Descálzate y bésame mucho, Cize
diciembre 19, 2011 § 4 comentarios
In memoriam Cesária Évora (1941-2011)
Si mal no recuerdo, esta particular obra de Consuelo Velázquez fue el bis de aquella velada en el noble Bonn, donde la reina de la morna, Cesária Évora, llegó partiendo plaza. Ahí, a cielo abierto, entre dos museos de arte, Cize cerró su concierto con su «Bésame mucho», es decir, con el mejor que hasta ahora se ha grabado y escuchado. Yo no iba listo para tanto, apenas y me enteré de la visita y el mismo día, horas antes, conseguí la entrada. Todo el concierto fue una gozada, pero aquello fue sencillamente la apoteosis en vivo y a todo color de este tan querido y añorado Bésame.
Solís la grabó, sí, como tantos más, y la interpretó, sí, con esmero y cuidado (como pocos), pero ni con él ni con nadie tenemos la mejor interpretación de esa súplica: bésame, bésame mucho.
Consuelo, cuenta la anécdota, la compuso en su adolescencia y sin haber siquiera besado, de ahí, quizá, la originalidad: al no tener idea de cómo podía ser un beso, no quedaba más que pedirlo mucho, como si fuera la primera y última vez. Y así, cual debut y despedida, Cize nos regala un arrebatadísimo ósculo. La tierra la besa y ella a nosotros; su voz va despidiendo roces y caricias que corresponden, de principio a fin, a la cándida letanía.
Décadas tuvieron que pasar para tener en el mercado una grabación de esa talla. Insisto, es la mejor por mucho de tantas versiones habidas y por haber. Vaya, hasta el acento caboverdiano es preciso y puntual; la joya latina (recordemos que la canción es parte del Latin Grammy Hall) encontró en una africana insular a su embajadora ideal. Évora llevó consigo a «Bésame mucho» y, como lo cuento, aprovechó tantos momentos para cantar y encantarnos.
¿Qué más hemos de decir? Nada, sólo escuchar… Gracias, Cize, ¡qué grande!
Carrillo no se nos olvidará
diciembre 2, 2011 § 1 comentario
Hoy dos de diciembre se cumplen 90 años del natalicio de Álvaro Carrillo. Este espacio ya ha hablado de él y, sobre todo, ha escuchado sus creaciones en voz del sempiterno Solís. Hoy, dos de diciembre, volvemos a Carrillo para celebrarlo con la última grabación de Javier de una de sus muñecas: «Se te olvida».
Canción hecha dos por un capricho telenovelero, Pepe Jara —nos cuenta él mismo en sus memorias— la canta «para calarla» en una reunión de amigos, y Ernesto Alonso, «nervioso y emocionado», la pide para su telenovela (ya al aire) La mentira (1965). Y le cambian el nombre. Desde entonces, con Jara, se catapulta y se consagra, pues sin duda él sigue siendo la medida ideal para tremendo bolero (quizá compartiendo lugar con su mítico, también de Carrillo, «Andariego»).
Ese mismo año de la telenovela, Javier la graba y la hace, al fin Solís, bolero ranchero. Se incluye en uno de sus mejores discos, Payaso, con arreglos y dirección de Fernando Z. Maldonado, Rafael Carrión y Gustavo A. Santiago. ¿El mariachi? Según la contraportada del disco hubo tres: Jalisco (de Pepe Villa), Nacional (de Arcadio Elías) y América (de Alfredo Serna). El lado B del acetato abre pues con este «Se te olvida (La mentira)»:
Todavía más, de las contadas grabaciones que Javier tiene cantando en vivo (es decir, aquellas que se han hecho públicas), una de ellas es —¡qué va!— «Se te olvida». Editada en aquél cedé-devedé A 40 años… Me recordarás (el cual ya hemos referido aquí). Ahí podemos ver a un Javier pleno, a pelo, echándose como pocos esa joya del Negro. Sin necesidad de gritos o alardes técnicos, él se limita a cantar e interpretar. Él, Solís, hace esto:
La escena es de aquel programa de televisión Noches tapatías, del que también, por cierto, se editó un cedé-devedé (en 2006) y en donde se incluye tan especial interpretación.
Así las cosas, no queda sino celebrar a Álvaro con más interpretaciones de este calibre, y mandarle, que no se nos olvida, el más sentido… ¡qué va!
