segunda parte de aquél su maravilloso disco Añoranzas (1958) —que incluyó doce joyas ya consagradas de apenas, digamos, no más de una década de edad.
Toda una época, su repertorio, no le pide nada a cualquier otro disco del género (e incluso de otros). Por supuesto, la interpretación de Fernández es otro boleto y aquí no interesa ni vale la pena comentar. La valía del disco es, insisto, la propuesta del recuerdo y el reconocimiento de aquellas joyitas que, en comparación con las incluídas en Añoranzas, suelen pasar inadvertidas en la memoria musical de entonces y ahora.
De principio a fin —y pese a la voz— las letras de «Santa», «Redención» o «Frío en el alma», nos hablan de un tiempo en el que el compositor procuraba en gran medida la poesía (y no será sino hasta José Alfredo en que, a mis ojos, esto volverá a ocurrir); así, por ejemplo, con endecasílabos y alejandrinos, resuenan las notas —la música, claro, es cómplice cabal— que subrayan, atención, a un bolero ranchero.
Si Javier se encargó de consolidar y encumbrar al bolero ranchero, resultaba natural que entre sus trabajos se incluyera algo como Toda una época. Imaginar la voz de Solís recorriendo paso a paso, con desvelos y sacrificios, ese camino de plata, de la mano de una santa mesalina que se fuera y le dejara con frío, para luego escucharlo decir, «mis ojos me denuncian, déjame llorar», es apenas redención y, quizá, nos hace llorar y preguntar, por qué no, ¿a dónde irán?… No hubo tal. Si bien la dirección musical y guía profesional de Javier fue —reconozcamos— certera en manos de Felipe Valdés Leal, gran pendiente es este tipo de material en la garganta de Solís.
Es lugar común mencionar alguna canción compuesta tras la muerte de Solís y argüir que sólo porque no vive, ya estaría en el repertotio javierista. Todas las canciones de Toda un época estaban ya en el aire, y sin duda alguna su grabación hubiera sido uno de esos placeres muy à la Solís (cf. Valses con banda). No será, el agasajo se lo llevó otro y, lo dicho, es lo único que envidiar.
Esta es la lista de canciones (aquí en lista de reproducción de youtube y aquí en Spotify):
- A dónde irán las almas de Rodolfo Mendiolea
- Déjame llorar de Alfonso Esparza Oteo
- Desvelo de amor de Rafael Hernández
- Frío en el alma de Miguel Ángel Valladares
- Hilos de plata de Alberto Domínguez
- Me dices que te vas de Miguel Prado Paz
- Mis ojos me denuncian de Manuel Acuña
- No hagas llorar a esa mujer de Joaquín Pardavé
- Redención de Miguel Prado Paz
- Sacrificio de Chucho Monge
- Santa de Agustín Lara
Cada una merece algo más que un párrafo, tanto ellas como los compositores son finísima tela para cortar. Por el momento valga la liga a algunos de sus intérpretes (¿hace falta explicar el por qué evito al mentado «charro»?), y aquí mismo un par de ellas —las que me gustan más—, «Redención»
y «Sacrificio»:
Finalmente, y no menos importante, los arreglos musicales que contiene esta precisa selección son elemento clave que, además, refuerza el celo por tal grabación. El mariachi es en realidad lo que hace del disco un maravilloso eco de otros tiempos y otras voces (incluídas, sí, la de Javier Solís). A diferencia de Añoranzas, en el disco que nos ocupa ninguna de las canciones tenía algún antecedente de importancia con mariachi, esto es, si «Amorcito corazón» bien pudo ser piedra de toque de las añoranzas, con Toda una época se inauguró formalmente la etapa ranchera de este particular cancionero de oro… Lo que nos lleva de nuevo a Solís: ¿cuántas veces no fue sino él quien se encargara de ser el primero en vestir con bolero ranchero a tangos, valses, baladas y, por supuesto, boleros? Aquí su voz siempre se echará de menos. El disco está ahí, se puede escuchar una y otra vez (aguantando la desatinada voz incluso en un par de recitados), las letras perviven de la mano del mariachi, en él los tiempos son uno solo y, ¡qué va!, Javier sólo se oye muy a lo lejos… sin escucharle. Fue sin serlo.
