Los números de 2014

diciembre 29, 2014 § Deja un comentario

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 16.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 6 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

La mágica realidad

noviembre 6, 2014 § Deja un comentario

—¡Mañana me caso, mañana! ¡Estoy muy feliz…!
Y comenzó a cantar.

Javier Solís nos canta un cuento de Massimo Bontempelli cuando interpreta “Muchacha bonita” (Manzanero-Molina Montes). Con el mariachi Nacional de Arcadio Elías y los arreglos y dirección de Rafael Carrión y Fernando Z. Maldonado, el tema se incluye en Boleros, boleros, boleros (1963) en penúltimo lugar del lado B. El cuento “El secreto” de Bontempelli se publicó en 1953, junto con otros relatos, en el libro L’amante fedele (ganador del Premio Strega). El cuento trata de lo que va la canción; la canción, con Solís, se escucha como el cuento. Por suerte, el texto está en línea en la página de la Universidad Autónoma del Estado de México, y pongo mejor aquí la liga para que le vayan a dar una leída (que al fin es breve): cuento. También se incluye en una antología de cuento italiano del siglo xx, editada por la UNAM y compilada por Guillermo Fernández. Lo leí ahí hace un par de años y vaya que me gustó. Hoy por la mañana puse a Solís y llegada la “Muchacha bonita” pensé, «¿dónde he leído esto?». La novia de Canuto (supongo a estas alturas que ya fueron a leer el cuento) es, por supuesto, la muchacha bonita: Hilaria. La letra de la canción guarda en su sencillez la historia de alguna Hilaria, pero la interpretación de Solís, ojo, nos revela el secreto en sí de esta particular Hilaria. Solís suprime el tiempo y aun en la letra de la canción —su primera parte— se mencione el fin de la vida de esta nuestra muchacha bonita, es después del puente musical —subrayado con un qué va javiersolista— cuando Solís vuelve a aquellos pentasílabos donde la muchacha bonita de anhelos eternos es en sí la Hilaria de Bontempelli. Dicho de otro modo, así como en el cuento sabemos y seguimos la historia de Canuto e Hilaria, y con el golpe maestro de Bontempelli presenciamos lo fantástico de su historia, así también con la maestría de Solís escuchamos no la historia de una solterona, sino la magia del velo de novia. Ahí, ahí con la novia, Solís enmarcó a la muchacha bonita (acaso como Bontempelli lo hiciera con un «mañana me caso»). Va pues la canción:

Hay otra (igual de) bonita con Solís, y aquí la hemos hablado, esta muchacha bonita es más bien única (incluso para el compositor Molina Montes que cuenta con otra “muchacha bonita” en su cancionero, y otras más registradas en el repertorio de la SACM por distintos autores). No se compara ni siquiera con la de José Alfredo Jiménez, lisonja que supera la composición de Manzanero y Molina Montes, pero que no alcanza la historia, insisto, intepretada aquí con Solís. Él que, como Hilaria, «supo cómo suprimir el tiempo en sí mismo».

Boleros Boleros Boleros Front

La adquisición de la disquisición

agosto 18, 2014 § Deja un comentario

Esta es la segunda vez del ínclito javiersolista Víctor Hurtado Oviedo en la SOLISMANÍA, la primera fue de aniversario. Pareciera que esta otra también recuerda a Solís en un aniversario luctuoso, pero no estoy seguro pues la encuentro en distintas fuentes con fechas diferentes (y editada en el último renglón). A saber. Tomo el texto de por allá, y supongo que la versión final está incluída en Otras disquisiciones (Lapix editores, 2012).

Te amaré toda la vida
por Víctor Hurtado Oviedo

Nada puede el tiempo contra Javier Solís

Los historiadores son serios: solo hablan del pasado porque el futuro no les consta. Hasta prohíben decir: «¿Qué hubiera pasado si…» pues esto sería jugar con los naipes del tiempo. No importa: a escondidas pensemos qué hubiese ocurrido si, hace tantos siglos, cordilleras de hielos no hubieran enlazado los nortes de Asia y de América. Tres respuestas son: 1) no habrían existido Jorge Negrete ni sus pistolas tenoras (si hablan de «las poetas», que hablen de «las tenoras»); 2) no habrían sonado Pedro Infante ni su voz llorada y llorosa; 3) no habría crecido el bolero ranchero porque el varón ilustre que lo elevó a la eternidad (donde ahora él mismo habita) hubiese nacido en los desiertos de Mongolia y hubiera sido un tártaro cantor de las batallas de Gengis Jan.