Diez años de Solís con Carrillo en el Salón de la Fama
noviembre 29, 2011 § Deja un comentario
Cuando redacté aquella nota semanal sobre el «Sabor a mí» de Álvaro Carrillo en la voz de Solís, no tenía idea de que para esas fechas (2006) tal canción e interpretación cumplían cinco años de haber ingresado al Salón de la Fama del Grammy Latino. Por suerte, me entero gracias a Mario Carrillo de tal suceso, y van aquí estas líneas para celebrar la década de ingreso.
En el 2001 fue establecida la sección latina del mítico salón de la fama de la Recording Academy, el GRAMMY Hall of Fame, con el fin de rendir homenaje a aquellas «primeras grabaciones de perdurable calidad o valor histórico». Los ganadores, explica la Academia, son seleccionados anualmente por expertos en la materia.
A la fecha son once canciones (sencillos) que están enlistadas. Lo curioso, por decirlo de alguna manera, es que se registran sólo con los intérpretes (que no siempre, se sabe, son también los compositores). Así, además de «Sabor a mí», se puede leer que «Bésame mucho» (¡en género tropical!) de Consuelo Velázquez tiene a Pedro Vargas como autor, o «El reloj» y «La barca» (¡también en tropical!) de Roberto Cantoral, tienen a Lucho Gatica. El resto de canciones son: «Desafinado» (Jobim/Mendoza) con João Gilberto, «El día que me quieras» (Gardel/Le Pera) con Carlos Gardel, «El manisero» (Moisés Simons) con Don Azpiazú, «Garota de Ipanema» (Jobim/Moraes) con Antonio Carlos Jobim, «Mambo No.5» de y con Pérez Prado, «Oye cómo va» (Tito Puente) con Santana, y «Somos novios» de y con Armando Manzanero.
«Sabor a mí» está pues con Javier Solís echando de menos al entrañable Álvaro. Es la única con el género regional-mexicano, por lo que al menos es seguro que los señores de la Academia estaban escuchando a Solís con su mariachi, su bolero ranchero.
Grabada en 1960 y editada en el álbum Enamorado de ti, no cabe duda que el talento de esta dupla apenas y cabe en ella. Cuántas grabaciones habrá tenido en su momento (sobre todo con tríos, e.g., Los Panchos) y es Solís quien se alza con el honor. Porque sí, sin duda la canción vale toda por sí misma, pero las muñecas —lo habría dicho Carrillo— no pueden ir desnudas, alguien tiene que vestirlas. Javier lo hizo y de qué manera. Ahí queda ya su grabación, su interpretación, su corte, su —digámoslo— creación a la medida perfecta, en un aparador que, con todo, contiene una muy buena muestra del alcance de la música. No es fama, qué va, es calidad histórica… saboreada en su mejor sazón.
Con las canciones de Javier Solís
noviembre 28, 2011 § Deja un comentario
Con las canciones de Javier Solís
es tan fácil perderme con su voz,
por qué negarlo, soy el más feliz.
y decir como aquel Garcés: ¡arroz!,
con las canciones de Javier Solís. Es cosa de admirar cada matiz,
notar cómo me cubre su albornoz,
por qué negarlo, soy el más feliz. Es que percibo cálido barniz
aún en la frialdad del altavoz
con las canciones de Javier Solís. A donde vaya cabe en mi veliz,
Señor de Sombras, luz para mi hoz,
por qué negarlo, soy el más feliz. Es en pocas palabras la raíz,
música, sentimiento tan feroz,
con las canciones de Javier Solís,
por qué negarlo, ¡soy el más feliz!
La llamarada al azar
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
Para esos ojos verdes como mares
Donde el azar es el llamado «señor llamarada»: Manolo Muñoz. A poco de darse a luz, Muñoz graba (en 1976) lo que será —al menos en México— su tema epónimo. De la autoría de colombiano universal Jorge Villamil, Manolo logra gracias a su flexible voz una «Llamarada» que da bienvenida correspondencia a aquellas «Espumas» (también de Villamil) de nuestro Solís. Aquí pues un paréntesis musical para aplaudir al buen Muñoz.
Heredero cabal de las glorias de Jalisco, Muñoz entiende que lo mejor es abrir camino a su manera pero a la altura: es el primer solista rocanrolero que graba en español a los nacientes clásicos del rock de los sesenta. Así, bien mirado, no desentona en nada al lado de Javier en —ya la platicamos aquí— la película Un callejón sin salida (1964), ahí, jovencísimo y a sus anchas, nos muestra de qué puede ir su arte.
