Inspiración de vivos y muertos
enero 11, 2018 § Deja un comentario
Ernesto de la Cruz es algo más que Pedro Infante, así lo aclara la misma Disney:

Y hete ahí a nuestro Solís:

Ya el mismo Marco Antonio Solís, quien prestó su voz al personaje en cuestión, lo aclaraba en algunas entrevistas; la audiencia, por su parte, de alguna manera lo intuía. ¿Qué de Javier tendrá Ernesto? La fama de la voz, quizá, pues la pinta, quién lo niega, es toda la parroquia de Infante; la voz en sí, un guiño más bien a Negrete; pero la fama, según Miguel, el niño de la película, pareciera que apunta a las razones de aquella de Javier: ser el mejor cantante.
Todavía más, ahora recuerdo, hay un momento de la película en que De la Cruz presenta a Miguel ante dos peculiares personajes: Negrete e Infante: ¿suple De la Cruz a Solís en ese particular encuentro? Es probable, sobre todo con esa aclaración de Disney como respaldo… U homenaje, tendríamos que decir, porque vaya que lo es, y más si miramos, y oímos, los que suelen hacerse desde suelo mexicano. Sobre esto último, la comparación es inevitable; tomemos como ejemplo, incluso, los más recientes cedés que la casa disquera de Infante sacó al mercado en el 2017 por los cien años del natalicio de Pedro: de una manufactura ínfima y lamentable. Con Javier tampoco hay para dónde hacerse, la mediocridad (entendida esta como falta de imaginación e ideas) de los últimos homenajes es de subrayar.
De unos meses para acá toma fuerza ya no sólo el regreso de los vinilos (o elepes), sino también la transmisión del sonido de alta definición por plataformas de música en línea: he ahí una gran oportunidad para sacar a relucir a Javier. Quién no querrá pagar por una merecida y cabal remasterización de sus grabaciones. Los Beatles y su Sgt. Pepper, por ejemplo, la están rompiendo con la edición de aniversario: Javier no les pediría nada con sus, ojo ahí, valses con banda o, qué va, Javier Solís en Nueva York, grabaciones que, sabemos los javiersolistas, guardan en buena medida la probada calidad javiersolista.
Pero volvamos a Coco, una muestra más de hasta dónde se nos ha metido el gran Javier. Recuérdenlo.~
Vasos comunicantes de Juanga y Solís
agosto 29, 2016 § 3 comentarios
«Y Javier cantó más lindo ese día»
—Juan Gabriel (en “Obertura mexicana”)
Ni diez años cumplidos de la muerte de Javier Solís y una nueva manera de cantar con mariachi tendría lugar: Juan Gabriel graba su primer disco con mariachi. El disco Juan Gabriel con el Mariachi Vargas de Tecalitlán (RCA Victor, 1974) cuenta con los arreglos y dirección de Fernando Z. Maldonado y Jesús Rodríguez de Híjar. El compositor de todas las canciones es, por supuesto, el prolífico Juan Gabriel; las interpretaciones del Divo de Juárez, sin embargo, son producto de esa combinación de nombres ligados a la música vernácula mexicana: Vargas, Maldonado, Rodríguez de Híjar. ¿Y Javier Solís?
Veinte años después de aquel disco de Juan Gabriel, Vikki Carr grabó en 1994 un homenaje a Javier Solís bajo la producción, dirección y arreglos de Chuck Anderson, un viejo conocido del universo javiersolista y, sobre todo, del de Juan Gabriel. Según palabras de Anderson —incluidas en el disco de Vikki Carr—, «la compañía decidió lanzar [a Javier Solís] de nuevo como baladista con orquesta», y fue así como surgió el Javier Solís en Nueva York (CBS, 1965). Los arreglos de Chuck Anderson son únicos en la discografía de Javier Solís, no así en la de Juan Gabriel. A Anderson le debemos, por ejemplo, los arreglos del original y vasto “Hasta que te conocí”, y en sí todos los del disco Pensamientos (Ariola, 1986), así como la producción del toral Recuerdos II (Ariola, 1984), donde anidó la gran “Querida”.
Anderson, pues, arreglando baladas javiersolistas; Maldonado, rancheras juangabrielistas. Éste alcanzó cimas con Javier Solís; aquél, con Juan Gabriel. Hoy ambos intérpretes son ya leyendas, Juan Gabriel recién dio el paso a la inmortalidad: vigente, aún en gira y con producciones al día, murió el 28 de agosto de 2016. Cincuenta años después de la muerte de Javier Solís, México acaso repetirá un adiós comparable al dado al de Tacubaya en ese su abril aciago.