Había un abolengo pálido y remoto en la cara de Javier Solís. Su pelo cerrado, de luz negra y radiante, oprimía una frente exigua sobre cejas dispersas. Los ojos orientales, las colinas de los pómulos y los bigotes nimios historiaban su estirpe antigua, migrante y gloriosa. Todos los cuerpos hablan; el de Javier Solís dictaba una conferencia sobre el estrecho de Bering.

Se sabe poco sobre la vida privada de Javier Solís. Hay existencias que no alcanzan para una biografía, y entonces los libros deben arbolarse de anécdotas. Empero, anotemos que Javier nació con un nombre difícil (Gabriel Siria Levario) en setiembre de 1931, en la ciudad de México. Para salvarlo del padre de violento alcohol, la madre obsequió al niño al hermano de esta, Valentín, hombre probo, laboral y panadero. Para este recto varón y su esposa, Ángela —sin hijos propios—, Gabriel fue el heredero universal de la nada a manos llenas con la cual el hada de la pobreza había favorecido a los esposos (cuando abunda la pobreza, alcanza para la mayoría: sobre todo para la mayoría).

Gabriel creció en las arduas calles del barrio de Tacubaya, donde se ejerce la redundancia de ser pobre pero honrado, y donde los niños juegan en calles de tierra como ángeles entre nubes de polvo. No terminó la escuela: a los diez años lo arrancaron de ella la muerte de su madre adoptiva y la angustia de ganarse el sustento. Fue un niño prodigio a lo Tercer Mundo: le enseñaron a leer y aprendió a trabajar.

Me pierdo en el entrevero de sus circunstancias. Fue repartidor de pan, lavador de autos y matarife imperceptible de carnicerías triviales. Se casó a los 20 años; se complicó de otros amores de adiós y portazo, y juró lealtades románticas siempre firmes aunque sucesivas. Engendró muchos hijos; no sé cuántos porque a los siete dejé de contar.

No obstante, por sobre todas esas miserias, Gabriel sintió la gravitación suprema de la música. A los 18 años ganaba concursos de canto en míticas carpas de barrio, templos plebeyos de trapo y madera. En una carpa se inventó como intérprete del himno cortante y dolido del tango, bajo el seudónimo casi peluquero de «Javier Luquín».

En lo más central de sus dudas, todo joven oculta un espejo secreto de mentiras cómplices donde le urge admirarse: ante ese reflejo, el bajo se ve alto; el débil, fuerte; el tímido, seductor. Allí está la imagen fastuosa que —sospecha— nunca será. En el espejo indulgente del casi irreal Gabriel Siria se reflejaba este ídolo: Pedro Infante, charro de sonrisa de plata y actor cariñoso de cintas bailables que hacía, de los cines, ingenuos harenes de noventa minutos.

En 1925, Jorge Luis Borges aludió a Diego de Torres Villarroel y lo llamó «provincia de Quevedo» porque Torres escribió hecho una copia vehemente del maestro. Así también, los primeros discos de Javier Solís —quien ya grababa con este nombre glorioso— fueron provincias de Pedro Infante (aunque siempre es mejor ser una provincia de Pedro Infante que la capital de «Luis Miguel»). Pese a todo, las imitaciones de Javier no eran como las de Dean Martin contra Bing Crosby, pues, bajo la postración xerográfica, bullía una voz aleonada que urgía por su libertad.

La vida de Javier se perdía tristísima. El imperioso azar de la pobreza lo había resumido a cantante de bares donde se desataban épicas furiosas en las altas noches tabernarias: cuchillos de preguntas punzantes, navajas de respuestas cortantes, gritos de súbitas genealogías, el énfasis-sorpresa de una silla contra un cuello, y fructuosos botellazos como votos: directos, universales y secretos. Entonces, aunque sus tareas eran la exactísima entonación y el arte, Javier Solís no desdeñaba las misiones de paz entre los hombres y aplacaba almas inquietas con el silogismo bicorne de sus puños.