Pasan años, más churros de películas y versiones en español de canciones en inglés, caravanas artísticas, venidas e idas, y llegan los 70 con contados intérpretes de la talla de la otrora pléyade. Manolo sigue ahí, en solitario pero acompañado ya de Guzmanes, Costas y Vázquez, compartiendo la lánguida escena musical. Ni el bolero o la ranchera tienen la fuerza de antes, y es la balada (y la fotogenia) lo que reina sin par. Surge la llamarada.
Con unos arreglos (de Moisés Ortega) que prescinden del original pasillo colombiano, es la voz de Muñoz lo que catapulta y enciende. (Todavía más, en el disco homónimo se hallan otras joyitas que sin duda hacen eco de la valía de la luz de Manolo.) La canción, cuenta su autor, nace tras la historia de amor de una pareja donde, recién casados, él —doce años mayor que ella— tiene un desliz con la hermana (de ella) y con todo siguen juntos, y no es sino años después que rompen y entonces Villamil escribe, en 1972, su espléndida «Llamarada».
La letra tiene, podemos decir, dos versiones, la colombiana y la mexicana. La primera, desde luego, es la del autor tal cual, hela aquí:
«Llamarada» (Jorge Villamil)
Necesito olvidar
para poder vivir,
no quisiera pensar
que todo lo perdí;
en una llamarada
se quemaron nuestras vidas,
quedando las pavesas
de aquél inmenso amor,
y si no he de llorar,
tampoco he de reír,
mejor guardo silencio
porque ha llegado el fin,
lo nuestro terminó
cuando acabó el amor,
como se va la tarde
al ir muriendo el sol.
Siempre recordaré
aquellos ojos verdes
que guardan el color
que los trigales tienen;
a veces yo quisiera
reír a carcajadas,
como la mascarada
porque ese es nuestro amor,
pero me voy de aquí,
te dejo mi canción;
amor, te vas de mí,
también me voy de ti,
lo nuestro terminó,
tal vez me extrañarás,
también yo soñaré
con esos ojos verdes como mares.
En la versión de Muñoz (la «mexicana»), amén del cambio del tempo, no se ha de morir y, el cambio mayor, se acaba la luz. Como fuere, ahí están los heptasílabos y, sobre todo, ese precioso endecasílabo final.
Como antes lo hiciera Javier, Manolo voltea a los maestros compositores y —ya se oye— en ese disco Llamarada (y la propia canción) interpreta con una apuesta (mejor no se puede hablar de ello, se sabe, con don Manolo) total a su voz. Conocedor del entonces juego, Muñoz pone su resto en la «Llamarada», y lo que sigue es historia: los 70 son de los baladistas y detrás de Muñoz, junto con José José, un grupo variopinto de cancioneros se darán a la tarea de, algunos, cantar.
Quizá podemos decir que esta es una de las canciones que sin problemas estaría en el cancionero javiersolista, no fue posible y está ahí presidiendo el recuerdo de Manolo Muñoz. Está muy bien, es la fecha que no encuentro mejor intéprete. Y es que, si bien no hace mucho Pepe Aguilar la grabó garbo con mariachi y Carlos Cuevas la canta regio, el sello de Manolo sigue siendo molde de esas y otras tantas versiones (aunque hasta eso no son muchas: no es cualquier canción para echársela al hombro).
De mariachi, por cierto, Aguilar no fue el primero: Muñoz, claro, lo hizo, y aquí un botón en vivo:
Y aquí la original del muy señor… «Llamarada»:
Javier Solís es el muerto
octubre 25, 2011 § 1 comentario
Ya sólo canta las de Infante. Don Levas quería hacerla de payaso pero la risa ya no le daba y decidió ser vagabundo. Eso sí, de vez en vez chifla las de Solís ¡y claro que le salen rebién! Una vez por poco y hago que cantara una… pero le ganó la nostalgia. Es más, las de Infante más bien las tararea.