Anderson y Maldonado no son sólo puntos en común entre Javier Solís y Juan Gabriel: forman parte más bien de un tejido musical que pocas veces se aprecia y sopesa. Cual buen lino, veámoslo así, la música arreglada en voces como las de Juanga y Solís da cuenta de finas arrugas que pesan al centavo y que dan razón de la calidad de la tela y del corte preciso. Las muñecas de las que habló Álvaro Carrillo cuando se refería a sus canciones, requieren para sus vestidos una maestría que no siempre se encuentra únicamente en la tela del intérprete: sastres como Anderson y Maldonado son necesarios. El cantante viste, sí; el arreglista, eso: arregla.
No serán pocas las crónicas que subrayen la maestría del artista Juan Gabriel, valdrá reparar también en su respaldo musical. Las coincidencias de la música suelen ser casualidades… o causalidades para este nuestro caso. Javier Solís cimbró su voz para la orquesta; con Juan Gabriel se aprovechó el armazón, y el mariachi orquestó lo propio. Seguirán los bienvenidos ecos. Hoy quitémonos el sombrero (de charro) para ponérnoslo: Juan Gabriel ha muerto, ¡viva Juan Gabriel!

PS. Un regalo javiersolista: Juan Gabriel cantando “El malquerido”, popular éxito en voz de Solís, creación del tico Johnny Quirós, ¡qué va!
PS2. Una más del universo javiersolista: “Esta tristeza mía”
Es una cosa grande
agosto 9, 2014 § 1 comentario
Hablar de Woody Allen en poco o nada nos acercaría a Javier Solís… hasta ahora. En su más reciente película como actor, Fading Gigolo (Turturro, 2013), Allen junto con John Turturro, en el papel protagónico, casi que se escucha al ritmo de Solís. Es su eco, sin duda, pues quien se oye es Vanessa Paradis y la canción de Domenico Modugno, “Tu si na cosa grande”.
Imaginen al javiersolista, caros lectores, ahí en medio de la película con un ojo al gato y otro a aquel gran garabato javiersolista. “Es una cosa grande”. Tema también de película, por cierto, ¿de cuál?; incluído en el recopilatorio Temas inéditos de sus películas (1984), Solís se oye con un mariachi que no le pide nada a orquesta alguna. Solís, digámoslo, otra vez en la vanguardia.
Modugno puso sobre la mesa uno más de sus éxitos sesenteros (en clave pop, dicho sea), y Solís lo hizo sonar a su manera: dobló la apuesta en la voz (restándole a la del acompañamiento musical). Plantadísimo en el centro, todo giró alrededor de Solís: pero logró desde ahí proyectar precisamente eso, algo muy grande. Y todo esto, original y cover, en acaso menos de un año, entre 1964 y 1965; en caliente, y aquí ya hemos hablado de tales ecos, calenturas y fiebres javiersolistas.
Cincuenta años después viene la bellísima Paradis a recordarnos aquella dupla Modugno-Solís. Uno la escucha y oye, insisto, no sólo a la versión original de Modugno y sus arreglos, sino también al peso de la interpretación de alguien como Solís. A saber si la francesa estuvo o está al tanto del mexicano; por lo pronto, Solís sí que estuvo atento a las posibilidades de la canción, y las llevó al límite.
Esta es la letra en español:
“Es una cosa grande” (D. Modugno)
Es una cosa grande tu amor;
Es algo que no puedo explicar;
Es algo con distinto sabor
Que me arrastra hacia ti cada vez más.
No existe nada igual que este amor,
Seguro que no puede existir,
Tú sabes que prefiero morir
a perder y no tenerte más junto a mí.
Qué grande lo que yo siento,
se queda pequeño el cielo,
Y nada en este mundo contigo,
contigo, contigo se podría igualar.
Es una cosa grande tu amor;
Es algo que no puedo explicar;
Es algo que no tuve jamás,
Es algo ideal, ¡algo muy grande!
Por allá un video con escenas de la referida película y aquí uno con imágenes de la artista:
Y Solís, claro, para cerrar con broche, y brocha, grande esta nota, ¡qué va!:
Envidia de la buena
julio 3, 2014 § Deja un comentario
Algo tendríamos que hacer en México con tanta envidida de la buena. ¿Exportarla, certificarla? Mejor escucharla.