Imposible
febrero 10, 2011 § Deja un comentario
Imaginemos la escena: una gran pista de por medio y ahí en el rincón, a medias luces rojas y violetas, un grupo de músicos ataviados con traje de manta. Son por supuesto Los Xochimilcas, todos ahí los conocen y aplauden, así que está por demás la descripción. Pero no están solos esta vez, es decir, además de Martín Armenta (trompeta), Antonio Caudillo (batería), César Sosa (acordeón) y Francisco Gómez (contrabajo), les acompaña un hombre que, como ellos, sabe de guasa y, sobre todo, de buena música. Él como ellos se ha dado a la tarea de agarrar bien y parejo y cantar por ejemplo —lo afirma sin reparos— hasta Violetas imperiales con mariachi, si así se le pide y requiere. Esta vez, decía, Los Xochimilcas están acompañados de Javier Solís.
El ejemplar grupo de músicos está por interpretar al respetable (putas, señores, señoritos, damas, padrotes, en fin, parroquianos) una pieza musical del mismísimo, así lo anuncian, Flaco de Oro: Imposible. El coqueteo, las miradas (lascivas y curiosas) y las pláticas cesan junto con el vaivén de meseros, y sólo aquellos de paso experto y seguro —claro, un bolero-danzón no cualquiera— buscan el centro de la pista para hacer del baile un cómplice de Lara. Todo cual perfecto preámbulo de la introducción musical que correrá a cargo de, en este orden, la batería, trompeta y un certero acordeón.
Martín Armenta traza lo que Solís, al micrófono, redondea desde el primer endecasílabo: «yo sé que es imposible que me quieras». Cada uno en lo suyo hacen de Imposible una posibilidad perfecta de escuchar la comunión de voces extraordinarias; de metales finísimos, tanto la garganta de Javier como la trompeta de Martín nos regalan una interpretación que viste, al talle y al centavo, la inspiración de Agustín. Por supuesto, Sosa y su acordeón no se quedán atrás, y junto con el tempo de Caudillo y de Gómez, se completa el cuadro. Una maravilla.
Las parejas, por su parte, dan cortos pincelazos que iluminan la atmósfera y así el resto, acaso nosotros los testigos, obtenemos lo mejor de ésta nuestra especial noche. Músicos y cantante han cumplido con creces y el público conocedor también. El aplauso es sentido y nutrido, habrá quizá —siempre lo hay— quien pida otra vez por la canción, ¿envenenando así su corazón? Qué se le va a hacer, los músicos saben que amores y desamores son el verdadero público y que a ellos se deben. Vendrá de nuevo el golpe inicial, el soplo, la nota, la voz… el aliento.
Los Xochimilcas…
… y Javier Solís:
Brindis
A cinco años del primer post en la SOLISMANÍA, gracias mil por las visitas, lecturas y comentarios. A por más, que el javiersolismo nos espera y demanda, ¡qué va!
Actualización (2012)
Una estampa —muy bien pintada— a cargo de Natalia Lafourcade, ¡qué va!
[youtube http://youtu.be/NAgl-Vh0cNY]Esa tristeza del Pepe
enero 5, 2011 § Deja un comentario
No es mofa, al contrario, es reconocimiento al que, en mi opinión, es hasta ahora el intérprete popular que mejor ha sabido llevar la música vernácula de México. Pepe Aguilar (1968) sabe muy bien lo que hace, el cómo y a dónde, y su trabajo helo ahí. Además, y un punto muy a su favor, es de los que sabe reconocer (sin tapujos, cual debe ser) el lugar de Solís en la música y en el área que ya desde hace años pisa y canta.