Recuerdo aquella noche tras su actuación en Tijuana, nos colamos tu padre y yo a los camerinos y enseguida me reconoció. Me saludó como cuando chamacos y —a saber por qué— ahí luego luego me agarró de cómplice. «Dile a tu chavo que se vaya a ver a las bailarinas, tengo que pedirte algo muy importante», me dijo. Ya solos, yo todavía quería bromear con él al ver la cantidad de chamacas que esperaban en la puerta, « ¡qué bárbaro, quién te viera, allá en la colonia repartiendo la carne y ahora no te das abasto con tanta!». No estaba de humor y me explicó su plan. «Caray, tú sí que te tomas muy a pecho eso de las sombras», dije, e insistió con los detalles del plan. «Será pan comido, si ya ando malo desde hace tiempo con tanto trabajo que me cargan», dijo con amargura, «tú solo te metes en la clínica y que todo sea como de película, y no te olvides de los hielos». Hice lo pactado y dejé que todo tomara su curso. Años después, cuando tú ya tenías unos siete u ocho, lo volví a ver y creo que hasta tú también. ¿Te acuerdas de aquél teporocho que te sacó la pistola nomás porque te le quedaste viendo?, pues el de al lado, el que se la bajó y disculpó con tu padre, era Javier, digo, don Levas, que a partir de ahí volvió a andar sin compañía (como cuando dicen que se le veía en Garibaldi). Ni tu papá lo reconoció, con esas barbas pues ni quién… pero yo sí: los amigos se reconocen hasta sin cara. Por la noche de ese día lo encontré y —como otrora acordamos— no pregunté nada de aquel abril, le invite un taco y si te vi ni me acuerdo. Tú sabes que yo siempre le fui más al Pedro y nunca te dije por qué: es que de esa manera evitaba al mentado Javier. Y mira, ni cuando lo escuchábamos juntos te diste cuenta de lo mucho que tengo que ver con Levas. Claro: Levas, así será siempre para mí, si desde escuincles le decía así, qué acocil o yaqui ni qué ocho cuartos, ¡Levas!, ¡don Levas! Bien ganado ese Levario por su tío Valentín (que no por su madre, eh). El don se lo dije, me acuerdo, en una de esas caravanas Corona donde fui una vez con tu abuela y hasta me la chuleó el condenado: « ¡no se mande, don Levas, no se mande!». ¡Cómo nos reímos! Todo esto para mí es una confesión, ni tu abuela sabe lo que hice, pero tengo la conciencia tranquila. Esa infancia con la palomilla y con el Levas da licencia hasta para jugar con la muerte. Tacubaya nos quedaba chica y a aquél más. Levas todo el rato cantaba, a veces hasta con los puños. Fíjate que le vino bien el Solís: desde siempre era cosa aparte. Las últimas veces que lo vi en la colonia él ya estaba agarrando camino por la artisteada. «Qué suave, Levas», le dije una tarde, «ojalá que te vaya muy bien y en una de esas hasta al Pedrito le llegas». Y ya ves… No sé si eso era parte del plan, lo único cierto es que ya estaba muy cansado de tantos churros de películas y de tantas grabaciones. ¿Cantar? ¡Claro que le gustaba! ¡Para eso nació! Pero, caramba, esa vida de arriba a abajo con cualquiera acaba. Hizo bien el Levas en matar al Solís: sólo los muertos nos seguirán hablando y cantando de cerquita. Tú lo sabes ya, ¿cuántas veces habrás leído estas líneas? A meses de mi muerte me dijiste que un día ibas a escribir sobre Javier. No te dije nada, más bien me puse a pensar en estos párrafos. ¿Sabes a quién le conté? A Levas, por supuesto. Lo vi otra vez, caminando recio, como si el tiempo se hubiera detenido en él, le platiqué un poco de mis achaques y de ti (con él ya sólo se habla de la muchacha que pase al momento o del perro que alimentó el día anterior); me dijo que qué gusto, que no se nos olvidara hablar de los compositores y que no nos metiéramos en su vida personal, que para qué. «No, si es cosa del muchacho nada más», le aclaré. «Ah bueno, mejor aún», dijo. Así que aquí tienes, me declaro culpable de la muerte de Solís. A quién le importa, ni a ti ni al Levas ni a los que lo vean pasar. No te preocupes en buscarlo, ¿a poco crees que podrás dar con él? Qué va, así como solo se hizo de un nombre, también así puede deshacerse de uno o más. Porque yo, como te cuento, únicamente hice lo que él me pidió, lo que él cuidadosamente trazó, yo solamente estuve a las vivas de que no se nos pasara la hora, y entonces sí se nos muriera el muerto; afortunadamente, en la segunda parte del plan, burlamos con facilidad a la gente que aún merodeaba el lugar y aquella madrugada además de mí salieron otros dos del panteón: Levas y su sombra. Apenas llegamos al Camino Real de Minas nos separamos y no lo volví a ver sino hasta aquella vez del teporocho. La última, por cierto, fue antes de que me internaran en el hospital (que es de donde ahora te escribo esto). Me dijo que se iba a Sonora, ya sabes cómo siempre le llamó esa tierra, le deseé suerte y lo vi alejarse por la calle del pueblo, mascando hielo, cargando con el muertito.«Atino bolero: llórelo, bonita»
octubre 23, 2011 § 2 comentarios
A ella, la mía
La sentencia (y también palíndromo) es para una voz javiersolista. Así le dije a su autor, Pedro Poitevin, y tomo pues la oportunidad para hablar de una canción que está a punto de cumplir los setenta años de edad y sigue manteniendo la lozanía con la que nació: «Bonita».