Un bolero moruno, se etiquetaría, este de Mario de Jesús: “Que se mueran de envidia”. Solís lo graba para el disco El peor de los caminos, donde también se incluiría otro tema del compositor dominicano, “Adelante”. (Un disco por cierto potente, de campeonato.) Si bien “Que se mueran de envidia” no alcanza la popularidad de “Y” o “Adelante”, la composición de Mario de Jesús se acopla igual de bien a la voz de Solís. Escuchémosla:
El trabajo vocal es envidiable. El estribillo remata con una vuelta de hoja a aquellos primeros versos morunos: más que hablarle a la pareja, se quiere que esta sea la que hable (y grite); se saca lo ranchero, donde lo haya.
Que se mueran de envidia (Mario de Jesús)
Que se mueran de envidia toditos,
que critiquen la forma de amarnos,
que este amor tan sincero y bonito
no lo rompe nadie así por así.
Que se mueran de envidia y de celos
los que nunca han amado de veras
que este amor que es la gloria del cielo
no lo vive nadie, verdad que es así.
Dilo tú, dilo tú,
grita fuerte lo mucho que me amas,
que se enteren que no hablo mentira;
dilo tú, dilo tú,
que se llena tu pecho de orgullo
al sentir que mi amor es tan tuyo.
Es la tercera vez de Mario de Jesús en este espacio. Solís, por supuesto, siempre ha sido la mejor excusa, pero hoy es otro cantante quien brinda una excelente oportunidad para hablar del dominicano y del mexicano: el boricua Frankie Ruiz, el papá de la salsa.
En el homenaje a Rafael Cortijo, 1982, la Primerísima de Puerto Rico, orquesta de Tommy Olivencia, tiene como primera voz a Frankie Ruiz, quien se despacha bonito y sabroso con este “Que se mueran de envidia”, con todo y guiño mexicano:
Así es como los grandes importan y exportan envidia de la muy buena. De República Dominicana a México, de México a Puerto Rico. Certificado. ¡Qué va, qué envidia envidiable!~
Una noche como esta de aquellas
febrero 16, 2014 § 3 comentarios
Una decena y pilón es lo que Solís se echó a la bolsa en cuanto a covers se refiere. Once versiones de canciones en lengua extranjera cantadas (por primera vez) en español y, la mayoría, con el acompañamiento del mariachi. Además del italiano, las canciones originales fueron en francés (“Et maintenant” y “Plus je t’entends”), portugués (“Ninguém me ama”) e inglés (“Maria” y “Night and Day”). Acaso por su ‘familiaridad’, el italiano es lo que más cantó Solís en español; en este espacio hemos hablado ya de “Il mondo”, “Al di la” y “Dio, como ti amo”, restan “Ogni volta” y “Ho capito che ti amo”: hoy toca el turno de “Una notte così”.
Gracias a la comunicación de un atento lector, Miguel Duarte, es que llego a este tema que, me cuenta, “tiene un tono como de Disney” y “nunca lo ponen en ningún lado”. Lleva razón. Con un intermedio de trompetas, Solís suelta hasta su ¡qué va!, y sin duda la pasa tremendo en una noche como ésas. Seguramente hasta mejor que la “novia de México” Angélica María, quien después de Solís también grabara “Una noche así” y la hiciera popular en México. Porque lo cierto es que con Solís no lo fue. Es más, según los registros, todo indica que estuvo enlatada y no fue sino hasta cinco años después de su grabación que salió al mercado junto con otras diez canciones (en un disco raro donde los haya, pero sin duda de conocedores: ahí hay desde el alegre “Gocemos nuestra vida” hasta el rasgueo de “Voy”, pasando por un casi recitado “El adiós del soldado”, la versión con mariachi de “Infieno y Gloria” y una puntual “¡Ay, cariño!”; y por suerte disponible en digital).
Los autores de “Una noche así” son italianos: Bruno Canfora y Dino Verde; la intérprete original, algo más, es decir, italo-norteamericana: Connie Francis. “Una notte così” se grabó en 1964 y al poco tiempo ya estaba en boca de Solís con la versión en español de Luis Fernando (?) Marval. La ‘cubierta’, sin embargo, resultó mucho muy diferente a aquella que se popularizara con la joven Angélica María, que, al oírla, guarda sólo la distancia del idioma y es en sí una copia de la hecha por Francis. El de Tacubaya se ayudó del mariachi para más bien recubrir (y descubrir) la sorpresa de una noche así.
Las pausas y silabeo describen la particular noche. U-na-no-che-a-sí, subraya Solís, y con ello sin duda logra otra noche: no una italiana en español, sino, solísmente, una de aquellas. ¡Qué va! Esta es la letra:
Una noche así (Canfora, Verde, Marval)
Una noche así,
una noche como ésta,
no he visto yo jamás, jamás,
una noche así.