El siguiente video es de recién descubrimiento de mi parte mas, curiosamente, da cuenta de un pasado lejano para Pepe (aunque, se sabe, veinte años no es nada). Extracto de la película El hijo de Lamberto Quintero (1990), los Aguilar dan, literalmente, rienda suelta a su mundo; si bien el producto en general deja mucho que desear, con todo y la breve aparición de Roberto Cobo y la mismísima Diana Golden, (aquí puede empezar a verse la peli en youtube), amén del padre se puede escuchar, sobre todo, a un jovencísimo Pepe que, a partir de ese año, retomaría (despuntando, dígase, con su voz) la senda musical del padre. El resto es historia y se sigue escribiendo; Pepe ha grabado algunos clásicos del repertorio javierista con tino y garbo y, ya se ve, los ecos de Solís siempre le han acompañado. Sin más, aquí de lo que hablo, Pepe Aguilar interpretando el tema del sonorense Antonio Valdez Herrera, «Esta tristeza mía»:
NB. Valga recordar que la SOLISMANÍA subió —antes que nadie— a Javier al universo de youtube precisamente con su tristeza (en vivo); lo dicho: al Solís lo que sea de él. ¡Qué va!
Atahualpa le canta a Javier: un corrido
abril 19, 2010 § 5 comentarios
Sí que lo es, el de la voz e inspiración es Atahualpa Yupanqui, nuestro gaucho cantor.
Esta es la letra del «Corrido a Javier Solís»:
Corrido a Javier Solís
(Atahualpa Yupanqui/Sebastián Britos)Amigos, canten muy quedo
que sólo se escuche aquí
porque asegún me dijeron
se ha muerto Javier Solís.Un corazón mexicano
templado como un violín,
amigo pa’ los amigos
tal era Javier SolísMujeres, muchas lo amaron,
según dicen por ahí
pero yo sé que una sola
lo ganó a Javier Solís.Un día será leyenda
si el pueblo lo quiere así
y en las guitarras del pueblo
volverá Javier SolísAmigos, canten muy quedo
que sólo se escuche aquí
porque asegún me dijeron
se ha muerto Javier Solís
Desde la llanura sureña se engendra este sencillo y sentido canto. Así como cantó a Neruda (Pablo nuestro que estás en tu Chile…), también Atahualpa lo hizo con Javier. Por si quedara duda del alcance de su voz, es ahí en la pampa donde uno de sus mayores cancioneros —acaso el más grande— le dedica coplas y el rasgado de su guitarra.
Poco o nada logro saber de la historia/circunstancias de este corrido. Sé de él a través de Heber Galicia (miembro del ClubYahoo JS). En la Fundación Atahualpa Yupanqui tan sólo se encuentra en el listado de canciones y más nada. Se consigue en uno de los cedés de la colección Magia de Atahualpa Yupanqui donde, por cierto, se le registra en el periodo 1974-1977, en particular el 10/09/76, así que, suponiendo que esa es la fecha de grabación del corrido, resultaría todavía más interesante el poder saber del porqué o cómo de la composición. Lo único que se me ocurre es que a diez años de la muerte del cantante, fue de esa manera en que Atahualpa le recordara. Le cantara.
Canten muy quedo, pide Atahualpa, cual confidencia hecha canto, así era como gustaba de llevar su arte. Cantante pa’ cancioneros, tal era él. Ambos leyenda: el pueblo lo quiere así.
Addendum
De los comentarios de esta nota rescato el de Marcos Britos, quien señala (desde Neuquén en la Patagonia argentina) que cuando el tío Sebastián Britos regresó de México, «tocó y cantó en su guitarra esta canción en mi casa como un homenaje personal e íntimo a Javier Solís».
La mejor voz que ha existido
marzo 21, 2010 § 1 comentario
En su momento (octubre 2006) ligué el video (entonces en youtube) de aquél programa Verdad y Fama (de MVS Televisión) dedicado a Pepe Aguilar, toda vez que él hizo una especial mención a Javier Solís: «la mejor voz que ha existido, maestro de maestros».