Engendrada en 1942, disco de oro en 1945, inmortalizada en 1947 en Músico, poeta y loco con Tin Tán enamorando a Meche Barba, la canción debe por igual a Luis Arcaráz (música) y a José Antonio Zorrilla Martínez (letra). Aquél, quizá por la fuerza de su orquesta, suele llevarse todos los créditos y, de hecho, acaso como homenaje póstumo Javier Solís (le) graba en 1963 ese tremendo disco Prisionero del Mar, incluyendo una constelación de canciones inolvidables (algunas ya revisadas en esta bitácora), con «Bonita» una de sus mejores, por supuesto.
El yucateco «Monís» Zorrilla por suerte sí logra dar cuenta de tal grabación de Solís… y a saber si secunda o no aquella afirmación de Arcaráz sobre «Bonita» y —dicen que dijo— «su mejor interpretación por Tin Tán».
Sin duda, no hay entre 1947 y 1963 una versión mejor que la del entrañable Pachuco: Arcaráz tenía toda la razón… ¿pero qué tal a partir de 1963?
A veinte años de nacida, Javier nos regala la otra mejor interpretación de «Bonita»; sólo alguien a la altura de Tin Tán, pues, pudo llegar con el mariachi y pedir hacer pedazos el espejo. Aquí habrá que detenernos en la letra de Zorrilla: si bien la orquesta de Arcaráz es insuperable y en mucho ayudó a aquella interpretación de Tin Tán, con el mariachi al lado el reto era mayor, y solo Solís ha podido con él: fue sobre todo con una «vuelta a la letra» que logra tan magistral interpretación. Hela aquí con su letra:
«Bonita» (Arcaráz y Zorrilla)
Bonita,
como aquellos juguetes
que yo tuve en los días
infantiles de ayer.
Bonita,
como el beso robado,
como el llanto llorado
por un hondo placer.
La sinceridad
de tu espejo fiel
puso vanidad
en ti;
sabes mi ansiedad
y haces un placer
de las penas que tu orgullo forja para mí.
Bonita,
haz pedazos tu espejo,
para ver si así dejo
de sufrir tu altivez.
Solís atina en cada frase, las sopesa y entonces los versos de Zorrilla vuelven, digamos, a su estado natural: la poesía. Quiero decir que esta vez aquel swing, aquel big-band de Tin Tán y Arcaráz son reemplazados por un implacable bolero, un mariachi, un Zorrilla y Solís.
Tomemos como ejemplo la segunda estrofa, esa muy redonda, muy honda, donde Javier frasea al centavo y en verdad recita cantando como nadie (con un hondo placer). Luego, lo mejor, la ternura que impregna al tercer bonita es de una naturaleza afortunada; está a punto de pedirle lo más a la bonita y lo hace con la voz al cuello: haz pedazos tu espejo. Decía de la letra de Zorrilla y este es uno de los heptasílabos que compiten con la bonita misma. Ese espejo es en realidad el protagonista de la canción, es por él que la bonita existe (y acaso todas); de ahí que, creo, Solís soltara un acertado «¡qué va!»: si de tan solo espejos se tratara… Bonita se sabe, bonita se es (y llorar es bueno).
A dos años de los cincuenta de aquella grabación, aún no hay quien la empate o supere. De Tin Tán a Solís «bastaron» quince años, ¿será tan difícil con tales antecedentes? Lo dicho, no es que Javier superara a Tin Tán, más bien él entendió por su cuenta a Zorrilla y Arcaráz y fue así que nos legara tal joya. Han pasado lustros y un etcétera de cantantes se han limitado a las meras réplicas (pasando por desafortunados cambios de letra en Bellas Artes cortesía de A. Fernández, i.e., «de tu espejo cruel»).
Así, he aquí una muestra (más) de lo exclusivo que gente como Zorrilla, Arcaráz y Solís pueden lograr. No queda sino recordar, reconocer y aplaudir… Llórelo, bonita.
¡Qué va!