De pronto, la muerte le obsequió la oportunidad. El 15 de abril de 1957, Pedro Infante murió calcinado en un accidente aéreo, y Javier Solís se aferró a su memoria acreciendo el calco. Fue un error. Impacientes, las compañías disqueras le dieron a escoger entre robarse un estilo propio o marchar hacia la populosa, la siempre lista, la amplísima calle.

Debemos Javier Solís a un padre alcoholizado, a una madre espantada y a dos tíos ejemplares; lo debemos también a don Felipe Valdés Leal, el único músico que creyó siempre en Javier, y quien, a fuerza de consejos, logró que, cierta tarde histórica de 1958, cuando Javier grababa Llorarás, llorarás, de las tiránicas cenizas de Pedro Infante naciera la voz auténtica de Javier Solís.

Del resto se ocupa la Historia. Javier grabó 320 canciones, pero filmó películas que solo degustarán plenamente los críticos que conjunten la finura estética con la piromanía. No importa: el rey inderrocable del bolero ranchero nos legó el viento poderoso de su voz, su timbre de hierro dulce, y su caudal de lágrimas y gozos sobre el que muchos lanzamos la nave valiente y aterrada de la adolescencia.

Javier Solís murió de médico inoperante tras una cirugía de vesícula, el 19 de abril de 1966, y nos dejó a los suyos entregados a la pena erudita de recordar sus discos. Desde entonces, el tiempo ha hecho su especialidad: dar olvido, pero nada puede contra ciertas deudas de la memoria. Tal es mi caso. A los trece años, yo compraba los discos de Javier Solís ante el asombro tanguero de mi padre. Por cantar como Javier, yo hubiese dado diez centímetros de estatura, cuando lo importante era crecer. Él fue uno de esos padres remotos que los jóvenes adoptan cuando se engañan y creen que están solos, y por esto me cayó como un rayo su muerte profunda.

«Te amaré toda la vida», jura la hipérbole de un gran bolero, y ya van treinta y tres años. «¿Que te deje yo? ¡Qué va!».

Nota. Los datos han sido tomados de El señor de «Sombras», biografía en tres fascículos escrita por José Felipe Coria (Editorial Espejo de Obsidiana, México, 1995).~

Es una cosa grande

agosto 9, 2014 § 1 comentario

Hablar de Woody Allen en poco o nada nos acercaría a Javier Solís… hasta ahora. En su más reciente película como actor, Fading Gigolo (Turturro, 2013), Allen junto con John Turturro, en el papel protagónico, casi que se escucha al ritmo de Solís. Es su eco, sin duda, pues quien se oye es Vanessa Paradis y la canción de Domenico Modugno, “Tu si na cosa grande”.

Imaginen al javiersolista, caros lectores, ahí en medio de la película con un ojo al gato y otro a aquel gran garabato javiersolista. “Es una cosa grande”. Tema también de película, por cierto, ¿de cuál?; incluído en el recopilatorio Temas inéditos de sus películas (1984), Solís se oye con un mariachi que no le pide nada a orquesta alguna. Solís, digámoslo, otra vez en la vanguardia.

Modugno puso sobre la mesa uno más de sus éxitos sesenteros (en clave pop, dicho sea), y Solís lo hizo sonar a su manera: dobló la apuesta en la voz (restándole a la del acompañamiento musical). Plantadísimo en el centro, todo giró alrededor de Solís: pero logró desde ahí proyectar precisamente eso, algo muy grande. Y todo esto, original y cover, en acaso menos de un año, entre 1964 y 1965; en caliente, y aquí ya hemos hablado de tales ecos, calenturas y fiebres javiersolistas.

Cincuenta años después viene la bellísima Paradis a recordarnos aquella dupla Modugno-Solís. Uno la escucha y oye, insisto, no sólo a la versión original de Modugno y sus arreglos, sino también al peso de la interpretación de alguien como Solís. A saber si la francesa estuvo o está al tanto del mexicano; por lo pronto, Solís sí que estuvo atento a las posibilidades de la canción, y las llevó al límite.