El video ya no está disponible en youtube pero sí en su respectivo espacio de MVS Televisión; aquí lo vuelvo a ligar:
La mención, reverencia incluída, ocurre a los 16 minutos. No está de más traerla a colación en este espacio. Sea pues.
Actualización
Aquí un video-“resumen”:
Esta tristeza mía
febrero 5, 2010 § Deja un comentario
Y de todos. Digámoslo de una sola vez: Javier Solís: Sus Grandes Éxitos con Banda (2008) es un trabajo mediocre. Producido por Pedro Rivera (padre de Lupillo Rivera y Jenni Rivera) y con la complicidad de la Banda Libertad, en este cedé la voz de Javier Solís es arteramente utilizada y se nos ofrece en una mezcla rupestre e injusta incluso con el auténtico sonido de la tambora.
No había querido escribir esta debida nota, un poco por tiempo (ya disculparán, caros lectores, la ausencia) y un mucho por lo que me exigía: escuchar completa y atentamente este particular disco. Fácil no es, pues más de una vez se tiene que parar la tarea de escuchar canción tras canción de esta obra sinvergüenza. No hay en ella un momento de descanso, voz y música no se alcanzan y su comunión es sencillamente inexistente. Ni siquiera el argumento de «reto tecnológico» disculpa la falta de seriedad y, sobre todo, noción musical de cada una de las diez canciones que integran este engrudo. La voz de Javier se pierde entre el sonido de la tambora, pues ésta en lugar de acompañarla pareciera que quiere competir con ella. Los metales, en particular, se encargan de desperdiciar la oportunidad que se tenía de hacer que Solís volviera a tener la grata compañía de la tambora, esta vez no para valsear (cf. Javier Solís Con Banda, 1959) sino para seguirla dotando de fuerza como en su momento lo hicieran José Alfredo, Infante, Pérez Meza y por supuesto el mandamás Antonio Aguilar, al interpretar rancheras y boleros rancheros con un acompañamiento de tal carisma como el que ofrece una regia tambora. Así las cosas, no se quiso y no se pudo. Hace casi un año, en la nota del 28/02/09, preví un balance apenas positivo. Me equivoqué. Aquella pequeña muestra que tenía (ie, un popurrí de las diez canciones) no dejaba ver la envergadura de la pifia. De las diez canciones no se hace una sola en que se pueda decir que sí, que vale la pena (nunca mejor dicho) tener este disco entre nosotros. Si algún crítico musical quisiera contar con ejemplos de desaliño, éste producto es uno muy bueno. Lo que pintaba como un proyecto temerario pero valioso, terminó siendo un amasijo de otrora éxitos.Dicho lo anterior, si he de quedarme —acaso para el anecdotario— con una canción de este producto comercial (que no musical), y que no subo por respeto al lector, sea pues: «Esta tristeza mía», último track y resumen cabal de las nueve canciones que le anteceden. Es decir: ya ni llorar es bueno.
Por aquí nos vemos y leemos. ¡Qué va!
Por Esto: Javier
diciembre 2, 2009 § 1 comentario
Por Alfredo Rodríguez
Transcurre la mañana, asisto desde el cuarto contiguo al de Girma, a audiciones de música, advierto comentarios, anécdotas. Ha pasado la hora de Los Latinos los de Estela Raval, los cinco grandes; «Solo tú, y solamente tú», posesibidad repleta de inmenso amor; «cuando el sol enamorado la luna ve», ahí está «la hora del crepúsculo», cantada en sus orígenes por los fabulosos Platters; así bebiendo bueno, llega José Tejedor, amigo entrañable, rey de victrolas, conectador de pueblo, «porque tu amor es mi espina, por las cuatro esquinas hablan de los dos», firma otro grande de México, el Rubén Fuentes de la «Vickina»; pasan la identificación de la emisora y anuncia el conductor por debajo de la bella «Sombras» que, llega la hora de Javier Solís.
Girma sintoniza bien el dial y sube un poquito, ahí está «mi amigo organillero».