La Alegoría de la Venegas
octubre 4, 2011 § Deja un comentario
A mi par de abuelas
Toca el turno de invitar a este espacio a Julieta Venegas y su acordeón. Si Solís se dijo algunas veces norteño, Julieta Venegas más bien lo grita, y qué bien que le sale. Van estas líneas como una bienvenida a la frescura que gente como ella sabe impregnar en letras e interpretaciones.¿El botón? «Los 100 años de la abuela» de la compositora Cecilia Rascón.
Enseguida pensaremos en Chava Flores y su tertulia —y quizá en su México de ayer—, o bien, sencillamente, la tomaremos para el anecdotario. «Los cien años de la abuela», sin embargo, merecen una detenida atención (junto con Julieta, claro).
Editada independientemente (?), la canción es parte de un recopilatorio de, dicen, temas inéditos: Nuevo y Raro (2008). Circula por la red y es ahí donde atrapo estos casi siete minutos con Venegas y su acordeón. Son una joyita (que es como podemos llamar sin reparo a esas «anécdotas» rebasadas por tantas buenas y malas historias). Es, sobre todo, una alegoría —¿dije atrapo o atrapado?
El cumpleaños de la abuela “nana” Rafaela sirve de motivo —que no pretexto— para el recuento (No puedo evitar abrir este paréntesis para mi particular Rafaela, quien sin duda espera a que su colega lo cierre, y ambas me sigan siendo; sea.) No escuchamos la fiesta en sí ni al mero recuerdo (de algún ayer de México), Cecilia Rascón nos ofrece en seis estrofas (y su pilón) lo que México es por lo que ha sido. Mejor dicho, lo que gente como ella y su —ya escuchamos— maravillosa parentela es por lo que fue. En una canción estamos en el centro de una familia y somos uno más de esta.
Gracias a la autora podemos advertir la algarabía, los modos, las viandas, los dimes y diretes de los tiempos que ocurren en México. He dicho recuento pero en realidad la intérprete Venegas cuenta, narra, cantando. Así como Rubén Blades logró hacer una rica salsa con la biografía de Pedro Navajas, la compositora y la de Tijuana nos regalan (y a la abuela, claro) cien años y poco más en vastos minutos. A la luz —ecos dirán algunos— de Chava Flores, José Alfredo, corridos y acordeones, la cantante proyecta su voz con total frescura. Sin lamentos o carcajadas, los años de la abuela están llenos de bievenidos y acertados guiños (que uno es quien sabra cómo tomarlos). La cantante, quiero decir, intérprete, cancionera cabal, se limitó con creces a su labor.
Aquí el archivo musical y, debajo, la letra de la canción:
«Cien años de la abuela» (Cecilia Rascón)
Fuimos al rancho a ver a mi abuelita
que con orgullo su cumpleaños festejó;
pa’ celebrarlo reunió a toda la familia
en el ranchito que con mi abuelo fincó;
en el pastel pusimos cien velitas
y de un soplido todititas apagó.
Tomamos fotos
de toda la familia:
los padres con sus hijos,
que son nietos de la abuela
y sus hijos son bisnietos,
y hay también tataranietos
y hasta el perro se coló.
Cuando cantamos las alegres «Mañanitas»
de sus ojitos rodaron dos lagrimitas;
el tío Lorenzo se sentó a tocar el piano
y de un estuche sacó Félix su acordeón;
bailamos valses, jarabes y hasta jota,
también la polka de puntita y de tacón.
De la cocina
escapaban los olores
de chorizo con frijoles,
asaderos, chimichangas,
guacamole y nopalitos
para comer en taquitos,
agua y nieve de limón.
¡Ah caray, cómo ha crecido su familia!,
le dijo el cura a mi abuela Rafaelita,
seguramente suman más de ciento veinte
más nueras, yernos y consuegros de pilón;
también vinieron los compadres, los ahijados,
más los vecinos y el vaquero Filemón.
La abuela dijo
que cuando era chiquilla
andaba Pancho Villa
tirando de balazos
y agarrándose a trancazos
por la sierra en su caballo
pues había revolución.
Cuéntame, abuela, ¿conociste a Pancho Villa?,
¿había bosques en ese cerro pelón?,
¿cuánto costaba el kilo de tortilla
y qué veías si no había televisión?,
¿a qué jugabas si no tenías Nintendo,
computadora, patineta y compact disc?
Cuéntame, abuela,
del rancho y de mi abuelo,
¿cómo eran las ciudades
sin autos ni edificios,
sin luces mercuriales,
sin plazas comerciales
y sin contaminación?