Una noche así,
una noche como ésta,
no debe terminar jamás,
una noche así.
En la quieta oscuridad
se escucha sin cesar
de besos el rumor;
siento que el cielo es mío,
tan sólo mío,
y allí estás tú, mi amor.
Una noche así,
una noche como ésta,
ya no podré olvidar jamás,
una noche así.
Única resulta esta velada. Insisto, tanto el arreglo como la interpretación son algo más que la versión en español de una canción italiana. (Y ni hablar de la otra versión de Angélica María donde además de la repetición del arreglo hay un gazapo: «se escuchan sin cesar de besos el rumor».) Solís escucha atinadamente el rumor de besos y aun la letra en español no aclare, como la italiana, que “allí estás tú conmigo”, no hay duda de que el canto se da entre gratísima compañía.
Solís dijo que quiso darle al mariachi una elegancia con el bolero. Hizo bien… y más: dio también al bolero la elegancia de su mariachi. Con Javier Solís el bolero se despertó y se encontró en su cama convertido en una excepcional criatura. Unos lo llamaron bolero ranchero; otros, bolero con mariachi; e incluso algunos, bolero arrancherado. Dijeron también que nació con un “Amorcito corazón”. Como sea, cada mañana kafkiana era javiersolista para el bolero. Y para una que otra canción pop: “Una noche así” es (otra) muestra de estos despertares de aquellos.
Vuelvo a la sugerencia del caro lector Duarte: se la agradezco y la cierro con una estampa de Disney, con una postal de Disneyland. No mía, sino del payaso triste. Una postal fechada en noviembre de 1965 que Solís enviara a la señorita Fabiola Siria, su “chaparrita de oro”, su pequeña hija de seis años.

Tomada del Twitter de Renata Chapa y cedida por la nieta de Solís, Avril Siria.
La cereza del pastel
enero 31, 2014 § Deja un comentario
Hace más de cincuenta años se grabó una canción que resultaría santo y seña no solo del intéprete sino también, y sobre todo, del compositor. “Esclavo y Amo” se sumó a los hits de Javier Solís y multiplicó la popularidad del compositor José Vaca Flores. A partir de 1961 Vaca Flores empezó su gran carrera como compositor; la trayectoria de “Esclavo y Amo” fue exponencial: después de Javie Solís, y de que él estableciera su canon, una centena de intérpretes se echó a la bolsa semejante piedra: con algunos, contados, resultó aún preciosa.
El propio compositor cuenta (en su página web) cómo Solís “exigió” su grabación exclusiva de la canción. Es decir, que acicateado por un amigo común (de Vaca Flores y Solís), este nuestro cantante estrella buscó al compositor para reclamarle aquello de que anduviera dándole canciones a la competencia, i.e., Marco Antonio Muñíz, y, acto seguido, finiquitó la grabación en cuestión de días. “Esclavo y Amo” salió al mercado junto con “El loco” (Cordero), y ambas, a la par, resultaron epónimos de Solís. (La de Cordero se editó en LP antes que la de Vaca Flores, que se incluyó en el LP El peor de los caminos.) La locura y la esclavitud tenían ya amo javiersolista. Marco Antonio Muñíz, por cierto, no grabaría “Esclavo y Amo” sino hasta en 1993 para su, oh, homenaje a Javier Solís y Pedro Infante.
“Esclavo y Amo”, como Solís, se sigue escuchando. Recién en el cine tuvo dos “apariciones”: con el grupo chileno Los Bunkers en la película Besos de azúcar (C. Cuarón, 2013) y con el grupo peruano Los Pasteles Verdes en la película Heli (A. Escalante, 2013). Esta última es la que motiva esta nota.
Hace ocho años la SOLISMANÍA comenzó a dar lata. Hace ochos años, días más, días menos, el primer audio que subí a este espacio fue precisamente “Esclavo y Amo”. Fue la primer canción semanal. Me permito, caro lector, traer unas líneas que en su momento escribí: «¿Una letra de amor y desamor? No, creo más bien una letra de pasión. […] Renglones que hablan de la debilidad y de cómo ésta nos puede hacer sentir fuertes. Claro, la debilidad carnal.» Esta sigue siendo mi lectura… sobre todo después de ver Heli.
«La pasión es así», dije también a la luz de tal sombra javiersolista, «nos hace ir de la sumisión al dominio». ¿Y qué se ve en Heli? Eso mismo. La esclavitud y la posesión. Un universo que se puede encerrar, contener, bajo un cielo estrellado del bajío mexicano, una casa con dos habitaciones para cinco personas, un par de paquetes de cocacína y una canción en la radio. “Esclavo y Amo” suena en voz de Aldo Guibovich, cantante de Los Pasteles Verdes, ¿por qué no con Solís?