Esta es la letra en español:
“Es una cosa grande” (D. Modugno)
Es una cosa grande tu amor;
Es algo que no puedo explicar;
Es algo con distinto sabor
Que me arrastra hacia ti cada vez más.
No existe nada igual que este amor,
Seguro que no puede existir,
Tú sabes que prefiero morir
a perder y no tenerte más junto a mí.
Qué grande lo que yo siento,
se queda pequeño el cielo,
Y nada en este mundo contigo,
contigo, contigo se podría igualar.
Es una cosa grande tu amor;
Es algo que no puedo explicar;
Es algo que no tuve jamás,
Es algo ideal, ¡algo muy grande!

Por allá un video con escenas de la referida película y aquí uno con imágenes de la artista:

Y Solís, claro, para cerrar con broche, y brocha, grande esta nota, ¡qué va!:

Yo y tú y Javier Solís

agosto 6, 2014 § 3 comentarios

Después de Puerto Rico, Colombia bien puede disputarse la otra patria de Solís. Con compositores como Jorge Villamil o el vals “Pueblito viejo”, Colombia le brindó al de Tacubaya un escenario entrañable. Incluso en su televisión.

«También, otros actores enriquecieron su elenco; desde Héctor Ulloa, el famoso máistro Régulo, hasta Hernando Casanova, que le dio vida aquí a su famoso Culebro, pasando por el ídolo mexicano Javier Solís, que participó en alguno de sus episodios», se lee en “Clásicos: Yo y tú, el precursor de la comedia colombiana” (en 50 Años: La Televisión en Colombia: Una Historia para el Futuro, Caracol Televisión, 2004).

El programa estuvo al aire desde 1956 hasta 1977, con Alicia del Carpio como protagonista, libretista y directora. Aquí un video de referencia:

Fue en 1965 cuando el programa acogió a Javier Solís y sus canciones. Cualquier video de aquel episodio se agradecerá desde ya, mientras una fotografía del recuerdo (vía un tweet del periodista colombiano Jairo Pulgarin):
solis en colombia
En primera fila está Javier Solís entre una joven Lyda Zamora y una china poblana Alicia del Carpio, al lado de ellas están el periodista Alberto Piedrahita y el actor Carlos Muñoz, respectivamente.

Llego a la foto en cuestión a través de la cuenta en Twitter de @elreydelbolero, que recién comienza y en donde parece que habrá buen material e información relevante del ídolo Javier Solís. Sea pues, desde aquí le mandamos la mejor de las suertes, ¡qué va!

Envidia de la buena

julio 3, 2014 § Deja un comentario

Algo tendríamos que hacer en México con tanta envidida de la buena. ¿Exportarla, certificarla? Mejor escucharla.

Un bolero moruno, se etiquetaría, este de Mario de Jesús: “Que se mueran de envidia”. Solís lo graba para el disco El peor de los caminos, donde también se incluiría otro tema del compositor dominicano, “Adelante”. (Un disco por cierto potente, de campeonato.) Si bien “Que se mueran de envidia” no alcanza la popularidad de “Y” o “Adelante”, la composición de Mario de Jesús se acopla igual de bien a la voz de Solís. Escuchémosla:

El trabajo vocal es envidiable. El estribillo remata con una vuelta de hoja a aquellos primeros versos morunos: más que hablarle a la pareja, se quiere que esta sea la que hable (y grite); se saca lo ranchero, donde lo haya.

Que se mueran de envidia (Mario de Jesús)
Que se mueran de envidia toditos,
que critiquen la forma de amarnos,
que este amor tan sincero y bonito
no lo rompe nadie así por así.
Que se mueran de envidia y de celos
los que nunca han amado de veras
que este amor que es la gloria del cielo
no lo vive nadie, verdad que es así.

Dilo tú, dilo tú,
grita fuerte lo mucho que me amas,
que se enteren que no hablo mentira;
dilo tú, dilo tú,
que se llena tu pecho de orgullo
al sentir que mi amor es tan tuyo.

Es la tercera vez de Mario de Jesús en este espacio. Solís, por supuesto, siempre ha sido la mejor excusa, pero hoy es otro cantante quien brinda una excelente oportunidad para hablar del dominicano y del mexicano: el boricua Frankie Ruiz, el papá de la salsa.

En el homenaje a Rafael Cortijo, 1982, la Primerísima de Puerto Rico, orquesta de Tommy Olivencia, tiene como primera voz a Frankie Ruiz, quien se despacha bonito y sabroso con este “Que se mueran de envidia”, con todo y guiño mexicano:

Así es como los grandes importan y exportan envidia de la muy buena. De República Dominicana a México, de México a Puerto Rico. Certificado. ¡Qué va, qué envidia envidiable!~

De payasos y caricaturas

junio 20, 2014 § Deja un comentario

©PacoCalderon

©PacoCalderon

 

Publicado en Twitter el 10 de junio de 2014.