A media tarde comenzó a abrir los presentes
que en una mesa se apilaban por montón;
quiero ver todos, sobre todo el más grandote,
y el más chiquito y el de en medio, por favor;
ábrelos pronto, abuelita, estoy ansiosa
pues casi llegas al que yo hice para ti.
Había perfumes,
aretitos y peinetas,
jaboncitos perfumados,
chocolates envinados
en cajitas arreglados
con moñitos adornados
y estos versos que escribí.
Cuando era tarde muy cerca de las doce
a los chiquillos nos mandaron a dormir,
antes pedimos a la abuela nos contara
de mi abuelito que del pueblo fue sheriff,
de sus andanzas por la sierra en su caballo,
arreando vacas de Agua Prieta hasta Tucsón.
Quiero aprender
canciones de zarzuela,
bailar como tu abuela
al compás de la pianola
pues no había sinfonola
ni sonido en grabadora
en los bailes de carquís.
Cuéntame, abuela,
de nuevo esas historias
de vaqueros y de apaches,
de españoles, irlandeses,
chinos, yaquis y franceses,
que fundaron estas tierras
donde yo mero nací.
Escuchamos primero —amén de las Mañanitas— una introducción que rinde homenaje, por un lado, a «Las otras Mañanitas» de Chava Flores en la grabación de Infante, y, por otro lado, a esas diarias reuniones donde cantantes amateurs pretenden por segundos ser la reencarnación de aquel Pedrito. Luego, el grito norteño de la Venegas avisa por dónde irá la cosa. Estamos ya en el campo fértil sembrado de velitas, música, baile, comida, gorrones, revolucionarios, modernidad, regalos, migrantes, en fin, pasado y presente. ¿Futuro? Helo ahí todo contenido: ¡viejos los cerros… y reverdecen! —nos avisó Julieta.
Evito pues entrar en detalles con la letra. Los versos me parecen al centavo y por tanto con un justo peso. Si en un baile de carquís podemos echarnos un guacamole con todo y trancazos, oyendo un compact disc haciendo de sinfonola, es que algo ha ocurrido ahí mero, en el crisol de, entre otros, apaches, chinos y yaquis.
Julieta Venegas y Cecilia Rascón saben de todo esto. Ahí nacieron, cien años —y más— las respaldan, así como a la abuela, que qué bien de su orgullo al festejar. De eso se trata, de contar con ello. Cuéntanos de nuevo, abuela. Cántanos de nuevo, Julieta.
¡Qué va!
NB. Este texto se modificó el 13 de septiembre de 2013 gracias a la comunicación de la autora de los «Cien años de la abuela». Cecilia Rascón (@lacecirecords en Twitter) tuvo a bien escribirme, aclararme y contarme incluso del lugar de nacimiento de esta canción: «de las tertulias familiares en casa de mi nana Rafaelita en Naco, Sonora».
Apenas ochenta años
septiembre 1, 2011 § Deja un comentario
Fue así como el maestro Borges comentó de sus ochenta en aquella entrevista con Joaquín Soler en el programa A Fondo (precisamente en 1980). Hoy, primero de septiembre del 2011, Solís también pudiera decirlo.
Es cierto que en la patria de Javier lo que suele recordarse más es la muerte del ídolo (y para muestra basta un Infante), con Solís —podemos argumentar— la persona nació Gabriel y murió Javier, de ahí que sea la muerte la efeméride. ¿Cuántos años, incluso, el cumpleaños habrá sido exclusivamente de Gabriel? A diferencia de Pedro o Jorge, Javier tuvo que nacer dos veces. No es pequeño detalle: el ídolo que se hace desde el nombre y no del todo desde la cuna. No será sino hasta sus veinte y tantos cuando el cancionero opte finalmente por el seudónimo.
Borges, dicen, bromeaba (sin conocer al político homónimo del «charro» aquél) con lo difícil que podría resultar su Jorge con el Borges. A Gabriel Siria le buscaron no tanto la facilidad pero sí la originalidad y musicalidad. El ídolo estaba por nacer. No es del todo claro cómo se llegó del Gabriel Siria al Javier Solís, pero sí se sabe del paso intermedio, Javier Luquín, nombre que poco o nada auguraba la unicidad de la voz del oriundo de Tacubaya. Como fuere, de Luquín se llegó a Solís y quizá el Javier representó el subrayado de aquel Gabriel. Justo en el blanco. Apenas Solís.
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¿Y qué se le puede regalar a Javier?