El grupo peruano, originario de Chimbote, grabó el éxito javiersolista de Vaca Flores en 1974. Ellos, junto con grupos como Los Ángeles Negros, fueron sin duda parte de aquella ola setentera de agrupaciones baladistas que de México a Sudamérica tuvieron sus mejores años. Así, en grupo, interpretaciones de canciones como “Esclavo y Amo” cedían el protagonismo de voces como la de Solís; el conjunto cobraba importancia, y si bien la voz de Guibovich era ingrediente principal, el resto de la banda no se limitaba al mero acompañamiento. “Esclavo y Amo” es con Solís una amalgama perfecta; con Los Pasteles Verdes es una junta de música y voz… es Heli y su medio, ¿sus circunstancias? La garra es con Solís; el desgarre es lo que ha de oírse en la película. De película.
Las probabilidades de que en estos días (donde se ubica la historia) se escuche en la radio de México, en lugares como Guanajuato, a Javier Solís es mayor frente a la de Los Pasteles Verdes (pero no igual a la de aquellos años sesenta en los que historias como Canoa fueron trazadas). No por mucho: ellos, lo dicho, sí que tuvieron, y tienen, su espacio en la escena popular mexicana. Es pues natural oír a “Esclavo y Amo” con Los Pasteles Verdes en una escena de película donde una parejita de un medio rural se da una escapada para ver “secretos” mientras la radio del auto está prendida e incluso, al final de una canción de amor, él le hable a ella de matrimonio. Es natural.
Lo que no es natural, y se va por ello a buscar, es oír de nueva cuenta a “Esclavo y Amo” al final de una historia como Heli. ¿O sí lo es? Desafortunadamente en el marco de la historia también lo es. “Esclavo y Amo” vuelve a escucharse con esa voz tristona, chillona acaso, y el conjunto que la envuelve. No ha de ser Solís y su su fuerza lo que se sienta esclavo y amo, más bien sólo su eco a la distancia: la reinterpretación años después de un grupo baladista. El llanto de los violines no tiene lugar en Heli, lo importante ahí es algo todavía más chirriante, cansino. Una escena de sexo por fin consumado y un par de niños al sillón con las cortinas al viento, tras tiempos aciagos, crudos, cabrones, eso es ahora el preámbulo de una canción como “Esclavo y Amo”. Dicho de otro modo, si antes se oye por la radio, al final es lo único que queda por escuchar.
No son gratuitas las consonancias y asonancias de la letra de “Esclavo y Amo”, tampoco sus motivos. Solís lo supo, de ahí su canto; los grupos como Los Pasteles Verdes lo entendieron, de ahí su reinterpretación; películas como Heli de Escalante lo descubrieron, de ahí su inclusión.
Volvamos, para cerrar, a la canción. Vaca Flores se la dedicó a su esposa Esthercita. El compositor ahora está, en sus palabras, tranquilón, tiene incluso Twitter y por ahí llego a esta sencilla y valiosa versión acústica de un joven cantante mexicano que, a pesar de su andar televisivo, procura en buena lid el oficio. Sea pues, Yahir y su “Esclavo y Amo”:
Y, ¡qué va!, una estampa (tomada de la página del compositor) de Solís y Vaca Flores:

De izq. a der. Sr. Valencia, Javier Solís, José Vaca Flores, Alfaro Valencia, Felipe Valdés Leal, Rafael Carrión y Rodolfo Zamudio.
Una segunda de primera
diciembre 12, 2013 § 1 comentario
Entre rejas es como se escuchó. Ignacio Ramos, el nombre, puede no decirnos nada a los javiersolistas, pero aquél gran video de Javier Solís cantando en vivo “Las rejas no matan” de Tomás Méndez lo es en buena medida gracias a la segunda de Ramos, de Ignacio Ramos. Porque gracias a un minuto de (otro) video es que podemos ya ponerle nombre a esa figura que de entre las sombras salió a hacerle cabal segunda a la voz solista de Solís. Mientras otros echan mano de la tecnología para hacer duetos con los muertos, un Ignacio Ramos se puso vivo y helo ahí a la par, y a la altura, de Solís. Aquí su actuación:
Gracias a la usuaria Helena Luna en YouTube es que nos enteramos, un poco, de la vida del mariachi Ramos. Sesenta años de labor artística. Se lo ve y oye. Anda mal de la espalda, él, que con su voz respaldaba. A sus postales y recuerdos musicales se añaden las radiografías, tiene cuatro años sin poder tocar; a su violín se suman las mancuernas, ¿qué le resta? Más aplausos, y más minutos de recuerdos. Su segunda es también ya eco de tantas primeras voces. Pero se oye, aún se oye y sigue siendo la personificación de tantos aficionados (miles, por cierto, en YouTube) que buscan emular a los grandes… sin saber que quizá ya pueden, como Ramos, agradecer mano a mano el aplauso del respetable.