Un guiño cómplice

abril 21, 2014 § Deja un comentario

Emmanuel Carballo escribe en la Revista de la Universidad de México, agosto 2012, No. 102, sobre el bolero:

Es un registro minucioso de la propiedad perdida, un manual de biología amorosa que aloja especímenes posibles pero no comprobables. Es la ilusión que viaja de contrabando o la desesperanza que se desplaza en camarote de primera. Es la sinrazón. Es la bravata, la injuria o la humildad. Es un lenguaje cifrado que gasta la pólvora en infiernitos o que moja la pólvora para que no estalle el infierno que lleva dentro. Es verdad y mentira, pero una y otra puestas en un contexto más próximo al limbo que al purgatorio. […]

Y el cantante:

Entre emisor y receptor se hallan los intérpretes. El intérprete es un emisor, pero un emisor que canta lo que otros han compuesto. Es decir, un emisor en segundo grado. A través de ellos se establece la comunicación entre creador y espectador. Sin ellos el bolero sería letra muerta. Gracias a su habilidad, a su personalidad, el público recibe lo que necesita escuchar. Y lo recibe de tal modo que el intérprete estará presente en las vivencias que las canciones despiertan en su ánimo, dispuesto a perdonar y a sufrir las consecuencias que ese disco lleva consigo.

~

También está el silencio en los zaguanes

abril 19, 2014 § Deja un comentario

Este nuestro cancionero murió dos veces: cuando mató a Gabriel Siria Levario, en 1955, y cuando cedió —y se dio— paso al mito javiersolista un 19 de abril de 1966. Se entiende, dicho sea, que el “Javier Luquín” fue sólo un ínter, un tentempié que engañó la lombriz de pocos: los muchos habrían de saciarse con la ambrosía por venir. Con el porvenir.

Solís tiene mucho que ver con sus dos muertes: a ellas se debe, por ellas fue. Con la primera labró su carrera artística; su profesionalismo tuvo que prescindir del nombre de pila (tan amateur) y de aquel insípido Luquín, incluso hasta llegó a inventarse otros lugares de nacimiento (Nogales, Sonora). A Solís nunca le acomodó su origen, es decir, al menos no el que representaba su primer nombre; sus postales personales las llegó a firmar (¿para afirmarse?) con ese otro nombre, y hombre, que se forjó a base de canciones. Solís, Javier Solís, con licencia para cantar.

Aquel abril de 1966 vuelve a morir el de Tacubaya, esta vez en carne y hueso. ¿Espíritu? La condición de Solís, sus circunstancias, estaba ya en todo sentido grabada; aquellas sus metáforas (los cirios, las sombras) se materializaron y junto con sus miles de seguidores lo rodearon en un panteón jardín. Flor perenne desde entonces. Nacía el mito, la leyenda: el tercer gallo, mamá de incontables pollitos, cantaría a partir de entonces para nunca ser negado (¡ay de aquel que lo haga: está escrito!). ¿Quién fue Javier Solís? Sobre todo, lo que sería.

Importa aquél recuerdo, sigan tocando; la muerte, como la noche, acerca agrestes lejanías: acompañen su soledad.

Con las mujeres de Javier Solís

marzo 8, 2014 § 1 comentario

Fueron en realidad muy pocas. Contadas con los dedos de las manos y pies son las canciones de compositoras que Solís interpretó: diecisiete. Un lugar especial, sin duda, lo tiene María Grever. Javier Solís grabó para Lara, Grever, Baena (1962) cuatro canciones de ella: “Así”, “Volveré” (acaso la más bella del disco), “Ya no me quieres” y “Cuando vuelva a tu lado”, todas con el mariachi Jalisco de Pepe Villa. De esa última hay también una versión con orquesta en Javier Solís en Nueva York (1965), junto con una canción más de Grever: “Te quiero, dijiste” (conocida también como “Muñequita linda”). En total, pues, cinco Grever à la Solís. Raro que no haya grabado “Júrame” (o quizá no se ha editado).