Volviendo a Borges, hace una semana la gente de Google lo homenajeó en su 112° aniversario del natalicio con un acertado logotipo (doodle). Hasta ahora con Javier los homenajes, como con otros tantos íconos artísticos en México, se han limitado a «ediciones especiales» de discos que, en realidad, no son más que meros recuentos (recopilaciones) de lo hecho en su momento por el propio artista. Es decir, que con los antecedentes que conocemos para con Javier, un disco más de esos —sin mayor aporte de creatividad (como por ejemplo la de un logotipo de Google)— será lo único que podemos esperar.
Pensé en esto hace algunos días cuando volví a escuchar el cedé de A 40 años… Me recordarás (Sony 2006). Lo escuché pero también lo vi. La gente de Sony Strategic Marketing (ello ahora lo tomo como ironía) tuvo la idea de hacer lucir el cedé como un disco de vinilo… y ya, el resto fue un copiado y pegado —«diseño de arte», reza en el interior— de fotos (de portadas) que, en la portada, muestran a Javier harto colorido y «conceptual». En su momento, recuerdo, al ver ese cedé à la vinilo creí que al menos ya había un atisbo de verdadero recuerdo y homenaje. Me equivoqué.
Dije volver a ver el cedé en cuestión porque lo comparé con uno de Vladimir Horowitz, Horowitz Plays Scarlatti (Sony 2010), en el que los productores también quisieron mostrar del todo aquellos años de gloria de los discos de vinilo (amén del contenido en sí, claro, que por cierto es contemporáneo de Javier: la grabación original es de 1964). Es una pasada, dirían los ibéricos, incluso la textura del cedé se asemeja a la de aquellos disos. Eso me lo pueden creer o no, pero aquí están las fotos (de ambos cedés).
También, véase, están las portadas. Observen cómo en la de Horowitz hay la sencillez suficiente, marco idóneo, para lo que el consumidor quiere escuchar. Y ni hablar del interior, ahí hay la acertada inclusión de la (copia de la) contraportada original que incluía, caray, notas del productor, mismas que se reproducen en páginas separadas para una mejor lectura. Aquí la parte encargada de Sony es Classical Originals, quienes afirman que los discos contemplados «son parte del legado cultural del Siglo XX», así, la idea es «recapturar la fascinación de grabaciones legendarias», incluyendo lo original (etiquetas, portadas, texto, etc.) más una cuidadosa restauración, todo para tener al final, concluyen, «únicos documentos en la historia del sonido grabado». Redondo como el disco mismo.
La compra de cedés aún existe (y que le pregunten a la piratería en calles de la ciudad de México), y si bien el formato emepetres gana terreno, el mercado discográfico sabe que todavía quedan los clásicos (como Horowitz o, lo digo sin empacho*, Solís). Comparar, por ejemplo, esas dos superficies y ver que en una de ellas hay esmero y en la otra ramplona imitación, no es regalo que se pueda dar en conmemoración alguna. Apenas si Solís.
¿Qué se le puede regalar a Javier? Eso, mayor cuidado y atención: pleno reconocimiento de su trabajo. Intérprete cabal, no hay discusión de lo que aquél Gabriel supo regalar —con creces— al dar nacimiento al cancionero Solís. Javier le tiene una gran deuda.
¡Feliz cumpleaños, Gabriel!
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*Igual que un Pepe Aguilar que, se sabe, afirmó: «si viniera un marciano y estuviera en mis manos enseñarle la música mexicana, le pondría a Javier Solís… la mejor voz que ha existido.»
Solís en breve, faster!
agosto 29, 2011 § Deja un comentario
Una vez más los oficios de los javiersolistas sorprenden (no así a ellos, acoto). Resulta que ahora Javier, por la radio, nos canta —otra vez— para el cine. Un avezado Roberto Hernández pasa el dato en el JavierSolisClub2 y, claro, no queda sino escuchar a Solís.
La película Faster (2010) protagonizada por Dwayne Johnson (the Rock) hace que éste en su papel de justiciero vengador (en España la peli se llamó Sed de Venganza) atrape a Solís en la frecuencia de la radio. La escena es en un auto y el conductor (Johnson) es el vengador que va en pos del asesino de su hermano. Navegando la noche, y antes de cambiar la emisora por una de —ya lo sabrá solo él— prédica evangelista, se escucha (y solo eso) un ya mítico, «mi cabello blanqueó y mi vida se va, ya la muerte me llama…», que resulta vaticinio. Se sabe: nada es gratuito con Javier.
Es decir, que hasta en segundos Javier tiene para dar y regalar. ¡Qué va!
PS. Ya lo dijo el poeta: Déjeme con Solís.