Tras 47 del 66
abril 19, 2013 § 1 comentario
Es en el final de su carrera cuando Javier Solís encuentra un particular norte volviendo al sur, al sur de los tangos. Él, quien buscó ser el “genial intérprete de tangos” con un Javier en ciernes, un Javier Luquín, se toparía con la luz de unas sombras; después vendrían “Y todavía te quiero”, “Pajarito cantor” y “En esta tarde gris”, todas con mariachi y la última también con orquesta, pero aquél 8 de febrero de 1965 fue de “Sombras… nada más”.
Como mandan los cánones, en plena tarde, sin madrugón y sin desvelo, Solís interpretó y grabó la letra de José María Contursi y música de Francisco Lomuto con los arreglos y dirección de Gustavo A. Santiago. La comparsa, según rezó la etiqueta del disco, corrió a cargo de los mariachis Jalisco de Pepe Villa y Los Mensajeros de J. Isabel Paredes. Desde la Argentina, pues, llegó la canción transgénero: un tango que pasó a ser bolero para llegar a lo ranchero… Para iluminar a Javier.
Salió a la luz con un —guiño lúdico— “Cuando calienta el sol” (de los hermanos Rigual); más tarde, en el aciago 1966, el disco de larga duración (LP) incluiría en el lado A: “Sombras”, “Cada vez (Ogni volta)”, “En mi viejo San Juan”, “Si Dios me quita la vida”, “He sabido que te amaba (Ha capito che ti amo)” y “Renunciación”; en el lado B: “Cuando calienta el sol”, “Retirada”, “Moliendo café”, “Qué va”, “Tu voz (Plus je t’entend’s)” y “Amanecí en tus brazos”. Así de macizo; no por nada en la contraportada se leyó lo siguiente:
Hechos, rostros y lugares que se esfuman en el pensamiento, formas difusas proyectadas en la pantalla del recuerdo; recuerdos desdibujados por el tiempo que se prenden insistentes en el corazón… Sombras nada más… Voz de cálidos matices e inflexiones mórbidas que se diluye en el espacio con sugerencias de pasados y vibraciones de actualidad; voz que traspasa los umbrales del alma, acompañando a las memorias pasadas y presentes; voz que ríe, que llora y que canta, para liberar a la expresión confinada en la lira del talento: voz que vibrando al unísono de la pasión que agita el alma del poeta, revela los más íntimos secretos del amor y la belleza.
Es la voz de Javier Solís, una de aquellas que tienen el timbre de la seducción y cuya expresividad recorre con facilidad toda la gama emocional del sentimiento. En este nuevo LP del gran artista, viene a corroborar sus éxitos anteriores, cantando como no lo había hecho hasta ahora, pues ha grabado estilos tan diferentes de canciones que es proeza admirable el hecho de dar a cada una de las melodías comprendidas aquí, su propia circunscripción destacando cada uno de los estados de ánimo que encierran.
He aquí el disco que esperaban los admiradores del artista sonorense [sic].
En la contraportada hay también una foto de Solís en plena sesión de trabajo. Sin adorno alguno, se le ve metido en su papel; parece estar en ese estudio de grabación, ése su playing field, ahí donde se (la) jugó, donde labró su garganta y la perfeccionó. Antes había ya dado campanazos varios: barnizó sin mácula creaciones de Lara, con y sin mariachi; “El loco” le brindó acaso su primer epónimo; esclavo y amo era ya del bolero ranchero y su entrega total llegaba hasta los valses con banda sinfónica. ¿Qué le faltaba? Sombras… nada más.
A partir de ese febrero de 1965, Solís subrayaría su calidad no solo con todavía una buena cantidad de grabaciones, sino también con sendos proyectos discográficos: Payaso, Y todavía te quiero, Javier Solís con orquesta y el Homenaje a Rafael Hernández y Pedro Flores. Se puede especular y decir que este LP de Sombras tardó un año en prepararse, pues la canción de Luis Demetrio, “Si Dios me quita la vida”, según la biografía de Solís, no se tuvo lista sino hasta la Navidad de 1965. El disco sin duda resultó ser algo más que grises sombras.