En aquel mentado disco neoyorquino se incluye la mítica “Bésame mucho” de la no menos mítica Consuelo Velázquez. De su autoría hay otra más en el cancionero javiersolista: “Que seas feliz”. La tríada de compositoras más reconocidas en México se completa con Emma Elena Valdelamar: Solís cantó, como nadie, su “Sin mañana ni ayer”.

Hasta aquí van ocho perlas con perfume de mujer. El resto se divide en ocho canciones de igual número de plumas, y una con su pilón: Beatriz Jiménez (“Bésame y olvídame”); Aurora M. Segura (“Piedad, Señor”, junto con Mario Martínez); Zulema de Mirkin (“Recuerdos de Ypacaraí”, junto con Demetrio Ortiz); Minerva Magaña (“Tú y la noche”); Irma Morillo (“Vengo a decirte adiós”); Consuelo Jiménez (“Ya no te burles”); Victoria Eugenia Sepúlveda (“Mañana”); y Graciela Olmos con “La enramada” y “Carabela”. De la canción de Victoria Eugenia Sepúlveda hay dos versiones, con mariachi y con banda, aquí hemos escuchado aquella con lavanda. Casi todas giran alrededor del tema sentimental, del amor posible o imposible; ofrecen, si se quiere ver así, la perspectiva femenina de tales asuntos. Hay, sin embargo, una excepción: “Carabela”.

Carabela: la diosa del mar (Graciela Olmos)
Estoy en el puente de mi carabela
y llevo mi alma prendida al timón;
un soplo de amores empuja mi vela
y zarpo cantando divina canción.
Ni marco mi ruta, ni llevo camino,
por donde mi nave ha de navegar;
yo sé que sin rumbo me lleva el destino:
será un día mi nave la reina del mar.
Que marque mi ruta el ave que vuela,
la estrella errante o el raudo ciclón;
yo quiero ver limpia mi fúlgida estrella:
será un día mi nave la diosa del mar.

Graciela Olmos, la Bandida, es la autora de este himno náutico. Sus dodecasílabos están pesados al centavo. La interpretación de nuestro cancionero lo hace, con todo y sus licencias, un himno javiersolista. De “La enramada”, también de Olmos, qué va, hay versiones para dar y repartir; la de Solís es íntima, coral y breve. Sólo y solo Solís ha navegado sin pérdida esta otra creación de la Bandida. Esta carabela es única. El puente musical, incluso, es, digamos, peculiar: “largo” y se toma su tiempo. La navegación acaso lo exige. ¿El tema? El mundanal andar, y qué mejor que contarlo entre olas.

Editada en El peor de los caminos (1962) la canción pasó a ser de inmediato un éxito y se incluyó en un par de discos de edición especial: El rey del bolero ranchero (2001) y A 40 años… me recordarás (2006). Es decir, que es la fecha que sigue siendo auténticamente javiersolista. La compositora, por su parte, vaya que tiene su historia.

«Era mujer de trabajo, de organización y de agallas», refiere su biógrafa Estrella Newman. La chihuahuense Olmos dio cuenta de ello desde su juventud. Sirvió e hizo servir. La música fue quizá su más fiel compañera, incluyendo a los compositores y cantantes que se apersonaban en su afamado lupanar. «Cabrones», advirtió, «a mí no me vayan a poner como heroína, porque yo fui solo cocaína». Así la diosa de soldaderas, corridos, mancebías y boleros. ¿Quién pedía peras con tales olmos?

Que quede pues este recuento de mujeres en este día de recordatorio, Día Internacional de la Mujer. Éstas son finalmente las mujeres de Solís: pocas pero muchas, de ahí que haya querido subrayar a Graciela Olmos y a su carabela: ¡qué nave!

En la sección de biografías, por cierto, de la Sociedad de Autores y Compositores de México sólo están las de Consuelo Velázquez, Emma Elena Valdelamar y Beatriz Jiménez. En la de esta última hay una anécdota: «Para mí fue muy sorpresivo cuando en una ocasión en que pasaba frente a un pequeño restaurante cercano a mi casa, escuché a Javier Solís interpretando “Bésame y olvídame”; esto ocurrió pocas semanas después de haber registrado la canción. Entré a escucharla, y de la emoción y gusto me puse a llorar como niña».~