Gabriel Siria Levario fue poseedor de una de las voces más cálidas y de uno de los timbres más hermosos que he oído en mi vida. «Tacubaya» no dejó nada para nadie. «Payaso, soy un triste payaso, ante el mundo estoy riendo y dentro de mi pecho, mi corazón sufriendo»; Javier, lavador de autos; ¿sabes cuántas penas lavaste y cuántos ojos humedeciste con tu brotar de sentimientos? La fría Garibaldi, donde tantas noches he pasado años después, me contaron de ti, una tarde una disfonía amenazaba con no dejarme entonar en los ochenta, allá, en el desaparecido Hotel del Prado, el empresario que me había llevado a México me condujo hasta el consultorio de un médico otorrino y foniatra muy afamado, y al llegar a su despacho te vi, Javier, enmarcado en un cuadro, pregunté solícito y el galeno me explicó que habías sido su paciente.
Entre anécdotas tuyas, enjuagues nasales, inyecciones endovenosas y calores, transcurrieron horas y sí que, además de la ayuda médica, las historias que sobre ti me hizo el facultativo, ayudaron a que a las 11 en punto de la noche este cantor estuviera «de paquete» y cantara en aquel bello recinto, que guardaba celoso aquel mural extraordinario del Diego de México y de América, del Diego de Frida, de Don Diego Rivera.
Cuentan que fuiste tímido con las mujeres por tu origen humilde que quisiste ocultar, a muchos en momentos de nuestras vidas nos ha sucedido, pero Javier querido: ¿Cómo superarte? Cinco veces firmaste siete papeles y te sobrevivieron nueve hijos, pareces contestarme con aquella canción por la que mereciste el primer disco de platino en 1957; sonríes y me sueltas: «¡Qué te importa!».
Fuiste amante admirador de aquel «Pedro de pueblo», del gran Infante, ¿quién escapó en América de su embrujo? ¿Quién no quiso subirse a una moto?, ¿quién no susurró al oído de una linda: «si te vienen a contar cositas malas de mí»?; pasados los años, una tarde al lado de Valdés Leal, tu aconsejador y amigo, quedándote con Pedro, encontraste definitivamente a Javier, y surgió el máximo comunicador del bolero ranchero de todos los tiempos, «Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso»; la comunicación, esa mágica perfecta, te salías de la vellonera y de las ondas, para cantarnos a cada quien.
Tu media voz se descolgaba sin desafinar, ni cromar siquiera. Justo a la Beltrán a Aguilar y a muchos más, hiciste cine, mucho cine, tanto como treinta y tantas películas, tuviste facultades naturales, muy espontáneas para la actuación. Hoy día te imitan los que se dedican a las imitaciones y cientos, miles de los que tienen carrera hecha y los que comienzan no pueden desprenderse de tu querer tan bien cantar.
Javier de idilio; me cuenta Mario, allá, entre tanda y tanda de fisiculturismo por Itzimná, que tuvo gusto en conocerte y ver cómo las «viejas» se desprendían de sus íntimas prendas y las lanzaban hacia ti, ¡ay, Álvaro Carrillo! ese es el mejor sabor; el sabor de ellas.
Síguenos dejándonos aquel «me recordarás, me recordarás, porque te he querido», ese sentido, no de machismo, pero sí de hombre, déjanos seguir saboreándolo desde tu decir.
Javier, muchas veces como tú, he cantado aquello de: «Ayúdame, Dios mío, ayúdame a olvidarla», otras junto a Paco y a ti, le he susurrado al oído: «cuando te haga falta una ilusión, háblame», en diferentes ocasiones fui de la mano de «Renunciación», para contarle que: «yo siempre fui lo que soy, jamás te diré mentiras», tú, Javier grande, desde tu Tacubaya querida, nos sigues dejando saber que muchos de los que andamos por momentos somos payasos perdidos en la penumbra de la noche, con risas y con llantos.~
Publicado el 01.12.2009 en el periódico Por Esto! (Mérida, Yucatán, México)