Dos años y meses antes de aquella grabación toral, en esa misma ciudad de México, nacía Aída Cuevas (24.09.1962); cuarenta y cinco años después de aquellas sombras javiersolistas, la cantante Aída Cuevas ganaría el Grammy Latino (11ª entrega) en la categoría “Mejor album de tango” con su disco De corazón a corazón… Mariachi Tango (Cuevas 2010), que incluyó, sí, “Sombras… nada más”.
La “reina de la ranchera” —como otrora el “rey del bolero ranchero”— toma un tango y lo cobija bajo el sombrero; devolviendo acaso el favor, en ese su premiado disco regresa las “Sombras” a su lugar de origen con apenas bienvenidos destellos de mariachi. Aída Cuevas —como otrora Javier Solís— se aventura en “nuevos” derroteros y sale premiada.
El tango “Sombras… nada más” le llegó a Solís con una letra distinta en su plena juventud: la original tiene algunas diferencias, Aída Cuevas lo canta manteniendo algunas. La principal, por supuesto, es el título: “Sombras”, a secas, terminan siendo con Javier (pues con Felipe Pirela aún tienen nombre y apellido). Aquí la letra “final” (con la versión original entre paréntesis):
Sombras… nada más (F. Lomuto y J.M. Contursi, 1943)
Quisiera abrir lentamente mis venas,
mi sangre toda verterla* a tus pies (vertirla)
para poderte demostrar
que más no puedo amar
y entonces morir después.
Y sin embargo tus ojos azules,
azul que tiene* el cielo y el mar (tienen)
viven cerrados para mí
sin ver que estoy aquí* (así)
perdido en mi soledad.
¡Sombras… nada más!
acariciando mis manos
¡Sombras… nada más!
en el temblor de mi voz
Pude ser feliz
y estoy en vida muriendo
y entre lágrimas viviendo
el pasaje* más horrendo(s) (los pasajes)
de este drama sin final
¡Sombras… nada más!
entre tu vida y mi vida
¡Sombras… nada más!
entre tu amor y mi amor* (entre mi amor y tu amor)
Qué breve fue tu presencia en mi hastío,
qué tibias fueron tus manos*, tu voz (tu mano y tu voz)
como luciérnaga llegó
tu luz y disipó
las sombras de mi rincón.
Y yo quedé como un duende, temblando
sin el azul de tus ojos de mar
que se han cerrado para mí
sin ver…
De principio a fin Solís mantiene el equilibrio y así, sobre la tendida cuerda, hace brillar su instrumento a fuerza de precisos movimientos. Sereno repasa los endecasílabos (à la italiana, ¿tango al fin?), reconcentrado borda el restante de las estrofas y remata el estribillo y sus octosílabos con una soltura cómplice del aire (y de una segunda con el mariachi), y Javier ahí y así, perdido en su soledad, se encuentra único e inalcanzable. El señor de sombras.
Aquí las “Sombras” de Solís:
Y aquí una versión en vivo donde no queda más que señalar el garbo del genial intérprete del tango Sombras… nada más:
[youtube http://youtu.be/r7hFz1qfFjM]Hay un detalle, avezado lector, con el que podemos despedir esta nota y recordar, oh luto, este 47º aniversario luctuoso de Javier Solís: el nudo negro en la garganta del cantor. Se trata de una corbata charra ya en desuso, e incluso excepcional para la época de Javier, que a manera de jáquima y simulando un gargantón, Solís solía vestir. Además de ese video, la corbata se puede ver en los otros cuatro que hasta ahora hay disponibles de Javier cantando en vivo (editados todos en el DVD A 40 años… me recordarás)… Y también en una foto que en enero de este año Aída Cuevas mostrara a sus seguidores en Twitter, esta es:

«Les comparto algo inesperado pero muy valioso para mí, la corbata charra de don Javier Solís. ¡Qué regalazo!», escribió Aída. Inesperado fue también aquel deceso del 19 de abril de 1966: «con el corazón no contaba», explicaría el médico Francisco Zubiria. Amar da drama, lo supo el corazón de Javier y lo contó. Lo cantó. Silos, seria soledad… es seda de los aires Solís.~
Recordar por omisión a Javier Solís
octubre 8, 2012 § Deja un comentario
Luis Miguel Aguilar escribe en 1981 las siguientes líneas de su texto «De Rigo Tovar a Juan Gabriel», leído como parte de un ciclo de conferencias, «La cultura popular», de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y publicado en la revista Nexos.
LA PUÑALADA RADIOFÓNICA (EN AUSENCIA DE JAVIER SOLÍS)
Pese a su condición de ídolo y su aceptación masiva considerable, lo más significativo de Vicente Fernández es que no pudo superar a Javier Solís, y que fueron inútiles los esfuerzos publicitarios por ponerlo a competir con el Ídolo de Tacubaya. En su papel inconfundible como intérprete de boleros rancheros y morunos, en Javier Solís hay una cualidad perdida o recuperable sólo al escuchar sus discos: una cualidad relacionada extrañamente con la nostalgia de los sastres y los ruleteros cincuentones, con el olor de las tintorerías viejas, con la mujer sentada desde hace media hora en la banca del parque con una bolsa pequeña de plástico y con el hombre de bigotito que llega por ella a las siete de la noche, con la cajera con un diente de oro que creció a la hija por su cuenta; con la revista Confidencias de tiempos mejores; con las loncherías y el cliente habitual, con los hoteles de paso en el viaducto Tlalpan y los choferes de Flecha Amarilla, con la brillantina Glostora y algún silbido solo en el mundo.
Lo que sea esta cualidad, es algo en extinción; algo que habla por la vida cotidiana de muchísima gente con más eficacia y soltura que otra gran cantidad de ídolos del radio que han sido y serán, incluyendo a Jorge Negrete y a Pedro Infante. Es una cualidad sensible como no ha vuelto a verse en el desfile de cantantes, y como cada vez se verá menos en el intercambio urbano de fidelidades amorosas.
Como ídolo, Vicente Fernández, la imagen de Vicente Fernández, sacada de un regreso a los viejos estereotipos, es una incomodidad. El más interesante de sus discos, El hijo del pueblo, muestra a Fernández en la portada con la chaqueta de caporal abierta, con el pelo en pecho, con la hebilla enorme del cinturón, con una silla de montar en las manos, con un caballo atrás, con machete al cinto, y pistola, y un sombrero gigantesco; y su estilo sigue repitiendo los mismos tics de cantante de ranchero: la maldición de las ingratas, estar siempre al borde del rapto, capitalizar los abandonos, declarar su valentía: en efecto, una incomodidad.
En El hijo del pueblo ni siquiera la canción de José Alfredo Jiménez que da título al disco sale bien librada frente a la tiesura de Fernández; más aún, la misma canción, interpretada por él, evidencia en cartón que, en la voz del propio José Alfredo, quería ser otra cosa. Apenas «La Ley del monte», una de las mejores letras de Ferrusquilla, y que junto con «Volver, volver» se volvió el hit más famoso de Fernández, logra mover un poco el cartón de su intérprete. Pero el interés real que pudiera despertar el repertorio de Fernández se da en las canciones del compositor Ramón Ortega Contreras, del que Fernández ha grabado varias. Hay en especial una canción de Ortega Contreras, incluida también en El hijo del pueblo, que merece unas líneas. Se llama «Escuché «Las Golondrinas»»: La canción dentro de la canción. Es conocida e inmejorable la canción de José Alfredo Jiménez donde José Alfredo Jiménez llega a una cantina a pedir una canción de José Alfredo Jiménez, es decir, Jiménez leyéndose a sí mismo. Más modesto, como sabiéndose un Quijote de Avellaneda, Ortega Contreras intentó también su magia parcial con «Las Golondrinas».
Es curioso ver las convenciones de la canción ranchera (hay la inevitable llegada a la cantina a pedir tequilas, etcétera) haciendo ya sus citas y sus referencias clásicas gracias a la modernidad que supone la difusión masiva, en la convicción de que nadie sabe a qué hora le llega su proustiana chilindrina y el desquite retroactivo de la memoria.
Así, lo más interesante de Vicente Fernández casi no tiene que ver con él; es lo que permite, por un lado, recordar por omisión a Javier Solís y asomarse, por el otro, al compositor Ortega Contreras (otra de sus piezas, «La ley de la vida», es todo un catálogo de la selva urbana). En Ortega Contreras hay que saludar al primer lírico ranchero en el que un contra tiempo sentimental no es nada comparado con el poder de una trapera puñalada radiofónica.~
Arriba con la Downs
agosto 8, 2012 § Deja un comentario
Valga una imagen fantástica de fan a fan, de seguidor a seguidor, de javiersolismanía.
Es la Downs, la carismática Lila Downs, quien, como uno seguramente, aprovecha los mejores momentos para hacer ver (y seguramente oír también) al buen Solís. Así, en un tuit sube la imagen a la red y hela ahí, chula de bonita.
Vale también escuchar a la oaxaqueña y su versión de «Dios nunca muere»:
